Greta Garbo: La Esfinge Sueca en su Madurez y Retiro

Greta Lovisa Gustafson, más conocida como Greta Garbo, inició su carrera artística en la película Gösta Berling Saga (1924) después de realizar estudios de teatro en Estocolmo. Solo un año más tarde fue fichada por Hollywood, y en 1926 llegó su consagración con El demonio y la carne, aunque el taquillazo de la Garbo vino con La mujer ligera (1928). El cambio del cine mudo al sonoro no supuso ningún trauma para la actriz, formando parte en 1930 de Anna Christie, de nuevo con Clarence Brown como director. Ese mismo año, también protagonizó Romance, por las cuales fue nominada al Oscar, aunque no consiguió la estatuilla.

Greta Garbo logró ser una de las actrices mejor pagadas y más populares de Hollywood, pero esa imagen de triunfadora convivía con un total hermetismo sobre su vida privada. Un halo de misterio siempre rondó la vida de la actriz sueca, considerada una de las estrellas más importantes del Hollywood de los años treinta. Su enigmático rostro, que enmarcaba aquellos ojos azules que conquistaron las pantallas grandes del mundo, escondía múltiples preguntas que aún hoy no se han podido esclarecer del todo. Era imposible de fotografiar, y sus amigos cercanos aseguraban que jamás se vanagloriaba de sus días en Hollywood y mucho menos se arrepentía de haberse retirado a los 36 años.

Retrato de Greta Garbo en su juventud, con su mirada característica.

El Retiro Temprano: La Leyenda de "Quiero Estar Sola"

Pocos podían imaginar que La mujer de las dos caras (1941) sería su última película, pues Greta Garbo tenía solo 36 años cuando decidió dejarlo todo y llevar una vida anónima en Nueva York. Su célebre "I want to be alone" nunca tuvo tanto sentido como entonces. Su retirada, de hecho, comenzó dos años antes, con una sonrisa. Fue Ernst Lubitsch el director que más se arriesgó al convertirla en una actriz de comedia en Ninotchka (1939), y ella le devolvió el favor al demostrar su destreza cómica con esa sonora carcajada que exhibe ante la caída de Melvyn Douglas de una silla en mitad de un restaurante. Sin embargo, la Metro Goldwyn Mayer (MGM), temerosa del bloqueo de sus películas en una Europa que ya veía venir la Segunda Guerra Mundial, intentó americanizarla en otra comedia, La mujer de las dos caras (1941), de George Cukor. Tanto que la hacían bailar rumba y le rizaban su lánguido cabello. Después de ver el desastre, un crítico de TIME dijo que ver a la Garbo en esa película había sido "tan violento como ver a mi propia madre borracha". Ese fue su canto del cisne profesional. Tenía 36 años y todo el tiempo del mundo por delante.

La retirada de la actriz se tomó por simple estratagema publicitaria, pero se convirtió en uno de los títulos más importantes de su filmografía. Recibió incontables propuestas de la MGM, pero las cifras desproporcionadas que pedía por su actuación parecían, más que una provocación, un recurso para que los productores la dejaran en paz. La segunda señal de inteligencia de Greta fue haberse retirado a una edad muy temprana y no retornar nunca más a la pantalla, incentivando así el misterio y la leyenda al haberse recluido hasta su muerte.

Una Vida de Reclusión y Misterio

El Hermetismo de la "Esfinge Sueca"

La vida de la Garbo, eternamente llamada la "esfinge sueca", posterior a su carrera cinematográfica, estuvo caracterizada por un hermetismo que, paradójicamente, acabaría por reforzar su leyenda. Distante en pantalla pese al carácter apasionado de muchos de sus personajes románticos, trató con la misma frialdad a la prensa posteriormente, negándose a conceder entrevistas y huyendo lo más lejos posible de su propio mito. Desde que se retiró en 1941, no concedió ninguna entrevista y las fotos que se consiguieron de ella fueron escasas. A la actriz sueca le encantaba dar largas caminatas.

"Mi vida ha sido una travesía de escondites, puertas traseras, ascensores secretos, y todas las posibles maneras de pasar desapercibida para no ser molestada por nadie", llegó a decir en una ocasión. La lista de personas que siguieron su estela incluye a Doris Day, quien cambió los rodajes por la defensa de los animales, y Gwyneth Paltrow, quien también renunció a su carrera en Hollywood para buscar otras ocupaciones.

Greta Garbo caminando por la calle en sus últimos años, usando gafas de sol y bufanda.

Encuentros Esquivos y el Acoso de los Paparazzi

En la década de los setenta, estuvo a punto de regresar en varias producciones, pero al final siempre se echó atrás. Una tarde cualquiera de la década de los 80, en la Quinta Avenida, los paparazzi preparaban sus escondrijos para fotografiar a la leyenda del cine más esquiva: Greta Garbo. Con una melena larga y canosa y unas enormes gafas de sol, la actriz paseaba discretamente por la calle. Nadie imaginaba que, tras esa imagen, se escondía una de las grandes divas de la historia del cine, la sueca que llegó regordeta y provinciana al Hollywood de 1925 y se retiró del cine a los 36 años, apenas dieciséis años más tarde, convertida en una diosa inmortal.

Cuando se cruzaba con los fotógrafos, a la carrera y en mitad de aeropuertos o ciudades europeas, las gafas de sol y el mutismo eran su única respuesta. Los paparazzi no descansaban ni a sol ni sombra con tal de captar imágenes de ella en su madurez, con tal de atrapar el envejecimiento de una de las caras más reconocibles de la historia; cual Mona Lisa cinematográfica. Greta, que había sido considerada la bella entre las bellas, con un rostro marcado por su perfección desde cualquier ángulo, era escrutada por la prensa mientras se disparaba la rumorología sobre su vida privada. En 1976, la revista People publicó imágenes suyas nadando desnuda, captadas por teleobjetivo, lo que le molestó profundamente. Le molestó tanto como cuando el diseñador Cecil Beaton la mencionó en sus memorias y contó detalles de su amistad con ella, lo que provocó que nunca más le volviera a hablar.

Odiaba la fama | La historia de Greta Garbo

Salud y Contactos Personales

Enferma de diabetes y aficionada a navegar en el barco del mismísimo Onassis, Greta Garbo siempre estuvo recluida en su apartamento de Nueva York. Hacia el final de su soledad, unos vecinos curiosos descubrieron que hacía frecuentes visitas al hospital, y alguien supuso que adolecía de una dolencia renal. Sus médicos recibieron de la actriz el encargo de no revelar las causas de su deceso.

Por una parte, estaban las habladurías de su amistad con la poetisa Mercedes de Acosta, una de las pocas que tuvo la suerte de conocerla a fondo siempre que ella se lo permitió. Se habían conocido en 1931. La diva sueca mantuvo su contacto con ella en secreto y se veían en lugares recónditos y en vacaciones pactadas para que la prensa jamás tuviese la osadía de molestarlas. Aunque es bien sabido que De Acosta le envió cartas de amor hasta mediados de los años 40, con el paso de los años se ha puesto en tela de juicio que ella correspondiese alguna vez esos sentimientos. Sin embargo, la prensa siempre dio por cierta la bisexualidad de la actriz. Se supo también que la amaron, quizás unilateralmente, los actores John Gilbert, Charles Boyer y Melvyn Douglas, el fotógrafo Cecil Beaton, el dietético Gaylor Hauser y el director de orquesta Leopold Stokowsky.

La Percepción de su Arte y Belleza

"La Divina": Más Allá de la Belleza Estándar

Se le llamó "la divina" con cierta cursilería, aunque su belleza no sobrepasaba el promedio de suecas hermosas, según algunos críticos. Tocante a la belleza femenina, la subjetividad del juicio es mayor aún que en cuestiones de arte. El fotógrafo William Daniels, verdadero creador de su imagen cinematográfica, declaraba: "Jamás filmó dos veces la Garbo de la misma manera. A través de sus películas pueden descubrirse los múltiples rostros de 'la Divina'". Una enciclopedia la describe: "Por la magia de su mirada, la pureza y nobleza de sus actitudes y el carácter casi descarnado de sus interpretaciones, se impuso de manera memorable a la admiración del público, justificando por su poesía el calificativo de Divina".

Según el semiólogo Roland Barthes, Greta Garbo es un arquetipo del rostro humano, afirmando además que "Garbo representa ese momento inestable en que el cine supo extraer belleza existencial de una belleza esencial". Aún hoy es considerada la más perfecta cara que ha pasado por la pantalla.

Debate sobre su Actuación

No se puede decir que haya sido una buena actriz, opinaron algunos. Es claro que en la actuación teatral y cinematográfica, como en todo arte, hay estilos, escuelas e incluso modas, en virtud de las cuales decimos de alguna obra que "ha envejecido". Por su "concepción estática del movimiento", Greta Garbo pasó la prueba, para otros fatal, del cine sonoro. Fue seleccionada en tres ocasiones para el Oscar a la mejor interpretación femenina, pero la Academia le concedió solo un tardío Oscar honorífico en 1955 por "una serie de actuaciones brillantes e inolvidables". Como era de esperarse en ella, no se presentó a recibir el galardón. Tampoco cuando el gobierno de Suecia le concedió en 1983 la más alta condecoración de su país: se negó a viajar a Suecia y exigió que fuera el embajador sueco en Estados Unidos quien se la entregara en su domicilio de la calle 52, en Nueva York.

Algunos confesaron que nunca les pareció una buena actriz, considerando su registro vocal imposible y la falta de gracia y expresividad que nunca les comunicó. Esta Garbo parecía incapaz de reflejar emociones legítimas ante la cámara. Sin embargo, su fama enorme y su permanencia en el recuerdo se deben a dos señales de inteligencia: haber sabido enamorar a la cámara con su rostro, abandonándose totalmente a sus realizadores y fotógrafos, y haberse retirado a una edad muy temprana sin volver a la pantalla, incentivando así el misterio y la leyenda.

Un Encuentro con Ingmar Bergman

El director Ingmar Bergman relató un encuentro con Greta Garbo cuando ella realizó un rápido viaje a Suecia para consultar a un médico. Un frío día de comienzos de primavera, se paró un reluciente automóvil negro en el patio de los estudios de Rasunda. Tras una conversación un poco forzada, se quedaron solos en el sencillo despacho de Bergman. Ella inmediatamente reconoció el cuarto como el de Stiller. Hablaron vagamente de Stiller y Sjöström, y ella contó que Stiller la había dirigido en una película en Hollywood, ya despedido y enfermo. Ella tenía sus propios problemas y él nunca se quejó.

Súbitamente, se quitó las gafas de sol que le tapaban casi toda la cara: "Pues así soy, señor Bergman", dijo con una sonrisa fugaz y deslumbrante, socarrona. En la penumbra de la pequeña habitación, su belleza era inmortal. Bergman sintió una vitalidad en torno a sus facciones, grandes y puras: la frente, las cuencas de los ojos, la noble barbilla, las sensibles aletas de la nariz. Ella notó su reacción y se puso contenta, comenzando a hablar del trabajo con La historia de Gösta Björling. Después de dar una vuelta rápida por los estudios, donde recordaba anécdotas con el jardinero, regresaron al despacho.

Ella estaba alegre y distendida. Mencionó que Alf Sjöberg quería que hiciesen una película juntos, y que se pasaron una noche entera hablando en un coche. "Era tan convincente, era irresistible. Le dije que sí, pero a la mañana siguiente me arrepentí y le dije que no. Fue una tremenda estupidez. ¿No le parece a usted que fue una estupidez, señor Bergman?". Se inclinó hacia el escritorio de modo que la parte inferior de su rostro quedó iluminada. "¡Entonces vi lo que no había visto! Su boca era fea: un tajo pálido rodeado de arrugas verticales. Era algo inaudito y escandaloso. Toda aquella belleza y en medio de la belleza un acorde disonante". Ella leyó los pensamientos de Bergman al instante y se quedó callada, hastiada. Minutos después se despidieron. Bergman había estudiado su rostro en su última película, a los treinta y cinco años, y lo encontró hermoso pero tenso, con la boca carente de suavidad y la mirada casi siempre distraída y triste, pese a las situaciones cómicas. Quizá su público notó algo que ella ya sabía por su espejo.

El Legado de la Divina

La diabetes y una neumonía acabarían con su vida un 15 de abril de 1990. La muerte silenció para siempre a la Divina, que se fue de este mundo tal y como había pasado por él, siendo el mejor ejemplo de que la curiosidad de los demás siempre será mayor cuanto más te ocultes de ellos. Con 84 años y dejando en los cinéfilos el recuerdo de la belleza del dolor que ejemplificó en sus personajes románticos, la estela de una mirada lánguida y misteriosa, se fue para siempre. "La vida sería maravillosa si tan solo supiésemos qué hacer con ella", dijo una vez.

Fue la curiosidad humana, unida a su magnetismo, fotogenia y magníficas interpretaciones, la que la convirtió en una leyenda del siglo XX: la que rió a carcajadas gracias a Lubitsch y su Ninotchka, la que puso "cara de nada" al final de su Reina Cristina, la que habló en Anna Christie. "Lo que un borracho ve en otras mujeres es lo que ve alguien sobrio cuando contempla a la Garbo", dijo alguien para tratar de definir su magia. El tiempo, juez imperecedero, ha demostrado que su mito seguirá igual de vivo en el siglo XXI. Así terminó, como había durado, la última leyenda viva de este siglo, después de Picasso y Chaplin. Dejó una fortuna calculada en 317 millones de dólares.

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