La salud mental tiene que ver con la manera en que pensamos, sentimos y actuamos al enfrentar la vida, siendo un componente fundamental e inseparable de la salud y relacionada con la calidad de vida a nivel familiar y comunitario. Sin embargo, los trastornos mentales ocupan el décimo lugar como causa de discapacidad en el mundo. Las personas con discapacidades, en comparación con la población general, notifican tasas más altas de estrés y depresión.
Es necesario generar conciencia y eliminar el estigma asociado a las enfermedades mentales, promoviendo el apoyo de gobiernos y comunidades para abordar temas relacionados con la salud mental. Los síntomas y signos de los trastornos mentales son diversos, dependiendo del paciente, sus circunstancias y los factores que lo afectan. Factores psicológicos y biológicos, como las habilidades emocionales y el abuso de sustancias, junto con la genética, pueden hacer que las personas sean más vulnerables a las afecciones de salud mental. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), los trastornos mentales constituyen el 22 % de la carga total de enfermedades en América Latina y el Caribe.

Tipos Comunes de Trastornos Psicopatológicos
Entre los trastornos psicopatológicos que pueden afectar a las personas, y que adquieren una relevancia particular en el contexto de la discapacidad, se encuentran:
Trastornos del Estado de Ánimo
Conocidos también como trastornos afectivos, los trastornos del estado de ánimo incluyen, entre los más comunes, el trastorno bipolar, que afecta significativamente los cambios de humor y numerosos aspectos de la vida de una persona.
Trastornos Psicóticos
En los trastornos psicóticos, la persona pierde el contacto con la realidad, experimentando alucinaciones y delirios.
Trastorno Antisocial, Psicopatía o Sociopatía
Estos pacientes se caracterizan por su dificultad para relacionarse con otros, son agresivos, violentos, prefieren la soledad y tienen una tendencia a mentir.
Vulnerabilidad y Discapacidad Intelectual
Los problemas emocionales y de comportamiento en la infancia representan una preocupación y un desafío significativo para padres, educadores y profesionales de la salud, ocupando un lugar destacado en las investigaciones sobre trastornos psicopatológicos en niños. En este contexto, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades mentales en niños con Discapacidad Intelectual (DI) se ha convertido en un área de gran interés.
El concepto vigente de discapacidad intelectual hace referencia a «limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en la conducta adaptativa, tal y como se ha manifestado en habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas». Esta discapacidad se origina antes de los 18 años. Actualmente, el énfasis en el diagnóstico se pone en la valoración de la conducta adaptativa para reflejar las características sociales de la discapacidad, reducir la excesiva confianza en el coeficiente intelectual y disminuir los falsos positivos.
La discapacidad intelectual debe entenderse como una evaluación integrada del funcionamiento actual del sujeto, lo que implica una dinámica en su análisis en contraposición al enfoque estático de épocas anteriores. Esto significa que la discapacidad intelectual no debe verse como una condición permanente, sino como un estado actual de funcionamiento que debe ser revisado periódicamente en diversos aspectos de la vida de un individuo. El déficit cognitivo debe coexistir con limitaciones en la conducta adaptativa, ya que la restricción intelectual por sí misma es limitada para diagnosticar discapacidad intelectual. La conducta adaptativa se define como "el conjunto de habilidades conceptuales, sociales y prácticas aprendidas por las personas para funcionar en su vida diaria", y sus limitaciones afectan tanto la vida diaria como la capacidad para responder a los cambios y demandas ambientales.
Schalock et al. (2011) enfatizan que el enfoque multidimensional, que es la base teórica actual para la comprensión de la discapacidad intelectual, describe cómo el funcionamiento y la presencia de discapacidad intelectual implican una interacción dinámica y recíproca entre habilidad intelectual, conducta adaptativa, salud, participación, contexto y apoyos individualizados. Este modelo contempla las siguientes etapas:
- Identificar la existencia de discapacidad intelectual.
- Evaluar la participación, interacción y roles sociales de la persona dentro de los diferentes contextos (familia, escuela, comunidad) como factores que restrinjan o faciliten el bienestar personal.
- Considerar el estado de salud, incluyendo la salud física, mental y los factores etiológicos relevantes.
Los niños con discapacidad intelectual están sometidos a diferentes tipos de estrés ambiental. Aquellos con dificultades en la comunicación verbal que conviven en grupos y a quienes se les exigen determinados rendimientos para lograr un mejor ajuste a su medio, pueden desarrollar comportamientos agresivos como una forma de comunicar sus sentimientos o de asumir algún control de la situación. Eaton y Menoslacino (1982) consideran que los sujetos con discapacidad intelectual son más proclives a desarrollar problemas graves de conducta o enfermedades mentales que aquellos sin discapacidad intelectual, debido a sus dificultades para procesar la información, problemas orgánicos, dificultades sensoriales o factores culturales y familiares. Las limitaciones en habilidades cognitivas disminuyen la probabilidad de que los niños con discapacidad intelectual puedan superar, de forma asertiva, las fuentes de estrés.
Es importante subrayar que, a mayores necesidades de apoyo, mayor es la presencia de problemas de comportamiento. Los niños y adolescentes con sistemas de apoyo amplio suelen presentar problemas de comportamiento de mayor gravedad, como las autolesiones, estereotipias o agresiones. Por otro lado, los niños con menos necesidades de apoyo pueden presentar las mismas problemáticas emocionales o comportamentales que sus iguales en edad y sin discapacidad intelectual.

Patrones Psicopatológicos Específicos en la Discapacidad Intelectual
Los trastornos mentales y las alteraciones de conducta pueden afectar a todos los niños y adolescentes, tengan o no discapacidad intelectual. La mayor parte de los niños y adolescentes con discapacidad intelectual no desarrollan más problemas de conducta que sus pares sin discapacidad intelectual. Sin embargo, es un tema de debate si los niños con discapacidad intelectual presentan una mayor vulnerabilidad a las enfermedades mentales y también si sus síntomas son enmascarados por el déficit cognitivo. Verdugo Alonso y Gutiérrrez Bermejo (2009) indican que en muchas ocasiones es el contexto el que no favorece el desarrollo de comportamientos apropiados y fomenta repertorios desajustados que llevan a la intervención profesional.
Síndromes Internalizantes
Las alteraciones de las emociones o síndromes internalizantes están relacionadas con inestabilidad del estado de ánimo, obsesiones, problemas somáticos, nerviosismos, inseguridad, miedos, fobias, tristezas, apatía, disforia, inquietud, tensión, preocupación y culpabilidad. Para su diagnóstico se pueden emplear los criterios descritos por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, 2014) en las diversas ediciones del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V). Están relacionados a problemas afectivos, problemas de ansiedad y a somatizaciones. Investigaciones realizadas por Achenbach y colaboradores han aislado tres dimensiones internalizantes: ansiedad/depresión; aislamiento/depresión y quejas somáticas, notando que la ansiedad y la depresión no se organizaron como síndromes independientes. Es importante destacar que la sintomatología internalizante se relaciona con la vulnerabilidad a desarrollar estrés.
Síndromes Externalizantes
Por otro lado, se consideran alteraciones del comportamiento los síndromes externalizantes, que incluyen comportamientos desajustados como la exteriorización de la agresión, la actuación o descarga impulsiva, agitación psicomotora, desobediencia y comportamiento antisocial. Estos son más visibles en el contexto familiar y escolar, manifestándose mediante conductas disruptivas que interfieren en el funcionamiento de los niños en esos ambientes, por lo que son los motivos más frecuentes de derivación o de pedido de consulta. Investigaciones realizadas con niños sin discapacidad intelectual y con problemas de comportamiento demuestran que a medida que el desarrollo avanza estos problemas disminuyen o desaparecen. Sin embargo, en los niños con discapacidad intelectual, suelen permanecer en estadios posteriores del desarrollo. Así, el llanto y la agresividad son, en un determinado periodo del desarrollo, formas de comunicación que el lenguaje verbal generalmente sustituye a medida que el niño crece. Verdugo Alonso y Gutiérrez Bermejo (2009) señalan que aquellos niños que no disponen de niveles de lenguaje como el discurso y una adecuada expresión narrativa, utilizan formas más primitivas de comunicación, tales como la heteroagresividad, autolesiones y miedos.
Factores de Riesgo Psicosocial y Ambientales
Donas Burak (2001) señala que se entiende por factores de riesgo aquellas “características detectables en un individuo, familia, grupo o comunidad que ‘señalan’ una mayor probabilidad de tener o sufrir un daño”. Este autor afirma que el nivel de vulnerabilidad es el resultado de la interacción de múltiples factores tanto de protección como de riesgo, de orden biológico, psicosocial y del entorno. La vulnerabilidad es un estado en permanente cambio y debe ser valorada teniendo en cuenta factores protectores generales y específicos, factores de riesgo generales y específicos y conductas de riesgo existentes. En la discapacidad intelectual, factores protectores generales serían, por ejemplo, contar con adecuados apoyos individualizados y, un factor protector específico, tener amigos con buenos vínculos.
La vulnerabilidad que padecen las personas con discapacidad ante la sociedad no es solamente de carácter biológico, sino que también está relacionada con el aspecto psicológico. Existen varios factores de riesgo que pueden afectar la inclusión y socialización de estas personas, como la dificultad de comunicar al entorno sus sentimientos y emociones, incluso en algunas ocasiones aparentando utilizar un lenguaje adecuado. Otra de las causas de la exclusión de las personas con discapacidad intelectual en la sociedad es la baja autoestima. Muchos de ellos acusan el haber sido apartados desde la infancia en centros o aulas especiales, hecho que proyecta en ellas una imagen de “desviadas”. También sienten una falta de aprobación por parte de las demás personas, llegando a aumentar el sentimiento de inefectividad e incompetencia.
Es alarmante que las personas con discapacidad tienen una probabilidad 4 a 10 veces mayor de ser víctimas de violencia, abusos o negligencia que el resto de la población sin discapacidades.
El Intento de Suicidio y la Discapacidad: Un Estudio de Caso
El comportamiento suicida es un fenómeno de la mayor relevancia en salud pública. A escala mundial, el suicidio es la decimotercera causa de mortalidad general y la cuarta causa de muerte en el grupo de edad comprendido entre los 15 y los 44 años. La razón entre el intento de suicidio y el suicidio consumado se ha calculado en 20:1, observándose una variación amplia entre grupos etarios. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las secuelas del intento fallido constituyen la sexta causa de mala salud y de discapacidad, por lo cual el riesgo de repetir el comportamiento suicida puede ser mayor en las personas que presentan algún tipo de secuela o de disfunción física.
Después de un intento de suicidio, el individuo puede verse enfrentado a situaciones como el aislamiento social, la pérdida de roles sociales, el rechazo de las personas de su contexto inmediato y, dependiendo de la severidad del método empleado, alteraciones funcionales que limitan la ejecución de actividades de la vida cotidiana. Existe poca evidencia del impacto negativo de este fenómeno en la calidad de vida y el funcionamiento de la persona que incurre en un intento suicida.
Un estudio observacional de corte transversal realizado en Santiago de Cali tuvo como objetivo establecer los grados de discapacidad y sus factores relacionados, en términos de restricciones en la participación y limitaciones en la actividad, en personas con intento de suicidio entre septiembre del 2009 y junio del 2010. Para la evaluación, se empleó la versión en español de la Escala de Evaluación de Discapacidad de la Organización Mundial de la Salud (WHO-DAS II, 2002).
Resultados del Estudio de Cali
Los resultados mostraron una prevalencia del 95,3 % de discapacidad en la muestra de 126 personas con intento de suicidio. De estos, el 4,6 % de la muestra no presentaba discapacidad; el 41,27 % tenía discapacidad leve; el 38,1 %, discapacidad moderada, y el 15,87 %, discapacidad severa. Los factores relacionados con la discapacidad identificados en este estudio fueron:
- Edad
- Ocupación
- Presencia de enfermedad mental
- Presencia de síntomas depresivos actuales
- Métodos fatales empleados en el intento
- Consumo de medicamentos psiquiátricos
- Limitaciones en la actividad
- Restricciones en la participación
- No práctica religiosa
La presencia de una deficiencia posterior al intento de suicidio incrementó la carga de discapacidad, lo cual subraya la compleja interconexión entre la salud mental, el comportamiento suicida y las consecuencias a largo plazo en la funcionalidad de las personas.
Discapacidad Psicosocial
Prevención, Diagnóstico y Apoyo
La evaluación psicológica tiene como finalidad conocer y comprender los comportamientos y síntomas que aparecen para determinar si estos son parte del curso normal del desarrollo o constituyen un patrón psicopatológico. Realizar un diagnóstico de discapacidad y evaluar su conducta adaptativa es imprescindible para prevenir y evitar situaciones de riesgo y discriminatorias. Es crucial trabajar en diversos temas como valores, hábitos saludables, socialización, manejo de emociones y afectividad, ya que estos factores influyen directamente en la personalidad y conducta de la persona. Por lo tanto, la prevención es indispensable para que las personas con Discapacidad Intelectual sufran en menor medida posible la exclusión social.
Una de las preocupaciones fundamentales entre los profesionales que trabajan en el campo de la discapacidad intelectual es la capacidad que presentan estos individuos para reconocer problemas físicos y psíquicos, así como para comunicar sus síntomas y sentimientos. Estar sano significa lo mismo para todas las personas: estar y mantenerse bien para llevar una vida plena y activa. Esto implica tener las herramientas y la información para elegir opciones saludables y saber cómo prevenir las enfermedades. Para las personas con discapacidades, esto significa también saber que los problemas de salud relacionados con la discapacidad pueden y deben ser tratados.