Este artículo explora un mensaje adaptado del Pastor John MacArthur, el cual examina las siete últimas frases de Cristo en la cruz. Cada una de estas frases ofrece una aplicación práctica profunda para los creyentes, revelando el carácter de Jesús y proporcionando principios esenciales para la vida cristiana. Es una mirada poderosa y conmovedora al mensaje potente que un Cristo casi silente proclamó desde la cruz, incluso en sus momentos de mayor agonía.
La Muerte de Cristo como Ejemplo Divino
La Escritura nos guía en 1 Pedro 2:21, que afirma: «Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas». Muchos entienden que la vida de Cristo es un modelo a seguir para los cristianos, pero a menudo se pasa por alto que su muerte también es un ejemplo crucial, tal como Pedro lo señala. Tanto en su muerte como en su sufrimiento, Cristo nos dejó un patrón a imitar. Él fue el hombre perfecto, nacido sin pecado, sin haber cometido pecado, santo, inocente, impoluto y apartado de los pecadores. Jesús es nuestro ejemplo perfecto en esta vida: debemos ser santos como Él fue santo, puros como Él lo fue, mansos como Él lo fue, sabios como Él lo fue y humildes como Él lo fue. Cristo fue obediente a Dios, y nosotros debemos imitar su ejemplo, reflejando su servicio y actitud hacia el mundo. Reconocemos que la vida de Cristo fue ejemplar; pocas personas lo discutirían.
Sin embargo, el punto central de 1 Pedro 2:21 es que Cristo es nuestro ejemplo no solo en la manera en que vivió, sino también en su muerte. A menudo, aprendemos más del carácter de una persona por cómo muere que por cómo vivió. La revelación más cierta de nosotros mismos generalmente viene durante las pruebas más profundas. Las pruebas revelan el carácter; la adversidad revela la virtud o la falta de ella. Generalmente, mientras mayor es el problema, más pura es la revelación de lo que verdaderamente somos. No se llega a conocer a una persona verdaderamente si solo se la ha conocido durante los buenos tiempos; los tiempos difíciles son los que revelan el carácter.
Por lo tanto, la revelación más pura y cierta del carácter de Jesucristo se encuentra en los momentos de sus pruebas más grandes. Vemos que Jesús -en sus momentos de agonía- fue tan perfecto como lo fue durante su vida. Su muerte solo confirma el carácter perfecto que manifestó en su existencia. En su muerte, Jesucristo nos enseña cómo vivir. Con frecuencia, vemos sus momentos de agonía y nos damos cuenta de que su muerte ilustra la seriedad del pecado y la necesidad de un Salvador que pague el precio por nuestra iniquidad. Reconocemos que por su muerte sustitutiva, Él murió en nuestro lugar. Pero Pedro dice que hay más en la cruz: Cristo no solo murió por nosotros, sino también como un ejemplo para nosotros. Él murió para enseñarnos cómo vivir.
Entonces, ¿cómo conocemos algo sobre Él en su muerte? ¿Cómo se revela su carácter? Su carácter no pudo revelarse por lo que hizo, ya que estaba clavado en una cruz e impedido de actuar. No pudo revelarse por medio de algo que pensaba, porque no podemos leer sus pensamientos. El carácter de Cristo se reveló en su muerte por lo que Él dijo. Desde sus primeros años, la iglesia ha celebrado la muerte y la resurrección de Cristo, recordando sus siete frases últimas en la cruz. De sus palabras en la muerte devienen principios para la vida.

Las Siete Frases de Jesús en la Cruz
Las ejecuciones de la época moderna por lo general se llevan a cabo en forma privada, pero Jesús fue clavado a una cruz y colgado para que todo el mundo lo viera. Era la temporada de la Pascua y había miles de visitantes en la ciudad. El lugar de ejecución se hallaba fuera de la ciudad, por donde pasaba mucha gente. Jesús era una figura bien conocida, así que su arresto y condenación serían tema de conversación. Era natural que la gente se reuniera para contemplar una trágica escena.
Las siete frases finales de Cristo en la cruz son:
- Perdonar a otros
- Alcanzar a otros
- Atender las necesidades de otros
- Entender la seriedad del pecado
- Depender de otros
- Terminar lo que se comienza
- Encomendarse a Dios
La Primera Frase: Perdonar a Otros
En Lucas 23:34, Jesús dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Cristo murió perdonando a quienes pecaron contra Él. Este es un principio por el cual vivir. En su muerte, Cristo reveló su corazón compasivo, incluso después de una vida de experimentar los peores tratos humanos. Cristo creó el mundo y vino a él, pero el mundo no se lo agradeció. Los ojos cegados por el pecado no lo quisieron ni vieron belleza alguna en Él. Su nacimiento en un establo anunció el trato que recibiría de la humanidad a través de su vida. Poco después de su nacimiento, el rey Herodes trató de matarlo, lo que fue solo el inicio de la hostilidad de los hombres hacia Él durante toda su vida. Una y otra vez sus enemigos buscaron su destrucción. Su traición vil alcanzó su clímax en la cruz. El Hijo de Dios se ha entregado a sí mismo en sus manos, y ellos están en camino a ejecutarlo.
El perdón de Cristo a sus asesinos vino después de un juicio falso con acusaciones inventadas. El juez admitió que no encontró falta en Él; sin embargo, lo utilizó para aplacar a la multitud que clamaba. Como ninguna muerte ordinaria iba a satisfacer a los adversarios implacables de Cristo, ellos se aseguraron de que padeciera la muerte más dolorosa, intensa y vergonzosa imaginable: la de morir colgado de una cruz.
Su perdón se manifestó mientras Él colgaba en la cruz, desde una perspectiva humana, como la víctima del odio, la animosidad, la amargura, la venganza y la maldad vil de hombres y demonios. Desde un punto de vista humano, naturalmente lo imaginamos clamando a Dios por piedad o sacudiendo sus manos en la cara de Dios por su ejecución injusta. De haber escrito nosotros la historia, lo habríamos mostrado a Él vociferando maldiciones y amenazas de venganza hacia sus asesinos. Pero el Hijo de Dios no hizo nada de esto. Lo primero que Él dice es una oración, una oración a Dios para que perdone a aquellos que le estaban quitando la vida, y subyacente en su oración de perdón, hay una comprensión de la miseria del corazón humano: «porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Jesús comprendió el pecado del hombre y la ceguera del corazón humano. Él estaba consciente, desafortunadamente, de la ignorancia de la depravación. Él sabía que sus asesinos no comprendieron ni la identidad de su víctima ni la inmensidad de su crimen. Ellos no sabían que estaban matando al Príncipe de la vida, a su Creador. Ellos no supieron que estaban asesinando al Mesías.
Los asesinos de Cristo necesitaron el perdón. La única manera de poder llevarlos a la presencia del Dios santo y experimentar por siempre el gozo que Dios ofrece a aquel que está en comunión con Él era si se perdonaban sus pecados. Cristo oró por la necesidad más profunda de quienes lo mataron. Él estuvo más preocupado por perdonar a sus asesinos malvados que por buscar venganza. Ese es el corazón magnánimo de Cristo. Esa es la revelación más real de un corazón puro, porque un corazón puro no busca la venganza. Mientras «le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:23). El perdón es la necesidad más grande que tiene el hombre. Es la única manera de que podamos entrar en comunión con Dios y evitar el infierno; por esto Jesús oró por el perdón. Necesitamos reconocer que apartados de Cristo somos pecadores, indignos de la presencia del Dios santo.
Ideales nobles, resoluciones buenas y reglas excelentes por las cuales vivir son inútiles si no se trata con el pecado. Mientras hay pecado entre usted y Dios no tiene ninguna utilidad el intentar desarrollar un carácter hermoso e inspirarse para hacer esto que luego se topará con la aprobación de Dios. Esto sería como ajustarle los zapatos a un paralítico o comprarle espejuelos a un ciego. La cuestión del perdón de pecados es la cuestión fundamental entre todo lo demás. No importa si yo soy altamente respetado en el círculo de mis amigos si aún estoy en mi pecado. No importa que haya alcanzado un cierto nivel de bondad humana si estoy aún en mi pecado. Jesús comprendió la necesidad profunda del hombre. Él comprendió que la única manera de que el hombre pudiera escapar finalmente del infierno y conocer la bendición era si sus pecados se perdonaban. A Jesús no le importó que el pecado que buscaba perdonar era el pecado de matarlo a Él. Los cristianos deben estar más ocupados con Dios perdonando a aquellos que pecan contra ellos que ocupados con venganzas. Esteban, mientras era apedreado de muerte por predicar de Cristo, oró: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hechos 7:60). Él siguió el ejemplo del propio Señor. Así, debemos hacerlo nosotros.
La Segunda Frase: Alcanzar a Otros y la Incapacidad Humana
En Lucas 23:43, Jesús dice: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». Junto a Cristo crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda. En respuesta al pedido del ladrón -«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42)-, Jesús dice esta frase. Nuestro Señor murió brindando la verdad de la vida eterna a un alma condenada.
Es difícil imaginar cómo Jesús, colgando de una cruz, sintiendo el odio venenoso de sus perseguidores y cargando el castigo de todos los que creerían a través de los tiempos, pudo al mismo tiempo preocuparse inmediatamente por la salvación de un pecador. Pero lo hizo. Cristo nunca estuvo demasiado ocupado como para no interesarse en guiar a alguien a la salvación. Su compromiso de vida fue traer a los hombres y a las mujeres a Dios.
La conversión de aquel ladrón es tanto notable como dramática. En aquel momento, ¿qué pudo ser tan convincente acerca de Jesús? No había todavía alguna señal externa de que Él era el Cristo de Dios, Salvador del mundo, el Mesías y el Rey venidero. Desde el punto de vista humano, Él no fue sino una víctima. Él estaba muriendo porque había sido totalmente rechazado. En el momento de la conversión del ladrón, nadie estaba diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). No había nadie que afirmara que Jesús era el Hijo de Dios; hasta sus amigos lo habían abandonado. Él estaba débil, en desgracia y en una posición de vergüenza extrema. Su crucifixión sería considerada totalmente inconsecuente con algo relacionado al Mesías. Su condición humilde es un tropiezo para los judíos desde el inicio mismo, y las circunstancias de su muerte solo pueden intensificarlo. En realidad, el ladrón le habla a Cristo y Cristo a él, antes de algunos de los fenómenos sobrenaturales que ocurren que podían haberlo convencido de que esto era obra de Dios. La tierra todavía no había temblado (Mateo 27:51), las tinieblas todavía no habían llegado (Marcos 15:33), los sepulcros todavía no se habían abierto (Mateo 27:52) y el centurión todavía no había dicho: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mateo 27:54).

En las circunstancias más desfavorables y poco convincentes que se pueden imaginar, el ladrón estaba convencido de que Jesucristo era el Salvador. Aunque al inicio se unió a su compañero en sus burlas a Cristo, obviamente tuvo un cambio de corazón y reprendió al otro ladrón cuando afirmó la pureza de Cristo: «Pero el otro le contestó, y reprendiéndole, dijo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena? Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero este nada malo ha hecho». Al pedirle a Cristo que se acordara de él, estaba rogando por el perdón. Por tanto, él comprendió la pureza de Cristo y su identidad como Salvador. Su petición de que Jesús lo recordara cuando viniera en su reino muestra que el ladrón afirmó la resurrección de Cristo y su segunda venida. Él supo que la muerte no era el final. La petición también indica que él comprendió la soberanía de Cristo, todo ello reconocido bajo las más improbables circunstancias.
¿Cómo fue posible para el ladrón venir a Cristo bajo aquellas condiciones? Quizá no haya una ilustración más clara de que la salvación no es una obra del hombre, sino una obra soberana de Dios. Este punto es fundamental para comprender el concepto de la incapacidad total (o depravación total), una doctrina teológica que enseña que, debido al pecado original, la humanidad está tan corrompida y esclavizada por el pecado que es inherentemente incapaz de elegir la salvación por sí misma, sin la intervención divina. En el caso del ladrón, Dios, no las circunstancias, impactó su corazón para convencerlo de la verdad acerca de Jesucristo. Con frecuencia, cristianos profesos tratan de explicar la salvación a partir de la habilidad de la influencia humana y el medio, o apuntan a las circunstancias favorables antes que atribuir la salvación a la inigualable gracia de Dios. Algunos piensan que la salvación ocurre porque el predicador habló bien o como resultado directo de la oración. Pero aunque indirectamente la salvación puede resultar de estos factores, la salvación es el resultado directo de la gracia intercesora de Dios.
Cuando Dios destrozó las tinieblas del corazón de aquel ladrón, él creyó. No obstante, fue a través de Cristo, quien fue sensible a que Dios lo usara para traer un alma maldita a la salvación. El deseo de Cristo por la salvación de los pecadores fue constante. Él «vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10), y Pablo escribió que: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Timoteo 1:15). Él cumplió esto aun mientras moría en la cruz. Él es nuestro ejemplo para alcanzar a otros con la verdad del evangelio. Él murió perdonando a aquellos que pecaron contra Él y murió brindando la verdad de la vida eterna a un alma maldita. Eso es cómo vivir.
La Tercera Frase: Atender las Necesidades de Otros
En Juan 19:26-27 dice: «Mujer, he ahí tu hijo… [Hijo] He ahí tu madre». Jesús murió manifestando un amor desinteresado por su madre, María, y por el discípulo a quien amaba, Juan. Incluso en medio de su sufrimiento extremo, la preocupación de Cristo por el bienestar de su madre era evidente. Al encargar a Juan que cuidara de ella, Jesús demostró su amor filial y su compromiso con las necesidades de sus seres queridos, asegurando su cuidado futuro. Este acto subraya un principio fundamental de la vida cristiana: el cuidado y la responsabilidad hacia la familia y la comunidad de fe, incluso en las circunstancias más difíciles. Desde aquella hora, el discípulo la recibió en su propia casa.
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