La idea de que los cuidados son desde las mujeres ha transitado de generación en generación, adaptándose a cada cultura y sociedad. Esta actividad la asumen hoy mayoritariamente las mujeres adultas mayores, en vista de que los padres por diversas situaciones socio-laborales no logran equilibrar los espacios familia-trabajo. Esta situación se resuelve bajo el apoyo de las abuelas maternas o paternas, creando una especie de solidaridad intergeneracional entre mujeres.

El Rol Multifacético de las Madres y Abuelas Ancianas en el Cuidado
A menudo, esta solidaridad intergeneracional trae como consecuencia que las abuelas de 60 a 80 años, responsables del cuidado de sus nietos, presenten dificultades para diferenciar su rol entre madres y abuelas. Lo que es una solución para las más jóvenes, se presenta como un desafío para las mayores.
Con el propósito de saber cómo significan estas mujeres su rol de abuelas cuidadoras, se realizó un estudio de corte cualitativo-interpretativo bajo un enfoque fenomenológico. Su fin fue buscar los significados de la realidad que viven doce mujeres adultas mayores que participan en una parroquia, enfrentando esta particular fusión de roles. A lo largo de la vida, muchas mujeres dedican su existencia al cuidado de los demás. Por ejemplo, una madre puede cuidar a su cónyuge enfermo, a sus propios padres dependientes y, previamente, haber dejado de trabajar para ocuparse de sus hijos. Esta trayectoria es una constante dedicación a los demás, donde las preferencias personales y los deseos están entrelazados con el deber inscrito en su género, transformándolas en auténticas heroínas, a menudo invisibles y silenciosas.
La Crisis de los Cuidados y sus Consecuencias en la Mujer Mayor
Existen cálculos que cifran el costo no remunerado de los cuidados a dependientes en un 5% del PIB, sin incluir las tareas domésticas. Esta situación plantea la pregunta de por qué este altísimo precio debe ser asumido en exclusiva por las mujeres. El precio de "hacer personas" implica reproducir trabajadores al criar a los niños, preparar a otros para el trabajo (cocinar, lavar, limpiar) u ocuparse de quienes no pueden valerse por sí mismos y que el mercado laboral desprecia.

Esta división no fue una decisión pública, sino que se forjó con la violencia brutal del inicio del capitalismo. En ese entonces, para crear asalariados, se despojó a la gran masa de campesinos de los recursos comunes que les permitían vivir con autonomía. En este proceso, la misma violencia forzó a las mujeres a ocuparse de los trabajos del hogar, es decir, a reproducir la fuerza de trabajo como un mandato "natural" no asalariado. La matanza de brujas en Europa, mujeres que vivían solas, desafiaban el orden natural o conocían métodos de control de natalidad, formó parte de este mismo impulso.
Las mujeres han tenido que luchar para poder entrar en el ámbito del trabajo asalariado, que se ha hecho imprescindible para vivir en la sociedad actual, a veces contra legislaciones que tenían el objetivo expreso de mantenerlas en casa. Las consecuencias persisten hasta hoy: el costo del trabajo no pagado se cuantifica no solo en salarios no recibidos, sino en carreras laborales interrumpidas, desventajas para ser contratadas, retribuciones más bajas, pensiones casi inexistentes y una larga lista de efectos. La desigualdad de la mujer en el mercado de trabajo está totalmente vinculada a su condición de cuidadora, así como su dependencia económica a la subordinación al marido. Todo ello en relación con la consideración social: producir para el mercado confiere estatus, mientras que ocuparse de la vida, cocinar, limpiar a enfermos o cambiar pañales, no.
Hoy, la sociedad se ha transformado, pero esto ha producido desajustes en el ámbito del cuidado. Hay tensiones entre el nuevo papel de las mujeres y los viejos roles. Desde la economía feminista se advierte que está en marcha una auténtica “crisis de los cuidados”: las mujeres trabajan cada vez más fuera de casa mientras aumentan las personas en situación de dependencia, sobre todo ancianos. Más del 70% de los dependientes reconocidos es mayor de 65 años. La atomización de la vida en las ciudades, el quiebre de las redes de apoyo tradicionales, así como la falta de implicación de los hombres en hogares donde las mujeres también trabajan, está provocando un colapso en la capacidad de cuidar de las familias.
El sistema de protección social se diseñó pensando en un mundo que ya no existe, y aunque la realidad se ha transformado, el sistema de organización y reparto de los cuidados no lo ha hecho. En general, las leyes han ido destinadas a dar facilidades a las mujeres para que "concilien" su empleo con "su" responsabilidad de cuidados, no a socializarlos. Es un sistema que pone el acento en las soluciones privadas, como si fuese un problema individual y no de organización de la sociedad. Las consecuencias son claras: algunas mujeres no tienen más alternativa que cuidar a tiempo completo y abandonar otros espacios y su independencia económica. Mientras, las que pueden contratan para esas tareas a otras mujeres, normalmente inmigrantes, y en condiciones muy precarias.
No es casualidad que las empleadas de hogar constituyan el único colectivo laboral por cuenta ajena que no está protegido por el Estatuto de los Trabajadores, careciendo de derechos básicos como el paro y con su trabajo desarrollándose sin ningún tipo de control, lo que facilita la contratación informal. Todo ello "abarata" el coste de externalizar los cuidados, apostando a que el precio, económico y personal, lo paguen las mujeres, no la sociedad en su conjunto. En los últimos tiempos, se ha aprovechado la crisis para recortar en el ámbito social, incluso cuando España ya tenía un gasto muy por debajo de la media europea. Por ejemplo, las ayudas a las personas en situación de dependencia han sufrido recortes brutales que han supuesto un retroceso generalizado del sistema. Antes del 2012, las cuidadoras familiares cotizaban a la Seguridad Social, pero desde que ya no lo paga el Estado, el 94% no cotiza. En los últimos cinco años, 150.000 personas dependientes murieron antes de recibir las prestaciones que habían solicitado, con listas de espera kilométricas.
La Complejidad de las Relaciones Familiares en la Vejez
El Vínculo Madre-Hija: Amor, Expectativas y Realidad
El dicho popular "Quien más te quiere te hará llorar", aunque no es un deseo, es en muchas ocasiones una realidad que se vive dentro de las relaciones familiares. Desde el nacimiento, la relación de madre e hija se ve marcada por el momento personal que pasa la madre y por su entrega a la maternidad. Es habitual que, a pesar de recibir los valores maternales y familiares, al crecer, la hija no los siga, desmarcándose de lo que espera la madre. Esto puede iniciar una relación basada en la incomprensión y en la proyección de roles, creando ideas y expectativas de lo que "debería ser" y nunca se cumple.
Madre e hijos - psicología de las relaciones.
La relación se hace más compleja si se considera que, aun siendo la hija una mujer adulta con carácter, personalidad y valores diferentes a los de su madre, ha recibido y aprendido de todos los esquemas, creencias profundas, patrones, miedos y frustraciones de su progenitora. Desde parámetros, con frecuencia inconscientes, la hija actúa, piensa, siente y se comporta de forma muy parecida a su madre, haciendo mucho más dolorosa, distante e incomprensible la relación. Por otro lado, la relación con la abuela suele tener parámetros diferentes, en función de la relación que se viva con ella, cubriendo con frecuencia el papel de "madre afectiva" que a veces no existe desde la madre biológica.
El Síndrome Canguro y la Sabiduría de los Límites
En el ámbito familiar, es común observar a mujeres, madres de familia, que se refieren a sus hijos, con cariño y preocupación, diciendo: "estos niños". Esta expresión, que no tendría nada de particular, se da en muchos casos con mujeres de más de setenta años y con hijos cincuentones. Se trata, desafortunadamente, de mujeres que sufren el "síndrome canguro", es decir, mujeres que siguen llevando a cuestas a sus hijos, haciéndose responsables de ellos y de los hijos que han tenido. Así, estas mujeres, como muchas otras ancianas, a los conflictos propios de su vejez suman los resultantes de una maternidad prolongada.
Gran parte de su cansancio, temores y enfermedades son fruto de su pretensión de que ellas pueden arreglar la vida de sus hijos, porque lo consideran su obligación. Son mujeres amorosas, abnegadas, nada egoístas, pero también poco sabias. En ellas se hace evidente que el amor no conduce, necesariamente, a la sabiduría. Los términos con los que muchas ancianas se refieren a sus hijos revelan lo que hay en su corazón: por un lado, la resistencia a dejar que sus hijos "se vayan", es decir, que sean ellos mismos y no una prolongación de la madre; por otro, tales palabras revelan los temores, la decepción y la preocupación generados por los hijos que no han madurado. La Biblia enseña que la boca habla de lo que abunda en el corazón y que las palabras tienen el poder de modelar el carácter de quien las habla.
Se proponen tres principios de sabiduría en la relación de las madres ancianas con sus hijos:
- Las madres sabias saben cuándo es tiempo de callar. La madurez del hijo se ve fortalecida con el silencio de sus padres. Las personas inmaduras a veces "tiran el lazo" tratando de atrapar a quienes los escuchan, sugiriendo o manipulando para pedir indirectamente lo que esperan que sus madres y padres hagan en su favor. No siempre lo que los hijos quieren es lo que conviene.
- Las madres sabias saben cuándo es tiempo de hablar. A veces para confrontar, para encarar al hijo y animarlo a que sea responsable; para, de la mejor manera, "decirle sus verdades". A los hijos les hace bien oír la verdad de sí mismos en los labios de sus madres y padres. En otras ocasiones, las madres sabias deben hablar para decir "no": "No quiero", "no puedo", "no tienes derecho". ¡Cuántas tristezas, decepciones y dolor se hubieran evitado si mamá hubiera dicho "no" a tiempo y a la persona indicada!
- Las madres sabias saben cuándo es tiempo de hacer lo que conviene. Los hechos hablan, las decisiones que se toman dicen mucho más que mil palabras. Una mujer que por años hizo lo que sus hijos quisieron, enfermó y se amargó, sintiéndose usada y menospreciada. Sin embargo, cuando se decidió e hizo lo que convenía, fijó límites, exigió respeto y pagó el precio de respetarse a sí misma. Aunque algunos de sus hijos se enojaron o se apartaron, los menos la comprendieron y respetaron.
Las madres ancianas están llamadas a ser "maestras del bien". Sus familias, la Iglesia y la sociedad las necesitan, no complacientes, sino sabias. Los hijos, sean niños o adultos, necesitan que sus madres sean sabias, dueñas de sí mismas y dignas. Conviene que a los hijos adultos se les trate como tales, reconociendo sus derechos y contribuyendo a que cumplan con sus responsabilidades, entre las cuales forma parte, de manera importante, que los hijos vean por sus padres y que en la vejez de estos los honren, los ayuden y los amen.
Abuelas Cuidadoras: Resiliencia y Sacrificio
Muchas abuelas valientes, a pesar del cansancio de sus cuerpos y del reto que supone, hacen todo lo posible por cuidar a sus nietos y dejarles buenas enseñanzas para su futuro, a menudo asumiendo el rol parental debido al abandono de los padres.
- Natividad acogió a su nieto Ángel cuando no tenía ni un año, después de que su madre lo abandonara y su padre se marchara a trabajar. "¡Es una bendición de Dios! Ahora tiene 7 años y nos hacemos compañía", afirma, enfatizando su deseo de que Ángel confíe en Dios, sea obediente y conozca Su Palabra.
- Los padres de Toa y Elkin se marcharon a buscar trabajo y una vida mejor, pero nunca volvieron. Su abuela María es quien los cuida y para ellos es su "gran ejemplo a seguir", una "madre, guía y consejera" que les enseña a ser responsables y trabajadores.
- Cuando la madre de Juliana y Julia decidió no quedarse con las niñas, su abuela María se hizo cargo. "Las niñas son la alegría de mi vida", dice, sintiéndose aliviada de que ahora los voluntarios del centro también se preocupan por ellas.
- Agripina cuidó a Sheyla desde los tres meses, cuando su madre la abandonó. Agripina la inscribió en un centro donde Sheyla ha aprendido cosas buenas.
- Hilda y su hermano mayor fueron abandonados por sus padres, y una pareja de ancianos asumió el reto de volver a ser padres. "No ha sido fácil, sobre todo la parte económica", comenta Esperanza, la abuela, que tuvo que vender sus ovejas y la leche de vaca para mantenerse, pero que Hilda les trae alegría y felicidad al hogar.

Honrar y Cuidar a las Madres Ancianas: Una Perspectiva Integral
La vejez puede ser un período desafiante, acompañado de cambios emocionales y físicos. Es crucial estar atento a las necesidades emocionales de la madre anciana, ofreciéndole apoyo y mostrando comprensión.
Cuidado Físico y Seguridad en el Hogar
La salud se vuelve más frágil con la edad. Asegurarse de que la madre tenga acceso a un buen sistema de salud y que sus necesidades médicas estén cubiertas es fundamental. La seguridad en el hogar es primordial; se deben hacer modificaciones para evitar caídas y accidentes, como instalar barras de apoyo en el baño, mejorar la iluminación en pasillos y escaleras, y asegurarse de que los pisos sean antideslizantes. Fomentar una dieta equilibrada rica en frutas y verduras, y asegurarse de que la madre mantenga una actividad física regular, adaptada a su capacidad y salud, también son aspectos clave.
Aspectos Cognitivos, Sociales, Legales y Financieros
La edad avanzada puede asociarse a una depresión o apatía que reduce las relaciones sociales. Animar a la madre a mantener relaciones sociales y participar en actividades comunitarias puede prevenir la sensación de aislamiento y soledad. Mantener la mente activa es crucial para combatir el declive cognitivo. Es importante discutir y organizar cuestiones legales y financieras, como testamentos, poderes de atención médica y otros documentos importantes. Es esencial observar cualquier cambio en la conducta, las habilidades cognitivas o motoras (un despiste, olvidos frecuentes, reducción de habilidades motoras), ya que podrían indicar un agravamiento o un posible problema de salud.
El Bienestar del Cuidador
En ocasiones, el cuidador sufre igual o más que el cuidado, y esto puede derivar en una sobrecarga. Por ello, a la hora de cuidar a una madre anciana, no hay que olvidarse de la salud física y mental propia. Para no hacer ni más ni menos de lo necesario, es fundamental evaluar la situación comunicando de manera constante con la madre, manteniendo una comunicación abierta y positiva. Es normal querer ayudar en todo lo posible, pero esto puede aumentar la dependencia de la madre y tener consecuencias negativas para ambas partes. Por ello, se debe estimular a la madre para que se mantenga activa, tome conciencia y responsabilidad de su salud y, sobre todo, no deje de lado el contacto social. Establecer una rutina diaria puede ayudar a la madre a sentirse segura y organizada.
El Valor Incorruptible de la Mujer Mayor
Existe un llamado a "no despreciar a tu madre cuando envejezca". A medida que una mujer entra en la categoría de "anciana", comienza a conocer las razones de maneras muy personales. Algunas tienen que ver con su rostro cada vez más arrugado, su paso ralentizado, no entender los chistes rápidos o la última tecnología, o tener comida en la cara al comer. Tanto hombres como mujeres luchan con el proceso de envejecimiento, aunque las luchas se experimenten de manera diferente. Sin embargo, es importante considerar este llamado único en relación con una madre.

Las mujeres mayores a menudo no tienen una belleza asociada a la juventud, y la cultura comercializada de hoy enseña a apreciar y aferrarse a la apariencia juvenil. Sin embargo, la belleza incorruptible procede de "lo íntimo del corazón, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno".
Además, las mujeres que envejecen experimentan el cierre de su parte reproductiva de una forma que los hombres no. Este proceso puede representar alivio para algunas y ansiedad para otras. Sin embargo, es crucial para las mujeres, para todas las mujeres, seguir nutriendo nueva vida -y practicando nutrir nueva vida- mientras tengan mente y fuerza, incluso si es solo para orar por vida espiritual. Y cuán crucial es para los hombres y las mujeres más jóvenes valorar esa nutrición, especialmente esas oraciones.
Las mujeres que son mayores a menudo viven más tiempo que los hombres. Cerca de dos tercios de las personas mayores de 85 años son mujeres. En la iglesia, es crucial amar y honrar a las mujeres ancianas como madres en la familia de Cristo, ya que tienen una gran sabiduría que compartir. La Biblia muestra un paisaje lleno de mujeres fieles y honradas hasta el final, como Ana, "de edad muy avanzada", que adoraba en el templo con ayuno y oración, y pudo darle la bienvenida al Mesías. O Sara, la esposa de Abraham, quien con risa y fe llevó al niño de la promesa de Dios, incluso habiendo pasado ya los años fértiles. La historia redentora nos recuerda la importancia de los diversos papeles de hombres y mujeres, desde la juventud hasta la eternidad.
Hacia un Futuro del Cuidado Centrado en la Vida
Las soluciones planteadas desde las políticas públicas parten a menudo de la necesidad de igualdad en la sociedad tal y como está estructurada. Sin embargo, existe un debate abierto dentro del feminismo sobre si hace falta exigir algo más que insertarse plenamente en lo existente. Poner la vida en el centro de la organización social en vez del beneficio, como hace el capitalismo, es un enunciado de la economía feminista con gran potencial transformador. Esto implica reorganizar las prioridades sociales para que cuidar no sea "eso que estamos obligadas a hacer las mujeres" sin cobrar y sin estatus, sino una tarea reconocida y esencial que forma parte del núcleo central de la vida humana y que, a veces, también puede producir placer.
Todos somos seres interdependientes y todos necesitamos cuidados; esa es la esencia de vivir juntos. El vínculo social está armado sobre redes de reciprocidad que, paradójicamente, también se debilitan si se dejan completamente en manos de la retribución económica o de la organización estatal. Desde la experiencia aprendida de las luchas anteriores y de nuestro presente en relación con el de nuestras madres y abuelas, surgen preguntas cruciales:
- ¿Cómo sería una economía verdaderamente al servicio de las personas y no de la acumulación de capital?
- ¿Cómo queremos cuidar y ser cuidados más allá de la obligación?
- ¿Cómo hacerlo de manera que podamos disfrutarlo?
- ¿Cómo dar cuerpo a espacios colectivos de cuidados que no pasen por el Estado o que no estén retribuidos monetariamente?
- ¿Cómo compatibilizarlos con la responsabilidad de la sociedad?
- ¿Cómo darle valor a las tareas de cuidados sin devolver a las mujeres al hogar?
- ¿Qué es una buena vida para todos y todas?
Hace falta una vuelta completa a esta situación. Gran parte del trabajo de cuidados tendría que llevarse a cabo de forma colectiva y social. Las empresas y el Estado deberían hacerse cargo de financiar e implementar medidas destinadas a que las tareas de cuidado sean asumidas entre todos. En ese sentido, desde el feminismo se piden medidas como ayudas económicas al cuidado, guarderías y aumento del gasto público en socializar los cuidados, así como jornadas laborales más cortas -para hombres y mujeres- y otras medidas como permisos maternales y paternales iguales y obligatorios.