A medida que las generaciones envejecen, cada vez más mujeres se encuentran en la posición de cuidar de sus padres. Esta circunstancia, que afecta a la mayoría de las mujeres en alguna etapa de sus vidas, conlleva un costo inconmensurable para muchas de ellas.
Un Rol Históricamente Asignado y Poco Reconocido
La carga adicional de trabajo que asumen las mujeres como cuidadoras nunca ha sido reconocida formalmente como un trabajo. Para la mayoría de la gente, es algo natural que sean las mujeres quienes cumplan con este rol. Nadie toma en cuenta la voluntad de las mujeres para exigirlo como un deber ineludible, que solo se hace visible cuando no se cumple. Esta realidad es uno de los factores que repercute en los bajos salarios, la feminización de la pobreza, las lagunas previsionales y las dificultades que tienen las mujeres para acceder a espacios donde se toman las decisiones. Es lo que muchas veces explica las diferencias salariales entre hombres y mujeres, y que afecta los proyectos de vida y de realización de muchas.
El viejo espejismo de que el espacio más adecuado para cuidar a una persona cuando envejece es el seno de su familia, rodeada por el amor de sus hijos y cuidada por sus hijas, ya no funciona. La dura realidad de la mayoría de las mujeres, que necesitan trabajar para asegurar la subsistencia de su grupo familiar, impide que sigan haciéndose cargo del cuidado de todos los miembros de sus familias que lo necesiten. La sobrecarga de trabajo que tienen las mujeres cuando acceden al mundo laboral remunerado restringe sus posibilidades de cuidar a las personas mayores, ya que están obligadas a privilegiar el cuidado de sus hijos, especialmente cuando son pequeños.

La Realidad Demográfica y la Dependencia de los Adultos Mayores
Un punto de encuentro al examinar las tendencias sociodemográficas mundiales es el proceso de envejecimiento paulatino y progresivo que se torna cada vez más evidente en los distintos grupos poblacionales. Esta tendencia, que hasta hace pocos años se consideraba una condición típica de los países desarrollados, comienza a aparecer en la configuración etaria de países latinoamericanos. Se prevé un aumento de la edad promedio de la población a nivel global, manteniéndose esta condición en ambos géneros y en las regiones más y menos desarrolladas. Las personas mayores de 60 años, que hoy suman aproximadamente 700 millones, se convertirán en dos mil millones para el año 2050, superando a los grupos etarios menores de catorce años. Este evento constituirá una primicia genuinamente global para la humanidad, ya que se prevé que será compartida por todos los países, sin distinción de su condición de desarrollo.
Los cambios en la estructura poblacional dependen principalmente del número de hijos por mujer y la esperanza de vida. Las previsiones revelan una disminución en el número de hijos que cada mujer podría tener respecto a sus generaciones anteriores, consecuencia ineludible de la diversificación de roles que las mujeres han tenido que asumir en los últimos años. Los cambios en la participación de los grupos de edad modifican los temas sociales, así como el significado y valores asociados a aspectos tales como: madurez, juventud y vejez.
Un aspecto que deriva de este reto demográfico es el aumento de personas mayores con alguna discapacidad. Aunque estar discapacitado no es una condición exclusiva de la vejez, más de la mitad de las personas mayores de 65 años tienen alguna discapacidad. Un aspecto asociado a la vejez, especialmente cuando se padece alguna discapacidad, es la necesidad de dependencia, entendida como consecuencia del deterioro psicológico, biológico y social que exige la ayuda de otras personas para llevar a cabo las tareas habituales de la vida cotidiana.
En el contexto de una sociedad cada vez más envejecida, los cuidados de las personas mayores con dependencia son aún poco valorados y visibilizados, por lo que se hace necesario y urgente abordarlos. Esto se traduce en desafíos para el Estado y las políticas públicas, pero también para las familias, las instituciones privadas y la sociedad en general.
El Predominio del Cuidado Familiar y la Inversión de Roles
En América Latina, vivir solo a medida que aumenta el envejecimiento no es una tendencia generalizada; por el contrario, residir en solitario es una condición poco habitual en la región. Lo común en los países latinoamericanos y del Caribe es envejecer en casa, y específicamente hacerlo en familia. Las razones son diversas, incluyendo el aumento de la pobreza, la aguda desigualdad del ingreso, el escaso desarrollo institucional y la persistente inequidad social.
Para muchas familias, cuidar a sus familiares adultos dependientes no es una decisión, sino una necesidad ante la escasa ayuda del Estado y la disminuida capacidad de costear otras formas de atención. Además, el cuidado en la familia involucra aspectos morales y afectivos, sirviendo como una suerte de retribución hacia los adultos mayores por el esfuerzo brindado en el pasado, lo que se desenvuelve en un contexto cargado por el peso del deber, la responsabilidad y la mirada de los otros.
Aunque las instituciones y servicios formales de cuidado han crecido, los cuidadores informales, como la familia, siguen siendo mayoría. Sin embargo, aunque todos los miembros cooperen, es predominante solo un miembro de la familia, y no esta en pleno, quien asume o carga con la tarea del cuidado. La respuesta de quién debe ser el cuidador pone en evidencia las creencias y estereotipos del grupo social acerca de las responsabilidades familiares, jerarquía de deberes, valores, expectativas de roles y su desempeño.
La estructura tradicional de la familia está cambiando. Las familias extendidas se reducen mientras que el aumento de familias más pequeñas se incrementa, lo que restringe el espectro de opciones para elegir quién cuidará al adulto dependiente. En ocho de cada diez hogares latinoamericanos cohabitan los adultos mayores con otros miembros más jóvenes, engrosando la cantidad de hogares multigeneracionales.
Cuando los Roles se Invierten: La Generación Sándwich
Vivimos en una sociedad que, por norma, espera que los padres cuiden de sus hijos. Sin embargo, los roles familiares se están invirtiendo: los hijos se convierten en cuidadores de sus padres. En España, más del 13% de las mujeres mayores de 16 años y cerca del 10% de los hombres se dedican al cuidado de personas dependientes. Con el aumento de la esperanza de vida y los avances médicos, muchas personas mayores requieren cuidados continuos durante más años. Cuando los cuidadores son los hijos, el impacto emocional puede ser profundo. Además, la llamada generación sándwich -personas que cuidan de sus padres y sus hijos al mismo tiempo- experimenta niveles altos de estrés, ansiedad y agotamiento físico y emocional.
El peligro de invertir los roles: cuando el hijo se vuelve el adulto – Bert Hellinger
El Perfil de la Cuidadora Informal y sus Desafíos
La realidad de los cuidadores es preocupante, pues cuidar implica un gran esfuerzo para quien lo realiza. Esta labor conlleva un alto nivel de carga física, emocional y socioeconómica, que compromete su salud, bienestar y también su relación interpersonal con la persona enferma. Además, la mayoría de los cuidados brindados a personas dependientes son realizados por “cuidadores informales”, quienes no reciben remuneración económica por su labor ni cuentan con capacitación para los diferentes cuidados que proveen.
De acuerdo con la encuesta Casen (2015) en Chile, los cuidadores informales en su gran mayoría son mujeres adultas, de edad promedio entre los 50 y 59 años, hijas o parejas que cohabitan con la persona dependiente. Esta situación supone un fuerte impacto emocional para los hijos, que ven cómo sus padres ya no pueden valerse por sí mismos. Cuando se trata de una familia compuesta por varios hermanos, las tareas se suelen repartir, aunque conforme las necesidades de atención van incrementando, uno de los hijos acaba adoptando el papel de cuidador principal. Esto puede llegar a generar problemas en la vida del hijo cuidador y la conciliación con su vida profesional y familiar, a menudo ajustando su horario laboral o restando tiempo de cuidado a su propia familia.
Diferencias de Género en la Provisión de Cuidados
El género influye en la prestación de cuidados familiares, identificándose desigualdades en la distribución de tareas. En todos los contextos, las mujeres tienen más probabilidades de ser cuidadoras que los hombres. En el espacio familiar se reproducen las mismas desigualdades existentes en la sociedad, y son los adultos mayores los más perjudicados.
Cuando el marido es quien cuida, suele recibir más ayuda externa de otros familiares, amigos o instituciones públicas. No obstante, cuando la cuidadora es una mujer, esta tiende a cargar con todo el peso del cuidado, recibiendo menos ayuda de otros familiares o incluso resistiéndose a aceptarla. Las características asociadas a los roles de género determinan un mayor nivel de sobrecarga, mayor morbilidad y depresión, y una peor calidad de vida en las mujeres cuidadoras que en los hombres. Aunque existen modelos de familia de funcionamiento igualitario y democráticos en la forma en que se distribuyen la responsabilidad del cuidado, otros son más selectivos y colocan la responsabilidad solo en algunos miembros, tradicionalmente las mujeres de la familia.
Un estudio realizado en Valencia con personas cuidadoras de 70 años o más reveló que las cuidadoras tenían una mayor carga relacionada con los cuidados y que un 90% lo hacían por obligación moral, compasión, reciprocidad y amor. Los hombres, por otro lado, manifestaron su falta de preparación para el cuidado del hogar y la familia, y un 80% cuidaba por responsabilidad y reciprocidad, percibiendo la labor como una fuente de enriquecimiento personal y un logro satisfactorio.
A pesar de que las estructuras familiares y los roles tradicionales están cambiando, y los hombres asumen el cuidado cuando las mujeres de la familia no están presentes, el hecho de que el cuidado haya sido y siga siendo considerado como un tema femenino refuerza los estereotipos de género sobre los roles asignados a hombres y mujeres.
Estrategias para Equilibrar el Rol de Hija y Cuidadora
Es fundamental recordar que, aunque una hija se haya convertido en cuidadora de sus padres, sigue siendo su hija. Mantener el rol familiar es esencial para mantener una relación equilibrada y saludable con los padres y puede ayudar a fortalecer el vínculo, evitando posibles conflictos. Es crucial encontrar un equilibrio entre ser cuidadora y mantener esa conexión especial que solo existe entre padres e hijos.
El amor filial es una fuerza poderosa que puede brindar la paciencia y la compasión necesarias para cuidar de los padres de la mejor manera posible. A pesar de las responsabilidades que conlleva el cuidado, también es importante disfrutar de su compañía y crear momentos significativos juntos. Mantener el rol de hija permite establecer límites saludables en la relación de cuidado. Es fundamental aprender a equilibrar el cuidado con la propia vida, necesidades y deseos, sin sentirse culpable por cuidar de uno mismo.
Para desempeñar de mejor manera la labor como cuidador, se aconseja informarse y buscar capacitación acerca de la enfermedad, tratamiento y cuidados básicos que el familiar necesita. Una estrategia importante para lograr este equilibrio es establecer límites claros y realistas. De igual forma, es importante pedir y aceptar ayuda de otros miembros de la familia o profesionales especializados en cuidado de adultos mayores.
Cuando nos convertimos en cuidadores de un ser querido, como un padre en edad avanzada, es crucial definir estos límites para no descuidar nuestra propia salud física y emocional. Es importante recordar que seguir siendo hija, mantener nuestras relaciones personales y cuidar de nosotros mismos nos permitirá desempeñar mejor nuestro papel de cuidador a largo plazo.
Consejos Clave para el Equilibrio:
- Comunicación abierta: Hablar con la familia sobre las necesidades y limitaciones como cuidador. Expresar emociones, preocupaciones y necesidades, así como escuchar las del ser querido, fortalece el lazo.
- Delegación de tareas: No temer pedir ayuda a otros familiares o contratar servicios de apoyo.
- Tiempo para uno mismo: Reservar tiempo cada día para actividades que se disfruten y que ayuden a desconectar. El autocuidado permite ser una mejor cuidadora y seguir siendo la hija amorosa que siempre se ha sido.
- Disfrutar momentos de calidad: Dedicar tiempo a compartir actividades que ambos disfruten, más allá del rol de cuidadora, como salir a pasear, ver una película juntos o simplemente conversar.
- Establecer límites claros: Definir el papel como cuidadora y cómo se relaciona con el rol de hija para mantener un equilibrio.

La Necesidad de Reconocimiento y Apoyo Social
El papel de las hijas como cuidadoras de sus padres es una tarea compleja y exigente que puede ser muy estresante. Las hijas cuidadoras no solo están comprometidas en proporcionar cuidados físicos, sino que también ofrecen un apoyo emocional invaluable y contribuyen a mantener la calidad de vida de sus padres. Su trabajo es esencial para la vida de sus padres, pero puede ser muy difícil y estresante para ellas.
Es por eso que es importante que, como sociedad, valoremos el papel de estas mujeres y reconozcamos todo el esfuerzo que realizan en su labor. A menudo, estas mujeres sacrifican su tiempo y energía para asegurarse de que sus padres estén bien cuidados, pero pueden llegar a sentirse abrumadas y agotadas. Es fundamental que reciban ayuda y apoyo para poder seguir brindando cuidados a sus padres mayores. Los servicios de apoyo pueden incluir asistencia en la realización de tareas del hogar, cuidado personal, enfermería, alimentación, recreación y compañía.
En el espacio familiar se reproducen las mismas desigualdades existentes en la sociedad, y son los adultos mayores los más perjudicados. Quienes tienen recursos, pueden acceder a cuidados de calidad; quienes no los tienen, deben enfrentarse a una realidad cada vez más adversa. Es importante intervenir activando una red de apoyo familiar y social, y apoyar la concreción de trámites que favorezcan el bienestar de la persona bajo su cuidado y del cuidador. En conclusión, las hijas cuidadoras merecen nuestro agradecimiento y respeto por todo lo que hacen, en muchos casos, de forma casi transparente y oculta.
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