La pregunta que surge en torno al Servicio Nacional de Menores (Sename) es contundente: "¿Qué hacer con el Sename? ¿Cómo proteger a los niños, niñas y adolescentes?". Para muchos, la cruda realidad de estos centros de protección al menor, que se extiende por más de tres décadas, se refleja en relatos escalofriantes.
Infancias Perdidas y Sueños Rotos
Edson, quien también vivió en un hogar del Sename, compartió su experiencia con dolor: "muelen emociones, matan la infancia. Estamos hablando de niños que necesitan protección". Su testimonio se suma al de Alejandra, quien, por miedo a ser estigmatizada, prefirió no revelar su identidad. Ella relató la crueldad vivida: "la gente es mala, dejan que abusen de ti. Que te peguen, que te maltraten, por cualquier cosa". Su única posesión preciada era una muñeca que debía esconder, su único juguete. "El Sename a mí me rompió la vida", afirmó, describiendo cada momento de crisis como una tortura grabada en la piel, incluyendo violaciones sufridas desde los siete años, y la obligación de lavarse por supuestos "malos comportamientos".
El Sename registra un alarmante número de 1.313 menores fallecidos en tan solo 12 años. Un lapidario informe de la PDI, elaborado en 2017 por encargo del fiscal Marco Emilfork, concluyó que el Estado chileno viola sistemáticamente los derechos de los niños bajo su tutela.

Un Largo Camino de Institucionalización
Paula, con 20 años, relató su vida entera vivida en residencias de protección. Ingresó a los dos años debido a problemas familiares, incluyendo el alcoholismo y abuso de su madre, además de los trastornos psicológicos de esta y el consumo de drogas de su padre. Sus escasos recuerdos felices de la infancia incluyen un regalo de su madre y una foto de su padre. Estos objetos la acompañaron al hogar Santa Ana, su primer centro en Quilpué.
A los cinco años, Paula y su hermana menor fueron trasladadas a la Casa de la Providencia en Valparaíso. Tuvo que asumir un rol de cuidadora para su hermana, protegiéndola de las niñas mayores. Sus padres dejaron de visitarlas, abandonándolas. Las condiciones en la residencia eran precarias: pan duro con hongos, almuerzos repetidos y solo un vaso de agua. Las niñas se las ingeniaban para conseguir algo más, como jugos o salsa para los fideos, y las ensaladas a menudo contenían insectos.
A pesar de las dificultades, existían momentos de camaradería. Se formaban grupos de amigas, consideradas como hermanas, compartiendo un armario común. Paula aún mantiene contacto con su amiga María Paz, a quien quiere mucho. La separación tras el cierre de la Casa de la Providencia en 2015, debido a denuncias de maltrato y abuso sexual, fue dolorosa. María Paz, tras ser expulsada de otra residencia, logró estudiar y trabajar, pero su madre sigue sumida en las drogas.
Paula recordó el episodio de los abusos que afectaron a algunas niñas, señalando al "Tío Tomate" como el presunto agresor. La soledad en el hogar propiciaba que las niñas fueran vulnerables a cualquier persona que les ofreciera compañía. Muchas llegaban por casos de abuso o violación, incluida ella misma por un abuso familiar que denunció, aunque sin consecuencias por el tiempo transcurrido.
La desesperación llevó a algunas niñas a autolesionarse. A los 16 años, Paula intentó suicidarse con ibuprofeno, colapsando por depresión y la sensación de abandono por parte de sus padres. Fue auxiliada por la psicóloga del hogar y su amiga María Paz.
Otro suceso trágico fue la caída de su compañera Kathy desde un muro, sufriendo graves heridas en la cabeza y quedando meses en coma. Las niñas rezaban a diario por su recuperación.
Paula relató la llegada de una niña de 14 años que había sido violada por su hermano y tío. Tuvo que guiarla por el hogar. Tiempo después, la niña fue discriminada y acusada de abusar de otras niñas por ser lesbiana, enfrentando el rechazo de algunas tías homofóbicas.
La separación de hermanas por adopción también marcó profundamente. Su amiga Kimberly llegó con su hermana menor, quien fue adoptada. Kimberly, tiempo después, se encontró con Paula en el liceo, pero estaba sumida en las drogas y descuidada, añorando reencontrarse con su hermana.

El Cierre de la Providencia y un Nuevo Comienzo
El cierre de la Casa de la Providencia en marzo de 2015 fue un golpe devastador para Paula, provocándole ansiedad y soledad en un nuevo hogar. Se enteró del cierre a través de la televisión, junto a sus compañeras, quienes estaban enojadas. Fue una de las primeras en ser trasladada, eligiendo entre varios hogares. La despedida de su amiga María Paz fue emotiva, entre lágrimas y abrazos.
En el hogar Teresa Cortés Brown, Paula encontró un lugar mejor, pero las otras niñas tomaban medicación para la ansiedad y algunas sufrían descompensaciones. Su hermana también se trasladó con ella y egresó al año siguiente.
La Dura Realidad al Cumplir la Mayoría de Edad
Al cumplir 18 años en diciembre de 2015, Paula dejó el hogar. Enfrentar la vida exterior fue lo más difícil, experimentando ataques de pánico y dificultad para desenvolverse en público. Tuvo que vivir con su madre, quien tenía una nueva pareja, y enfrentar la falta de recursos para matricularse en el liceo y acudir al consultorio. Su madre la rechazó, negándole ayuda y recurriendo nuevamente al maltrato.
Para subsistir, trabajó cuidando a una anciana ciega y a un hombre con Alzheimer, ganando 50 mil pesos semanales. Se enfrentó a su madre debido a las peleas y el consumo de alcohol durante las visitas de su hermana menor. Tras una fuerte discusión, fue echada de casa.
Se fue con su padre, cuya pareja la rechazaba. Se esforzó por continuar sus estudios para ser técnico en párvulos. Sin embargo, el día que debía ingresar a clases, la pareja de su padre la agredió y la dejó en la calle.
Estuvo un tiempo con una tía en Quilpué, pero su ansiedad aumentó, sintiéndose incómoda e incomprendida. Se aisló, y la familia terminó echándola. Regresó con su padre, pero la ansiedad persistía.
La Nochebuena de 2016, huyó de casa de su padre con un bolso de ropa. Una asistente social la acogió temporalmente. Luego, vivió con una vecina, pero la situación se volvió insostenible.
Con el apoyo de su pololo, con quien mantenía una relación desde los 13 años, se mudó a Olmué con su abuela. Encontró un entorno tranquilo, con árboles frutales, perros y gatos. Pudo retomar sus estudios y se matriculó en cuarto medio, con el sueño de estudiar fonoaudiología o parvularia. Trabaja como garzona los fines de semana.
Aún se preocupa por su hermana menor, quien está con una tía y ha comenzado a beber. Paula recibe tratamiento para la depresión en el Cesfam de Limache y toma fluoxetina.
Su mensaje es de perseverancia: "no porque una estuvo en un hogar del Sename no se puede salir adelante". Insta a la sociedad a ayudar a los niños y niñas que egresan de estos hogares, ya que "al salir quedamos a la deriva. Solos".
En noviembre de 2017, se graduó de cuarto medio con un promedio de 6,5, pero sus padres no asistieron. Celebramos con sus hermanas, con los escasos recursos disponibles.

Abusos en Aldeas Infantiles S.O.S. y Fallas del Sistema
En marzo de 2010, Aldeas Infantiles S.O.S. tuvo que recurrir a la justicia debido a abusos sexuales contra cuatro niñas. Dos de ellas, de 4 y 6 años, vivían en la Aldea Los Aromos, y otras dos, de 7 y 8 años, en la Aldea Madreselvas. Las niñas habían sido maltratadas por sus padres. Los agresores, en este caso, eran jóvenes que también habían sido víctimas. Uno tenía 15 años y residía en el mismo hogar, mientras que el otro, de 18 años, había vivido en el hogar desde los 6 años.
En el mismo hogar, se detectó que una joven de 16 años tuvo "conductas sexualizadas" con un niño de 9 años.
La investigación sobre los crímenes de Benjamín Morales (3 años) y Daniel Maldonado (2 años) evidenció fallas en el sistema de protección, que a veces llega tarde. Los abusos en Aldeas SOS revelaron problemas aún más graves, como la falta de control y preparación del personal, o la falta de criterio, como en los casos de maltrato físico denunciados en hogares del Ejército de Salvación.
Los niños que llegan a la red Sename han sufrido daños profundos. En el hogar Cardenal Carlos Oviedo, muchos de estos chicos requieren atención especializada que la institución no puede ofrecer. Un caso complejo es el de un niño que fue abusado por su padre durante años y que, además, abusaba de su hermana. El niño intentó violar a otro interno en un hospital, requiriendo atención especializada que no ha recibido. La directora del hogar, Leontina González, señala que así se forman adultos con personalidades despiadadas.
En el hogar Carlos Oviedo, un chico con retardo mental severo tiene fijación sexual con la mascota del centro, requiriendo más atención de la que el hogar puede proporcionar.
Brecha Financiera y Necesidades Insatisfechas
El Estado cubre solo alrededor del 60% de lo necesario para una atención de calidad a los niños abandonados. Si el Sename paga 150.000 pesos mensuales por niño, lo adecuado serían 250.000 pesos. Esta brecha financiera dificulta un cambio radical en la situación.
La solución para las atenciones especializadas no es alentadora. Se requieren especialistas de mayor calidad y dedicación. Se estima que los niños con daño extremo no deberían superar los 20 casos en todo Chile.
Hasta ahora, no se ha realizado un catastro completo de las atenciones de salud mental necesarias. El Sename no puede resolver el problema por sí solo, y no hay posibilidad de crear un sistema paralelo al de Salud Pública.
Fugas, Adulteración de Datos y Precariedad
La compleja red de protección estatal revela un "hoyo negro". La "Comisión despeje", formada por jueces de familia y el Sename, examinó los problemas de la red de protección, pero detectó situaciones delicadas, como niños ausentes en los hogares sin previo aviso.
En dos hogares de la fundación Mi Casa ("Puertas Abiertas" y "Abriendo Caminos"), se reveló la ausencia continua de niños, especialmente durante la noche y los fines de semana. En el centro "Abriendo Caminos", siete de 67 niños se fugaron, y 27 estaban en acercamiento familiar, tres de los cuales fueron acusados de robar un computador en la misma fundación.
En la Residencia Especial Galileo de La Serena, se adulteraba la cantidad de niños atendidos, informando 20 niños cuando la auditoría reveló que solo 6 permanecían allí por un plazo razonable de seis meses.
La precariedad de las condiciones de vida en los hogares es generalizada. El hogar de niñas de la fundación Carlos Oviedo presenta problemas de higiene, falta de profesionales y atención insuficiente para niños con problemas de salud mental.
El hogar Juan XXIII en Buín, administrado por Coanil, que recibe a niños con discapacidad mental grave o profunda, presenta condiciones de emergencia, baños en pésimas condiciones de higiene, filtraciones y hacinamiento. Los niños vagaban por un patio sin estímulos ni actividades.
Los niños protegidos por el Sename viven en peores condiciones materiales que los jóvenes presos. El terremoto de 2010 empeoró la situación, afectando a hogares en casas antiguas.

Violencia y Daños Psicológicos Persistentes
La violencia es una constante en los hogares. Los niños, con vidas difíciles y problemas de control de impulsos, no reciben el personal especializado necesario. En el Hogar Helmuth Hunner, un niño fue golpeado con un trozo de manguera por la esposa del director.
Las historias de los niños internados revelan un patrón de abuso: muchos son hermanos, internados al nacer. En el hogar El Broquel, la mayoría de las niñas fueron atacadas por sus padres o las parejas de sus madres. Abuelas se hacen cargo de nietos maltratados, a menudo agotadas.
- Caso 1: Niño de 9 años, ingresado por violencia intrafamiliar, abandono y abuso sexual.
- Caso 2: Niña de 7 años, ingresada por negligencia parental, maltrato psicológico y abuso sexual a su hermana mayor.
- Caso 3: Hermanos de 4 y 3 años, con escasas posibilidades de egreso por abuso de cocaína de la madre y sospecha de abuso sexual del padre.
- Caso 4: Hermanas de 13 y 17 años, ingresadas por abuso sexual del padre biológico y violencia de la madre.
La Caridad como Sustento y la Transformación en Agresores
Los recursos estatales son insuficientes; la brecha se cubre con caridad. Las instituciones realizan colectas y buscan apoyo de empresarios. Aquellas con mejores redes ofrecen mejores condiciones y profesionales. Las que dependen de fondos públicos a menudo carecen de infraestructura adecuada, higiene y especialistas.
Hasta hace poco, se creía que los niños del sistema de protección terminaban en el sistema penal. Sin embargo, datos de 2010 mostraron que el 16% de los adolescentes en el sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (RPA) habían estado protegidos por el Sename. El porcentaje de niños atendidos por protección que se vuelven infractores es menor.
Los niños abandonados son educados estrictamente en los hogares, a menudo desarrollando actitudes conservadoras y desprecio por otros grupos. Les cuesta asumir el rechazo familiar, a pesar de haber sido testigos y víctimas de violencia.

Edison Gallardo: Superviviente y Activista
Edison Gallardo, sobreviviente de abusos, denuncia la complicidad entre la Iglesia Católica y el Estado en los crímenes. Fue agredido por el ex arzobispo Francisco José Cox mientras estaba al cuidado del Estado en el Hogar Redes, regentado por religiosas católicas.
Presenció abusos psicológicos, sexuales y maltrato, pero "nadie hacía nada". También fue testigo de numerosas adopciones irregulares, donde niños con familias en Chile eran adoptados por extranjeros en plazos muy cortos.
"Mi Infierno en el SENAME": Un Grito de Alerta
Edison describe su libro "Mi Infierno en el SENAME" como un relato de su vida en el "infierno" ante la indiferencia del Estado y la sociedad. Habla de niños olvidados, sin voz, sin expectativas, condenados por la pobreza y el abandono, que solo conocen castigos, abusos, soledad y silencio.
Ingresó al Sename a los dos años y medio y estuvo hasta los quince. Su caso es excepcional, logrando estudiar y titularse como técnico en contabilidad, e ingresando a Derecho.
Con su libro, busca exorcizar la pesadilla y lanzar un grito de alerta a la sociedad por los niños sin derechos. Insta a las instituciones, gobernantes y a la población a reconocer sus responsabilidades y poner fin a esta "aberración".
El libro relata experiencias de castigos constantes, violaciones, abusos, hambre y frío. Edison describe cómo, por "descuido institucional", fue transferido a una cárcel siendo menor de edad, donde fue golpeado. La monja a cargo lo castigó severamente por pedir algo tan simple como comida.
Edison afirma que la realidad de los internados cambiará cuando cambien los directores y empleados que ocultan la verdad. Escribió el libro para su hija, para que supiera lo que vivió su padre.
