Diversas investigaciones señalan que las mujeres, al igual que otros grupos poblacionales, presentan una mayor vulnerabilidad ante el riesgo de desastres. Esta condición no se deriva de su género per se, sino de las profundas desigualdades sociales, históricas y culturales construidas en torno a su figura.
Para abordar esta problemática, documentos de política pública proponen que la Gestión del Riesgo de Desastres (GRD) reconozca y atienda de manera específica y diferenciada las características de los distintos grupos de población. Es fundamental asumir el género como una categoría heterogénea y no monolítica.

Desigualdades Estructurales y Vulnerabilidad de Género
Las causas estructurales de las tragedias, como los incendios forestales, a menudo superan cualquier acción individual o coordinada. Estas causas están intrínsecamente ligadas a múltiples factores de riesgo, incluyendo la intersección de diversas dimensiones que generan discriminación por género, etnia o estrato social.
La desigualdad se manifiesta a través de la falta de oportunidades, exacerbada por restricciones en el empleo y los ingresos. Los riesgos de desastre, al materializarse a gran escala, o a través de pérdidas y daños continuos a pequeña escala, retroalimentan los procesos de desigualdad en las ciudades, perpetuando patrones de pobreza y exclusión.
Por ejemplo, un estudio en la Región Metropolitana de Chile reveló que la exposición al riesgo de morir por COVID-19 variaba drásticamente según la comuna de residencia. Adultos mayores de San Ramón presentaban una tasa de mortalidad hasta 12 veces mayor que sus pares de Vitacura, evidenciando cómo el lugar de vida se convierte en un factor de riesgo.
El crecimiento urbano y poblacional, que demanda nuevas viviendas, entra en contradicción con la escasez de suelo urbano seguro y de baja pendiente. Esta situación empuja a la población a asentarse en zonas no aptas para la urbanización, generando así nuevos riesgos de desastres.
Las condiciones de vulnerabilidad de las personas son frecuentemente el resultado del cruce o la intersección de varias dimensiones, que actúan como fuentes de discriminación: género, etnia, estrato social, nivel educacional, entre otras. Es necesario avanzar hacia un análisis de los desastres desde una perspectiva interseccional, considerando el impacto diferenciado en relación al género y su interacción con otras categorías sociales.

América Latina: Urbanización y Desigualdad ante el Riesgo
América Latina se consolida como el continente austral más urbanizado, con más del 80% de su población residiendo en pueblos o ciudades. La contribución de las ciudades al Producto Nacional Bruto (PIB) supera el 60% en promedio, una cifra significativamente mayor que en Europa.
Estudios realizados en ciudades como Barranquilla (Colombia), Lima (Perú) y San José (Costa Rica) analizaron cómo enfrentaron la pandemia del COVID-19, poniendo de manifiesto cómo la desigualdad, expresada en la falta de oportunidades y restricciones de empleo, se ve amplificada por los riesgos de desastre.
El Rol de las Mujeres en la Gestión del Riesgo de Desastres
Investigaciones abordan la contribución de las mujeres en los procesos de reconstrucción post-catástrofe, destacando su papel incluso en ámbitos históricamente marginados como la esfera pública.
Tras el terremoto y tsunami de 2010 en Chile, que afectó a aproximadamente 2.5 millones de personas y se ubicó como el sexto terremoto más grande registrado, se evidenció la importancia de la organización comunitaria en la recuperación. En campamentos como "El Molino" en Dichato, la co-construcción de espacios públicos por parte de los habitantes fue fundamental para la recuperación física, social y psicológica, desarrollándose en paralelo a la reconstrucción planificada por el Estado.
El desastre es vivido de manera diferente según el género, la edad y la situación económica y social de las víctimas. Si bien el Gobierno de Chile implementó un Plan de Reconstrucción Nacional y acciones específicas como el plan "Mujer, Levantemos Chile", estas a menudo se limitaron a ayudas económicas, sin abordar problemáticas de género más profundas como la violencia o la salud reproductiva.
Estudios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) confirman que las mujeres y niñas son las más expuestas en catástrofes naturales. Datos de 141 países afectados por desastres entre 1981 y 2002 indican que los desastres tienen un impacto negativo mayor en la esperanza de vida de las mujeres. Se estima que las mujeres, niños y niñas son 14 veces más propensos a morir durante un desastre.
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Vulnerabilidades Específicas de las Mujeres
Las mujeres enfrentan experiencias distintas en procesos de emergencia. Las mujeres dependientes, con menos recursos en el hogar, poseen menor poder de negociación en las decisiones familiares. El aumento del desempleo post-catástrofe afecta especialmente a las mujeres jefas de hogar, dejándolas sin fuente de ingresos.
A pesar de ello, las mujeres a menudo asumen roles de cuidado, limpieza y organización de ayudas en viviendas de emergencia. Su labor incluye el cuidado de niños, adultos mayores y personas con discapacidad. Las necesidades de las mujeres en emergencia difieren de las de los hombres, requiriendo ayudas y servicios específicos.
Las restricciones en el acceso a artículos de higiene femenina, la asistencia médica durante el embarazo o la anticoncepción, incrementan la vulnerabilidad física y psicológica. La acción pública, al proponer soluciones estándar sin distinción de género, no considera estas diferencias.
En Chile, la planificación de la emergencia y la reconstrucción a menudo carece de una perspectiva de género.
La Participación de la Mujer en el Espacio Público
La esfera pública, históricamente definida por espacios de visibilidad, debate y solución a intereses comunes, se ha construido sobre principios masculinos. Las mujeres, junto a extranjeros y pobres, han sido marginadas de estos espacios de participación y decisión.
El mito de Antígona, de Sófocles, representa la tensión entre la ley humana y la ley divina, la ética familiar frente a la ética de las leyes escritas por los hombres. Antígona perturba el orden establecido a través de una acción impulsada por un deseo íntimo y divino: dar sepultura a su hermano, desobedeciendo la ley de Creonte.
Para Creonte, los asuntos personales no son políticos; solo el hombre accede a la universalidad y a la polis, representando la cultura y fundando leyes. La mujer, en esta concepción, se confía a la familia para desviar ambiciones públicas hacia fines privados.
Autores como Rousseau, en su obra "Emilio o De la educación", exaltan rasgos de autonomía y emancipación. Sin embargo, interpretaciones feministas posteriores de la presentación hegeliana del mito de Antígona han variado, buscando inclusión social o radicalizando diferencias.
La idea de un espacio público que acepta la diversidad de opiniones, desarrollada por Habermas y Arendt, también ha sido criticada por excluir a ciertos grupos, incluidas las mujeres. El espacio público es el lugar del reconocimiento y la competencia, a diferencia del espacio privado, que no es visibilizado ni valorizado públicamente.
En el espacio privado, no se expresa ningún principio de individuación, característico de los espacios públicos donde cada uno tiene su lugar. La apropiación de espacios por múltiples individualidades distribuye el poder.
No obstante, la mujer y su emocionalidad, frente a la injusticia, irrumpen en el espacio político, al igual que Antígona irrumpió en el mundo político griego con una reivindicación privada. El espacio público, hasta entonces masculino, entra en conflicto con el espacio femenino, percibido como más familiar y emotivo, pero público por ser asunto de toda la sociedad.
Hasta la segunda mitad del siglo XX, el espacio público ciudadano, las instituciones y el poder permanecieron ajenos a una sociedad donde la mujer se volvía más activa y adquiría derechos progresivamente. Las feministas de los años 60 y 70, con su lema "lo personal es político", abrieron el debate público, introduciendo asuntos íntimos y domésticos en la agenda de decisiones.
Hanna Arendt y Celia Amorós constatan que la distinción entre lo público y lo privado impone limitaciones a la participación política de las mujeres. Cuando esta distinción se perturba, la mujer participa activamente del espacio público.
Etnografía de Campamentos de Emergencia
Los campamentos de emergencia, o "aldeas", fueron construidos para albergar a víctimas de desastres. En la región del Biobío, Chile, se construyeron 76 aldeas tras el terremoto y tsunami de 2010, siendo "El Molino" en Dichato uno de los más densos, con 519 viviendas y 2.850 personas.
La investigación cualitativa en estos campamentos busca comprender la realidad vivida y percibida por las mujeres habitantes. La metodología incluye el análisis hermenéutico y el enfoque etnográfico para describir la organización espacial, los usos de los espacios comunes y las experiencias de las mujeres.
El trabajo de campo en "El Molino" se realizó en dos etapas: una de impregnación para familiarizar a los habitantes con la presencia del investigador y conversaciones informales, y una segunda etapa de observación y entrevistas semiestructuradas en profundidad. Estas entrevistas permitieron comprender aspectos sensibles de la relación entre el espacio común y el espacio privado.

Gestión del Riesgo de Desastres con Enfoque de Género
El enfoque de la Gestión del Riesgo de Desastres (GRD) surgió en América Latina en la década de los noventa, superando la visión anterior que trataba los desastres sin considerar los procesos sociales y priorizando la ayuda de emergencia.
A medida que la GRD se complejiza, emergen diversos actores además de los gobiernos y organismos humanitarios, incluyendo la academia, el activismo y grupos de base. Herramientas globales como el Marco de Acción de Hyogo y el Marco de Sendai guían las políticas públicas en identificación, reducción, gestión y protección financiera del riesgo.
Es frecuente que se invisibilice el compromiso de las mujeres en el ámbito preventivo y post-desastre, a pesar de su rol histórico en aspectos esenciales como la seguridad alimentaria.
Entre los impactos a largo plazo de los desastres se encuentra la recomposición del tejido social, donde las mujeres se reconocen a través de estereotipos de emocionalidad y cuidado. Surge la necesidad de plantear la comunalización del cuidado y la importancia de las prácticas de reproducción social en crisis.
El voluntariado es otra área donde las mujeres han liderado procesos de atención, a menudo sin preparación adecuada o con escasos recursos. Buena parte del voluntariado femenino es informal, lo que resalta la importancia de oficializarlo para fortalecer la preparación institucional.
Se insiste en la necesidad de incluir las iniciativas de las mujeres en las políticas locales, promoviendo el empoderamiento femenino desde la GRD basada en comunidad. Los liderazgos femeninos están presentes en todo el ciclo del desastre, lo que amerita fortalecer los modelos de gestión desde un enfoque de género e interseccional para distribuir cargas y desafiar vulnerabilidades estructurales.
Construcción Social del Riesgo y Perspectiva de Género
La construcción social del riesgo, con perspectiva de género, implica repensar el rol de las mujeres como guardianas "por naturaleza". Aunque participen en iniciativas educativas y reproduzcan estrategias colaborativas, rara vez son escuchadas en los escenarios de toma de decisiones, lo que acentúa su vulnerabilidad.
La vulnerabilidad de género no se deriva de un único factor, sino que refleja patrones estructurales que se entrecruzan con desigualdades económicas, raciales y de otro tipo. Estas relaciones generan condiciones sociales peligrosas que exponen de manera diferenciada a distintos grupos de mujeres ante acontecimientos desastrosos.
Entender los factores relacionados con la vulnerabilidad de género permite dimensionar el riesgo "conocido y aceptado" por las comunidades, la forma en que es gestionado, e identificar patrones que se reproducen y el nivel de exposición a un desastre.
La investigación exploratoria-descriptiva, con enfoque cualitativo, utilizó técnicas interactivas como entrevistas móviles y grupos focales para identificar y caracterizar liderazgos femeninos en procesos organizativos y comunitarios. La revisión documental de publicaciones académicas, artículos de prensa e informes complementó el análisis.
Las categorías de análisis incluyeron gestión del riesgo de desastres, liderazgos femeninos, vulnerabilidad y vulnerabilidad de género, comunidad, resiliencia comunitaria y participación. El software NVIVO se utilizó para el procesamiento y sistematización de la información.
Las consideraciones éticas se salvaguardaron mediante el consentimiento informado, garantizando la protección de la identidad de los participantes y la devolución de resultados.

Dimensiones de la Vulnerabilidad y Capacidades Comunitarias
La dimensión físico-material comprende el entorno físico ambiental sometido a presión, incluyendo la infraestructura para refugiarse y los recursos organizativos, logísticos e institucionales comunitarios.
En el asentamiento de La Primavera, la autogestión ha sido clave ante la inestabilidad institucional. La población, compuesta por desplazados por conflicto armado, problemáticas ambientales o económicas, y migrantes venezolanos, enfrenta la precariedad habitacional y la falta de voluntad política para programas de vivienda.
La dimensión social y organizativa analiza los niveles de participación social y las capacidades de organización de las personas en el marco de la GRD. La organización comunitaria en La Primavera ha sido fundamental para la gestión de riesgos ambientales y tecnológicos.
La dimensión motivacional y actitudinal se refiere a las capacidades de las personas para enfrentar las amenazas y recuperarse de los desastres. La resiliencia comunitaria y la participación activa son elementos cruciales.
Chile, uno de los países más peligrosos del mundo en cuanto a desastres naturales, enfrenta una alta variedad de amenazas de distintos orígenes: naturales (terremotos, aluviones) y antrópicas (incendios). El riesgo se compone de la amenaza, la vulnerabilidad y la exposición.
La gestión del riesgo de desastres en Chile ha puesto énfasis en la caracterización de las amenazas, pero se necesita una mayor integración de las miradas de la academia para comprender la exposición y la vulnerabilidad.
La adaptación al cambio climático avanza, pero falta vincularla de manera efectiva con la gestión del riesgo de desastres, reconociendo que muchas amenazas vinculadas al cambio climático se exacerbarán, aumentando la frecuencia e intensidad de los desastres.
La Mesa de Trabajo Gestión del Riesgo y Género, coordinada por el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred) en Chile, busca integrar la perspectiva de género en la GRD. Documentos como "Género y reducción del riesgo de desastres - acercamiento a nivel local" contribuyen a este fin.
Proyectos como la guía de exploración volcanológica para niñas y jóvenes, con perspectiva de género, buscan promover la comprensión del territorio y revalorizar conocimientos científicos y ancestrales.
Es fundamental comprender que los desastres no son naturales, sino construidos por factores como las amenazas y la exposición de las personas. Variables como el nivel educacional, el acceso al trabajo, la independencia para tomar decisiones y las labores de cuidado, generan mayores niveles de vulnerabilidad.
La perspectiva de género, de manera interseccional, es crucial para incorporar todos los factores que influyen en la vulnerabilidad y la resiliencia ante desastres.
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