El Fenómeno Vivian Maier: Un Talento Descubierto Post-mortem
El nombre de Vivian Maier (Nueva York, 1926 - Chicago, 2009) se ha convertido en un fenómeno viral y mediático en la plena era del culto a la imagen. La fascinación por la niñera fotógrafa, y por su trabajo de calidad excepcional que nunca quiso mostrar en vida, no deja de crecer. La autora es hoy un referente de la denominada "Fotografía de calle", y brilla a la altura de maestros de la talla de Diane Arbus o Robert Frank. En su tiempo libre, la cuidadora creó una realidad secreta con miles de fotos, grabó sonidos urbanos y rodó en Super 8 y 16 mm en las calles de Nueva York y Chicago en los años 50.
El peculiar carácter de Maier contribuye a agigantar el mito: la Mary Poppins de la fotografía era extremadamente introvertida y se comunicaba con el mundo a través de sus instantáneas. Se especula con que su retraimiento puede ser el fruto de una infancia desgraciada. Su lazo con el exterior eran los otros, a quienes plasmaba en imágenes magnéticas, creativas y sorprendentes, extrayendo la poesía de escenas cotidianas protagonizadas por anónimos.
Tras dedicar 40 años al cuidado de niños, murió sola, en total ostracismo artístico y sin un céntimo. Paradójicamente, las mejores galerías del mundo exhiben en la actualidad su legado valorado en altísimas cifras. Parte de su "densa y colosal" obra -la niñera realizó más de 100.000 fotografías- ha recalado en diversas exposiciones, como las de la Fundación Canal de Madrid o la Fundación Foto Colectania en Barcelona, mostrando el interés que despierta su particular mirada cargada de intuición y honestidad.
Anne Morin, directora de diChroma photography y comisaria de varias muestras de Maier, cree que a Vivian Maier le hubiera resultado "insoportable" la convivencia con el éxito. A pesar de todo, la artista amateur no destruyó su obra, que vegetó en un trastero hasta que fue adquirida por casualidad por el joven historiador John Maloof en una subasta en 2007.

Orígenes y Vida de una Artista Anónima
Infancia y Primeros Contactos con la Fotografía
Vivian Dorothy Maier nació el 1 de febrero de 1926 en el Hospital de la Quinta Avenida de Nueva York. Su madre era francesa y su padre austro-húngaro, formando una pareja inestable que se separó cuando Vivian tenía apenas cuatro años. Aquellos primeros años transcurrieron entre Francia y Estados Unidos con una intermitencia que moldearía su carácter: algo perpetuamente en tránsito, sin arraigo, observando el mundo siempre desde una cierta distancia. De niña regresó a Francia, donde pasó buena parte de su niñez en los Alpes franceses.
El primer contacto de Vivian con la fotografía llegó de manera casi accidental pero profundamente significativa. Hacia 1949, aún en Francia, Maier comenzó a realizar fotografías con una cámara Kodak Brownie. Su madre trabajaba como enfermera privada para la familia de una fotógrafa llamada Jeanne J. Bertrand, una artista surrealista y pionera en su campo, lo que pudo haber influido en ella.
El regreso definitivo a Estados Unidos se produjo en 1951, cuando Vivian tenía 25 años. Se instaló en el barrio de Queens, en Nueva York, y empezó a trabajar en lo que sería su profesión oficial durante el resto de su vida: niñera. Los registros fotográficos de esa época revelan que, desde el primer momento, Vivian ya recorría las calles de la ciudad con una cámara en mano, aunque fuera todavía una modesta Kodak Brownie.
La Rolleiflex y el Traslado a Chicago
En 1952, con 26 años, Vivian Maier adquirió la cámara que definiría gran parte de su obra: una Rolleiflex. Aunque usaría otras cámaras a lo largo de su carrera -como Leica IIIc, Ihagee Exakta, Zeiss Contaflex y varios modelos SLR alemanas-, la Rolleiflex sería su instrumento predilecto, el ojo con el que vio el mundo durante más de tres décadas.
En 1956, Vivian Maier se trasladó a Chicago para trabajar como niñera para la familia Gensburg en el barrio de Highland Park. Tenía 30 años. Chicago en los años cincuenta y sesenta era una ciudad en plena transformación, con la Gran Migración, tensiones raciales y contrastes sociales que configuraban un paisaje de riqueza y complejidad extraordinarias. Vivian Maier lo registró todo.
Maier vivía en el hogar de las familias que la empleaban. Antonio Muñoz Molina relata que Vivian Maier "siempre salía llevando al cuello su cámara de fotos, que era un rasgo de su presencia personal tan invariable como sus grandes abrigos o gabardinas, sus sombreros de alas caídas, sus camisas masculinas, sus faldas como de monja de paisano, sus zapatos negros y austeros de tacón bajo". Se la recuerda como una mujer de carácter difícil, reservada hasta el hermetismo y excéntrica en sus hábitos. Tenía opiniones firmes sobre política, arte y cine, y era autodidacta en todo, pero nada de ello lo compartía con nadie.

La Mirada de Vivian Maier: Un Archivo Colosal
La Fotografía de Calle: Temas y Enfoque
Vivian Maier tomaba fotos de manera compulsiva. Aprovechaba sus paseos con los niños para retratar los barrios obreros de las ciudades. Fiel a su estilo, llegaba, fotografiaba y se marchaba, sin establecer contacto. A menudo, capturaba el instante en una sola toma de indudable belleza. Fuera de estas certezas, su vida sigue rodeada de un halo de misterio.
En sus célebres composiciones de calle, Maier elegía seres desconocidos: marineros, paseantes, muchos niños con los que empatizaba especialmente, y también vecinos de zonas depauperadas. Armada de su cámara Rolleiflex, no contextualizaba ni juzgaba, pero traslucía curiosidad y asombro. Poseía un olfato extraordinario para convertir a sus retratados en héroes por unos segundos. Jugaba con las distancias como sello personal, a veces aproximándose tanto que invadía la distancia de cortesía de las personas, quienes se desvelaban sin imposturas ante su objetivo. Otras veces, una osada Maier acogotaba con su cámara, siempre situada a media altura, para extraer la reacción de los fotografiados, sobre todo en sus imágenes de clases acomodadas.
La fotógrafa trabajaba en la calle porque allí bullía la vida. El resultado es un enfoque hiperrealista, inconfundible, marcado por "cierto humor, ironía y un estilo humanista continuista de la tradición francesa", en palabras de Anne Morin. La obra de Maier se considera clave en la "Street Photography" de la segunda mitad del siglo XX, siendo una de las mejores cronistas de la esencia de las calles neoyorquinas y de Chicago.

Autorretratos: La Búsqueda de Identidad
Si hay un aspecto de la obra de Vivian Maier que resulta especialmente turbador, ese es el de sus autorretratos. En una época en la que el selfie no existía ni como palabra ni como concepto, Vivian Maier construyó una de las tradiciones de autorretrato más sofisticadas y complejas de la fotografía del siglo XX. Sus numerosísimos autorretratos eran otra forma de emerger una identidad que nunca pudo situar en primer plano por su condición de niñera. Le permitían encontrar su lugar en el mundo en una búsqueda casi rayana en la obsesión, según ella misma grabó en varias cintas.
Las autofotos muestran imágenes inquietantes en las que rehúye la confrontación visual a favor de una perspectiva confusa, muchas veces interrumpida por un reflejo o una sombra. Los hay directos, frente al espejo de un baño o de un escaparate, donde Maier aparece con su cámara en mano como un escudo o una máscara. Los hay indirectos, donde solo aparece su sombra proyectada sobre el suelo o sobre la fachada de un edificio, una presencia fantasmal que certifica que estuvo allí sin revelar nada de su aspecto. Los hay geométricos, donde Maier juega con los reflejos múltiples de los escaparates de las tiendas para multiplicar su imagen en variaciones infinitas.
Este interés por el autorretrato se asemeja a una búsqueda frenética, desesperada, de su propia identidad. Era una mujer de clase trabajadora, inmigrante, sin casa propia ni familia, que vivía siempre en casa de otros y que, a ojos del mundo, era simplemente "la niñera". Sus empleadores apenas sabían nada de ella, sus vecinos la ignoraban. La sociedad de los años cincuenta y sesenta no tenía categorías para una mujer como ella, y sus autorretratos le daban una voz y una presencia.

Niños: El Entorno Cotidiano
Una parte esencial de la obra de Vivian Maier está dedicada a los niños. Tiene cierta lógica inevitable: pasó más de cuarenta años de su vida acompañada de ellos, llevándolos al colegio, al parque, al zoo o al lago. Los niños eran su entorno cotidiano, la textura de su mundo diario.
Los niños de Maier no son los niños dulces y luminosos de la fotografía oficial de la época. Son niños reales, con suciedad en la cara, el pelo revuelto y los calcetines caídos. Son niños que pelean, que lloran, que se burlan el uno del otro, que miran a la cámara con desconfianza o con curiosidad, o con ese orgullo desafiante que tienen los niños que ya saben que el mundo es duro. Esta capacidad para encontrar lo extraordinario en lo ordinario es quizás el rasgo más difícil de enseñar en fotografía y el que Vivian Maier poseía de manera más natural.

Técnica y Consistencia Artística
La técnica fotográfica de Maier es notablemente afinada: imágenes en foco, bien expuestas, ausencia de vibrados. En el tiempo de Vivian Maier, la fotografía implicaba un reto técnico importante que muchos aficionados abandonaban por la frustración de llevar carretes a revelar con apenas una o dos fotografías técnicamente aceptables. En este contexto, el dominio que tenía Vivian Maier de la cámara es sobresaliente. En sus autorretratos no aparecen exposímetros, lo que sugiere que aprendió a calcular la cantidad de luz y ajustar los parámetros de exposición a simple vista.
Sus fotografías están en foco y son, en su gran mayoría, congelados perfectamente nítidos. Poco se sabe de cómo aprendió Vivian a realizar fotografías, pero logró un nivel de oficio poco habitual para una aficionada. Sus fotografías tienen composiciones sólidas, en un formato difícil para diseñar (1:1). Privilegió el blanco y negro, aunque usó el color con acierto a partir de 1973 con película Kodak Ektachrome de 35 mm. La transición al color en los años setenta es una parte menos conocida pero igualmente fascinante de su obra, con una paleta saturada que captura la estética visual de aquella década con una fidelidad casi documental.
La Rolleiflex es una cámara de formato medio que se sostiene a la altura del pecho o de la cintura y se mira desde arriba, a través del visor. Esto significaba que Vivian no tenía que elevar la cámara a la altura de los ojos, no tenía que apuntar visiblemente hacia sus sujetos, podía fotografiar de frente, mirando aparentemente a otro lado. El resultado de esta posición de disparo era también compositivamente revelador: el ligero contrapicado con el que retrataba a las personas les otorgaba una dignidad y una presencia monumentales.
A través de sus fotos, es muy claro que Vivian era una mujer muy inteligente, controlada, perspicaz, sutil, con gran sentido del humor y, fundamental para la fotografía de calle, observadora. Maier notaba las sutilezas de la calle, era curiosa y exploraba las escenas en busca de alguna peculiaridad. Trabajó con una persistencia admirable, con auto-disciplina e inteligencia, y su mirada cultivada escapa con mucho a la llamada fotografía casual o Vernacular Photography.

El Misterio del Archivo: Silencio y Descubrimiento
Obra Oculta y Rollos sin Revelar
A pesar de sus grandes méritos, el aislamiento autoimpuesto por Maier le impidió crecer. Vivian deambulaba por las ciudades pero habitaba, exclusivamente, el "Planeta Maier". Su falta de roce social con el medio fotográfico le impidió formar parte de un ecosistema más grande que le habría mostrado las posibilidades de llevar su trabajo más lejos. Este retiro voluntario le provocó el no buscar becas para financiar sus proyectos, pasar desapercibida y que sus fotografías acabaran en cajas arrumbadas en una bodega.
Un tema sorprendente es que, con frecuencia, no podía revelar los carretes por razones económicas. Maier tenía el dinero suficiente para comprar películas y cámaras -y las compraba, cámaras de las mejores marcas y los modelos más caros-, pero no tenía el dinero suficiente para revelar lo que había fotografiado. El rollo sin revelar seguía siendo potencia, posibilidad, promesa. De las 150.000 fotos entre Chicago y Nueva York que capturó durante 50 años, solo pudo revelar 12.000 por falta de dinero.
En sus últimos años, al no contar con ubicación fija, rentó un espacio para guardar sus fotografías. Ya jubilada, Maier se vio en la imposibilidad de pagar la renta de la bodega, de modo que sus pertenencias fueron puestas en subasta. Todo el trabajo de una vida fue vendido un par de años antes de su muerte.
El Hallazgo de John Maloof y la Reivindicación Post-mortem
El invierno de 2007 fue frío en Chicago. John Maloof, un corredor de bienes raíces, tenía la afición de acudir a subastas de almacenes embargados. Por unos 380 dólares, Maloof pujó y ganó el lote número cuatro: una caja de madera que contenía unos 10.000 negativos. El nombre en la etiqueta de la caja era desconocido para él: Vivian Maier. Los negativos no servían para el libro que estaba escribiendo, así que los dejó a un lado. Semanas después, aburrido una noche, los sacó y comenzó a mirarlos al trasluz. "Cuando Maloof comenzó a positivar las fotos, el milagro se hizo cuerpo: escenas de calle de Nueva York y Chicago, casi todas de asombrosa potencia, décadas enteras de vida urbana, fragmentos que componen una narración de equilibrada verdad".
El alucinado comprador intentó entrar en contacto con la fotógrafa. Cuando se habla del archivo de Vivian Maier, las cifras resultan difíciles de procesar: más de 150.000 fotografías, entre negativos en blanco y negro y diapositivas en color; más de 700 rollos de película en color sin revelar; más de 2.000 rollos en blanco y negro sin revelar; unas 150 películas en Super 8 y 16 milímetros; grabaciones de audio; periódicos acumulados, y libros de arte. La paradoja más dolorosa es que gran parte de él nunca fue visto por su autora.
En noviembre de 2008, Maier cayó sobre el hielo en la calle Howard y se golpeó la cabeza. Fue llevada al hospital, pero se negó a decir lo sucedido y exigió el alta. Demasiado débil para volver a su apartamento, fue transportada a finales de enero de 2009 a un hogar de ancianos donde su salud siguió disminuyendo. Vivian Dorothy Maier falleció el 21 de abril de 2009 en Chicago, a los 83 años. Maloof había estado a punto de encontrarla viva.
Mientras Maloof comenzaba a vender los negativos en eBay, uno de los compradores resultó ser el fotógrafo, crítico y académico Allan Sekula, quien se puso en contacto con él para evitar que siguiera dispersando aquel material prodigioso. Al ver las imágenes, Sekula supo inmediatamente que estaba ante algo extraordinario. El nombre de Vivian Maier comenzó a circular por los foros de fotografía de internet, donde las imágenes que Maloof había compartido estaban generando un entusiasmo febril. Nadie podía creer que aquello hubiera permanecido oculto tanto tiempo. Maloof logró dar a conocer el trabajo de la fotógrafa, aunque esta labor siempre se ha visto ensombrecida por el hecho de haberse beneficiado económicamente con la obra de la artista.
En 2014, John Maloof y el cineasta Charlie Siskel estrenaron el documental "Finding Vivian Maier", que fue nominado al Premio Oscar en la categoría de Mejor Documental. La película presentaba al mundo la historia de la fotógrafa niñera y contribuyó de manera decisiva a consolidar su fama internacional. El documental fue un éxito rotundo, pero también desencadenó un debate que sigue abierto sobre la posición legal ambigua de Maloof al ser albacea de facto de la obra de Maier, quien murió sin testar y sin herederos directos conocidos.
Finding Vivian Maier Official Trailer 1 (2013) - Documentary HD
El Debate sobre la Autenticidad y la Visibilidad
Hay historias en la historia del arte que parecen sacadas de una novela, y la de Vivian Maier es una de ellas. Joan Fontcuberta afirmó haber inventado a la fotógrafa Vivian Maier en una conferencia impartida en 2017. Esta declaración se enmarca en el contexto de Fontcuberta como intelectual y creador de obra fotográfica caracterizado por cuestionar la veracidad en el ámbito de la fotografía y por crear narrativas ficticias para invitar a la reflexión sobre la autenticidad en el arte. Por lo tanto, su afirmación cabe en ese contexto crítico y provocador, si bien la existencia de Maier ha sido ampliamente documentada e investigada.
Cuando Vivian Maier falleció en una casa de retiro, seguramente se le vio solamente como una mujer mayor, sola, ex-niñera, sin mayor importancia. Nadie imaginó que era una fotógrafa consumada que había recorrido las calles de Chicago y Nueva York cada fin de semana durante cuatro décadas y que había llegado con su cámara a Francia, India o Egipto. Y nadie lo sabía porque Vivian Maier era una mujer reservada, que guardaba celosamente su privacidad, a pesar de que su historia ha llenado las páginas de periódicos, revistas y blogs, probablemente muy a su pesar.
El propio documental "Finding Vivian Maier" hace hincapié en todos los esfuerzos que Vivian hizo por ocultar su obra. Quienes la conocieron aseguran que Maier hubiera odiado su fama estelar. Es cierto que sin el descubrimiento nunca hubiéramos conocido su obra, pero es éticamente complejo tomar la decisión de destapar el trabajo de un autor fallecido que no deseaba exhibirlo y cocinar un relato emocional con vocación de masas. El descubrimiento de Maier encarna la reivindicación a toro pasado de un artista que en su periodo más intenso de actividad pasó completamente desapercibido, siguiendo un relato de anonimidad, descubrimiento y fenómeno mediático.
Legado y Reflexión
Más allá de la maestría técnica y del misterio biográfico, lo que hace verdaderamente grande la obra de Vivian Maier es su profundidad como documento social. Maier tenía una atracción especial por los márgenes, por las personas que el sistema había dejado atrás: los pobres, los viejos, los enfermos, los niños de los barrios humildes, las minorías raciales, los excéntricos, los borrachos de las esquinas, los personajes que nadie quería mirar. Junto a estas imágenes de los márgenes, Maier fotografiaba también el mundo de la burguesía blanca de los barrios del norte de Chicago, el mundo de sus empleadores, con una ironía sutil.
La historia de Vivian Maier es también una historia sobre la visibilidad y la invisibilidad, sobre el arte como necesidad íntima más que como ambición pública, sobre lo que una persona puede construir cuando fotografía para sí misma y no para los demás. Con Maier ocurre un poco lo que con Eugene Atget cuando es descubierto por Berenice Abbott: su trabajo es realmente valorado a posteriori. Fue muy afortunado que un entendido de la talla de Allan Sekula hubiera podido entrar en escena y rescatar un acervo fotográfico que se habría vendido por cinco o doce dólares la pieza.
Vivian Maier tiene mucho que enseñarnos a través de su fotografía: paciencia, consistencia, perseverancia. Pero también algo muy importante: que la endogamia atrofia, que el vivir únicamente encerrado limita al ser humano. Ciertamente, este aislamiento de Maier era un mecanismo de defensa que le ofreció seguridad, pero también le impidió crecer. Vivian Maier pudo haber llegado muy lejos si hubiera tenido la oportunidad de mostrar sus fotografías y conversar con otros grandes fotógrafos. Pero Vivian eligió la soledad. Vivió sola y murió sola. Solamente hoy podemos acompañarla a través de sus fotos, agradecer sus salidas de fin de semana, y darle las gracias por compartir con nosotros su manera de ver el mundo.
