A lo largo de la existencia humana, es común que nos cuestionemos: "¿Seré capaz de asumir ese reto?". Esta pregunta surge a menudo frente a grandes compromisos, y pone de manifiesto nuestras propias falencias y la sensación de que no tenemos las capacidades necesarias. Uno de los personajes bíblicos que goza de mucha mención es Moisés, quien, a pesar de ser escogido por Dios para una tarea monumental, también se sintió incapacitado en múltiples ocasiones. Su historia nos enseña el valor de la espera y la importancia de confiar en el plan divino, incluso cuando todo parece inverosímil.

El Trasfondo de Moisés: De Príncipe a Pastor
La vida no siempre fue fácil para Moisés. Nació en Egipto cuando el aumento de la población de israelitas preocupaba al rey Faraón. Cruelmente el rey ordenó a sus capataces hacer más difícil la tarea del pueblo esclavizado y también instruyó a las matronas a matar a cualquier varoncito que naciera de las mujeres israelitas (Éxodo 1:22; 2:1-4). Moisés sobrevivió la amenaza al nacer pues por fe sus padres hicieron lo que estuviera a su alcance para preservar su vida. Con fe le pusieron en una arquilla especialmente construida para él.
Bajo la protección divina, Moisés fue hallado por la hija de Faraón y, a pesar de ser un hebreo, ella le adoptó y Moisés fue criado en una situación privilegiada, llegando a ser el príncipe de Egipto con mucha influencia. Sin embargo, Moisés nunca olvidó sus raíces nacionales. Una decisión le cambió la vida cuando defendió a un “hermano” israelita que estaba siendo maltratado por un egipcio, y en el acto, mató al agresor. A los cuarenta años de edad, Moisés huyó al desierto (Éxodo 2:11-15). Así, Moisés pasó de vivir en un palacio a cuidar las ovejas en el desierto, sin calificaciones, un “don nadie” en los ojos de los egipcios. Su futuro se tornó incierto.

El Llamado Divino en la Zarza Ardiente
Mientras pastoreaba ovejas en el desierto, Dios llamó a Moisés a un servicio especial. Los egipcios no sabían dónde estaba Moisés, pero el ojo de Jehová en quien confiaba descansaba sobre él, preparándole para asumir una tarea grandiosa: sacar al pueblo de Israel de su esclavitud y sufrimiento y dirigirlo a la tierra de Canaán. Este llamado llegó a través de las llamas de una zarza ardiente, una señal increíble que no se consumía. “¡Qué increíble!”, pensó Moisés. “Voy a ver por qué no se consume la zarza” (Éxodo 3:3).
Dios le habló desde la zarza, identificándose y revelando su propósito: liberar a los israelitas de la opresión egipcia y llevarlos a una buena tierra, fértil y próspera. “Así que disponte a partir, de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo” (Éxodo 3:6-10). Imagínese, Moisés, el encargado de cumplir la tarea, estuvo a punto de sufrir un colapso. En su encuentro con Dios frente a la zarza ardiente, Moisés se sentía inadecuado para la tarea de guiar a más de un millón de personas a comenzar una travesía a través del desierto.
La zarza ardiente- Moises
Las Cinco Excusas de Moisés y las Respuestas de Dios
A pesar de la “buena noticia” y el llamado directo de Dios, Moisés, cinco veces, presentó “excusas” para evitar la responsabilidad de ser el intermediario de este libramiento. Su temor a los hombres y su percepción de sus propias debilidades lo agobiaban.
- Primera excusa: ¿Quién soy yo?
Moisés se sentía inferior, considerándose un "don nadie". Temía no tener el respeto necesario, habiendo sido un fugitivo. Dios respondió: "No importa quién eres. Yo estaré contigo".
- Segunda excusa: ¿Quién eres Tú?
Moisés pensó que los israelitas desconocerían quién lo había mandado. Dios respondió: "Yo Soy el que Soy". Esto implicaba: "Soy todo lo que necesitas".
- Tercera excusa: ¿Y si ellos no me oyeran?
Moisés se sintió intimidado por la posible incredulidad de su pueblo. Dios respondió: "Muéstrales Mis señales que ellos te oirán". Le preguntó a Moisés qué tenía en su mano. “-Déjala caer al suelo -ordenó el Señor. Moisés la dejó caer al suelo, y la vara se convirtió en una serpiente. Moisés trató de huir de ella, pero el Señor le mandó que la agarrara por la cola (Éxodo 4:3-6). Le dio varias señales y milagros, no solo uno, sino tres, para asegurar que lo escucharían.
- Cuarta excusa: Nunca fui un buen orador.
Moisés no tenía el don de hablar elocuentemente. Él objetó: “Soy torpe de boca y lento de lengua”. Dios respondió: "¿Quién dio la boca al hombre? ¿Quién los hace sordos o mudos? ¿Quién les da la vista o los hace ciegos? ¿No soy yo, el Señor? Yo te hice. Te conozco. Te quiero. Hablaré por ti."
- Quinta excusa: Sé que puedes encontrar a otro mejor.
Un Moisés exasperado objetó y rogó una vez más: "Perdona a tu siervo, Señor. Algunas personas están hechas para esto Señor". En este punto, Dios Se enojó con él y le dijo: "OK, voy a dejar que Aarón vaya contigo. Pero, aun así, TÚ vas a conducirlo".
Dios, pacientemente, le recordó una y otra vez que Él es el Creador, el Sustentador y el Todopoderoso. Sin embargo, Moisés seguía anclado en sus errores del pasado, sus limitaciones presentes y las imposibilidades de su futuro.
Fe, Obediencia y el Plan de Dios
Moisés no fue un hombre perfecto y tuvo sus fallas igual que todos nosotros. Después de todas las excusas, Moisés finalmente HIZO lo que Dios le había pedido. El Señor no busca a personas que confían en sí mismas, sino a personas que confían y, sobre todo, que obedecen a lo que Él dice. Dios mira el corazón y presta atención a lo que hay dentro de cada uno, más allá de las apariencias.
La vida de Moisés, aunque llena de desafíos e incertidumbres, nos enseña una lección fundamental: con fe en Dios, podremos ver a Dios operando a nuestro favor. Él tiene grandes planes para nosotros y no nos dejará solos. El camino hacia el éxito en cualquier área de la vida implica establecer un objetivo, luchar con todas las fuerzas y no mirar a las dificultades, confiando en que Dios está en control de todo para que cumplamos la tarea cabal y exitosamente.
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