Para abordar la ética de manera significativa, es fundamental reconocer que el poder como fin principal de la política y el beneficio como objetivo central de la actividad empresarial son metas erróneas. Ambos son, esencialmente, medios y no guardan sentido si se les convierte en una finalidad última. No es posible desarrollar criterios de actuación sólidos si no se tiene en mente una finalidad determinada, razonable y honesta.
La sociedad humana puede ser comprendida como un sistema de diálogo y de propiedad. La persona únicamente podrá ser verdaderamente humana si es capaz de comunicarse racionalmente y de poseer adecuadamente. Cuanto más profundo es el uso del intelecto y de la voluntad para comunicarse y poseer, más humano se es. El comportamiento ético solo es posible cuando la persona tiene virtudes, es decir, cuando ha aprendido a comportarse. La ética consiste en la actuación humana correcta o perfecta. La expresión máxima de la comunicación (la verdad) y la expresión máxima de la posesión (el bien) se dan en los seres espirituales (intelectuales).
La Crisis de la Ética Moderna y el Renacimiento de la Virtud
La paradoja radica en que solo es posible comunicar verdaderamente si no se impone la propia opinión, sino que se acepta la realidad. Además, solo se tiene amor y amistad auténticos, la forma de posesión más profunda, cuando se renuncia a instrumentalizar a los demás para conseguir las propias metas. Se denomina virtud moral a aquello que el ser humano añade a su naturaleza; mediante ella es capaz de adquirir más humanidad, de ser cabalmente humano. La virtud es un hábito que transforma la individualidad cerrada en universalidad, o en una comunidad.
Las leyes y el poder político constituyen coacciones externas; pueden “obligar a respetar”, pero no son capaces de ordenar interiormente al bien común, ya que este se halla por encima de las esferas de las leyes y de la política. El bien común es objetivo y subjetivo al mismo tiempo. La esencia de la corrupción, tan generalizada hoy, es la utilización de la influencia y los bienes públicos para conseguir el beneficio privado. La esencia del escándalo, por su parte, es utilizar incorrectamente lo privado para utilidad también privada. Ambos casos, hoy tan repetidos, son consecuencia de la falta del sentido del bien común, por haberse perdido igualmente el sentido común.

El Diagnóstico de Elizabeth Anscombe
El renacimiento de la ética de la virtud tiene un hito importante en el trabajo de Elizabeth Anscombe, quien en su ensayo “La Filosofía moral moderna” diagnosticó la enfermedad general de las teorías morales de la modernidad. Según Anscombe, los términos de obligación y deber moral han perdido su sentido, ya que solo funcionan con un modelo legalista de la ética que contenga la idea de un legislador (Dios en el Medioevo), modelo que se pretendió abandonar en la modernidad.
Anscombe argumenta que estos términos adquirieron su sentido y fuerza en el ámbito moral gracias al cristianismo, transformando palabras como "ἀµαρτάνειν" (errar) en "pecar". Sin embargo, tras el período medieval, los filósofos intentaron abandonar las referencias a un legislador divino, sustituyéndolas por la razón. Mantener los viejos términos sin su soporte fundamental no es sensato. Sería más razonable abandonarlos, ya que "no tienen sentido fuera de un modelo legal de la ética; ellos no van a mantener una concepción semejante y, además, es posible hacer la ética sin ese término, como se ve en Aristóteles".
Críticas a las Teorías Éticas Modernas
Anscombe criticó a la teoría ética de Kant por la noción de “legislar para uno mismo”, considerándola absurda y un regreso a la ética legalista, además de señalar que su regla sobre máximas universalizables no estipula “qué valdrá como una descripción apropiada de la acción”. Esta crítica también se extiende a Mill, afirmando que si no se establece una descripción adecuada, “más o menos cualquier acción puede describirse de tal manera que caiga bajo una variedad de principios de utilidad”.
La crítica más fuerte de Anscombe al consecuencialismo lo califica de “filosofía superficial” por poner el énfasis solo en lo externo: las acciones y sus consecuencias. En su opinión, tanto la ética kantiana como el utilitarismo, tradicionalmente vistas como opuestas, forman parte de un mismo grupo que deriva de la enfermedad de retener el modelo de la ética como un conjunto de leyes, reglas o principios.
Anscombe propone que la fuerza psicológica necesaria para guiar la acción no provenga de un mandato de un legislador, sino de una “explicación de la naturaleza humana, la acción humana, el tipo de característica que es una virtud o, por encima de todo, del ‘adecuado desarrollo’ humano”. Esta fuerza proviene de la necesidad de cada hombre de florecer como hombre, lo que constituye un cambio en la dirección del análisis hacia la comprensión del agente moral.
Éticas del Acto vs. Éticas del Agente: El Debate Central
La ética de la virtud se distingue por su interés en responder la pregunta ¿cómo debemos ser?, en oposición a las teorías interesadas en responder a preguntas del tipo ¿qué debemos hacer? o ¿cómo debemos actuar? Esta diferencia en el análisis de lo que más importa en la evaluación moral hace que las primeras sean llamadas éticas del agente, y las segundas éticas del acto.
Las éticas del acto están centradas en el concepto de deber y buscan desarrollar reglas o principios para actuar, mientras que las éticas del agente se centran en los conceptos griegos de:
- Areté (virtud o excelencia)
- Phrónesis (sabiduría práctica o prudencia)
- Eudaimonía (felicidad, bienestar o florecimiento)
La Ética de Aristóteles FÁCIL (Felicidad, virtudes éticas y dianoéticas, justo medio)
La Ética de la Virtud como Complemento y Alternativa
La ética de la virtud se presenta como revolucionaria respecto a la manera moderna de entender el fenómeno moral, al tiempo que es heredera del pensamiento antiguo. Sin embargo, hay quienes la ven como un desarrollo de temas ya tratados en la modernidad, lo que la haría innecesaria.
Según Roger Crisp, es útil distinguir entre teorías de la virtud (investigación general sobre la virtud) y éticas de la virtud (campo más estrecho que aboga por la centralidad de las virtudes). Una reacción general es considerar que la ética de la virtud es el complemento necesario de cualquier teoría moral que se pretenda completa, ya que captura varias intuiciones importantes sobre el valor moral, como la relevancia de la motivación, los sentimientos y las emociones morales. Esto permite una reconciliación entre razón y sentimientos, que no tienen por qué ser fuerzas en pugna.
Un virtuoso actuaría siguiendo sus emociones y sentimientos morales, los cuales han sido habituados a querer lo que se adecua a la recta razón. En este sentido, la ética de la virtud ofrece una explicación natural y sugestiva de la motivación moral y constituye un intento real por lograr la comprensión del carácter moral.
Greg Pence señala que las teorías ajenas a la virtud tienen un defecto común: una persona podría obedecer todas las normas morales como un robot y llevar una vida perfectamente moral. En contraste, en la teoría de la virtud, "tenemos que conocer mucho más que el aspecto exterior de la conducta para realizar juicios así, es decir que tenemos que conocer de qué tipo de persona se trata, qué piensa esta persona de los demás, qué piensa de su propio carácter, qué opina de sus acciones pasadas y qué piensa sobre lo que no llegó a hacer".
Asimismo, la ética de la virtud recupera la idea de que la vida no se trata solo de acciones aisladas, sino de buscar una especie de unidad narrativa en lo que hacemos, dando atención a los ámbitos de la vida que forman el carácter.
Integración de las Virtudes en Teorías Modernas: El Utilitarismo
Aunque el utilitarismo se centra en las consecuencias de las acciones para la mayor felicidad o bienestar, John Stuart Mill en "El Utilitarismo" sostiene que el criterio utilitarista "no consiste en la propia felicidad del agente, sino en la mayor cantidad de felicidad total; y si bien puede dudarse de que un carácter noble sea siempre el más feliz a causa de su nobleza, no puede haber duda de que dicho carácter hace a otros más felices, y que el mundo en general se beneficia enormemente de él." Esto sugiere que, incluso desde una perspectiva utilitarista, el desarrollo de un carácter virtuoso tiene un valor instrumental para el bien común.
La Phrónesis (Prudencia) como Pilar de la Vida Virtuosa
La ética de la virtud es una filosofía que desarrolló Aristóteles y otros grandes filósofos griegos. Esta perspectiva privilegia el carácter moral de las personas y dicta que adquirimos la virtud a través de la práctica. Al practicar la honestidad, valentía, justicia, generosidad, las personas desarrollan un carácter moral y honorable.

La ética de la virtud tiene sus principios en los planteamientos aristotélicos y se enfoca en el carácter moral de la persona; las decisiones, acciones e intenciones del sujeto evidencian un conjunto de cualidades o virtudes que le son propias. Desde la pregunta por la vida buena y la felicidad se explora la manera en que un individuo podría alcanzarlas, planteando como elemento clave el desarrollo de la prudencia (phrónesis) por parte de cada quien.
La pregunta por la vida buena no se puede resolver pensando en las personas de manera aislada, sino teniendo como trasfondo los múltiples tipos de interacción que se dan al interior de las comunidades políticas o sociales. En sociedades contemporáneas, liberales y democráticas, el compromiso con el pluralismo es fuerte para evitar visiones homogeneizantes. La pregunta se transforma entonces en cómo vivir bien en sociedades donde somos diferentes, cómo vivir juntos a pesar de pensar y ser distintos sin que ello implique la negación de una vida digna para ninguna de las partes. Este es el interrogante fundamental de la justicia.
La justicia y la vida buena son posibles a través de un enfoque dual que incluye:
- Un compromiso de parte de las instituciones respecto de las reglas y prácticas que generan.
- Un compromiso de los agentes respecto del modo en que actúan y deliberan.
Es en este último punto donde el concepto de phrónesis en Aristóteles y su correlato en el sujeto que se compromete con ella, el phronimos, se vuelven fundamentales para comprender qué es y cómo aspirar a una buena vida que además dé cuenta de las demandas de justicia propias de las comunidades políticas contemporáneas.
La Prudencia en el Ejercicio Profesional
Para los psicólogos, esta pregunta se transforma en interrogantes como: ¿cuáles son los deberes que ha de cumplir y los derechos que poseen tanto él como sus usuarios?, ¿qué significa ser prudente en el ámbito del ejercicio psicológico o cómo lidiar con las diferentes visiones sobre la vida buena desde la profesión? Este concepto de prudencia ha venido transformándose desde la antigüedad a la luz de las apropiaciones de distintos autores.
Sin embargo, es en la reflexión moral adelantada por Aristóteles, en particular en su conocida Ética a Nicómaco, donde se cristalizan preocupaciones y reflexiones relevantes para los retos contemporáneos propios de las diferentes profesiones. Para el filósofo, no existen recetas que nos puedan decir cómo vivir bien y alcanzar la felicidad, no hay modo de determinar de antemano lo que hay que hacer en cada caso para tomar las mejores decisiones, ni es posible que un método lo garantice.
Lo que no significa, sin embargo, que no se puedan dar importantes indicaciones. Para Aristóteles, la vida buena, la justicia y la felicidad están ligadas al hecho de que vivamos como personas virtuosas; lo que no significa actuar de un modo particular que se pueda sintetizar en máximas de vida, sino saber hallar, en cada circunstancia, lo que constituye el justo medio de las cosas a partir de la consideración crítica de las circunstancias, los medios y los fines.
Hablamos, entonces, de una capacidad reflexiva y deliberativa para poder distinguir entre lo bueno y lo malo y actuar, en cada caso, en conformidad con una justa consideración. Aristóteles señala que las cosas y los hombres se malogran por exceso y por defecto, y que es necesario evaluar cada circunstancia de forma particular para tomar la correcta decisión.
Sin embargo, hay cosas que no admiten un justo medio, como el robo, el daño al prójimo o el asesinato, que para Aristóteles, por principio, están mal. Todas aquellas cosas que generan sufrimiento, niegan el reconocimiento o son ejercicios de dominación, no admiten un punto intermedio, sino que deben ser rechazadas tanto en nuestra vida privada como en nuestro ejercicio ciudadano y profesional.
La prudencia nos señala que no es posible hacer lo mismo en todos los casos y que, incluso en situaciones similares, siempre existirán variables que nos harán reconsiderar nuestras decisiones. Por ello, esta virtud, que afecta a las otras (valentía, generosidad, modestia, etc.), apunta al desarrollo de un ejercicio de ponderación en la búsqueda del justo medio. Pero no es posible hacer lo correcto simplemente realizando un ejercicio de prudencia, pues esta debe estar enfocada hacia la rectitud, es decir, apuntar a otros valores que son su real marco de juego. Para los psicólogos, esto es un deber, no solo por el desarrollo de altos estándares profesionales sino, ante todo, porque la psicología es una disciplina con alto impacto social.
Es importante señalar que no se nace prudente, pero tampoco que la imprudencia es algo natural. Las virtudes son susceptibles de aprenderse y de ejercitarse, y solo se las posee como consecuencia de un hábito. La prudencia consiste en evaluar la mejor manera de adecuar principios a circunstancias, estando en conformidad con los ideales normativos de las acciones. Para quien toma la decisión, se trata, a su vez, de la conciencia sobre la falibilidad: ser prudente tiene que ver con tener presente la posibilidad del error, para imponernos la sana costumbre de juzgar con cierta dosis de duda, que no es la de la ignorancia, sino la de la conciencia sobre los propios límites.
Virtud en la Práctica: Ejemplos y Aplicación
En última instancia, el carácter moral de las personas se forja y dicta que adquirimos la virtud a través de la práctica. Al practicar la honestidad, valentía, justicia, generosidad, entre otras virtudes, las personas desarrollan un carácter moral y honorable.
Para ilustrar la diferencia entre tres filosofías claves de la moralidad (utilitarismo, deontología y ética de la virtud), los estudiosos de la ética Mark White y Robert Arp señalan la película The Dark Knight, en la que Batman tiene la oportunidad de matar al Guasón:
- Los proponentes del utilitarismo, sugieren White y Arp, estarían de acuerdo con la decisión de matar al Guasón, ya que al quitarle la vida, Batman podría salvar a muchas personas.
- Los proponentes de la deontología, por otra parte, se opondrían a la idea de matarlo simplemente porque estaría “mal”, independientemente de las consecuencias.
- Pero los proponentes de la ética de la virtud “recalcarían el carácter moral de la persona que mataría al Guasón”. Es decir, la pregunta central sería: ¿qué tipo de persona se convierte Batman al tomar esa decisión?
Entonces, la ética de la virtud nos ayuda a entender lo que significa ser un ser humano virtuoso hoy en día, poniendo el foco en el desarrollo del carácter y la sabiduría práctica para navegar las complejidades de la vida moral.