Introducción: La Relevancia de las Competencias Parentales y el Rol del SENAME
Las competencias parentales constituyen uno de los pilares fundamentales en el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. Su comprensión profunda es esencial para una intervención efectiva en diversos contextos, incluyendo el clínico, comunitario, educativo y judicial. En Chile, el Servicio Nacional de Menores (SENAME), organismo gubernamental dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, juega un papel crucial en la protección de la infancia, pero ha sido objeto de duras críticas y ataques en el último período.
Estas críticas, a menudo, desconocen que SENAME jamás contó con el apoyo suficiente de otras instituciones que también tienen responsabilidad con todos los niños, niñas y adolescentes, y que nunca se han hecho cargo de manera adecuada. La muerte dolorosa de una niña al interior de un CREAD (Centro de Reparación Especializada de Administración Directa) expuso y condenó las reales condiciones en que SENAME ha funcionado desde sus inicios.
Ante esta realidad, se han realizado mesas de trabajo con el Ministerio de Salud y MINEDUC para buscar formas de apoyar estos casos, una aproximación que se considera insuficiente, ya que el discurso debiera ser «de qué manera atienden y dan una atención cómo merecen estos niños». Es impensable que SENAME como institución se haga cargo de satisfacer todas las necesidades de los niños, niñas y adolescentes -como salud, educación, vivienda y beneficios sociales- si no tiene las competencias y el apoyo interinstitucional que se requieren.

¿Qué son las Competencias Parentales? Definición y Enfoques
Para los profesionales del ámbito psicosocial, el conocimiento de las competencias parentales y la disponibilidad de herramientas para su evaluación son clave en su labor diaria. Estas competencias se definen como el conjunto de habilidades, capacidades y disposiciones que posee un adulto para ejercer adecuadamente la crianza, el cuidado y la formación de niños, niñas y adolescentes. Estos elementos se manifiestan en la práctica diaria y pueden ser comprendidos desde dos componentes principales: uno biológico, relacionado con la herencia, y otro práctico, que se construye y perfecciona a través de la experiencia y la reflexión personal.
Según Maryorie Dantagnan y Jorge Barudy (2007), las competencias parentales son “capacidades prácticas de los padres para cuidar, proteger y educar a sus hijos, asegurándoles un desarrollo sano”. Este enfoque resalta su carácter desarrollable y no exclusivamente biológico, enfatizando que pueden ser adquiridas por adultos significativos, incluso si no son los progenitores biológicos, lo que subraya la importancia de la parentalidad social.
Parentalidad Biológica vs. Parentalidad Social
Jorge Barudy distingue entre la parentalidad biológica (posibilidad de engendrar hijos) y la parentalidad social (capacidad efectiva para cuidar, proteger, educar y socializar a los hijos), asociando las competencias parentales principalmente con esta última. Si bien los progenitores biológicos a menudo ejercen la parentalidad social, existen situaciones donde, a pesar del vínculo genético, las incompetencias parentales pueden generar carencias y daños en los menores.
La docente Carol Bettiz complementa esta visión al señalar que “no todos aquellos que engendran tienen esta capacidad de cuidar a un otro”. La parentalidad social implica aprendizajes, decisiones y experiencias que posibilitan el ejercicio de un rol protector y vinculante. Ante deficiencias en la parentalidad biológica, otras figuras adultas significativas pueden asumir una parentalidad social que compense estas carencias, asegurando la satisfacción integral de las necesidades del niño, niña o adolescente. Esta distinción es crucial para comprender que el ejercicio de la parentalidad no depende exclusivamente del lazo biológico, sino de la capacidad demostrada para cuidar, proteger y educar.
Capacidades, Habilidades y Competencias: Una Mirada Integral
En el ámbito de la crianza y la intervención psicosocial, los términos competencia, habilidad e idoneidad a menudo se utilizan como sinónimos. En la práctica profesional, particularmente en contextos judiciales, el foco principal recae en evaluar la capacidad concreta de un adulto para cuidar y proteger adecuadamente a un niño, niña o adolescente.
COMPETENCIAS PARENTALES
Modelos de Competencias Parentales: El Enfoque del Modelo ODISEA
El Modelo ODISEA, desarrollado por E. Gómez (2022), organiza las competencias parentales en cuatro tipos fundamentales, cada uno abordando dimensiones específicas del rol cuidador y siendo clave para una evaluación integral:
- Competencias Vinculares: Se refieren a la calidad del vínculo emocional que el adulto establece con el niño o niña. Incluyen la sensibilidad, la calidez en el trato y el involucramiento efectivo en la vida del menor. Esta competencia está intrínsecamente ligada a procesos de mentalización y atención sensible.
- Competencias Formativas: Involucran la capacidad del cuidador para transmitir valores, normas y estrategias de socialización. Trascienden el ámbito escolar y se centran en formar personas con habilidades para desenvolverse en diversos contextos sociales.
- Competencias Protectoras: Se relacionan con el resguardo de la integridad del niño frente a peligros físicos, psicológicos o sociales. Abarcan la prevención de situaciones de riesgo y la capacidad de actuar ante vulneraciones de derechos.
- Competencias Reflexivas: Considerada la más compleja, esta competencia está vinculada al autoconocimiento, la capacidad de analizar la propia historia de vida y la búsqueda activa de información o acompañamiento para mejorar el rol parental.
El Modelo de Evaluación de Competencias Parentales en el SENAME: Implementación y Críticas
En Chile, el modelo que utiliza SENAME para la evaluación de las competencias parentales es el desarrollado por Barudy y Dantagnan (2005 y 2010), quienes distinguen la parentalidad biológica de la social. Este modelo, adoptado por SENAME, plantea la existencia de perfiles ideales de la personalidad parental considerada "bientratante". Un ejemplo de ello, lo constituye el siguiente párrafo, extraído del libro "Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia" de Barudy y Dantagnan: “... las relaciones adulto - niño son siempre personalizadas, afectivas y respetuosas. En ellas se reconocen los derechos y deberes de los padres y de los hijos, manteniendo siempre que la responsabilidad de los cuidados, de la educación y la protección es de los adultos”. O también, “las conversaciones se organizan espontáneamente y permiten abordar todos los aspectos”.
Si bien la personalidad influye en las competencias parentales, expertos han señalado que no se concuerda con que estas se midan en función de parámetros idealizados y desconectados con el contexto y la realidad de cada padre y/o madre. De hecho, en la experiencia profesional, se ha observado que muchas veces se utilizan ciertas dificultades en las competencias parentales para sostener y fomentar una rivalidad imaginaria entre ambos padres en contextos de separación conflictiva o destructiva. Por ello, es esencial aprender a evaluarlas desmarcándose de la lógica que utiliza SENAME.

La Psicologización de la Crianza: Implicaciones y Violencias
La experiencia laboral en organismos colaboradores del SENAME en Chile ha generado reflexiones e interrogantes sobre las lógicas y prácticas institucionales de intervención en el ámbito de las llamadas “competencias parentales”. Un Programa de Prevención Focalizado (PPF) es un programa de mediana complejidad que brinda atención psicosocial a niños, niñas y adolescentes que han sido vulnerados en sus derechos en el ámbito familiar (testigos de violencia intrafamiliar, maltrato físico, psicológico y negligencia). El trabajo con los adultos responsables apunta al fortalecimiento de las competencias parentales que favorezcan la restitución de los derechos vulnerados.
Francisco Aleste (2014) en su texto "Psicoanálisis y dificultades parentales" plantea que los saberes “psi” contemporáneos (psicología, psiquiatría, psicopedagogía) y las neurociencias, se han apropiado de la transmisión de los saberes y prácticas en torno a la crianza en el contexto familiar, trasladando el saber “del Otro familiar al Otro de la ciencia y el conocimiento”. Esta función, de carácter psico-educativa, no es una mera actividad ajena a la posición simbólica y política del evaluador-experto.
La evaluación psicológica, presentada como una herramienta de carácter supuestamente neutral, científica y a-política, siempre atribuirá los errores y dificultades en la crianza a las características psicológicas individuales de los adultos responsables, desconsiderando las condiciones contextuales (materiales, sociales, educativas y culturales) como determinantes en el ejercicio de la crianza. Como plantea Ismael Fernández (2017), en el neoliberalismo “el fracaso será siempre individual, o en el caso que nos compete, la ´inhabilidad´ siempre corresponderá a los padres, nunca al sistema”. Esto evidencia una operación política de psicologización de las prácticas de crianza, que diluye una mirada colectiva de la realidad social y material, despojando la psique de lo social y lo político.
Las intervenciones con un fundamento psicologizador suelen ir acompañadas de lógicas de sospecha, control y fiscalización del ejercicio de la crianza, posicionando a los adultos responsables como objetos de reeducación y negando significativamente sus historias, sufrimientos y condiciones materiales de existencia. Esta dinámica genera violencia social, ya que el público objetivo son, en su mayoría, familias provenientes de sectores de vulnerabilidad socioeconómica, y violencia institucional, al utilizar la clasificación de “inhabilidad parental” como argumento para separar abrupta e injustificadamente a niños y niñas de sus familias de origen para trasladarlos a hogares residenciales, donde las condiciones de vida no son necesariamente mejores.
Según datos del SENAME del año 2012, solo el 5% de los ingresos al sistema residencial fueron por maltrato y menos del 7% por abuso sexual. Las otras causales de ingreso incluyen “niño vive en sector de exclusión”, “interacción conflictiva con la escuela” o “familia indigente”. Esto plantea la interrogante: ¿Ser pobre significa ser incapaz parentalmente? Si las personas más afectadas por estas modalidades de evaluación son familias en contextos de vulnerabilidad socioeconómica, es posible plantear que las violencias de la evaluación tienen un claro carácter de clase.
Además, Ana Paula Viñales plantea un dilema ético en SENAME respecto a la evaluación de habilidades marentales en mujeres víctimas de violencia de género: ¿Madres negligentes o víctimas del patriarcado? Viñales sostiene que el abordaje suele reproducir la violencia patriarcal, subordinando a la mujer al lugar exclusivo de madre, negando su subjetividad e historia. Muchas intervenciones psicosociales se dirigen, se piensan y se confeccionan hacia las madres, culpabilizándolas y reproduciendo así una doble opresión: por parte de sus agresores y por parte de la institución. En palabras de Aleste (2014): “¿Los fenómenos de violencia pueden ser tratados mediante la violencia de la intervención? [...] Etiquetas pseudocientíficas que no tienen otro peso que borrar, por vía de un diagnóstico, la violencia estructural de una forma de vida social marcada por la postergación, el desamparo y la inequidad.”
Se cuestiona qué efectos significativos tienen los procesos psico-educativos y de transmisión de habilidades parentales/marentales en la relación adulto-niño, si las evaluaciones psicológicas dificultan observar las dificultades de la crianza más allá de lo cuantificable, sin un acompañamiento que considere los tiempos y las dificultades inherentes al ejercicio de la crianza. Pensar la crianza sin la historia y la memoria es ubicarla en el presente borrando el pasado, lo que implica desconocer aquello esencial que nos constituye como sujetos.
Desafíos y Propuestas para un SENAME Eficaz y Protector
Para asegurar que todos los niños de nuestro país reciban una buena atención integral, es fundamental que todos los sistemas o instituciones de gobierno los visibilicen en todas las áreas, para así brindarles la atención que requieren, satisfacer sus necesidades y asegurar su protección, no solo por pertenecer a SENAME, sino por el hecho de ser niño/a o adolescente y sujeto de derecho. Esto implica:
- Apoyar a padres y cuidadores: Hacer responsables a los padres, cuidadores o adultos a cargo de los niños, niñas y adolescentes en cuanto a su cuidado y protección. Esto a través de programas de habilidades parentales, los que estarán a cargo de profesionales que manejen estas materias y deberán hacer un seguimiento de sus casos.
Optimización de los CREAD y sus Condiciones
Los CREAD a cargo de SENAME deben ser efectivamente la última instancia en donde ingresen los niños, para ello se debe realizar un perfil de los niños CREAD bien definido y concreto, socializarlo con todos los Tribunales de Familia y no permitir el ingreso de NNA que no lo requieren. Esto es crucial porque la internación les genera más daño que bien a aquellos que tienen alguna posibilidad de contar con el apoyo de un adulto. Además, estos CREAD no pueden tener una población mayor a 30 NNA, por su complejidad; hoy día, los CREAD atienden una población que está bordeando y muchas veces supera los 100 NNA, lo que también debe cambiar.
Profesionalización y Bienestar del Personal
SENAME debe contar con la cantidad suficiente de profesionales expertos en materias de maltrato en todas sus formas, que atiendan efectivamente a los niños, niñas y adolescentes que lo requieran; para ello se les debe exigir a lo menos un postítulo en estas materias. En todas las Unidades de Salud de los CREAD debe haber un médico a cargo de esta Unidad, que además atienda a los residentes en estos Centros. Así también, se debe realizar un diagnóstico acabado para definir qué otros profesionales se requieren, además de psicólogos, trabajadores sociales y terapeutas ocupacionales.
Es importante señalar que si bien en SENAME han fallecido una cantidad importante de niños/as, muchos de ellos han sido por enfermedades terminales o con un diagnóstico de mal pronóstico, y que los padres o adultos responsables no han querido asumir esa responsabilidad.
Además, SENAME debe contar con una entidad fiscalizadora que supervise su accionar y si detecta algún error, mejore inmediatamente. Se debe incluir el autocuidado a todos los funcionarios, por lo menos dos veces al año. El trabajo con estos niños es desgastador, sobre todo por las etapas del desarrollo en que se encuentran, considerando que hay CREAD para lactantes hasta adolescentes. Debe además considerarse que los funcionarios no pueden trabajar más allá de 4 años en el mismo cargo, ya que el trabajo con personas inevitablemente genera Síndrome de Burnout, lo que reduce la eficiencia y eficacia de las intervenciones hacia los NNA, reduce la capacidad de respuesta en los funcionarios, desmotivación por su trabajo y, por ende, una mala atención hacia los sujetos de atención que son los NNA que lo requieran.

Estrategias y Herramientas para el Fortalecimiento de las Competencias Parentales
El fortalecimiento de las competencias parentales requiere intervenciones sistemáticas, planificadas y sostenidas, que consideren tanto las trayectorias de vida de los cuidadores como las necesidades específicas de los niños, niñas y adolescentes. Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan (2007) sugieren que estas competencias pueden desarrollarse mediante procesos que reparen vínculos, fortalezcan habilidades y promuevan prácticas de cuidado sensibles y respetuosas, especialmente en contextos de adversidad o trauma.
La profesional trabajadora social destaca que las competencias parentales no se adquieren de forma inmediata ni únicamente desde lo teórico, sino que requieren de acompañamiento profesional, práctica reflexiva y experiencia sostenida. “Estas metodologías permiten trabajar aspectos vinculares, formativos y protectores, y deben ser conducidas por personas profesionales capacitadas en infancia y familia, como psicólogos y trabajadores sociales”, señala. Estas intervenciones son particularmente relevantes en contextos de alta complejidad, como aquellos derivados por tribunales o servicios de protección, pero también pueden implementarse de forma preventiva para promover una parentalidad social que contribuya al desarrollo integral de los menores.
Instrumentos de Evaluación Relevantes
Diversos programas de intervención basados en evidencia han identificado actividades clave para el fortalecimiento de las competencias parentales. Prácticas utilizadas en enfoques como Triple P (Positive Parenting Program) o Incredible Years están diseñadas para mejorar la comunicación, la vinculación afectiva y la gestión del comportamiento en el entorno familiar. Entre las herramientas y enfoques relevantes se encuentran:
- Fichas de evaluación de competencias y prácticas parentales (Barudy y Dantagnan): Propone un modelo cualitativo para observar indicadores positivos y de riesgo en distintos ámbitos del cuidado.
- Escala de parentalidad positiva (Gómez y Muñoz): Desarrollada en Chile, evalúa la presencia de prácticas parentales sensibles, respetuosas y orientadas al desarrollo socioemocional.
- Instrumento CUIDA (TEA ediciones, España): Herramienta psicométrica que evalúa competencias parentales en diversos ámbitos.
Es fundamental destacar que estas herramientas no deben ser utilizadas de forma aislada. La triangulación de información es esencial para una evaluación ética y metodológicamente rigurosa.
Investigaciones y Recursos Adicionales en Competencias Parentales
El curso “Abordaje Integral de las Competencias Parentales”, impartido por la docente Carol Bettiz Ortiz, ofrece herramientas teóricas y prácticas para evaluar e intervenir en competencias parentales desde un enfoque integral, ético y contextualizado, abordando marcos conceptuales actualizados, estrategias de intervención y herramientas de evaluación. Además, diversas investigaciones y publicaciones abordan la validación de instrumentos y la efectividad de intervenciones en el ámbito de las competencias parentales:
- Validación de un instrumento en español para medir habilidades parentales promovidas en una intervención (REIRE. Revista d'Innovació i Recerca en Educació, 2016): Este estudio presenta la validación de un instrumento para medir habilidades parentales, demostrando propiedades psicométricas adecuadas y su utilidad en programas de educación parental.
- EVALUACION PERICIAL DEL EJERCICIO PARENTAL (Guías periciales volumen 3 CORPORACION OPCION, 2021): Ofrece una visión integrada de los ejes rectores de la evaluación pericial parental, con recomendaciones metodológicas y herramientas adaptadas a la realidad latinoamericana y nacional, en congruencia con la normativa legal chilena.
- Validación de la escala de competencias parentales emocionales y sociales para madres (ECPES-M) (Pedagogía Social Revista Interuniversitaria, 2021): Este estudio valida una escala para evaluar competencias parentales en madres, identificando la escasez de instrumentos validados y la necesidad de incrementar su uso para identificar dinámicas familiares.
- Competencias parentales percibidas y calidad de vida (Revista chilena de pediatría, 2011): Este estudio chileno analiza la relación entre la autopercepción de competencias parentales y la calidad de vida en niños y jóvenes.
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