La Paternidad y Parentalidad Vulnerable: Desafíos y Estrategias

Tener un hijo es uno de los acontecimientos vitales más importantes para un ser humano, generando vínculos afectivos intensos y una mezcla de ilusiones y miedos. Ser padres, aunque común, no es una tarea fácil. Los hijos hacen a los padres vulnerables, ya que desde su nacimiento, los padres no solo deben vivir su propia vida de la mejor manera posible, sino también la de sus hijos. Miedos, inseguridades, tensiones, preocupaciones e incertidumbres propias de la crianza mantienen activo el sistema de alerta, acrecentando la vulnerabilidad a experimentar problemas emocionales (Martínez-Martín & Bilbao-León, 2008).

La Vulnerabilidad Parental ante la Discapacidad o Trastornos de los Hijos

Cuando un hijo presenta alguna dificultad, el riesgo de vulnerabilidad parental aumenta considerablemente. Ningún padre o madre está preparado para afrontar un trastorno; la aceptación y comprensión de una discapacidad en un hijo es un proceso que va más allá del mero conocimiento del hecho. Como cualquier suceso doloroso, la asimilación de esta situación puede durar un periodo que en algunos casos no llega a terminar nunca.

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Impacto en la Dinámica Familiar

El impacto de un hijo con discapacidad en la vida familiar es muy grande, modificando no solo el contexto y el clima familiar, sino también a las personas que la integran y las relaciones entre ellas. Los padres de niños con problemas adquieren responsabilidades parentales adicionales en la crianza, debiendo lidiar con personas que no entienden el problema y acomodarse a las necesidades especiales de sus hijos, como la medicación, registros y actividades (Grau, 2007). Un hijo con un trastorno, del tipo que sea, requiere mayor dedicación, más formación y más recursos económicos para su tratamiento (Madrid-Conesa, 2009).

La crianza en estos casos supone una reorganización de la dinámica familiar, lo que implica capacidad de adaptación al cambio, habilidad para manejar adecuadamente situaciones de conflicto y poseer y saber usar herramientas educativas para resolver estas situaciones. Estas actitudes, capacidades y habilidades no todos los padres y madres las poseen.

Estrés Familiar como Factor de Riesgo

La reacción de los padres ante la noticia de la discapacidad de su hija o hijo depende de variables como la gravedad del trastorno, la experiencia previa, la demora del diagnóstico, los signos y síntomas presentes, la evolución o el tratamiento a seguir. Sin embargo, es frecuente encontrar respuestas de negación, ira, enfado, tristeza, culpa, desesperanza, vergüenza, miedo, pena, ansiedad y estrés. Estas reacciones no se deben a la falta de amor, sino a la falta de aceptación. Llegar a la fase de aceptación conlleva conciencia, aprendizaje, tiempo, esperanza y compromiso por parte de ambos progenitores, siendo un proceso costoso que implica avances y retrocesos, momentos de crisis y de superación.

Dado que la familia es un sistema dinámico que busca adaptarse, los cambios perceptivos y de pensamiento, las emociones (tanto positivas como negativas) y las conductas manifestadas (sobreprotección, huida, aislamiento, agresión, dependencia, asertividad, etc.) constituyen respuestas adaptativas ante la situación cambiante.

La convivencia con una persona con discapacidad genera un alto nivel de estrés familiar. Problemas de salud mental (trastornos de ansiedad, depresivos, del sueño), conflictos de pareja, problemas en el trabajo, etc., son frecuentes entre los padres de hijos con TEA (Trastorno del Espectro del Autismo) y TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad), entre otros. Sin embargo, muchas veces la familia no es considerada en la intervención terapéutica, o bien los propios padres, preocupados por atender las necesidades de su hijo, desoyen las señales que les indican que deben cuidarse.

Aspectos Positivos de la Crianza de Hijos con Discapacidad

A pesar de los desafíos, cuando se reconoce y acepta el problema, convivir con un hijo con discapacidad puede aumentar la conciencia de lo que es importante en la vida, inducir a modificar las esperanzas y los sueños de los padres, y alterar sus prioridades y la forma de vida de la familia. Criar a un hijo con una discapacidad puede estimular a las familias a examinar sus propios valores y prioridades en un intento por definir una visión sobre la discapacidad del hijo que tenga sentido para ellos y que se vea confirmada por su experiencia diaria. Con el tiempo, los padres pueden experimentar cambios en la forma de ver a sus hijos, a sí mismos y al mundo. Estas nuevas perspectivas pueden proporcionar profundas satisfacciones, enriquecimientos y el reconocimiento de las contribuciones positivas que ofrecen las personas con discapacidad tanto para ellos, como para la familia y para la sociedad en su conjunto (Martínez-Martín, & Cuesta-Gómez, 2012).

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Muchos padres han descrito un amplio abanico de aspectos en los que se han visto transformados, incluyendo el desarrollo de cualidades personales como paciencia, amor, compasión y tolerancia; una mejora en las relaciones con los miembros de la familia y con los demás; el reforzamiento de las convicciones espirituales y religiosas; la habilidad para centrarse en el presente; y una mayor apreciación de las cosas pequeñas y sencillas de la vida (King et al., 2006).

Como señalan Pozo, Sarria y Brioso (2010), "Aquellas madres a las que el cuidado de su hijo les aporte sentimientos de crecimiento y madurez personal van a afrontar las situaciones con más serenidad, reduciéndose por tanto su nivel de ansiedad ante las demandas y retos que se les vayan plantando en la vida diaria".

Estrategias para Reducir la Vulnerabilidad Parental

Aunque el trastorno no desaparezca, los padres deben saber que existen estrategias satisfactorias que pueden ayudar a manejarlo. Desde el ámbito sanitario, educativo y social se pueden realizar muchas acciones, siempre teniendo en cuenta a la familia y a la propia persona afectada. Entre todos se puede impedir que el trastorno invada a las familias, su ilusión y su esperanza (Bernal, 2008).

Reconocimiento y Aceptación del Problema

Aceptar implica, entre otras cosas, asumir la pérdida de un hijo "idealizado", elaborar expectativas realistas y transitar el duelo por las expectativas imaginadas. Todos los miembros de la familia deben intentar adaptarse a la nueva situación para que la familia siga disfrutando de un ambiente sano, cálido y sereno, a pesar de las alteraciones concomitantes (Harris, 2001).

Devolución Incondicional de Competencias y Valor al Hijo

Los logros del hijo pueden parecer decepcionantes si se observan desde fuera o se miden con el prisma de los demás. Los resultados deben ser considerados en relación con los obstáculos que ha tenido que superar para llegar hasta donde ha llegado (Martínez-Martín, & Bilbao León, 2008). Es preciso mostrar al hijo mensajes positivos y cariñosos, evitando críticas, negatividad y culpabilización.

Capacidad de Repartir Tareas y Responsabilidades

El apoyo mutuo de la pareja es necesario para fortalecer el vínculo entre los padres. Generalmente, las madres soportan más tensión emocional y, por tanto, están expuestas a mayor riesgo de sufrir estrés, al pasar más tiempo con el hijo y al implicarse más en conseguir que mejore (Ortega Tapia, 2016). Para reducir esta vulnerabilidad de las madres, es preciso que los padres se impliquen activa y positivamente, se comprometan y estén presentes en las tareas generales de crianza y en las específicas de educación y tratamiento.

Búsqueda de Ayuda y Apoyos Adecuados

Los padres y madres de niños con alguna discapacidad ven reducidas sus relaciones sociales. Por ello, contar con apoyos eficaces, de familiares y amigos, es fundamental para desempeñar sus funciones de cuidado con menos malestar psicológico y más satisfacción. Es aconsejable la participación en una red de apoyo específico. Recibir apoyo de personas que comprenden y conocen de cerca el problema constituye un verdadero factor protector (Bernal, 2012). Asimismo, la ayuda profesional puede ser necesaria para aprender a enfocar y encauzar el problema y obtener estrategias de comunicación y manejo en el hogar.

Conocimiento y Formación Específica y Continua

Conocer y comprender el trastorno ayuda a restablecer un sentido a lo que ocurre. Los padres deben dedicar tiempo y esfuerzo a formarse, a estar actualizados asistiendo a cursos y jornadas, buscando lecturas recomendadas, compartiendo experiencias, consultando dudas e incorporando estrategias específicas al uso cotidiano.

Funcionamiento Personal como Pareja y como Padre/Madre al Margen del Trastorno

Tener tiempo de respiro es una necesidad básica. La vida de los padres es mucho más que su hijo con problemas. Es importante organizar tiempo de respiro y de ocio semanal, y tener proyectos y objetivos propios. Deben aprender a cuidarse y a dejarse cuidar, especialmente las madres.

Dedicación de Tiempo y Espacio Individualizado a los Hermanos

Los padres deben estar disponibles y tener tiempo para toda la familia. Los otros hijos deben sentir que se les quiere y valora, que son importantes al igual que el hermano con problemas. Que los padres y los hermanos manifiesten intereses y motivaciones por otras cosas y participen en actividades que no tengan que ver con el trastorno y con su hijo o hermano, ayuda a la integración y la estabilidad de la familia.

Transformaciones en los Modelos de Paternidad

En las últimas décadas, se han observado tendencias significativas de cambio en los modelos, experiencias y discursos sociales que se tejen en torno a la familia, la masculinidad y la paternidad, tanto a nivel de la sociedad en su conjunto como de los distintos sectores sociales que la componen. Estos cambios se acompañan por otros en las relaciones intergenéricas y en las concepciones y prácticas de la maternidad, generando un "pospatriarcado" caracterizado por una mayor participación de la mujer en el mercado y en la educación, una postergación en el inicio de la maternidad, una disminución del número de hijos e hijas y una búsqueda de eliminación de todas las formas de discriminación (Therborn, 2007). Este pospatriarcado conduce al cuestionamiento de la centralidad del poder del padre, de su exclusividad en la manutención y en la representación legal y social.

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Sin embargo, también persisten elementos del modelo patriarcal que conectan distintas generaciones de hombres y padres, como la distancia con los hijos, la preponderancia de la mujer en las actividades de cuidado, atención y contención, la poca expresividad de las emociones (como el cariño) y la presión social por ser protector, proveedor y la autoridad del hogar (Valdés y Olavarría, 1998; Esquivel, Faur, y Jelin, 2012; Bonino, 2003b; Olavarría, 2000; Camarotti y Kornblit, 2015). Ni un modelo tradicional ni uno moderno se presentan de forma pura; los padres viven sus paternidades en un entramado de continuidades y cambios.

Diversidad de Estructuras Familiares y Paternidades

Actualmente, se observa una mayor diversidad de estructuras familiares, en las cuales conviven diversos modos de concebir y ejercer la paternidad. Estas variaciones pueden darse entre generaciones, sectores sociales y económicos, o entre estilos y modelos de paternidad.

Una investigación etnográfica centrada en las nociones y experiencias de cuidado-autocuidado-dependencia en condiciones de vulnerabilidad, fragilidad y pobreza, identificó y analizó los modelos y experiencias de paternidades en hombres residentes en barrios marginales del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Este estudio describe y analiza las variaciones intraparentales con distintos hijos e hijas, argumentando que las experiencias y el ejercicio de las paternidades en contextos marginales y vulnerables muchas veces conforman un mosaico diverso y ecléctico con múltiples modelos diversos y antagónicos conviviendo en un mismo padre. Por ello, no son simplemente identificables como, por ejemplo, autoritarias o democráticas, ausentes o presentes.

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Metodología del Estudio

La investigación etnográfica se realizó durante los años 2009-2016 con padres residentes en un barrio marginal, pobre y vulnerable del AMBA que carece de un trazado urbano específico y presenta las características típicas de los asentamientos denominados localmente barrios o villas. Se realizaron entrevistas semiestructuradas a 37 padres entre 18 y 49 años, junto con entrevistas informales y observaciones. Se obtuvo consentimiento informado, garantizando el anonimato, la voluntariedad y la confidencialidad.

La Masculinidad y Paternidad Hegemónica

Las investigaciones sobre padres en América Latina señalan elementos de continuidad y de cambio en los patrones de dominación masculina, las acciones y responsabilidad de las esposas y madres, y en la valoración y participación de los padres en las actividades de cuidado, atención, contención y expresión de cariño hacia los hijos (Jiménez, 2004; Clatterbaugh, 1997; Kornblit y Méndez Diz, 1994; Viveros Vigoya, 2008). La masculinidad se entiende como una construcción cultural que se reproduce socialmente y está definida dentro de un particular contexto socioeconómico, cultural o histórico (Kimmel, 1994; Gutmann, 1998; Connell, 1995; Badinter, 1993; Fuller, 2000; Viveros Vigoya, 2000; Valdés y Olavarría, 1998; Kaufman, 1995).

No obstante, tanto en Argentina como en la región latinoamericana, es posible trazar un horizonte normativo que conforma las masculinidades y paternidades hegemónicas. Los modelos de masculinidad hegemónica moldean y son moldeados por los propios de la paternidad. Las características tradicionales asignadas al hombre se correlacionan con el modelo de un padre serio, distante con los hijos, poco expresivo de sus emociones, cariño y afectividad, protector y proveedor, fuerte, que ostenta autoridad y la ejerce (Badinter, 1993). Asimismo, con la paternidad se transita de una relación amorosa a una familia (Fuller, 2005) en la cual el hombre-padre debe proveer, proteger y disciplinar.

Comprender la maternidad o la paternidad implica partir de una mirada relacional entre ambas, tendiente a identificar, describir y analizar las construcciones sociales y culturales que se erigen sobre las diferencias sexuales que permiten a la mujer el embarazo, el parto y el amamantamiento (Lamas, 2013; Coltrane, 1996), conformando lo que se ha denominado un sistema de sexo/género (Rubin, 1986). Así, la paternidad consiste en la relación que los hombres establecen con sus hijas e hijos en el marco de una práctica compleja en la que intervienen factores sociales y culturales, que además se transforman a lo largo del ciclo de vida tanto del padre como de los hijos o hijas. A esta definición de paternidad habría que incorporarle las variaciones que un mismo padre puede presentar con distintos hijos, en un contexto actual caracterizado por la presencia de modelos de paternidad y masculinidad patriarcales y, a la vez, por cambios y revisiones de estos mismos.

El cuidado de los padres hacia los hijos, si bien es una categoría analítica, también es una construcción social, siendo preciso no confundir hechos empíricos con teoría (Comas d’Argemir, 2014; Colen, 1995; Strathern, 1985). El ejercicio de las paternidades varía a lo largo del tiempo, de las culturas, las etapas de la vida del hombre, la clase social, los tipos e intensidad de los vínculos afectivos y de las parejas reproductivas.

Paternidad en Contextos de Desigualdad

En regiones como América Latina, las desigualdades económicas y sociales moldean las biografías de los hombres y los modelos de masculinidades y paternidades hegemónicas resultan poco accesibles a los sectores subordinados, marginales, excluidos y/o pobres (Bourgois, 2010; Alatorre y Luna, 2000; Jiménez, 2004; Gutmann, 1998). Las experiencias y el ejercicio de las paternidades no pueden pensarse por fuera de estas condiciones económicas y sociales, ni tampoco exentas de influencias morales y normativas propias del patriarcado -incluso, cuando este último se encuentra cuestionado-. En cada padre se conjugan relaciones con los hijos marcadas por el amor, por la violencia, o ambas a la vez; así también, experiencias de paternidad autoritarias y democráticas, abandonos y paternidades exclusivas (sin madres), paternidades judicializadas y deseadas, centradas en las tradiciones del modelo patriarcal y también permeables a los cambios en la distribución de poderes entre los géneros.

Tipologías de Paternidades

Se han generado tipologías de paternidades que procuran dar cuenta y organizar la multiplicidad de experiencias. Bonino (2003) nombra a algunos como padres participativos ayudantes, definiéndolos por establecer relaciones de participación con la pareja en las actividades del hogar, educativas, de crianza y cercanía afectiva con sus hijos e hijas. Para el autor, estos padres han comenzado a ocuparse de sus hijos, participando sobre todo en actividades placenteras o muy específicas como asistir al parto, cambiar pañales, bañar, dar la mamadera y acompañar a dormir.

Otros modelos de paternidades presentes en la bibliografía son el padre democrático (Olavarría, 2003) y el padre igualitario-participativo (Bonino, 2003). Ambos se caracterizan por establecer relaciones familiares basadas en la afectividad, la autonomía y la responsabilidad del desempeño igualitario de las clásicamente llamadas funciones paternales y maternales.

Desde la perspectiva de los padres entrevistados, las variaciones en las formas de ejercer la paternidad también se presentan entre los distintos hijos, incluso cuando estos son de edades parecidas. Así, se disuelve la idea de un modelo único y abarcador de paternidad para cada padre y toda su experiencia, se centra la mirada en la especificidad de cada díada padre-hijo y se vuelve preciso considerar las variaciones intraparentales que conforman un mosaico de paternidad.

Bonino (2003) plantea el concepto de Paternidad Multiforme, que hace referencia a los diferentes tipos de paternidad que se estructuran desde la filiación, incluyendo: varones transmisores de la sangre por vía matrimonial o no; varones transmisores a través de relaciones sexuales o por técnicas de reproducción asistida; varones transmisores del apellido a hijos propios, adoptados o nacidos del óvulo de la propia pareja con semen de otro varón; y padres que conviven o no con la madre de sus hijos o con estos. Siguiendo estos argumentos, se puede ser un padre ausente, próximo o protagónico en la crianza de los hijos y vinculado a los sentimientos.

La paternidad incorpora, a la par de la función proveedora material, la creación de lazos afectivos firmes y permanentes que requieren mayor cercanía de los hombres con los niños, además de la procura de cuidados (Esquivel, Faur, y Jelin, 2012).

Cambios Sociodemográficos y Paternidad

Las continuidades y los cambios en los modelos y experiencias de la paternidad, así como en las formas de conceptualizarlas, se correlacionan con otros en la dinámica sociodemográfica de la población, entre ellos: la esperanza de vida, el tamaño y la composición de las familias, la escolaridad y participación en el mercado de trabajo o en cargos de toma de decisión públicos y privados de las mujeres.

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Datos de Argentina

En Argentina, la esperanza de vida se incrementó en casi dos años en una década, pasando de 73,7 años en 2001 (hombres: 70,0 y mujeres 77,5) a 75,3 en 2010 (mujeres: 78,8 y hombres 72,0). La tasa global de fecundidad (TGF) descendió de 2,9 en 1991 a 2,4 en 2010, impactando en la dinámica familiar, específicamente en las decisiones y negociaciones referidas a la salud reproductiva y sexual. El aumento en el nivel educativo de las mujeres tuvo un mayor impacto en los sectores económicos medios y altos, sobre todo en lo que respecta a los estudios universitarios, en los cuales las mujeres incrementaron su matrícula 64,2% entre 2001 y 2010 y los hombres 30,6% durante el mismo período.

La inserción de las mujeres en los espacios públicos son elementos que trastocan los límites tradicionales de la división del trabajo y las lógicas patriarcales y de paternidad y masculinidad hegemónica. En Argentina, las representaciones en la Cámara de Diputados de la Nación variaron de 4,3% en 1985 a 29,2% en 2001, hasta llegar a representar el 39% en el 2016. Lo mismo sucede en la Cámara de Senadores, en la cual las variaciones fueron de 6,3% en 1985, a 37,1% en 2001 y a 42% en 2016. Cabe recordar que en 1991 se sanciona la Ley de Cupo Femenino (Ley 24.012), que establece que las listas presentadas deben tener mujeres en un mínimo del 30% de los candidatos a los cargos a elegir y en proporciones con posibilidades de resultar electas.

Otros elementos a considerar son las tendencias hacia la individualización de los derechos que permiten nuevas demandas públicas y la constitución y reconocimiento de nuevos sujetos sociales. Los nuevos marcos legales y sus desprendimientos normativos, los cambios en las dinámicas demográficas vinculadas a la reproducción, las familias y los hogares, y la flexibilización de los modelos patriarcales de masculinidad y paternidad conviven en nuestra sociedad con prácticas y discursos sociales tradicionales sobre la organización social del cuidado y una desigual distribución de la renta, los bienes, los servicios y del acceso al bienestar.

Estudio de Paternidad en el Barrio La Colina (AMBA)

Con el objetivo de obtener información sobre las características de los padres residentes en el barrio La Colina (AMBA), se realizó en 2016 una encuesta por muestreo coincidental en los dos principales accesos al barrio a 107 padres de entre 18 y 49 años. La edad promedio al momento de nacer el primer hijo fue de 20,9 años.

Los tipos de hogares de la muestra fueron:

  • 19% hogares unipersonales
  • 9% pareja sin hijos
  • 11% monoparentales (el varón) con alguno o todos los hijos
  • 43% conformados por la pareja y alguno o todos los hijos de cada uno o de ambos
  • 18% familias extensas

Se preguntó si vivían con todos los hijos y el 49% respondió "no". Al desagregar esta pregunta según tres grupos etarios (18-25 años, 26-35 años, 36-49 años), se observó que los más jóvenes son quienes menos viven con todos sus hijos. También se preguntó si tenían encuentros con los hijos no convivientes, y las respuestas fueron:

  • 31% tiene encuentros con los hijos no convivientes al menos 1 vez cada 15 días.
  • 37% tiene encuentros 1 vez al mes o menos.
  • 33% respondió que no los ve.

El 95% de los hijos que no ven a los padres son primogénitos, generalmente nacidos de relaciones casuales de menos de un año de duración e iniciadas antes de los 20 años. Los hijos subsiguientes, de otras parejas, tienen una relación más fluida con los padres, incluso después de una separación. Cuando se les preguntó si había algún motivo por el cual no tenían encuentros con los hijos no convivientes, la respuesta más frecuente fue que las madres de sus hijos no quieren que lo hagan.

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