El envejecimiento poblacional es una realidad global creciente. En 2023, 1100 millones de personas tenían 60 años o más, y se prevé que esa cifra casi se duplique, alcanzando los 2100 millones en 2050, lo que representará en torno a una quinta parte de la población mundial. A finales de la década de 2060, el número de personas de 60 años o más alcanzará los 2500 millones y superará al de menores de 18 años a escala global. Particularmente, se estima que el número de personas de 80 años o más se triplique con creces entre 2023 y 2060, llegando a 545 millones.

En España, aproximadamente 9,4 millones de personas tienen más de 65 años. El aumento de la esperanza de vida, que se sitúa en torno a los 80,5 años para los hombres y a los 85,9 para las mujeres, ha supuesto mejoras en la atención sociosanitaria y la calidad de vida. Sin embargo, el envejecimiento se ha convertido en uno de los mayores retos y desafíos para la sociedad. Aunque la mayoría de los adultos mayores goza de buena salud, muchos corren el riesgo de presentar afecciones de salud mental, como depresión y trastornos de ansiedad, o problemas de salud física como movilidad reducida, dolor crónico, fragilidad y demencia.
Desafíos de Salud Mental y Física en la Vejez
La salud mental en etapas avanzadas de la vida es una preocupación significativa. Aproximadamente el 14 % de los adultos de 70 años o más tienen un trastorno mental. Estos trastornos mentales representan el 6,8 % del total de años vividos con discapacidad para ese grupo etario. Las afecciones de salud mental más frecuentes en los adultos mayores son la depresión y la ansiedad. A escala mundial, alrededor de una sexta parte de las muertes por suicidio (16,6 %) se producen en personas de 70 años o más, un porcentaje que se incrementó el 8,8 % en los últimos 5 años en España.
Las afecciones de salud mental en las personas mayores suelen infravalorarse y tratarse insuficientemente, y la estigmatización que las rodea puede hacer que las personas sean reacias a buscar ayuda. Además, con el envejecimiento aumenta la probabilidad de padecer varias afecciones al mismo tiempo, lo que agrava la situación de salud general.
Factores de Riesgo Específicos
A edades más avanzadas, la salud mental no solo está determinada por el entorno físico y social, sino también por los efectos acumulativos de experiencias vividas y los factores estresantes específicos relacionados con el envejecimiento. La exposición a la adversidad, la pérdida considerable de capacidad intrínseca y una disminución de la capacidad funcional pueden provocar malestar psíquico. Los adultos mayores tienen más probabilidades de experimentar eventos adversos como el duelo, una reducción de los ingresos o un menor sentido de propósito con la jubilación.
A pesar de sus muchas contribuciones a la sociedad, muchos adultos mayores sufren discriminación por motivos de edad (edadismo), lo que puede afectar gravemente a su salud mental. Otro factor de riesgo crucial son los malos tratos a las personas de edad, que incluyen cualquier tipo de maltrato físico, verbal, psicológico, sexual o económico, así como la desatención. Se estima que uno de cada seis adultos mayores sufre malos tratos, a menudo por parte de sus propios cuidadores, con graves consecuencias que pueden llevar a depresión y ansiedad.
Además, muchas personas mayores cuidan a cónyuges con afecciones crónicas, como la demencia, lo que puede generar una carga abrumadora y afectar la salud mental de la persona cuidadora. Otros factores de riesgo incluyen pésimas condiciones de vida, mala salud física o la falta de acceso a apoyo y servicios de calidad, especialmente para aquellos que viven en entornos humanitarios o con enfermedades crónicas, afecciones neurológicas o problemas de uso indebido de sustancias.

La Soledad en la Vejez: Un Fenómeno Complejo
La soledad y el aislamiento social son factores de riesgo cruciales para las afecciones de salud mental en etapas posteriores de la vida. La soledad, como sentimiento subjetivo de sufrimiento, se define como una experiencia desagradable que ocurre cuando la red de relaciones sociales de la persona es deficiente en algún aspecto importante, cuantitativa o cualitativamente. Se diferencia de "estar a solas", que es un estado de aislamiento social voluntario, ya que la soledad es involuntaria y se asocia estrechamente con déficits en la calidad percibida de las interacciones sociales.
Las personas de edad avanzada se encuentran particularmente expuestas a eventos que suelen acarrear una enorme transformación en sus relaciones sociales, haciéndolas más vulnerables a la soledad. Factores como el género, la edad, la situación laboral, el nivel de estudios, los recursos económicos, el estado de salud y la residencia (rural o urbana) influyen en este sentimiento. Las discapacidades físicas y las enfermedades mentales son desencadenantes del sentimiento de soledad entre las personas mayores, sobre todo si viven solas, lo que implica una asociación negativa entre salud y soledad.
Consecuencias de la Soledad
La soledad no deseada tiene consecuencias significativas en la salud psíquica y mental, provocando el aumento de la incidencia de depresión, ansiedad y trastornos del sueño. Como sentimiento subjetivo de sufrimiento, genera un estado de estrés prolongado que se manifiesta clínicamente como ansiedad, es más frecuente por las noches, y lleva a una sensación de desesperanza, negatividad, pesimismo, inseguridad y falta de confianza, lo que produce una mayor tendencia al aislamiento, a la tristeza y a la depresión. Los estudios también identifican la soledad como un factor predictor de deterioro cognitivo y de la progresión de la fragilidad.
En España, en 2021, un total de 1.235 personas mayores de 65 años fallecieron por suicidio, de los cuales el 75 % fueron hombres y el 25 %, mujeres. La depresión, junto con otros trastornos psiquiátricos, son factores de riesgo importantes para el suicidio entre las personas mayores, y la mayoría de los adultos mayores que se suicidan viven solos.
La soledad no deseada no solo afecta a la salud mental, sino que también tiene repercusiones en la salud física. Se ha observado que las personas que sufren soledad tienen mayores incidencias de eventos cardiovasculares, como infartos de miocardio o ictus. La soledad no deseada se considera un factor de riesgo vascular modificable, similar al tabaco o la obesidad, y se asocia con una mayor mortalidad entre quienes viven solos.
Otro aspecto ampliamente objetivado en las personas mayores que viven solas son las deficiencias nutricionales. El aislamiento lleva a comer menos y peor, aumentando el consumo de comidas precocinadas, hidratos de carbono y grasas, y reduciendo las proteínas. Esto incrementa los desequilibrios nutricionales, desde la desnutrición hasta el sobrepeso y la obesidad, siendo especialmente preocupante la obesidad sarcopénica, que conlleva una disminución de masa muscular, pérdida de fuerzas y deterioro funcional.
Finalmente, las personas que sufren soledad tienen mayores tasas de consumo de recursos sanitarios: el número de consultas médicas y hospitalizaciones aumenta, así como las tasas de institucionalización en residencias. Además, la mortalidad en quienes la sufren es más elevada.

Discapacidad y Soledad: Una Doble Vulnerabilidad
La inclusión de las personas con discapacidad pasa por su presencia y participación en los distintos ámbitos de la vida social como el empleo, la educación, el ocio y las relaciones personales. Más del 60% de las personas con discapacidad son mayores de 65 años. Aproximadamente un 30% de la población española mayor de 65 años tiene discapacidad. La esperanza de vida de la población general se ha dado también en la población que presenta algún tipo de discapacidad previa al envejecimiento.
Vivir con discapacidad se ha asociado tradicionalmente a un déficit y a limitaciones en uno o varios ámbitos (físico, funcional, psicológico, cognitivo y/o social), que pueden interferir en el mantenimiento de la actividad diaria. Esta situación puede comprometer la independencia de la persona y requerir cuidados y asistencia, que en la mayoría de las ocasiones son proporcionados por un familiar, afectando también a su entorno cercano.
El proceso de envejecimiento en la población con discapacidad se vive, en líneas generales, de una manera prematura, aproximadamente a partir de los 45 años, a diferencia de la población general, en la que el envejecimiento suele iniciarse a partir de los 65 años. A partir de los 45 años, esta población suele sufrir un deterioro de su salud física y funcionamiento cognitivo, además de mayores repercusiones a nivel psicológico, como sintomatología ansiosa y depresiva, y un mayor sentimiento de soledad no deseada y tendencia al aislamiento, debido a la falta de apoyos sociofamiliares y la baja implicación en actividades sociales y de ocio.
Prevalencia y Factores Asociados a la Soledad en Personas con Discapacidad
Según la EDAD 2008, 607.300 personas con discapacidad residen en hogares unipersonales, lo que supone el 16% del total de las personas con discapacidad. Un estudio de Fundación ONCE dentro del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada revela que el 50,6% de los adultos con discapacidad que viven en España se sienten solos, un porcentaje superior en casi 35 puntos al registrado entre la población sin discapacidad (15,8%). La soledad es un problema persistente en este colectivo, sufriéndola de manera prolongada el 40,4%, frente al 10,8% de las personas sin discapacidad.
Los factores que contribuyen a esta situación incluyen:
- La fragilidad de las redes de apoyo: El informe Olivenza 2018 señala que el 21,5% de las personas con discapacidad tiene relaciones de amistad precarias.
- La situación de actividad: El desempleo es un factor de riesgo de soledad importante, ya que las personas con discapacidad desempleadas presentan una prevalencia de soledad mayor que aquellas que se encuentran ocupadas (65,8% frente a 46,6%).
- La salud: Las personas con discapacidad que tienen peor estado de salud se sienten más solas, y el sentimiento de soledad agudiza los problemas de salud. Más de la mitad de las personas con discapacidad que sufren soledad no deseada han padecido también acoso laboral, escolar o de pareja (58,9%), y el 50,9% de la población con discapacidad que se siente sola ha tenido pensamientos suicidas o autolesivos.
- La brecha digital: Las personas con discapacidad presentan una brecha de acceso y utilización significativa respecto de la población general en el acceso y uso de internet.
- La falta de accesibilidad: Un 86% de las personas con discapacidad que reside en zonas rurales encuentra barreras para salir de casa, y la falta de accesibilidad en los entornos generales les separa de sus comunidades.
En cuanto al género y la edad, la soledad no deseada es más frecuente entre las mujeres (54,3%) que entre los hombres con discapacidad (45,7%), y entre los más jóvenes y mayores (65,7% en personas de 18 a 29 años y 64,1% en encuestados de 65 y más años). Además, existe una relación directa entre el tamaño del municipio y la prevalencia de la soledad en personas con discapacidad, siendo mayor en localidades con más de 500.000 habitantes (56,5%) frente a municipios con menos de 10.000 (41,4%).
Las personas con discapacidad intelectual y grandes necesidades de apoyo tienen grandes dificultades para relacionarse con otras personas (62%) o no tienen ningún amigo o amiga (38%). La comunicación digital, aunque vista como una fuente de compañía por el 53,5% de las personas con discapacidad, en muchos casos no es una alternativa a la presencial sino la única opción. Sin embargo, aquellas sin soledad se relacionan presencialmente con más frecuencia.
Los efectos de la soledad en tu cuerpo y tu cerebro | Ciencia Insider
Estrategias para Promover el Bienestar y Prevenir la Soledad
Las estrategias de promoción y prevención en materia de salud mental dirigidas a los adultos mayores se centran en apoyar el envejecimiento saludable. Ello implica promover entornos físicos y sociales que faciliten el bienestar y permitan a las personas llevar a cabo las actividades que son importantes para ellas, a pesar de la pérdida de facultades.
Promoción y Prevención
Entre las principales estrategias figuran:
- Medidas para reducir la inseguridad financiera y la desigualdad en los ingresos.
- Programas para garantizar viviendas, edificios públicos y transportes seguros y accesibles.
- Apoyo social a los adultos mayores y a las personas que los cuidan.
- Apoyo a los comportamientos saludables, especialmente a seguir un régimen alimentario equilibrado, mantenerse físicamente activo, abstenerse del tabaco y disminuir el consumo de alcohol.
- Programas de salud y sociales dirigidos a grupos vulnerables, como las personas que viven solas o en zonas remotas, y las que tienen una afección crónica.
Para los adultos mayores, la conexión social es particularmente importante para reducir factores de riesgo como el aislamiento social y la soledad. Las actividades sociales satisfactorias pueden mejorar considerablemente la salud mental positiva, la satisfacción con la vida y la calidad de vida, además de reducir los síntomas depresivos. Ejemplos de intervenciones incluyen iniciativas de amistad, grupos comunitarios y de apoyo, formación en habilidades sociales, grupos de artes creativas, servicios de ocio y educación, y programas de voluntariado.
La protección contra el edadismo y el maltrato también es fundamental, con intervenciones como políticas y leyes contra la discriminación, intervenciones educativas y actividades intergeneracionales. Existen diversas intervenciones dirigidas a los cuidadores -entre ellas, cuidado de relevo, asesoramiento, educación, ayuda económica, psicoterapia- que pueden ayudarles a mantener una relación de cuidado buena y saludable que evite el maltrato de las personas mayores.
Tratamiento y Atención
Es esencial reconocer y tratar con prontitud las afecciones de salud mental (y las consiguientes afecciones neurológicas y por uso indebido de sustancias) en los adultos mayores. Para ello, deben seguirse las normas para la atención integrada de las personas mayores, de base comunitaria y centradas tanto en los cuidados a largo plazo de adultos mayores con afecciones de salud mental y deterioro de la capacidad intrínseca, como en la educación, la formación y el apoyo a los cuidadores. Suele recomendarse una combinación de intervenciones de salud mental, junto con otros apoyos, a fin de abordar las necesidades de salud, los cuidados personales y las necesidades sociales de las personas.
La demencia es una preocupación importante, ya que afecta la salud mental de las personas y requiere acceso a una atención de salud mental de calidad. También es fundamental responder al maltrato de los adultos mayores con intervenciones prometedoras como la notificación obligatoria, grupos de apoyo, teléfonos de asistencia, alojamientos de emergencia y programas psicológicos para maltratadores.
El Papel de Organizaciones Clave
La Organización Mundial de la Salud (OMS) colabora en estrategias, programas y herramientas para ayudar a los gobiernos a responder a las necesidades de salud mental de los adultos mayores. Iniciativas como la Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030) y el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013-2030 promueven la mejora de la salud mental para todos los grupos de población, incluidos los adultos mayores. El Programa de Acción para Superar las Brechas en Salud Mental (mhGAP) de la OMS proporciona protocolos clínicos basados en la evidencia para la evaluación, gestión y seguimiento de afecciones prioritarias, incluyendo depresión y demencia.
En España, la Fundación ONCE, a través del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada (SoledadES), ha elaborado un estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España. Este trabajo, presentado con el respaldo de la Secretaría de Estado de Derechos Sociales, busca aportar luz y servir de hoja de ruta para implantar políticas más inclusivas, destacando que la soledad no deseada es un problema de justicia social que debe abordarse de manera transversal. La ONCE, como organización, juega un papel crucial en ayudar a las personas con discapacidad a afrontar dificultades y encontrar trabajo digno, siendo la escucha un elemento fundamental para combatir la soledad no deseada.
Retos y Recomendaciones para una Inclusión Efectiva
Para abordar el complejo y multidimensional problema de la soledad no deseada entre las personas con discapacidad, es fundamental:
- Diseñar programas que aborden tanto los factores estructurales como los individuales del aislamiento involuntario.
- Involucrar activamente a los ciudadanos con discapacidad en el diseño e implementación de soluciones.
- Ofrecer ayuda de manera proactiva, incluso si no se solicita explícitamente.
- Generar conocimiento periódico y sistemático sobre el fenómeno de la soledad en este colectivo.
- Eliminar barreras de todo tipo en torno a las personas con discapacidad, lo que incluye el mejor acceso al mundo digital.
- Garantizar el derecho a envejecer dignamente, a elegir libremente el lugar donde vivir, en un entorno facilitador y accesible, con los apoyos necesarios para evitar el aislamiento social.
- Atender la soledad no deseada de las familias y personas cuidadoras, que a menudo pasa desapercibida.
- Prestar especial atención a las mujeres y niñas con discapacidad, que representan el 60% de este colectivo y viven una doble exclusión derivada de la intersección entre género y discapacidad.
- Estimular el envejecimiento activo como método preventivo de la aparición de la soledad no deseada y de ciertas situaciones de discapacidad.
- Fomentar la vinculación de las personas a los recursos y servicios comunitarios, garantizando que todos los servicios y programas públicos tengan en cuenta la inclusión de las personas con discapacidad desde su concepción.
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