El envejecimiento de la población es un fenómeno característico de las sociedades modernas, impulsado por la disminución de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida. Este proceso representa uno de los mayores desafíos actuales en Chile, transformando la comprensión de la vejez de una mera consideración económica a un problema sociocultural complejo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), Chile ha experimentado un descenso en las tasas de fecundidad y mortalidad, lo que explica el cambio en la composición etaria de su población. Para el año 2008, el número de personas adultas mayores superó los dos millones, ubicando a Chile en un grupo de envejecimiento avanzado con un 10.2% de adultos mayores en el año 2000. Si las estadísticas actuales del Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) se mantienen, se proyecta que los adultos mayores de 60 años, que actualmente constituyen el 17% de la población, alcanzarán el 33% para el año 2050. Aquellos mayores de 79 años, que hoy conforman el 2.6%, llegarán al 8.7%.
La mujer en el envejecimiento chileno
Actualmente, en las sociedades occidentales, más de la mitad de la población sobrevive al menos hasta los 80 años, y el número de personas que llegan a cumplir entre 90 y 100 años aumenta constantemente. Chile presenta una esperanza de vida promedio de 80.3 años para ambos sexos, siendo la esperanza de vida de las mujeres casi cinco años mayor que la de los hombres. La población centenaria en Chile asciende a 4,770 personas (INE, 2017), de las cuales el 66% son mujeres. Esta tendencia concuerda con la afirmación de Andrade (2020) de que “los procesos de envejecimiento implican un conjunto de condiciones particulares relacionadas con el predominio de la población femenina, asociadas con una vejez más larga y las mayores probabilidades de enviudar, vivir solas y autosustentarse económicamente”.
Contexto sociohistórico y demográfico
La población centenaria actual ha sido parte de importantes transformaciones sociales, políticas y económicas. Sus trayectorias se insertan en un contexto histórico marcado por procesos de urbanización y crecimiento demográfico. En Chile, las oleadas de migración campo-ciudad comenzaron con fuerza desde la primera década del siglo pasado, siendo más tempranas que en el resto de América Latina (Canales y Canales, 2013). Esta transición de una población predominantemente rural a una urbana resultó en una gran concentración de población en la capital y en importantes condiciones de desigualdad.
El contexto sociohistórico en el que se insertan las trayectorias de esta generación estuvo marcado por significativos cambios en la posición de la mujer en la sociedad. A principios del siglo XX, se concretó el acceso de las mujeres a la educación, aunque los programas de estudio aún estaban influenciados por estrictas normas de género y labores consideradas “femeninas”. A lo largo del siglo, la mujer fue ganando terreno en los ámbitos educativos y políticos, siendo un logro fundamental la obtención del derecho a voto en las décadas de los años treinta y cuarenta. En cuanto a las condiciones de salud, destacan la implementación de la Política de Planificación Familiar en 1965 y los planes internacionales de reducción de la tasa de mortalidad infantil hacia fines del siglo XX. La dictadura cívico-militar de 1973 marcó casi dos décadas de represión, violaciones de derechos humanos y exilios, además de la instauración de un nuevo modelo económico neoliberal.
Envejecimiento de la población en el siglo XX
Durante el siglo XX, la sociedad chilena experimentó un sostenido y paulatino envejecimiento. Este fenómeno, junto con la implementación de sistemas de seguridad social, ha constituido la vejez en un problema sociocultural que trasciende las consideraciones economicistas y materiales. La población envejecida experimenta una completa redefinición del papel del ciudadano adulto como individuo activo dentro de la sociedad, dando paso a una etapa de mayor pasividad y dependencia. La jubilación se configura como un ritual que señala el paso a una nueva edad: la vejez. En este hito, la jubilación como finalización de la actividad laboral, provoca una “pérdida de identidad por el trabajo” donde los trabajadores envejecidos pierden su lugar en la estructura social. La ausencia de "ritos de passage que señalen a los ancianos", como ha planteado Pablo Rodríguez, dificulta las posibilidades de estudio de la vejez, la cual no ha sido objeto de investigación sistemática en América Latina. Esta situación historiográfica se complejiza aún más al considerar la vejez desde una perspectiva de género en sociedades tradicionales como la chilena, que experimentaron profundas transformaciones socioculturales durante la segunda mitad del siglo XIX.

Desafíos y realidades de la mujer mayor
Pérdida de roles y actividades cotidianas
Debido a la etapa del ciclo vital en que se vive, la mayoría de los adultos mayores van perdiendo roles significativos en lo cotidiano, producto de los procesos de jubilación y la pérdida del rol de trabajador. Este vacío no siempre es ocupado por nuevas actividades, razón por la cual una proporción superior al 50% de las personas mayores de 60 años prefiere no salir de casa a realizar nuevas actividades. Respecto a las actividades recreativas, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida, más del 50% de los adultos mayores declara no realizar actividad física. Es crucial escuchar sus necesidades, respetar sus intereses y favorecer la autonomía e independencia de los adultos mayores para que esta etapa se viva plenamente, con sus dificultades y fortalezas. Un estudio reciente revela que la mayoría de los adultos mayores de 60 años declara poder realizar actividades básicas de la vida diaria sin ayuda. Sin embargo, estas proporciones disminuyen a medida que las personas envejecen. Las actividades instrumentales de la vida diaria implican un nivel de dificultad mayor, como “ir a otros lugares solo” y “hacer solo las compras de alimentos”, siendo particularmente complejas de realizar para personas de 80 años y más, con niveles por debajo del 46%.
Condiciones de vida y dependencia
Es urgente abordar las problemáticas actuales, ya que las condiciones de salud y los niveles de dependencia en los adultos mayores se encuentran en un estado crítico. Datos del SENAMA señalan que la mayoría de los chilenos (57%) atribuye la principal responsabilidad por el bienestar de los adultos mayores a los gobiernos, es decir, al sistema político. En segundo lugar, con un 34%, se asigna esta responsabilidad a las redes familiares. La realidad de las personas mayores y el disfrute de sus derechos es heterogénea, incluyendo factores culturales, socioeconómicos, étnicos y, por supuesto, aquellos relacionados con las brechas de género en la vejez.
Un problema particularmente relevante son las bajas pensiones de las mujeres, a excepción de aquellas que no se salieron del antiguo sistema de Cajas de Empleados Particulares o Seguro Social, o empleados públicos, ahora todas en el ISP.
Documental Adulto Mayor en Chile
Estudio de la vejez en el siglo XIX
La noción de vejez debe entenderse como una fase dentro del ciclo de desarrollo vital de los individuos, evidenciando la estrecha relación entre la edad y las condiciones de vida. La evidencia histórica sugiere que la vejez se experimentaba a edades relativamente tempranas debido a las deficientes condiciones de vida de gran parte de la población. Para la sociedad tradicional, la edad en que se consideraba anciana a una persona rondaba los 50 años, edad que pocos alcanzaban. Por lo tanto, para el siglo XIX, la edad de entrada en la vejez, al menos en términos biológicos y cronológicos, podría estar representada por los 50 años.
La etapa de declinación física y funcional, iniciada entre los 40 y 50 años, pareciera manifestarse en mayor grado en las mujeres, lo que daría cuenta del paulatino proceso de transformación en los roles de aquellas que llegaban a estas edades como “mujeres envejecidas”, viendo cómo su condición y capacidades físicas empezaban a redefinir su posición dentro de su entorno.
La revisión y análisis de los censos de la segunda mitad del siglo XIX en Los Andes y Valparaíso permiten identificar un mayor porcentaje de mujeres mayores de 50 años, una situación que se repite en el caso de las mujeres envejecidas. Esta mayoría proporcional del género femenino podría interpretarse como resultado de los distintos tipos de labores realizadas en el contexto de una sociedad y cultura patriarcal. Sin embargo, esta explicación puede resultar reduccionista. Si bien las cargas y trayectorias vitales de hombres y mujeres incidieron en la mayor longevidad femenina, los datos censales no permiten apreciar el peso de las enfermedades sobre la población y cómo estas limitaban las posibilidades de alcanzar la vejez. Lo que sí parece claro es que, en general, en contextos urbanos y rurales, los hombres morían más jóvenes y, en caso de envejecer, morían pronto.
Actividad laboral y condiciones de vivienda
Actividad laboral de mujeres ancianas en el siglo XIX
La revisión detallada de los manuscritos censales de 1865 en Los Andes permite observar que la mayoría de las mujeres ancianas y envejecidas (80.8%) no habría ejercido ningún tipo de actividad laboral declarada. No obstante, es importante considerar que el hecho de no declarar un oficio no significa que no desarrollaran actividades económico-laborales para su subsistencia. Los empadronadores solían registrar la actividad laboral principal. La presencia de un porcentaje mínimo (1%) de mujeres en labores agropecuarias sugiere que, incluso en edades avanzadas, continuaban participando en actividades productivas campesinas para complementar la fuerza laboral del grupo familiar o de corresidencia. Junto a las “labores del hogar” u oficios predominantemente femeninos, según la asignación cultural de roles de una sociedad tradicional, es probable que las mujeres complementaran estas ocupaciones con trabajos que rebasaban el ámbito doméstico.
Características de las viviendas
Otro elemento que ofrece pistas sobre las condiciones de vida de las mujeres en la vejez durante la segunda mitad del siglo XIX, tanto en Los Andes como en Valparaíso, son las características de los espacios físicos que habitaban. Los tipos de vivienda de los sectores populares en Chile se mantuvieron relativamente similares desde el período colonial hasta fines del siglo XIX, tanto en la periferia de las ciudades como en las zonas rurales. Para la segunda mitad del siglo XIX, los registros de los espacios habitados por mujeres ancianas y envejecidas no difieren mucho de los de la mayoría de la población. Las tierras, casas y sitios ocupaban el principal lugar entre los bienes declarados en los testamentos, reflejando las pautas productivas de una sociedad tradicional donde la tierra era la principal fuente de riqueza y subsistencia, incluso en zonas urbanas.
En los documentos notariales sobre estas mujeres, abundan las referencias a “casitas”, “casa habitación”, “ranchos”, “casas de paja” o simplemente a lo “edificado” dentro de los sitios o pequeños terrenos. Las boletas y manuscritos censales de Los Andes aportan información más clara sobre las características de las construcciones utilizadas como morada. Tanto estas mujeres como sus grupos de corresidencia, que no siempre eran familiares, habitaban y compartían espacios reducidos, precarios y de construcciones frágiles en cuanto a su materialidad, los cuales en ocasiones figuraban como los únicos bienes de los que disponían.

Para Valparaíso, la inexistencia de manuscritos o boletas censales que permitan analizar los tipos de vivienda de la vejez femenina, como en Los Andes, hace necesario recurrir a la información de los testamentos de estas mujeres. Al igual que en Los Andes, la terminología utilizada en los testamentos puede generar confusiones. Las “casas”, sin mayor descripción de sus cualidades, aparecen recurrentemente como parte de las edificaciones reconocidas por las mujeres más longevas. Una observación detallada de los tipos de edificaciones declaradas por las testadoras revela una gama más variada de construcciones ocupadas por “las mujeres envejecidas” en la ciudad. El carácter urbano de Valparaíso pudo incidir en la mayor presencia de casas (10%) y cuartos (16.6%) que de ranchos (6.6%). Sin embargo, las características de estas “casas” o “casitas” podían variar en dimensiones y tipos de construcción. Es probable que una gran parte de estas construcciones mantuvieran un carácter precario, tanto por lo rudimentario de sus materiales como por lo reducido del espacio edificado.
Construidas y mejoradas paulatinamente, cuando la disponibilidad de recursos lo permitía, estas viviendas eran el fruto de largos años de gestiones económicas en las que la condición de propietaria se erigía como un valor social que podía garantizar las condiciones mínimas de subsistencia. Llama la atención la alta proporción (46.6%) de edificaciones que formaban parte de los sitios de propiedad de ancianas y mujeres envejecidas, pero de las cuales no se hace una mayor especificación. Martina Fernández, de “setenta y dos años”, declaró ser “actualmente dueña de un sitio edificado que compró a don Manuel Campos”. Junto a estas edificaciones no especificadas, resulta revelador el porcentaje de construcciones (20%) que, aunque calificadas como “otros”, reflejan la integración de las actividades económicas de estas mujeres en los espacios de vivienda que ocupaban.
La calidad de propietaria de algún tipo de vivienda o edificación dotaba a estas mujeres de una base patrimonial para asegurar el sustento y la subsistencia. Del total de testamentos de Valparaíso y Los Andes considerados en este estudio, el 79.8% de las mujeres consideradas “viejas” registraron sitios como parte de sus bienes, frente al 20.2% que declaró no poseer bienes de este tipo. La dimensión de los sitios urbanos ocupados por estas mujeres ofrece datos relevantes sobre las características de las actividades agropecuarias de las testadoras. De los sitios donde se especificó la dimensión, la proporción de propiedades que superan las 20 varas es mínima (3.6%) para el conjunto de Valparaíso y Los Andes, mientras que en esta última localidad tiende a presentarse una mayor cantidad de sitios que no superan dicha extensión. La misma situación se observa al considerar las propiedades productivas un poco más amplias, los “terrenos” que, con una impronta rural y mayores dimensiones, apenas alcanzan unas pocas cuadras de tierra ubicadas en los alrededores.
Enfoques teóricos y metodológicos
El enfoque del curso de vida
El enfoque del curso de vida surgió en las ciencias sociales en la década de los setenta, con una fuerte base sociodemográfica, indagando los nexos entre las vidas individuales y los cambios sociales. Se utilizan tres conceptos clave: trayectorias (recorridos a lo largo de la biografía estructurados por pautas sociales), transiciones (cambios y transformaciones en la trayectoria, definidos socioculturalmente o inesperados) y puntos de inflexión (hitos significativos que marcan un antes y un después, provocando un giro en la biografía, ya sean individuales o sociohistóricos).
Este enfoque se basa en cinco principios: tiempo histórico y lugar, perspectiva a largo plazo, timing (momento de la transformación), vidas interconectadas y agencia. A través de ellos, se analizan diversos eventos marcadores entre biografías individuales y experiencias colectivas. La consolidación de este enfoque es paralela al auge de los “estudios de la mujer” en Estados Unidos, donde un eje político medular para la teorización feminista fue la politización del espacio doméstico en las vidas de las mujeres. Sin embargo, esto no fue suficientemente considerado en los estudios de curso de vida. Aunque las primeras investigaciones de Glen Elder (1974) no incluían una perspectiva de género explícita, visibilizaron la relación entre familia y trabajo, documentando diferencias entre las trayectorias de curso de vida femeninas y masculinas. Se describieron los roles domésticos del hogar y los roles tradicionales asignados a las mujeres (esposas, madres y dueñas de casa) en detrimento de otras opciones en sus vidas.
Gerontología feminista y perspectiva interseccional
La literatura actual sobre curso de vida y vejez ha reducido el género a una variable discreta y binaria (hombre/mujer) para procesos de selección de muestras en estudios cuantitativos y descriptivos. La tendencia en estas investigaciones es presentar resultados sobre ejes como educación, vivienda y trabajo, a través de diferencias porcentuales comparativas entre hombres y mujeres, bajo una idea antagónica y binaria de sexo. En cuanto a los estudios del curso de vida centrados en la dimensión familiar, se ha enfatizado en eventos como trayectorias reproductivas, matrimonios, defunciones y uniones desde una metodología cuantitativa, analizando también la estructura familiar y sus cambios en la vejez.
Algunos trabajos han estudiado las percepciones de las personas por edades respecto a distintas dimensiones a lo largo del curso de vida, incluyendo la familia. En este marco, Liliana Gastron y Débora Lacasa (2009) investigaron la evaluación de cambios en trayectorias educativas, ocupacionales y familiares, diferenciando estos cambios entre mujeres y hombres. Un conjunto de estudios ha destacado el papel de las mujeres mayores en las dinámicas familiares, evidenciando sus actividades en las tareas de cuidado y en el trabajo reproductivo, cuestionando la idea de baja actividad de las mujeres de mayor edad en los grupos domésticos. No obstante, el análisis de la familia de personas mayores desde el enfoque del curso de vida ha relevado las trayectorias normativas de dicha institución, obviando aquellas no lineales y alejadas de los patrones más tradicionales, como los hogares constituidos por mujeres solteras o sin hijos.
Desde el enfoque de la gerontología feminista, algunos autores señalan la insuficiencia en la comprensión de la diversidad de composiciones familiares en la vejez y la configuración de las familias de mujeres mayores, centrándose más bien en composiciones familiares de mujeres más jóvenes. En Chile, la investigación sobre familias y vejez femenina se ha enfocado en cómo las mujeres mayores son una parte importante de la organización social del cuidado, tanto en sus familias como en sus comunidades barriales u organizacionales.
La literatura revisada indica la necesidad de generar análisis cualitativos sobre la población de mujeres centenarias, dado que existe un vacío entre las investigaciones longitudinales de centenarios y los estudios sobre género, vejez y familias en mujeres mayores. La propuesta teórico-metodológica que guio el levantamiento de información empírica y el análisis de datos se basó en una relectura del enfoque del curso de vida desde la gerontología feminista y la perspectiva interseccional del curso de vida. Esta última observa la experiencia de la vejez mediada por relaciones entre instituciones, procesos políticos sociohistóricos, roles y normas de género, conectando las biografías individuales con barreras estructurales y sistemas más amplios de poder, dominación y opresión.
El género, en este marco de interpretación, se entiende como un constructo de relaciones sincrónicas y dinámicas que sitúan a las personas en distintas posiciones sociales durante el curso de vida. Cuando las vidas de las mujeres son analizadas con un modelo conceptual derivado de las experiencias de los hombres, las “anomalías” son explicadas como diferencias de sexo, y las investigaciones que suponen que el género es neutral en realidad refuerzan las jerarquías de género. Para aproximarse al estudio de las trayectorias familiares durante el curso de vida de las mujeres centenarias, se trabajó desde un enfoque cualitativo.
Metodología cualitativa y estudio de casos
Estudiar la longevidad y la cantidad de años de vejez que se puede vivir encierra un desafío metodológico interesante para las ciencias sociales. Gran parte de los estudios sobre longevidad han centrado sus decisiones metodológicas en análisis cuantitativos o mixtos, enfoques comparativos, longitudinales y de casos biomédicos, generando conocimiento sobre factores médicos, biológicos, ambientales y psicosociales que permiten la extensión de la vida. Para este estudio, se trabajó con una muestra intencionada de estudio de casos por conveniencia, seleccionando a cuatro mujeres centenarias que habitaban en la Región Metropolitana, priorizando su diversidad socioeconómica y co-residencial. Esta decisión se fundamenta en que las personas centenarias poseen una carga simbólica que parece no estar presente en otras personas longevas; a partir de los 100 años se adquiere una hipervisibilidad social.
Para la producción de información, se enfatizó la profundidad y la diversidad discursiva, buscando acceder a la particularidad de la experiencia y no generalizar desde ella. La estrategia metodológica implicó la realización de entrevistas en profundidad de carácter biográfico en contextos de trabajo de campo y observación etnográfica. También se aplicó la técnica de calendarios de vidas, definiendo cinco ejes sociobiográficos: residencia, familia, trabajo, educación y otros eventos. Aunque el calendario de vida ha sido utilizado como un instrumento estructurado, investigaciones recientes han planteado versiones semiestructuradas para facilitar la investigación cualitativa del curso de vida. Aplicar y construir calendarios de vida desde las biografías de las mujeres permitió identificar puntos de inflexión, transiciones y trayectorias significativas que han impactado y configurado la longevidad, abordándolas desde la propia vida de las centenarias y su entorno sociohistórico de más de un siglo.