La herencia de Cordelia MacDonald: secretos y sorpresas en Nightstorm

Abro los ojos sobresaltada. Por unos instantes no recuerdo dónde estoy, hasta que oigo el timbre agudo de sus voces. Un grupo de desconocidos rindiendo pleitesía a la mujer que pagó los estudios a sus hijos y financió la restauración de su iglesia. Cordelia MacDonald, benefactora de la comunidad. Dentro de dos días habría cumplido cien años.

La chimenea de la biblioteca está encendida, pero la viveza de sus llamas resulta insuficiente para templar la amplia estancia y el tiempo no tiene visos de mejorar. Grisáceos nubarrones avanzan en el cielo como heraldos de oscuros augurios. En un día despejado alcanzaría a ver las Cuillin, cimas majestuosas que atraen a escaladores y senderistas como la dulce flor de la glicinia a las abejas; esta tarde, las montañas se me antojan una lejana sombra a través del tupido velo de niebla y humedad que las envuelve. La lluvia no nos ha dado tregua. No debería extrañarme. Viví en la isla de Skye el tiempo suficiente para acostumbrarme a su clima: durante el verano, un cielo plomizo como la panza de un asno puede despejarse en segundos; en los meses de invierno, los rayos de sol son rápidamente engullidos por la bruma.

Vista de las montañas Cuillin en la isla de Skye, envueltas en niebla.

Hace una semana, mi prima Bárbara y yo recibimos una carta de un bufete de abogados de Portree, la ciudad más importante de la isla. En un lenguaje profesional revestido de amabilidad, se nos comunicaba el fallecimiento de Cordelia MacDonald y se requería nuestra presencia en la lectura de su testamento. Leí la misiva con estupor antes de romperla en pedazos. No tenía intención de acudir, pero mi prima, seducida por los cantos de sirena de una herencia inesperada, me ha traído a rastras. Y aquí estoy. En la biblioteca de Nightstorm, donde tantas tardes me vi obligada a leer para Cordelia.

Las voces me llegan ahora con mayor nitidez, al igual que los pasos que arrancan lastimeros quejidos al desgastado suelo de madera. Presiento que he dejado de estar sola. Al volver la cabeza, media docena de rostros ajados me observan con la misma curiosidad con que lo hacían esta mañana en el cementerio.

La lectura del testamento

Bárbara se abre camino agitando con vigor un abanico; habida cuenta de que la temperatura ambiental es poco menos que gélida, su excentricidad deja perplejos a los presentes y les arranca un bisbiseo.

  • -Me has dejado sola con estos carcamales. Quería emborracharme para soportar su cháchara, pero ¿te puedes creer que en el bufete no hay ni gota de alcohol? Se supone que estamos en Escocia, la tierra del whisky, no en un poblado amish. ¿Se quejará alguien si fumo? ¡Bah!, da igual.
  • -Ni se te ocurra fumar aquí -le advierto cuando hace ademán de encender un cigarrillo. A regañadientes lo devuelve al paquete.

El abogado de Cordelia parece inquieto. Echa continuas ojeadas a su reloj, como si esperase la llegada de alguien. Finalmente susurra unas palabras a su ayudante y, tras aclararse la voz con un ligero carraspeo, nos invita a tomar asiento en las dos hileras de sillas dispuestas frente al escritorio de roble. Los murmullos cesan cuando se ajusta las gafas, abre su portafolio y extrae los documentos. Me alegra comprobar que va directo al grano.

-Nos encontramos aquí para leer las últimas voluntades y el testamento de Cordelia MacDonald, fallecida el 20 de diciembre de 2012.

Bárbara se retuerce las manos, presa de la ansiedad. Su pellizco me pilla desprevenida, y a punto estoy de gritar. Le dedico una mirada reprobatoria y me froto el brazo para aliviar el dolor. No reconozco a ninguno de los asistentes. Tal vez sean los viejos criados de Cordelia. Aunque se muestran contritos y tienen los ojos acuosos, arden en deseos de saber cuánto les ha dejado.

El abogado inicia la lectura.

-Yo, Cordelia Mary Drummond MacDonald, en pleno uso de mis facultades mentales, por la presente afirmo que estas son mis últimas voluntades...

Hacía más de dos décadas que ni mi prima ni yo teníamos ningún contacto con Cordelia. No la felicitábamos por su cumpleaños ni le enviábamos postales en Navidad. El desprecio era mutuo. Sin embargo, en su lecho de muerte se acordó de nosotras. Y no puedo dejar de preguntarme por qué.

-Espero que la vieja bruja haya enmendado sus errores dejándonos una pasta. Pensaba que habría fallecido hace años... -resopló mi prima por teléfono tras leer la carta del abogado.

-Me parece inmoral que quieras su dinero cuando hemos pasado de ella durante tanto tiempo. Además, te recuerdo que la odiabas.

-¿Y qué? A falta de parientes, a alguien tenía que dejárselo, ¿no? Será una fortuna porque la vieja era tacaña como el Scooby-Doo del cuento de Navidad.

-No te hagas ilusiones. Cordelia tenía un sobrino nieto. Y el avaro al que te refieres se llama Scrooge. Scooby-Doo es el perro de unos dibujos animados.

Me dio la tabarra durante días, llamándome a horas intempestivas. Aunque yo no estuviera interesada en el contenido del testamento, ella sí lo estaba, y lo menos que podía hacer era acompañarla, me dijo. La capacidad de persuasión de Bárbara es legendaria, así que hice el equipaje y cogí un vuelo con destino a Londres, donde nos encontramos para viajar hasta Inverness. Luego seguimos por carretera hacia la isla de Skye.

Fotografía de la isla de Skye con su paisaje característico.

Ahogo un gemido al sentir otro pellizco. Es de agradecer que no me esté pateando los tobillos con sus zapatones. Solo a Bárbara se le ocurre calzarse esas espantosas plataformas para caminar por terrenos enfangados. También me resulta incomprensible que a punto de cumplir los cincuenta se vista como una quinceañera. En el aeropuerto de Heathrow casi me dio un pasmo al verla aparecer enfundada en unos leggings de leopardo, un top que dejaba poco a la imaginación, un abrigo sintético a juego con las mallas, un sombrero negro y sus sempiternas gafas de sol.

Bárbara despliega su abanico estampado con motivos orientales y lo agita con frenesí. Clas, clas, clas... Se me erizan los nervios de manera proporcional al rítmico golpeteo de las varillas sobre su pecho.

-¿Te importaría dejar de hacer eso? -le susurro en voz baja.

-¿Prefieres que empiece a sudar? Es por la menopausia.

-Solo te pido que te abaniques con discreción. Estás dando la nota.

-Por no hablar de los kilos que he cogido -continúa-. Parecen decididos a instalarse en mis muslos de por vida. Oye, ¿son imaginaciones mías o se me ha puesto el pecho en forma de pera? Y otra cosa te digo: eso de que la soja alivia los sofocos es un cuento chino.

El abogado hace una pausa y nos taladra con la mirada. El señor Ferguson, a quien agradezco la deferencia de abrir el testamento en Nightstorm después del entierro en lugar de hacernos ir a su bufete, es un hombre delgado, de baja estatura, cabello ralo y un rostro redondo que oculta parcialmente tras unas gafas de montura negra. Viste un traje clásico príncipe de Gales y debe de haber estudiado en Oxford o Cambridge porque se expresa en un inglés académico, sin enmarañar su discurso con palabras en gaélico.

Me pierdo en la jerga legal. Doy un respingo cuando un grito histérico casi me perfora el tímpano. Si hubiera estado más atenta a las palabras del letrado, sabría qué ha motivado la entusiasta reacción de mi prima. Abro la boca para preguntárselo, pero la severa mirada de desaprobación que le dirige el abogado frena mi curiosidad.

-¿No es increíble? -Bárbara hinca sus garras en mi brazo ajena a las llamadas de atención del señor Ferguson-. ¡Cordelia me ha dejado su joyero! Al final va a resultar que me apreciaba y todo.

Estoy tan sorprendida como mi prima. Cordelia sentía animadversión por ella. Mientras que yo fui una niña sumisa, Bárbara disfrutaba desafiándola. Nada le producía más satisfacción que desobedecer sus órdenes, infringir sus normas y escaquearse de los castigos.

Hago un esfuerzo por centrarme en la voz del abogado mientras lee las disposiciones para el personal de servicio. A dos ancianas con más años que Matusalén les ha dejado 3.000 libras por cabeza. Dios salve a la reina Cordelia. El dinero les llega cuando posiblemente ya han olvidado lo que es darse un capricho; imagino que les consuela pensar que lo disfrutarán sus familias. El jardinero recibe 500 libras. Al parecer, llevaba pocos años en la casa. La más joven de las mujeres -rondará los sesenta a juzgar por las arrugas que surcan su rostro- ha venido en representación de su madre. Cuando escucha la cifra de 10.000 libras, su boca se ensancha en una amplia sonrisa.

El letrado está a punto de concluir la lectura y aún no me ha mencionado. ¿Me habrá mandado venir para hacer bulto en el sepelio? Con excepción de Bárbara, los abogados y yo, únicamente los viejos criados y media docena de vecinos han acudido a las exequias de Cordelia. También es cierto que la mayor parte de sus coetáneos están criando malvas.

Una corriente de aire frío azota mis entumecidas piernas provocándome un escalofrío. Debería haberme sentado cerca de la chimenea, donde crepita un agradable fuego, o no haberme quitado el abrigo. Daría cualquier cosa por una bebida caliente. Fijo los ojos en las llamas, fascinada con su sinuosa danza, hasta que el picor en las pupilas me obliga inevitablemente a parpadear. Sobre la chimenea hay un paisaje marino. Un velero a punto de zozobrar en medio de una tormenta nocturna. Nunca presté atención al cuadro; ahora no se me ocurre metáfora más idónea para definir mi estado anímico.

Un cuadro de un velero luchando contra una tormenta nocturna.

Recuerdos de infancia y secretos ocultos

La pintura me trae a la memoria otro lienzo que descubrí en un rincón de la buhardilla, camuflado entre una serie de viejos y polvorientos cuadros apilados contra la pared. Había pasado la tarde leyéndole a Cordelia uno de aquellos libros de Edgard Allan Poe o Mary Shelley que me provocaban pesadillas y aproveché que se había rendido a Morfeo para escabullirme. En el vestíbulo tropecé con mi prima.

-¿Qué haces aquí? ¿No estabas castigada en tu cuarto? -bisbiseé-. Como te pille mamá...

No recuerdo con exactitud qué había hecho Bárbara, posiblemente algo con un chico de por medio. Con ella siempre era así.

-Tu madre no se enterará si no le vas con el cuento. Voy a explorar el ático. ¿Vienes?

-¡Estás loca! ¡La señorita Cordelia nos ha prohibido subir!

-Se ha quedado dormida, ¿no oyes sus ronquidos de hipopótamo?

Sabía que era una equivocación seguirle el juego, que acarrearía consecuencias si nos descubrían, pero tenía once años y mucha curiosidad. ¿Qué habría en la buhardilla? Dada a fantasear, imaginaba que tras las paredes desconchadas y recubiertas por el polvo y las telarañas acumulados durante décadas se ocultaba el tesoro de un pirata. A juzgar por cómo se movía Bárbara, resultaba evidente que no era la primera vez que se aventuraba en aquel espacio prohibido. Sirviéndose de un oxidado candelero de metal, rompió la cerradura de un desvencijado baúl y levantó la tapa. Apolillados vestidos de seda y encaje, sombreros y tocados de plumas volaron por los aires interrumpiendo la danza de millares de motas de polvo en suspensión. Zapatos y botines cayeron al suelo con un golpe sordo. A medida que Bárbara hurgaba entre el contenido del arcón, sus gruñidos de desilusión se tornaban más audibles.

Observé sus tejemanejes hasta que unos cuadros me llamaron la atención. Aquella tarde, entre una sangrienta escena de caza y un anodino bodegón, descubrí a la dama desnuda. El autor del lienzo, quienquiera que fuese, la había inmortalizado de pie, el brazo derecho apoyado en el alféizar de la ventana, la mirada perdida en el horizonte. De su rostro, prácticamente oculto tras el cabello que le caía en una cascada dorada sobre los hombros, apenas se atisbaba el perfil. Recuerdo la belleza de aquella imagen y cómo me dolió el coscorrón que me propinó Cordelia. Al oír sus pasos, Bárbara, más avispada, había corrido a esconderse detrás de una cómoda. Cuando la miré suplicando ayuda se llevó el dedo índice a los labios en muda exigencia de silencio. No es que la petición fuese necesaria. Sabía que tendría problemas por desobedecer a la señorita MacDonald, pero mi castigo sería una minucia comparado con lo que le haría Cordelia a mi prima si la descubría. Con el fin de facilitarle la huida, intenté distraer a la anciana preguntándole por la mujer del cuadro.

Sin pronunciar palabra, me agarró de una oreja y me arrastró hacia la escalerilla. Cuando mi madre regresó del pueblo, Cordelia la amonestó advirtiéndole que si no era capaz de inculcarnos valores tan nobles como la obediencia y el respeto hacia los mayores, tendría que valorar la conveniencia de que permaneciera en la casa. No volví a subir a la buhardilla. Bárbara tampoco.

La llegada de un misterioso heredero

Me ha parecido oír mi nombre, pero podría haberlo soñado. Duermo tan mal por las noches que me habré quedado traspuesta. Parpadeo para despejarme, decidida a escuchar al abogado; había empezado a decir algo sobre Nightstorm House cuando se ha abierto la puerta. Vuelvo la cabeza, intrigada.

-Buenas tardes -saluda un desconocido mientras se acomoda en un sillón junto a la chimenea. Era el preferido de Cordelia. Si cierro los ojos, puedo verla sentada como una reina en su trono, mientras yo, a sus pies, leo para ella. Verlo repantigado al calor de las llamas me produce envidia. Aunque todas las miradas convergen en él, no parece intimidado.

-¿No prefiere sentarse más cerca, señor Hamilton? -El abogado señala con la mano una silla libre.

Estaría loco si aceptara. El asiento se encuentra en el extremo más alejado de la chimenea. Hamilton. ¿De qué me suena el apellido?

Hago memoria mientras mi prima me da pataditas en el tobillo intentando llamarme la atención.

-Estoy bien aquí, gracias -responde el aludido en tono displicente. Sus ojos barren la sala sin detenerse en nadie en particular.

-Espero que no le importe que haya procedido a leer el testamento de su tía abuela. Dada la hora que es, y puesto que no ha acudido al entierro, supuse que ya no vendría.

El tono empleado por el letrado me suena a regañina, pero el otro contesta sin inmutarse.

-Anoche cerraron el aeropuerto de Edimburgo debido a la niebla. No se ha reabierto hasta hace unas horas.

Hamilton no se disculpa por el retraso. Se diría que incluso espera que el abogado le dé las gracias por dignarse hacer acto de presencia. Bárbara ha dejado de agitar el abanico. La expresión intrigada de su cara me pone en guardia de inmediato.

-¿Quién es ese?

-El sobrino nieto de Cordelia.

-Mmm.

-Se apellida Hamilton -continúo-. ¿Quién podría ser, si no?

-Aquel chico era un esmirriado.

-Bueno, es evidente que ha mejorado desde la última vez que lo vimos.

-Ya te digo... -murmura mi prima babeando como una adolescente ante el capitán del equipo de fútbol del colegio. Esta vez soy yo quien le propina un codazo, para que recobre la compostura.

Reconozco que Hamilton es atractivo. Alto y de complexión atlética, tiene el cabello negro y sus ojos verdes, enmarcados por espesas pestañas, brillan como esmeraldas pulidas. Bárbara acaba de recordarme al adolescente que conocimos el primer verano que pasamos en Nightstorm, un quinceañero con el pelo largo y enmarañado, que se complacía en tirarme de las trenzas cada vez que me cruzaba en su camino. Le tenía más miedo...

Retrato de un joven atractivo de cabello oscuro y ojos verdes.

¿Qué ver en la ISLA DE SKYE? Nuestra experiencia REAL viajando por Escocia y consejos

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