Hace mucho tiempo, en una aldea lejana, se instaló un hombre de larga cabellera blanca, siempre acompañado por una grulla. Esta peculiar pareja llamó la atención de los aldeanos, pues las grullas no suelen ser afectas a los humanos, pero el anciano y su grulla eran inseparables.
Los habitantes de la aldea comentaban sobre la profunda sabiduría del anciano, famoso en toda la comarca por sus grandes enseñanzas, a pesar de su notable humildad. Se estableció cerca de una pesebrera, junto a su fiel compañera.

Pronto, la curiosidad llevó a los aldeanos a acercarse, observándolo de lejos. El anciano, absorto en su mundo, apenas parecía notar su presencia, mientras la grulla permanecía alerta. Con el tiempo, los habitantes comenzaron a llevarle comida y abrigo, conmovidos por su aparente desprotección. El anciano y la grulla respondían con una venia de gratitud a cada gesto de amabilidad.
El anciano y la grulla son interrogados
Una noche, un campesino se acercó al lugar donde descansaban el anciano y la grulla. El ave, al percibir al recién llegado, aleteó para despertar al anciano, que estaba dormitando. Tras hacer una venia, el anciano preguntó al visitante si podía servirle en algo.
El campesino, sentándose frente a él, confesó tener una pregunta. Había oído hablar de su gran sabiduría y deseaba saber si podía responderla. El anciano, con humildad, replicó: “Nadie es tan sabio como para responderlo todo, pero si puedo servirte, lo haré”.
El campesino compartió su inquietud: deseaba saber cómo abrir las puertas del cielo para acceder a él, y cómo evitar las del infierno. Quería asegurarse de no cometer ningún error que lo llevara a ese lugar indeseado. El anciano y la grulla escuchaban atentamente.
Al terminar el campesino, el anciano exclamó: “¡Qué pregunta más tonta! Se ve que eres un hombre completamente ignorante”.
Estas palabras encendieron la ira del campesino, quien intentó agredir al anciano. Sin embargo, la grulla se interpuso, impidiendo el ataque. En ese instante, el campesino se dio cuenta de que el anciano era ciego y que el ave era su lazarillo. Avergonzado por su intento de agresión, su ira se disipó, dando paso a la compasión por aquel anciano indefenso. Le pidió perdón.
El anciano, entonces, le reveló la enseñanza: “La ira te abrió la puerta del infierno. La compasión, la del cielo”.
Saber y no saber: la sabiduría de la perspectiva
El campesino quedó maravillado, confirmando la gran sabiduría del maestro. Agradeció la enseñanza y relató lo sucedido a toda la aldea, dando inicio a una peregrinación hacia el lugar donde se encontraban el anciano y la grulla. Algunos buscaban respuestas, mientras que otros se conformaban con contemplarlo y sentir la paz que emanaba de su presencia.

Una tarde, un joven de actitud misteriosa se acercó al anciano y a la grulla. En voz baja, le comunicó que había gente hablando mal de él con malevolencia.
“¡Un momento!”, interrumpió el anciano. “¿Te consta aquello que vienes a decirme? ¿Escuchaste a alguien hablar de mí con malevolencia?”.
El joven reflexionó y respondió: “No. No lo escuché personalmente. Alguien me lo contó… En la aldea se rumora esto…”.
El anciano y la grulla permanecieron quietos. Él, pensativo; ella, a su lado, protectora y alerta. El ave, agradecida al anciano por haberla liberado de una trampa en el bosque, se había convertido en su fiel acompañante y guía, dado que el hombre era ciego.
Una gran enseñanza: el proverbio del anciano y el caballo
Tras meditarlo, el maestro se dirigió al joven: “¿Lo que vienes a decirme, genera un bien para mí o para mi amiga grulla?”.
El joven, tras otra pausa reflexiva, admitió: “En realidad no. Para ser sincero, es todo lo contrario. Lo que me contaron que están diciendo de ti es algo que podría atormentarte. Y tal vez a tu amiga también”.
El anciano, luego de un momento de quietud, formuló su última pregunta: “¿Es necesario que yo sepa qué es lo que están rumorando acerca de mí y de mi amiga la grulla?”.
“No. En realidad no”, respondió el joven pensativo.
“Entonces vete”, sentenció el anciano.
Esta historia resuena con uno de los proverbios chinos más conocidos: 塞翁失马焉知非福 (sàiwēngshīmǎ yānzhīfēifú), que se traduce como “el anciano de la frontera perdió su caballo, ¿quién sabe si es una bendición o una desgracia?”. Este modismo nos enseña a ver las cosas con perspectiva, comprendiendo que los eventos aparentemente negativos pueden tener consecuencias positivas inesperadas, y viceversa.

La historia del anciano de la frontera
En el extremo del imperio vivía un anciano, conocido como el viejo de la frontera. Un día, perdió su único caballo. Sus vecinos acudieron a consolarlo, pero él, imperturbable, preguntó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién lo sabe?”.
Poco después, el animal regresó, acompañado de otros caballos. Los vecinos fueron a felicitarlo, pero el anciano, sin mostrar alegría, repitió su interrogante: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién lo sabe?”.
Más tarde, el hijo del anciano, mientras montaba uno de los caballos, cayó y se fracturó una pierna. Nuevamente, los vecinos acudieron a darle el pésame. El viejo, sin inmutarse, exclamó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién lo sabe?”.
Al poco tiempo, estalló una guerra. Muchos jóvenes fueron reclutados y pocos regresaron. El hijo del anciano, debido a su pierna fracturada, no tuvo que ir a la guerra, salvando así su vida.
Este proverbio, extraído del 《淮南子》 (Huái nán zi), nos enseña sobre la alternancia dinámica y constante entre los opuestos, una idea central en el taoísmo. Nos alienta a ver las situaciones desde un punto de vista más amplio, reconociendo que lo que parece una desgracia puede ser el preludio de algo bueno, y viceversa.
La historia del anciano y su caballo, así como la del anciano ciego y la grulla, nos invitan a cultivar la serenidad y la aceptación ante los vaivenes de la vida, confiando en que el universo, en su misteriosa complejidad, obra de formas que a menudo escapan a nuestra comprensión inmediata.