La visión celestial descrita en el libro de Apocalipsis nos introduce a una escena de adoración incesante y profunda ante el trono de Dios. En el corazón de esta adoración se encuentran los cuatro seres vivientes y un grupo de veinticuatro ancianos, cuyas acciones y cánticos revelan la grandeza inigualable del Todopoderoso y su digno lugar en el centro del universo.
La Escena Celestial de Adoración
El apóstol Juan fue testigo de una realidad trascendente, en la que seres angélicos y redimidos se unen en un coro de alabanza. Los cuatro seres vivientes, descritos con seis alas, llenos de ojos por dentro y por fuera, no cesan día y noche de proclamar: «Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir.» Su aspecto es impresionante e inimaginable, superando la comprensión humana, pero Juan hace un esfuerzo colosal para transmitir una idea de lo que presenció. Estos seres, creación de Dios, están llenos de vida, son vigilantes e inteligentes, y a diferencia de nosotros, no se cansan ni pierden el tiempo, sino que adoran continuamente al Señor, incluso mientras nosotros dormimos o tomamos nuestros alimentos.

Su adoración se centra en señalar y evidenciar que hay un solo Dios al cual debemos postrarnos. Como bien señala Kirstmaker, debemos tener en mente la naturaleza de los símbolos; estos son menos que la realidad, por lo cual la grandeza y la belleza de Dios es realmente indescriptible. Estos seres adoran porque en verdad le conocen, habiendo encontrado el deleite más alto y sublime en la adoración a Aquel que vive por los siglos.
La Adoración de los Veinticuatro Ancianos
Junto a los seres vivientes, los veinticuatro ancianos desempeñan un papel fundamental en esta adoración celestial. Cuando el Cordero tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante de Él. Todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Cantaban un nuevo cántico, diciendo: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.»
Estos veinticuatro ancianos se postran delante de Aquel que está sentado en el trono, y adoran a Aquel que vive por los siglos de los siglos, echando sus coronas delante del trono. Esta acción simboliza sometimiento y reconocimiento de la gracia de Dios, demostrando que no les preocupa en nada su reputación, dignidad o credenciales, sino solo el nombre y el honor del Señor. Su acto de despojarse de sus coronas -sus honores y grandezas- a los pies del Señor es la más sublime sinfonía de alabanza, una expresión de la gloria, honra y poder que pertenecen solo a nuestro Dios.

La Soberanía de Dios y el Llamado a la Adoración
Los títulos atribuidos a Dios, como «Santo, santo, santo» y «el Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir», son un llamado contundente a la adoración. Estos pasajes ponen en el centro del universo al único digno de recibir honra, gloria y alabanza. Esta visión de la majestad divina es una losa sobre el ego humano, un golpe mortal a la jactancia que no deja cabida para ninguna gloria o reconocimiento que el hombre tanto anhela en esta generación.
El título de Señor, usado por el ladrón en la cruz (Lucas 23:44), por Tomás en su confesión (Juan 20:28), y por Pablo en su conversión (Hechos 9:6), implicaba confesar a Cristo como el soberano del universo, por encima de todos. Muchos cristianos primitivos murieron en el Coliseo romano por no confesar a Nerón como Señor, sino que proclamaron que Jesús era el Señor. Este es el Señor de nuestras frágiles y dependientes vidas, de nuestras finanzas, decisiones, noviazgos, tiempo y estudio. Los versículos del Apocalipsis son un fuerte llamado a vivir para Dios en todas las áreas de nuestras vidas.
La Identidad de los Veinticuatro Ancianos
Apocalipsis 4:4 declara: «Y alrededor del trono había veinticuatro tronos, y en los tronos vi sentados a veinticuatro ancianos vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas.» La identidad de estos veinticuatro ancianos ha sido objeto de debate teológico, con tres puntos de vista principales:
- Seres Angélicos: Algunos creen que son un subgrupo especial de ángeles. Sin embargo, este punto de vista es improbable. El término griego presbuteros (anciano) se relaciona más fácilmente con humanos que con ángeles, los ángeles se distinguen de los ancianos en Apocalipsis 7:11, y los ángeles no podrían cantar el cántico de redención en Apocalipsis 5:9, que alaba a Dios por redimirnos de toda tribu, lengua, pueblo y nación.
- Todos los Redimidos: Otros opinan que representan la totalidad del pueblo de Dios en el cielo: Israel (las 12 tribus) y la iglesia (los 12 apóstoles). El problema con esta visión es que Israel no es un grupo completo en el momento de esta visión.
- La Iglesia: La opción más viable sugiere que los veinticuatro ancianos representan a la iglesia arrebatada, es decir, el cuerpo completo de Jesucristo, incluyendo a todos los creyentes, tanto judíos como gentiles, desde el día de Pentecostés hasta el rapto. El hecho de que estén sentados en tronos y lleven coronas de victoria (Apocalipsis 2:10; 2 Timoteo 4:8; Santiago 1:12) apunta a que reinan con Cristo, un privilegio nunca prometido ni visto en los ángeles. Además, las túnicas blancas simbolizan la justicia que se les ha otorgado.
El Simbolismo del Número 24
El número 24 equivale a dos veces 12, un símbolo del pueblo o reino de Dios. Doce fueron las tribus de Israel (el pueblo de Dios del Antiguo Testamento) y doce los apóstoles (los iniciadores de la iglesia cristiana, el pueblo de Dios del Nuevo Testamento). Esta dualidad subraya una síntesis integradora de los redimidos de todas las edades. El número también se encuentra integrado en la cifra simbólica de 144.000 (12 x 12 x 1.000) y aparece doce veces en la descripción de la Nueva Jerusalén. Además, en el Santuario terrenal, modelo de la actividad salvífica divina, quienes servían en la administración de las cosas sagradas estaban organizados en 24 grupos (1 Crón. 24:7-18).
En vista de lo expuesto, los 24 ancianos coronados, vestidos de blanco y en actitud de adoración ante el Trono celestial, parecen representar una síntesis integradora y anticipada del pueblo de Dios en su condición futura, tras el fin del conflicto cósmico entre el bien y el mal, como reyes, sacerdotes y jueces.
La Adoración: Una Realidad Presente y Eterna
Lo que Juan vio a la distancia en el futuro será nuestra más gloriosa realidad: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Cor. 2:9). Apocalipsis nos transporta a la misma adoración en la eternidad, pero esta adoración está ocurriendo ahora mismo, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Un Llamado a la Adoración Continua
Este capítulo cuatro nos llama a adorar a Dios aquí y ahora en la tierra. Nos muestra cómo se ha de adorar, nos llama a la santidad, a mirar y admirar, y a servir al León que es a sí mismo el Cordero. Nos llama a confesar con toda humildad que la salvación le pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono. Si una persona le cuesta tanto adorar a Dios, disfrutar de su presencia y santidad, es porque no le conoce.
Nuestra reunión para adorar juntos es simplemente una unión al coro de alabanza celestial. El ir a la iglesia no basta si no adoramos al que vive por los siglos. Es altamente pecaminoso distraernos o concentrarnos en asuntos vanales cuando hay algo más glorioso y sublime que adorar. Como ocurrió en Londres en 1743, cuando el rey Jorge II se puso de pie al oír el coro del Aleluya del Mesías de Handel, inclinando su cabeza y reconociendo que no él, sino Jesús, era el Rey de reyes y Señor de señores.
16 Aleluya, del “Mesías”, G F Handel
Nuestra Adoración Terrenal como Eco de la Celestial
Un día, por la bendita gracia de Dios, nuestra adoración será plena, pues estaremos siempre con el Señor y veremos con nuestros propios ojos lo que Juan vio. Además, seremos uno de los millones y millones que le adoran. Por lo tanto, se nos exhorta a comenzar ahora mismo a adorar al Señor. Nuestra boca se llenará de risa y nuestra lengua de alabanza, y entonces dirán entre las naciones: «Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos» (Salmo 126:2). El Dios que es, el que era, y el que ha de venir, se reveló a Moisés diciendo: «Yo soy el que soy». Cada vez que los seres vivientes y los ancianos dan gloria, honor y acción de gracias a Aquel que vive para siempre, se postran y adoran al que está sentado en el trono, poniendo sus coronas delante de Él, lo cual implica sometimiento y reconocimiento de su gracia.