Personajes Ancianos en los Relatos de Clark Ashton Smith

Clark Ashton Smith, conocido como el Bardo de Auburn, fue una de las plumas más prolíficas y exóticas de la ficción fantástica, formando parte de la "Santa Trinidad" de autores pulp junto a H.P. Lovecraft y Robert E. Howard. A través de sus diversos ciclos de relatos, Smith exploró temas decadentes, macabros y bizarros, creando mundos y personajes únicos. Aunque su obra abarca un amplio espectro, es notable la presencia y el tratamiento de personajes ancianos, que a menudo encarnan la sabiduría, la avaricia, la locura o la desesperación ante un destino ineludible.

Retrato de Clark Ashton Smith en su juventud

Clark Ashton Smith: El Bardo de Auburn

Nacido en California en 1893, Smith pasó la mayor parte de su vida en la pequeña localidad de Auburn. Debido a trastornos psicológicos como la enoclofobia (miedo a las multitudes), recibió educación en casa. Sus primeros escritos, relatos juveniles y novelas de aventuras inspiradas en Las Mil y Una Noches, comenzaron a una edad temprana. En su adolescencia, vendió algunos de estos relatos a la revista The Black Cat.

Durante esa primera etapa, la poesía fascinó al joven Smith, dedicándole más de una década. Se convirtió en protegido del poeta George Sterling y publicó su primer volumen de poesía, The Star-Treader and Other Poems, a los 19 años, con considerable éxito de crítica.

Un período de mala salud de ocho años hizo que el ritmo de su producción se volviera irregular, aunque fue entonces cuando compuso su poesía más brillante. Durante esta época, recibió una carta de un fan llamado H.P. Lovecraft en respuesta a uno de sus poemas, iniciando una amistad epistolar de quince años. Lovecraft siempre animó a Smith a continuar su carrera literaria, y en las obras de ambos se dio un juego de trasvases de términos, nombres propios y lugares, considerados la génesis de los Mitos lovecraftianos como una creación que trascendía al propio autor.

Tras el estallido de la Gran Depresión en 1929, y para complementar sus precarios trabajos, Smith comenzó a escribir ficción, creando más de un centenar de relatos fantásticos, aunque no llegó a firmar ninguna novela. Junto a Lovecraft y Howard, con quien también empezó a cartearse a partir de 1933, encabezó y dio forma a la escuela de la “weird fiction”, un subgénero que cobró gran popularidad y nació principalmente en las páginas de Weird Tales.

Los relatos de Smith, únicos y personales, se distinguen de los de sus colegas por su fascinación por lo decadente, lo macabro y lo bizarro. Su ficción es altamente descriptiva, muy visual y escrita con una prosa esotérica y autoconsciente, resultando a menudo en viñetas exóticas y cuadros verbales más que en historias auténticas.

Fotografía de Clark Ashton Smith en su estudio

Las Tragedias Personales y el Abandono Literario

Después de esta prolífica etapa, Smith fue golpeado por varias tragedias: la pérdida de sus ancianos padres, el suicidio de Howard en 1936 y la muerte de Lovecraft por cáncer en 1937. Estos eventos llevaron al Bardo de Auburn a colgar la pluma y abandonar el panorama literario, poniendo fin a la edad dorada de Weird Tales.

En una década, a Smith se le murieron sus padres, Timeus y Fanny, tras años de continuos cuidados por su parte, además de compañeros como Lovecraft y Robert E. Howard, o el poeta Vachel Lindsay; no solo se le moría una época, sino algo más hondo y profundo a este niño con cara de mayor, aquel anciano con cara de adolescente triste.

Ciclos Narrativos y Personajes Ancianos Relevantes

La ficción de Smith se suele dividir en varios ciclos principales según el escenario. En ellos, la figura del anciano aparece con diversas connotaciones, a menudo ligadas a la magia, la sabiduría oculta o los estragos de la decadencia.

El Ciclo de Averoigne

El ciclo de Averoigne, compuesto por apenas ocho relatos, introduce al lector en una comarca imaginaria de la Francia pre-industrial, donde el cristianismo coexiste precariamente con un mundo de brujería y paganismo. En este contexto, encontramos monjes que juegan con la magia negra y personajes egoístas.

  • En La Santidad de Azédarac, el obispo de Ximes es un hechicero conocedor de los mitos de los Primigenios que consulta el Libro de Eibon más que la Biblia, y cuyos nefastos planes solo tienen oposición en el joven Hermano Ambrose. Aquí, aunque el obispo no es explícitamente descrito como anciano, su conocimiento arcano y su posición de poder sugieren una figura de autoridad que ha acumulado años de saber prohibido.

El Ciclo de Hiperbórea

Este ciclo nos traslada a un pasado aún más remoto, a un mítico continente polar de hace unos quince millones de años, antaño un paraíso cálido y fértil, pero condenado por el avance de la glaciación. Hiperbórea está habitada por una raza pre-humana que desplazó a los primeros pobladores, los Voormi.

  • "Los siete Geases" es el relato que abre el volumen de la antología de Hiperbórea y es el primero cronológicamente. Es un gran relato para abrir una antología fantástica, con niveles subterráneos a cada cual más delirante, un viaje extraño donde se debe seguir adelante sin ver un final claro, pero muy satisfactoria y de gran valor estético.
  • Otro relato remarcable es El gusano blanco; el hielo, que se acerca ominoso, esta vez no llega solo. El pueblo queda arrasado y solo el hechicero Evagh sobrevive para verse convertido en esclavo de la entidad que vive en el hielo. Evagh, un mago, probablemente un hombre de edad avanzada, lucha contra fuerzas que superan incluso su vasto conocimiento.
  • El sino de Avoosl Wuthoqquan, donde la avaricia y codicia del protagonista, y su castigo, son fácilmente imaginables a modo de episodio de unos Looney Tunes pasados de rosca.

Análisis de "El Sino de Avoosl Wuthoqquan"

Este relato presenta a uno de los personajes ancianos más detallados y trágicos de Smith, Avoosl Wuthoqquan, el prestamista más rico y avaro de Commorión, y, por consiguiente, de toda Hiperbórea. Es sacado bruscamente de sus sueños por la voz aguda y quejumbrosa de un mendigo. Observa al pedigüeño con mirada airada y poco amistosa, sus meditaciones estaban espléndidamente repletas de metales brillantes y preciosos, de monedas y lingotes, de objetos de oro y de plata, llameantes gemas ensartadas en ristras, ríos y cascadas de piedras preciosas, todo ello llenando los cofres de Avoosl Wuthoqquan. La visión se había desvanecido, y esta voz desagradable e intrusa le imploraba una limosna.

Ilustración de Andrea Beré para el relato

El mendigo, que parece ser un anciano aún más decrépito que Avoosl, con su piel de un marrón muy oscuro, apenas visible, plagada de arrugas que más bien parecían el entrelazado de alguna araña gigante de la selva. Sus harapos no eran menos fabulosos, y la barba que le caía se mezclaba con los mismos, como si se tratase del musgo que cubre el tronco de un junípero. Ante la negativa de Avoosl a darle limosna, el mendigo le ofrece una profecía gratuita, advirtiéndole que su amor excesivo y desnaturalizado por los bienes materiales, y su consabida avaricia, le llevarán a una búsqueda extraña, conduciéndole irremisiblemente a un destino donde ni el sol ni las estrellas le podrán ayudar. La opulencia oculta de la tierra le adulará, haciéndole creer que es fuerte, hasta que por último le devore la propia tierra.

Muchas lunas después, en el año del Tigre Negro, Avoosl Wuthoqquan, sentado en una cámara de techo bajo en su casa, su habitual lugar de trabajo, observaba con mirada austera e irónica a un cliente. Este personaje extranjero, con sus ojos alargados y oblicuos, de un verde opaco, su barba azulada y desaliñada, así como el corte de su triste vestidura, era un forastero de dudosa ocupación. Avoosl negocia la compra de dos esmeraldas sin tallar de un tamaño considerable, cuya pureza era tan perfecta como indiscutible. La chispa avariciosa se encendió en los ojos del usurero, aunque habló fría e indiferentemente. Ofreció 150 djals, luego 200, ante el valor real de las piedras, pensando que el forastero las había robado y no volvería a reclamarlas. No le importaba la verdadera propiedad de las gemas, sino que ahora le pertenecían a él.

Mientras Avoosl Wuthoqquan admiraba sus joyas, incluidas las nuevas esmeraldas, se convencía de que solo el dinero y las piedras preciosas eran inmutables e imperecederas en un mundo de incesante cambio y fugacidad. Sin embargo, un hecho singular interrumpió sus reflexiones: las dos esmeraldas grandes comenzaron a rodar sobre la mesa, se alejaron de sus compañeras y desaparecieron por el borde opuesto, cayendo sobre el suelo alfombrado. Terriblemente alarmado y más preocupado por perder sus esmeraldas que por su misteriosa desaparición, las persiguió con una agilidad de la que muchos le hubieran creído incapaz. Las joyas rodaron suave y rápidamente a través de las toscas e irregulares piedras del patio y por las calles de Commorión, despidiendo destellos fosforescentes en la azulada luz nocturna.

El anciano usurero, jadeando de avaricia y el infrecuente ejercicio, siguió la persecución a pesar del cansancio. Las joyas lo condujeron a los suburbios de ladrones, asesinos y mendigos, y luego a la solitaria ruta del bosque, donde se sintió temblar de miedo o por el frío. Las esmeraldas lo atrajeron a un camino estrecho entre árboles monstruosos y finalmente a la boca de una cueva. Impulsado por el fervor de la persecución y el acicate de la avaricia, Avoosl Wuthoqquan entró en la caverna, una rampa inclinada que descendía hacia la oscuridad. Las joyas relucían en la lejanía, guiándole. Tras la rampa, un corredor tortuoso donde casi las alcanza, pero se le escurrieron y él no pudo moverse.

Entonces, una luz pálida, azulada y misteriosa lo cegó, para luego deslumbrarle con el esplendor multicolor que llameaba a sus pies. Se hallaba en una cámara llena de joyas como un granero. Creyó ver sus esmeraldas entre la vasta riqueza, y con un grito de éxtasis, saltó para hundirse hasta las rodillas en las piedras tintineantes, movibles y abrumadoras. Cogía las piedras llameantes a puñados, dejándolas correr entre sus dedos, pestañeando de felicidad. La profecía del mendigo se había cumplido: la opulencia oculta de la tierra lo había adulado y finalmente lo devoró.

El Ciclo de Zothique

El último gran ciclo de Smith, ambientado en el continente de Zothique, nos lleva hacia un futuro agónico, en el ocaso de la existencia, donde la tecnología fue olvidada y la brujería y la adoración de dioses y diablos vuelven a prevalecer. Sus habitantes se entregan a la decadencia y al exceso.

  • En El Imperio de los Necromantes, dos magos conjuran un imperio levantado del polvo y de los cadáveres de los antiguos. Aquí, los necromantes, a menudo figuras de gran edad y poder, representan la corrupción y el abuso de la magia oscura.
  • En El Viaje del Rey Euvoran, el epónimo protagonista pierde su corona al ofender a un nigromante, y se embarca en una búsqueda para recuperarla. El nigromante, como figura de poder y venganza, también se asocia a la sabiduría arcana y a una longevidad obtenida por medios oscuros.
  • Y en El Eidolon Oscuro, un nigromante planta cara a su protector para perseguir la venganza contra quienes le maltrataron en su juventud, desencadenando el horror con sus actos. La figura del nigromante, movido por rencores pasados, encarna la acumulación de poder a lo largo del tiempo para fines oscuros.

Personajes Ancianos en "Estirpe de la Cripta"

Estirpe de la Cripta (The Nameless Offspring) es un cuento de Clark Ashton Smith publicado en junio de 1932. Narra la historia de Henry Chaldane, quien, durante un viaje por la campiña inglesa, llega por casualidad a Tremoth Hall, una antigua mansión envuelta en una oscura leyenda familiar. Allí conoce a Sir John Tremoth, un hombre atormentado por un terrible secreto relacionado con su linaje.

La leyenda a la que alude el narrador le era conocida desde la infancia, ya que fue tema habitual de chismorreos familiares. Su padre había sido compañero de clase de Sir John Tremoth. El narrador, Henry Chaldane, llega a Tremoth Hall por pura casualidad. Había olvidado por dónde caía Tremoth Hall; ni siquiera se le ocurrió que pudiera estar por los alrededores. La niebla se había hecho más espesa y oscura. Vio un resplandor que le hizo pensar en un ojo fúnebre y empañado. Volvió a sentir en la médula el frío estremecimiento del miedo que le acechaba.

Al llegar a la puerta de la mansión, el narrador llama y oye un apagado ruido de pasos arrastrados y lentos. La puerta se abre poco a poco, y aparece ante él un anciano con una vela encendida en la mano. Le temblaban los dedos por parálisis o por vejez. Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélagos. Este anciano, de voz temblona pero no ruda, es Harper, el fiel criado de Sir John Tremoth. Harper revela que Henry Chaldane es hijo de un viejo amigo de Sir John, y le invita a pasar.

Henry es dejado solo en un despacho atestado de libros, sintiendo una turbación extraña. En su mente reviven los detalles espantosos de un relato oído en su infancia: Lady Agatha Tremoth, esposa de Sir John, había sufrido ataques catalépticos. El tercer ataque pareció causar su muerte. Al día siguiente del entierro, Sir John, angustiado por una duda, visitó el panteón y encontró a Lady Agatha incorporada en su ataúd. La tapa había sido arrancada por una fuerza imposible para una mujer frágil. Lady Agatha, medio trastornada, relató haber visto una cara pálida, espantosa, inhumana, inclinada sobre ella al despertar. Aquel ser había desaparecido antes de que Sir John se acercara, huyendo a cuatro patas como un animal. Este relato fue considerado un sueño, pero el recuerdo de la horrible cara se convirtió en una obsesión. Nueve meses más tarde, Lady Agatha falleció después de dar a luz a un niño que, al parecer, era un monstruo espantoso.

Mansión antigua envuelta en niebla

Después de la muerte de Lady Agatha, Sir John se retiró de la vida social. Se decía que tenía al niño encerrado bajo llave, en un cuarto de ventanas enrejadas. Esta tragedia había destrozado su vida, convirtiéndole en un recluso, viviendo solo con uno o dos criados fieles, y descuidando su propiedad. El anciano Harper, sin duda, era uno de esos criados que se quedaron junto a él.

Mientras el narrador reflexiona sobre la terrible leyenda, oye pasos. Imagina que es el criado, pero se equivoca: es el propio Sir John Tremoth. Su alta figura, ligeramente encorvada, el rostro arrugado como por efecto de algún corrosivo, todo en él revelaba una dignidad que parecía triunfar sobre la doble catástrofe de la enfermedad y la amargura de la muerte. Aunque Henry Chaldane había esperado encontrarse con un anciano, Sir John era en realidad un hombre en plena madurez, pero su palidez cadavérica y su paso vacilante eran los de una persona afectada por alguna enfermedad fatal.

Sir John se muestra impecablemente cortés, pero su voz era la de alguien para quien las relaciones y actividades de la vida habían perdido todo su significado. Invita a Henry a quedarse, diciendo que Harper ha ido a preparar la cena. Le conduce al piso alto, pasando por varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro pesados y siniestros, como los de una mazmorra. Henry Chaldane inevitablemente imaginó que era la cámara donde había sido confinada la monstruosa criatura, preguntándose si, después de treinta años, seguiría viva y cuán insondables debieron ser sus desviaciones para requerir tal confinamiento y reforzamiento de la puerta.

Conclusión sobre los Ancianos en la Obra de Smith

Los personajes ancianos en la obra de Clark Ashton Smith, como Avoosl Wuthoqquan o Sir John Tremoth, no son meros arquetipos; son figuras complejas que encarnan la culminación de una vida, ya sea a través de la sabiduría arcana, la obsesión material, el sufrimiento acumulado o la lucha contra un destino predeterminado. A menudo, su vejez es un catalizador para el horror, la decadencia o la revelación de secretos profundos, reflejando la fascinación de Smith por la transitoriedad y la inexorable marcha del tiempo hacia la aniquilación o la transformación.

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