Orfandad literaria contemporánea: Un análisis de sus manifestaciones y significados

La obra de María Negroni, particularmente en La boca del infierno, nos sumerge en un acto de lectura que es a la vez mirada, pensamiento y tacto. Este acto se desenvuelve en una escena originaria donde la autora, o más bien su imaginario y su voz poética, se encuentran inmersos en un recorrido por el castillo de Bomarzo y en su paso por la novela de Manuel Mujica Láinez. Al adentrarnos en La boca del infierno, nos convertimos en testigos de una experiencia de lectoescritura, pues en esta cosmogonía, leer y escribir van intrínsecamente de la mano.

Esta peculiar forma en que María Negroni nos invita a los lectores no es nueva; tuvo su origen, acaso, con El testigo lúcido (2003), un recorrido poético por la obra de Alejandra Pizarnik y sus textos de sombra. En aquel libro se desmenuza obsesivamente la reescritura que Pizarnik realiza a partir de La condesa sangrienta de Valentine Penrose. El referente inmediato que conecta a Penrose, Pizarnik y Negroni es, a su vez, la biografía siniestra de Erzsébet Báthory. La escena que se presenta ante la lectura de obras como estas parece ser la de "voces adentro de voces adentro de voces", voces que se superponen, erigiéndose desde el diálogo entre el mundo, las vidas, las cosas y la palabra poética.

El itinerario literario de Negroni incluye también títulos como Museo Negro (1999), con su incursión en la literatura gótica; Galería fantástica (2009); Pequeño mundo ilustrado (2011); Cartas extraordinarias (2013); y, más recientemente, la trilogía conformada por Dickinson (2018), Cornell (2013) y Satie (2018). De este modo, La boca del infierno se inserta en un cuerpo de lecturas devocionales donde la intérprete, insaciable y voraz, no puede sino invitar y transfigurar su objeto de goce en un "cuerpo otro", una suerte de Frankenstein poético donde las voces de sus libros amados cobran vida y transmigran.

Existe algo en el modo de leer de María Negroni que evoca a una niña jugando con la seriedad que solo la infancia posee. El texto leído, ya sea de Láinez, Dickinson, Shelley, una noticia de periódico o una etapa infame de la historia argentina, se convierte en evidencia, en el mundo inmaterial que nos envuelve y atrapa, una historia que nos atraviesa y recorre nuestros sentidos y afectos. La seriedad infantil se manifiesta como una entrega atenta, sin pausa ni prisa, en una actividad donde el deseo construye y ampara. Simone Weil describe la atención como un modo de entrega genuino, mientras que Malebranche encuentra en la oración la consagración extemporánea del pensamiento. Nietzsche, por su parte, alude a la necesidad, en la vida adulta, de ser serios como en los juegos infantiles.

Los libros de María Negroni se anclan en una episteme que busca "coser la materia al pensamiento", como expresa un verso de su poemario Oratorio (2021). Lejos de disociarse, materia y pensamiento conviven en un orden no unívoco. El hilo finísimo que une las palabras a las cosas es el hilván que trama los ropajes de lo real. En la voz lírica de La boca del infierno, las alusiones a los aledaños son constantes: lo real circundante es hostil, los hombres anidan el tiempo de sus vidas en jaulas incomprensibles, y el "derecho a disentir" se presenta como "inhumano". Aun así, la escritura brota. El duque Pier Francesco observa, capta, y lo que atrapa se convierte en materia prima para su boca infernal, impulsándolo a escribir y cantar, pues en su locura reside la música. Según Orsini, al terror se le deben las mejores páginas. ¿De qué otro espacio puede nacer la escritura sino del intersticio que abre lo real al agrietarlo? ¿Por dónde, sino por esas grietas que permiten el paso de la luz? Cuando lo humano no brinda asilo, surge una conciencia capaz de pronunciar "lo puede todo la nada que me habita".

Retomando a Simone Weil, transformar el mundo es un trabajo sobre las significaciones. Este arduo labor implica, en primera instancia, la capacidad de dialogar con nuestro entorno, de escuchar los sonidos del vacío circundante y, además, de pronunciar lo nuevo, aquello que se acerca más a la representación de lo que, en definitiva, somos. Pier Francesco da forma a su orfandad de viudo al mandar diseñar su bosque de monstruos en el castillo de Bomarzo. Su duelo esculpe la piedra, pule y amolda. Su deseo y pena, la incomprensión por la pérdida, dan lugar a las esculturas de su dolor sobre el pedregal. Esta poiesis única y espléndida lo hermana con el minimalismo de Satie, las extravagancias de Dickinson o los dioramas de Cornell, así como con las niñas de Báthory. El duque es un hombre de su tiempo: en pleno Renacimiento italiano y el auge del humanismo, no puede sino sentir el peso de las miradas propensas a simetrías y proporciones, incapaces de detenerse en lo deforme sin espanto. La perfección de las figuras opera sobre el inconsciente colectivo, sustentada por la nobleza de la que Orsini forma parte, aunque solo sea en parte. El entramado de esta "boca" canta, y las imágenes del duque responden a una cadencia capaz de tararear la demencia y el espanto. Un abismo de voces nace de libros dentro de libros dentro de libros.

Ilustración conceptual de un laberinto de libros interconectados, representando la idea de

El concepto de orfandad, explorado por María Zambrano a finales de los años ochenta, describe la situación del hombre contemporáneo como un callejón sin salida, a pesar de que la crisis que la propicia también puede ser un catalizador para algo nuevo. Su pensamiento, acogido tanto en España como en el extranjero, resuena profundamente en el corazón y el alma del hombre contemporáneo, abordando realidades profundas a menudo descartadas por el pensamiento occidental dominante debido a un enfoque erróneo de la interioridad.

La novela Orfandad de Karina Sosa, publicada en 2024, se aparta de un análisis sociopolítico exhaustivo de los eventos de Oaxaca en 2006 para centrarse en la exploración de la conexión fundamental entre sociedad e individuo. La propia historia de la autora se convierte en un caso ejemplar de este nexo. La narración se desliza a ratos como una ensoñación o una aparición espectral, reconstruyendo un tejido hecho de sueños y de intimidad. Sosa recrea las voces de funcionarios distantes, las oraciones de su guía espiritual, y su propia voz adolescente que anhela comprender. A través de estas páginas, Sosa rememora cómo su vida se transformó, dando lugar a los primeros gérmenes de escritura, las conversaciones con sus hermanas y abuela, la renuncia de su madre, la casa como primera morada vacía, y los libros iniciáticos de autores como Weil, Bakunin, Wilde y Calasso. La ciudad bullía de vida, las barricadas y sus grafitis, y la música de Bosé acompañaba la soledad. Su historia no es un mero recuento, sino la creación de un mundo con color propio, quizás el azul.

Orfandad cuestiona si un fenómeno de tal magnitud es personal e íntimo o colectivo, comparándolo con la sombra de un padre sobre la identidad de su descendencia. La novela responde que ambos dominios no son excluyentes; la abnegación silenciosa del hogar y la lucha pública y ruidosa en las calles ocurren simultáneamente, conformando la matriz que reconstituye a los individuos. Karina Sosa supera el dilema, reclamando la centralidad de su vida en medio de la vorágine, independizándose de la sombra paterna y reivindicando su propio punto de vista para contarlo, primero como un secreto y luego para dejar de hacerlo.

Fotografía de una manifestación social en una ciudad, con elementos de barricadas y grafitis, evocando el contexto de Oaxaca en 2006.

Sonia Reus y Bautista Pissano, protagonistas de la novela La orfandad de Sylvia Iparraguirre, recorren caminos distintos que confluyen en San Alfonso. La causa anarquista marca la vida de Pissano, mientras que la carencia y la búsqueda definen la de Sonia. La orfandad es una entrañable historia de amor entre dos seres solitarios, pero también un relato de los modos de relación propios de un pueblo rural, que deja oír las voces de sus habitantes y el imperioso rumor de los cambios del siglo. Esta novela recupera la pasión por narrar un mundo que sigue siendo el nuestro: una Argentina interior donde se gestaron realidades y mitos que marcarían nuestra historia contemporánea. Explorando la dimensión política en lo hondo de los personajes, este relato muestra cómo el amor puede transmutar la pérdida, el abandono o la opresión, confirmando el lugar privilegiado de Sylvia Iparraguirre entre nuestros narradores.

La lectura de Vida y muerte de un jardín de papel de Menchu Gutiérrez, y el posterior intercambio con su autora, llevaron a la reflexión sobre el sentimiento de orfandad en la edad adulta, alejado del territorio infantil donde habitualmente se circunscribe. Las obras creativas son transformadoras, añadiendo algo nuevo. La pérdida de una madre o un padre profundamente ligados cambia radicalmente la posición en el tiempo y el espacio, moviendo todas las piezas del tablero. Menchu Gutiérrez ya había abordado la orfandad en su primer libro de narrativa, Viaje de estudios, centrado en el trayecto en tren de un grupo de huérfanos. Sin embargo, en esta obra citada, la experiencia fue distinta: "Yo he temido siempre la orfandad y la he abordado de maneras diferentes. Pero una cosa es anticipar un sentimiento y otro vivirlo. Como escribí en el libro, ya no es necesario descifrarlo, está aquí".

Estas declaraciones revelan una obra nacida de inspiraciones diversas. Inicialmente concebido como un ensayo sobre elementos del jardín, un homenaje a su madre aún viva, el libro se vio bruscamente interrumpido por su fallecimiento. La autora se encontró ante la imposibilidad de continuar o abandonar un libro que era un regalo para su madre, lo que implicaba, de alguna manera, abandonarla a ella. El jardín de la madre se cruza con otros jardines y creaciones artísticas en una ávida búsqueda de respuestas y belleza. El dolor, como sentimiento humano inconstante, quizás da origen al libro.

La pérdida del padre puede hacer que la vida se vuelva "redonda", como si la luna descendiera para acurrucar al individuo en el balancín de un cuento infantil. El mundo se llena de pausas y del empeño de que nada borre lo anterior. La ausencia se presenta como un viaje extraordinario dentro de una pompa de jabón, un viaje al mundo de las cosas pequeñas. El duelo, al cantar, anima a descubrir nuevos horizontes entre pompas de jabón y lágrimas saladas, y pese a todo, existen cosas hermosas. Antes de esta entrega, la autora había publicado cuatro novelas, la última, Efectos secundarios (2013).

En el trayecto de este análisis, el libro de Almudena Solana se presenta como una novedad, mientras que otros, como el de Menchu Gutiérrez, ya han sido objeto de escritura previa. Los campos que se observan son extensos, y las respuestas a lo que somos, a lo que buscamos y a la manera en que nos movemos por el mundo se encuentran en las raíces, en los complejos y sinuosos entramados de la vida. La obra biográfica de Solana, que entrelaza diario, memoria y emotividad, ternura y vulnerabilidad, da cuenta de los distintos estados por los que se transita tras la muerte de los padres. La calma, al fin, llega, aunque hubo un largo recorrido de rabia, pues al principio del viaje, cuando murió el padre, el planeta parecía lleno de charlatanes desde la perspectiva del dolor.

La ausencia es un viaje extraordinario al mundo de las cosas pequeñas, explorando los corredores interiores y las estancias que conducen al pasado, a la infancia y a otras edades, buscando la figura de los ausentes a través de las propias vivencias o de las voces cercanas. Todo contribuye a dibujar el retrato de quien ya no está. Frases como "Lleva la alegría donde vayas", repetidas por el padre a la autora, la llevan a reflexionar sobre la herencia de esa alegría, que es la otra cara de la pena, la que se muestra cuando esta última desaparece. Los escenarios que le describe una amiga, natural de Galicia, se entrelazan con sus pensamientos y espacios de intimidad, narrados de forma cercana y sincera, donde los sueños también actúan como cauce de revelación.

Cuando las mujeres fueron pájaros de Terry Tempest Williams comienza con un homenaje a la madre y se convierte en un acercamiento al yo, a las raíces, búsquedas y motivaciones de quien escribe. "Fuentes que se rompen. Nacimos de lo que fluye, no de lo fijo. El agua es esencial. Una madre es esencial. El océano como madre es fascinante por su poder, una fuerza creativa que puede consolar y destruir". La autora y su madre confiaban la una en la otra en la playa, entreteniéndose entre silencio y silencio. El anhelo de dejar constancia de una vida, de rescatar sus valores, se convierte en un propósito común, una forma de hallar respuestas, de resistir y seguir andando, aprendiendo de nuevo.

En La aurora cuando surge, el narrador y poeta Manuel Astur traza un itinerario personal que no busca superar la ausencia ni abrir un diálogo-homenaje con su progenitor. "Mi padre bajo las estrellas. Solos él y su presente. Solos él y su muerte. / Mi padre existiendo entonces." El padre de Astur, hombre de lecturas y autor de la novela Éramos río, está presente en él, y esa constatación es uno de los valores del libro. El legado del padre es el modo de ver el mundo, creyendo en la poesía y enseñando a vivir en un mundo lleno de ella y de belleza. No hay dolor ni pena en su recuerdo, solo la conciencia de ser una rama que sabe de qué tronco viene.

El dolor sí está muy presente en Mi refugio y mi tormenta de Arundhati Roy. A raíz de la muerte de su madre, la autora ejecuta un doble ejercicio de desciframiento, comprensión y autoexploración, intentando atravesar la herida de una compleja relación con un ser contradictorio del que debió huir para poder seguir queriéndola. "Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado, sin que ella formara parte de él." La madre es referida como su "tormenta" y su "refugio", una mujer luchadora y inspiradora, pero cruel y dura con sus hijos. La autora confiesa no haber conseguido acostumbrarse a los giros imprevisibles de su madre, a la luz y la sombra de sus cambios de humor, y haberse visto girando en el espacio sin ancla ni coordenadas tras su partida, pues había construido todo su ser a su alrededor. "Siempre quise que se marchara como una reina."

Vida y muerte de un jardín de papel, una obra que parte del duelo personal para acoger los duelos colectivos, se distingue por la huida del yo, por el intento de la autora por desaparecer, abrazando la orfandad de todos y la fragilidad que une ante la experiencia común de la pérdida. En respuesta a una pregunta sobre estas palabras, Menchu Gutiérrez señaló: "Mi yo continúa desdibujándose. Y mi madre sigue jugando al escondite conmigo cada día".

LA VIDA Y OBRA DE MARÍA ZAMBRANO: EL DOCUMENTAL

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