La combinación de ser mujer, vivir en pobreza y ser jefa de hogar en Chile es un "cóctel brutal", según expresaron participantes en diversos estudios. Esta compleja interrelación tiene profundas implicaciones en la salud mental y el bienestar general de las mujeres.
La Feminización de la Pobreza y sus Implicaciones
Pobreza y Género como Determinantes de la Salud Mental
La pobreza es un determinante clave de la salud mental, generando un círculo vicioso. Las personas que viven en pobreza están más expuestas a problemas de salud mental debido a acontecimientos adversos, estrés, exclusión social y una menor red de apoyo. El género también es un determinante, ya que las mujeres enfrentan una situación de menor privilegio, una inserción laboral más precaria y una mayor exposición a la violencia de género. Además, existe una sobrecarga por las tareas domésticas y de cuidado, a menudo con escaso reconocimiento social y, en ocasiones, críticas. Esta perspectiva se basa en el modelo de determinantes sociales de la salud, que considera la influencia de condiciones sociales como la pobreza y el género más allá de los riesgos individuales de enfermar.
La pobreza y el género pueden entenderse como ejes de opresión conjunta, ya que la salud mental de una mujer de nivel socioeconómico alto difiere significativamente de la de una mujer de nivel socioeconómico bajo. A nivel mundial, el 70% de la población que vive en pobreza son mujeres, un fenómeno conocido como la feminización de la pobreza. Esto se atribuye a la falta de acceso a recursos y oportunidades económicas, la desigualdad en el mercado laboral y la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Muchas mujeres combinan actividades reproductivas y productivas, experimentando una doble jornada extenuante, y asumen la responsabilidad de abordar la pobreza a través de tareas sociales y comunitarias, lo que representa una triple jornada. A esto se suma un acceso desigual a los servicios de salud mental según el nivel socioeconómico.
La economía del cuidado y la feminización de la pobreza en América Latina
Medición de la Pobreza en Chile: Enfoque Multidimensional
Hace algunos años, Chile adoptó el Índice de Pobreza Multidimensional para medir la incidencia de la pobreza de manera más integral. Este indicador evalúa la situación de los hogares en cinco áreas de bienestar: empleo, salud, trabajo y seguridad social, vivienda y entorno, y redes y cohesión social.
La medición tradicional por ingresos ha mostrado que la incidencia de la pobreza es más alta entre las mujeres, superando la de los hombres en aproximadamente 1,5 puntos porcentuales en promedio desde 2006. Con la medida multidimensional, si bien la brecha entre hombres y mujeres se revierte en el indicador global con una incidencia agregada algo mayor entre los hombres, se aprecian diferencias al desglosar el índice.
- En general, los hogares encabezados por mujeres presentan una mejor situación en el área de salud.
- El rezago más importante para las mujeres se encuentra en el trato igualitario, que mide la frecuencia con la que los miembros del hogar han sido tratados de manera injusta o han sido discriminados.
Esta nueva forma de medir la pobreza implica que las políticas públicas deben ir más allá de solo aumentar los ingresos, requiriendo también herramientas para una mejor inclusión social. Según la encuesta CASEN 2017, un 20,1% de las mujeres en Chile se encuentra en pobreza multidimensional, lo que significa que 1 de cada 5 mujeres enfrenta esta situación, añadiendo complejidades que impiden mejorar su calidad de vida.

Desafíos Específicos para las Mujeres en Pobreza Multidimensional
En la dimensión del acceso al trabajo, existe una profunda brecha de género debido a múltiples factores que posicionan a las mujeres en situación de desigualdad. En Chile, ellas siguen siendo las principales responsables de las tareas domésticas y de cuidado. Además, un 84,9% de los hogares monoparentales están a cargo de una mujer, muchas de las cuales no reciben ninguna contribución de los padres para la crianza y educación de los hijos. La situación socioeconómica actual de las mujeres es crítica; la crisis ha agudizado un problema ya existente. Una encuesta nacional de PRODEMU en febrero de 2020 a 1.366 mujeres, "Mujer y vida diaria 2020", reveló que el aspecto económico es muy deficitario para ellas y su entorno familiar, siendo la razón principal por la cual las mujeres entre 31 y 60 años necesitan apoyo externo. Datos posteriores han confirmado esta tendencia.
Abordaje Integral y Políticas Públicas
Salud Mental y Abordaje Intersectorial
Las desigualdades de género y las múltiples restricciones que enfrentan las mujeres cotidianamente son experiencias compartidas, pero la suma de la pobreza genera un "cóctel brutal". La solución a un problema tan complejo requiere medidas integrales. Si bien en Chile la salud mental es abordada por el sistema de salud, este presenta varios problemas:
- Insuficiente financiamiento.
- Desigualdades socioeconómicas en la atención.
- Predominio del enfoque biomédico.
- Ausencia de un enfoque de género.
- Falta de coordinación intersectorial.
Se han constatado estereotipos y sesgos de género que llevan a estigmas en salud mental, relegando a la mujer a un lugar subordinado y estigmatizado, incurriendo en una mayor psicopatologización e invisibilizando la dimensión social del malestar, siendo víctimas del psicocentrismo o la tendencia institucionalizada de individualizar el sufrimiento humano. El género y la pobreza como determinantes de la salud mental, entendidos desde una perspectiva interseccional, y la necesidad de un abordaje que trascienda el sector salud, se traducen en un llamado al trabajo intersectorial en políticas públicas. Por ello, se considera crucial un abordaje complementario de la salud mental desde el sector social y sus programas.
Sin descuidar la experiencia subjetiva e individual del sufrimiento, se debe acudir a la sororidad que albergan los vínculos solidarios entre mujeres, psicoeducar a los hombres, activar a las comunidades y generar políticas que institucionalicen medidas a nivel estructural y social para abordar la pobreza y la desigualdad de género. Las mujeres deben ser consideradas al momento de tomar decisiones sobre asuntos que competen a sus propias vidas, como participar en una intervención social, restituyendo su derecho a opinar con incidencia. Seguir un ciclo de intervención social desde una lógica participativa, integral, intersectorial e interdisciplinar permite esto. Por lo tanto, se hace un llamado al gobierno entrante para que oriente su política pública y fortalezca los programas sociales en una dirección que permita abordar de manera integral y rigurosa la salud mental de las mujeres que viven en pobreza.
Vulnerabilidad ante Desastres y Liderazgo Femenino
Diversos trabajos académicos elaborados en CIGIDEN señalan que la población femenina se encuentra en una situación especial de riesgo ante desastres, y que la vulnerabilidad por género se conecta con otros factores como raza, etnia, clase, edad y situación de discapacidad. Investigaciones afirman que las mujeres y otros grupos son más vulnerables al riesgo de desastre no por su género en sí, sino por las desigualdades construidas en torno a la figura de la mujer a lo largo de la historia.
Un documento para la política pública elaborado por investigadoras de CIGIDEN (Daniela Miranda, Katherine Campos, Sofía Valdivieso, Valentina Carraro, Leila Juzam, Karla Palma) y el investigador CIGIDEN y académico de Sociología UC, Manuel Tironi, propone que las políticas para la Gestión del Riesgo de Desastres (GRD) reconozcan y atiendan de manera específica y diferenciada las características de los distintos grupos de población y, en particular, asuman el género como una categoría heterogénea. Hortensia Hidalgo, autora del policy paper, afirma que “las mujeres indígenas son protectoras, guardianas y que los cimientos indígenas ofrecen soluciones al impacto del cambio climático”. Este documento identifica que “la evidencia internacional reconoce la importancia de incorporar conocimientos locales y ancestrales para lograr un modelo resiliente al clima”.
El artículo "Dignificando la Gestión del Riesgo de Desastres: Liderazgos femeninos y estrategias comunitarias en el campamento Dignidad, Santiago de Chile" se basa en la conformación de lo que fue primero una toma y ahora es un campamento de 600 familias en la ribera de la Quebrada de Macul. La organización comunitaria en el Campamento Dignidad se configura a partir de una división socio-territorial en cuatro etapas, cada una liderada por una dirigenta y una vocera encargada de las comunicaciones con organizaciones externas e instituciones estatales, según señala la historiadora e investigadora CIGIDEN, Valentina Acuña. Este estudio propone "expandir el concepto de resiliencia" hacia una transformación del sistema, construyendo nuevos principios morales para la GRD que incluyan la categoría moral de dignidad.