En muchas partes de América Latina, el Día de Muertos es una celebración. Ese día hay un desafío que se manifiesta: transformar la relación entre los vivos y los muertos, dejar el intelecto de lado y dejar de buscar respuestas, al menos por un instante. Ese día, surge una mezcla vibrante de vida y de muerte difícil de comprender a simple vista. No es un día para llorar las pérdidas. También se invita a los ancestros a regresar y a compartir un instante de conexión que establece una frontera muy fina entre lo conocido y lo desconocido por la cual muchas personas disfrutan de caminar porque, básicamente, los hace sentir bien.
Imaginemos un salón. Es bastante grande y hay algo de humedad porque está en un subsuelo. Una mesa llama la atención. Muchos la miran con detenimiento porque fue decorada con dedicación: tiene un mantel colorido, pétalos de flores de cempasúchil dispuestas sobre toda la mesa, y hay fotos también. Algunas de estas son de personas conocidas como Frida Kahlo y Víctor Jara. El homenaje a los fallecidos se convierte en memoria universal. Pero en la mesa, también, hay personas que son anónimas para la mayoría. Una en especial llama la atención: es la de una mujer que mira sonriente a la cámara y que en sus manos tiene algunas mazorcas de maíz. Está vestida con una falda larga rojiza que se complementa con una mantilla delgada de color blanco que cubre los hombros. En la mesa también encontramos fruta, galletitas y panes. Hay mucha agua repartida en vasos.
Erica es mexicana y vive en Argentina hace varios años. Es parte del proyecto colectivo Somos Calaveritas, que se dedica a festejar y revalorar la cultura latinoamericana. Todos los años el movimiento organiza este evento que propone celebrar la vida, y que fundamentalmente implica acercar nuestras miradas a lo que parece desconocido: la eternidad. En esta oportunidad, el evento -que incluyó talleres, feria artesanal y la proyección del documental El vuelo de la mariposa de Miguel Serrano Ruiz- fue organizado en el Bloque de Trabajadorxs Migrantes, una organización política que lucha por los derechos de migrantes en la Argentina. Al iniciar la ceremonia, Erica junto con Alejandro -un migrante ecuatoriano- hablan sobre el significado y la importancia de este día tanto en México como en Ecuador. “Nuestros muertos abonan esas raíces ancestrales latinoamericanas que se extienden por todo el continente y nos unen”, expresa la primera en el diálogo que se desarrolla entre ellos, y confirma que no es únicamente una celebración mexicana, pese a su popularidad. Y es que el Día de Muertos tiene raíces profundas en muchas culturas indígenas de América.
Antes de la conquista y colonización, los pueblos originarios ya rendían homenaje a la muerte y a sus ancestros en ceremonias donde se celebraba el tránsito al más allá, al Mictlán o inframundo para los mexicas, al que los muertos iban para encontrar su descanso eterno. Con el impacto de la colonización durante el siglo XVI, estas celebraciones originarias disputaron su espacio con la festividad católica de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, establecida el uno y dos de noviembre. Durante el encuentro, Erica explica algunas de las diferencias que existen entre las cosmovisiones católicas y originarias. Es una buena oradora, pese a que aca no lo ejerce, en su país natal se recibió como docente de nivel inicial. M, una niña de nueve años, la interrumpe: “¿qué diferencia hay entre el infierno y el inframundo?”.
La pregunta expone dos cosmovisiones distintas sobre cómo abordar la muerte. En ese contraste, los presentes pudieron revalorizar los orígenes, la identidad y la riqueza de los Pueblos Originarios, y parte de la esencia de la ceremonia recordando el valor de cuestionar hasta nuestras propias raíces. “Hace unos años charlando con algunos adultos argentinos me preguntaron la razón por la cual organizo estos eventos”, recuerda Erica. “¿Por qué traen rituales extranjeros?”, repite. Como si América no fuera una en su diversidad. Como si honrar las tradiciones originarias no pudiera ser posible en el contexto moderno actual o como si -aún peor- fuera algo ajeno a nuestro país. En la Argentina también se registran celebraciones similares y, por supuesto, también, en países limítrofes. ¿Quién puede determinar qué rituales son extranjeros y qué rituales no?
Virginia es mexicana, vive actualmente en Oaxaca y todos los años dedica tiempo a la preparación de su altar. “No es tanto el resultado sino el proceso que es emotivo”, cuenta. La celebración del Día de Muertos varía según la región, pero en todas se lleva a cabo con la misma finalidad: la unión de la familia. “La muerte no significa ausencia, sino existencia viva”, afirma. Algunas familias eligen incluir objetos personales que tienen un valor especial: un reloj gastado, una carta amarillenta. Cada elemento ahí dispuesto narra un pedazo de esa historia que une el mundo de los vivos con el de los muertos. El altar en el que tanto trabajó ella tiene siete niveles y cada uno tiene un significado. Virginia es enfermera, además, y cree que hablar de la muerte sigue siendo controversial. “Hay miedo e incertidumbre porque no se sabe cuándo va a suceder, pero cuando llegue yo creo que estaré cumpliendo un ciclo, pero mientras ese ciclo nuevo no inicie, estaré aquí”, manifiesta. A ella le gusta sentir que ese día sus ancestros la miran, que volvieron y se enteran cuánto los extraña; y agrega: “es triste, sí, pero no sólo eso porque también me llena de paz”.
Sin embargo, la reflexión sobre la muerte no reside solo en rituales festivos. Aunque la memoria se exprese en altares y encuentros, la idea central es que la muerte y la vida son dos aspectos de una misma realidad. Aunque no haya final inequívoco, la celebración propone un puente entre mundos y tiempos. Ni la naturaleza ni los seres humanos estamos condenados a la muerte eterna, consideran desde tiempos inmemoriales los pueblos mesoamericanos: el sol reaparece cada mañana, el maíz muere y renace, la vegetación muere en épocas de sequía para resurgir en cada estación lluviosa. La muerte y la vida son sólo dos aspectos de una misma realidad. Mucho antes de la conquista y colonización española, los alfareros de Tlatilco modelaban una cara doble: mitad viva, mitad esqueleto. Plano detalle de una escultura en miniatura de un muerto sosteniendo una flor que simboliza la conjunción de ambos estadios existenciales.
Al finalizar la ceremonia un hombre, oriundo de Veracruz, se acerca a hablar con Erica. Visiblemente emocionado expresa que el evento “había tocado una fibra sensible en él”. Su reacción refleja el poder que tuvo esa celebración: mientras que recuerden a quienes no están, nunca se habrán ido del todo. La muerte no es un adiós definitivo, sino una promesa de reencuentro. Es que para quienes aquí estén un tiempo más, algo sumamente valioso se expresa: hay una historia compartida que no termina porque florece en cada recuerdo. En el Día de Muertos, el tiempo se pone en pausa. La celebración asalta las calles, los cementerios, los parques, pero también los centros culturales lejos de México. Los altares se llenan de colores y recuerdos, conectan lo visible con lo invisible, quienes están y quienes se hacen presente. Es una fiesta colectiva, aunque los muertos se celebran de forma privada. Hay una promesa que todos los dos de noviembre se repite: mientras recordemos, no habrá olvido.
Nicolás Ventieri, Historiador, docente universitario y periodista, introduce una mirada personal sobre la muerte y su relación con la vida. En su relato se mezclan experiencias, lecturas y reflexiones sobre cómo la cultura, la memoria y la ética enfrentan el fin de la existencia y el valor de cada momento vivido. La muerte, para él, no es únicamente un hecho biológico sino una experiencia que transforma la forma de entender la vida y las responsabilidades hacia los demás. Este relato personal se inserta en un marco más amplio de percepciones culturales y filosóficas que enriquecen la comprensión del tema.
La idea de Memento Mori y la necesidad de vivir con plenitud ante la certeza de la finitud resuena a lo largo de las Ideas de la antigüedad y la filosofía moderna. Memento Mori es una expresión latina que nos recuerda precisamente la finitud de la vida. El problema es que nos tomamos la respuesta a veces a la ligera, sin ser realmente conscientes de que, inevitablemente, ocurrirá. Muchos se van por sorpresa, sin tiempo para despedirse. Como decía en la introducción, el significado de Memento Mori es simple: recuerda que vas a morir. Pero este significado debe ser interpretado con cierto tiento. No significa que debamos ver nuestra vida con el pesimismo que puede implicar saber que vamos a morir, sino todo lo contrario: valorando cada minuto. Cumpliendo nuestro propósito en este mundo.
El texto explora distinciones entre Carpe Diem y Memento Mori, y propone que la reflexión sobre la muerte puede ser una clave para vivir mejor, no una negación de la vida. Se mencionan ejemplos y figuras como Tolstói, Séneca, Marco Aurelio y Wittgenstein, integrando una visión que invita a abrazar la finitud para dar sentido a la existencia. Además, se presenta la idea de que la muerte puede generar una ética del tiempo y la solidaridad, así como una experiencia estética y literaria, donde la memoria y la comunidad sostienen a los vivos ante lo irreparable.
Para ampliar horizontes, el texto compara también rituales de otras culturas. En Ghana, un velorio es un evento social importante donde la asistencia se considera una forma de honrar al fallecido; en Madagascar, la Famadihana desentierra a los muertos para vestirlos y compartir una comida familiar. Estas referencias ilustran cómo la diversidad de enfoques culturales entiende la muerte como una transición y una oportunidad para fortalecer vínculos.


Elementos clave del significado: memoria, altar y comunidad
La mesa de la celebración, con sus objetos personales, fotos y comida, funciona como un puente entre vivos y muertos. Cada objeto narra una historia y refuerza la idea de que la muerte no borra las identidades, sino que las conserva en un relato compartido. El altar de siete niveles de Virginia simboliza un orden ritual y emocional que ayuda a transitar entre mundos. La presencia de agua, comida y pétalos de cempasúchil resalta la idea de un encuentro festivo y sagrado al mismo tiempo.
La narrativa de Erica y Alejandro apunta a una concepción de la muerte como raíz común de las identidades regionales: “Nuestros muertos abonan esas raíces ancestrales latinoamericanas que se extienden por todo el continente y nos unen”. En esa mirada, el Día de Muertos no es solo una fiesta mexicana, sino una experiencia cultural diversa que invita a cuestionar y a reconocer la riqueza de los pueblos originarios y sus ritos.
Relación entre vida y muerte en la cosmovisión mesoamericana
Los pueblos mesoamericanos sostienen que la muerte es parte de la continuidad y que la vida y la muerte están entrelazadas en un ciclo que se reanuda cada mañana. El maíz muere y renace; el sol reaparece. Esta perspectiva celebra la existencia como un proceso cíclico y no lineal, y ofrece una visión de la muerte como transición necesaria para la renovación.
El relato de los alfareros de Tlatilco con una cara doble -mitad vivo, mitad esqueleto- ilustra esta conjunción de estados existenciales y refuerza la idea de que la muerte acompaña y da sentido a la vida cotidiana de maneras profundas y simbólicas.
Conclusión de la experiencia y apertura a la memoria universal
Al finalizar la ceremonia, el testimonio de un migrante, la mirada de una niña y las palabras de Erica se vuelven testimonio de un objetivo compartido: recordar es vivir, y recordar mantiene viva la presencia de quienes ya no están. La celebración del Día de Muertos es una promesa de reencuentro y una afirmación de que la memoria sostiene la existencia más allá de la desaparición física. En palabras del testimonio recogido, “la muerte no es un adiós definitivo, sino una promesa de reencuentro”.
El tiempo en esta celebración se detiene, o se transforma: las calles, los cementerios y los centros culturales se convierten en escenarios de encuentro que conectan lo visible y lo invisible. Mientras permanezca la memoria, no habrá olvido. Y esa promesa de memoria compartida es, en sí misma, una forma de júbilo ante la certeza de la finitud: la vida se celebra precisamente porque sabe que puede terminar, y esa conciencia da plenitud a cada instante.