A partir del siglo XX, la vejez y el envejecimiento en Estados Unidos dejaron de ser abordados desde una perspectiva meramente espiritual para ser analizados con un enfoque científico. Este estudio se divide en cuatro apartados clave. En el primero, se presenta una reflexión sobre la construcción de la idea de envejecer en Estados Unidos desde el siglo XVII hasta el XX. El segundo apartado se centra en algunos movimientos sociales que lucharon a favor de las pensiones durante el siglo XX. El tercer apartado profundiza sobre el impulso que la ciencia dio al estudio del envejecimiento. Finalmente, se expone una breve revisión de algunos remedios contra la vejez que, a partir del siglo XIX, comenzaron a popularizarse en el país.

Evolución de la Percepción de la Vejez en Estados Unidos
La vejez ha sido examinada desde diversas perspectivas a lo largo de la historia estadounidense. A diferencia de los estudios históricos sobre esta etapa en América Latina, en Estados Unidos el interés por involucrarse en el tema, así como las acciones concretas para mejorar la vida de millones de personas, pueden rastrearse con claridad a partir de la segunda mitad del siglo XX. A principios del siglo XX, solo el 4 por ciento de la población estadounidense era mayor de sesenta y cinco años. A finales de esa centuria, este indicador se incrementó al 13 por ciento. La esperanza de vida al nacer pasó de cuarenta y siete a setenta y seis años en el mismo periodo, y se calcula que hacia el año 2050 será de ochenta y tres años.
La manera de dirigirse a dicho grupo etario ha sido motivo de debate. Por esta razón, a lo largo de este texto se ubicarán en su contexto los términos y conceptos empleados para referirse a las personas, con el objetivo de evitar anacronismos y mostrar la evolución y aceptación que han tenido en la sociedad estadounidense. Por ello, aparecerán los términos originales en inglés seguidos, entre paréntesis, de las traducciones al español. Es importante destacar que, aunque la traducción consiste en el reemplazo de un mensaje escrito de una lengua a otra, cada ejercicio no solo implica alguna pérdida del significado, sino también “un debate surgido de las pretensiones de cada lengua” (Newmark, 1991: 36). Invitamos al lector a mirar hacia atrás para tener un panorama más amplio sobre las transformaciones que supuso el acto de envejecer.
La Vejez en los Primeros Siglos de Estados Unidos (Siglos XVII-XIX)
El historiador estadounidense David Hackett Fischer examinó la etapa temprana de la conformación de Estados Unidos (1607-1820) y destacó que existió una creciente inclinación a la gerontocracia, lo que resultó en que la vejez fuera más venerada y obedecida que en otros momentos. Los puritanos que llegaron a América desde Inglaterra durante el primer tercio del siglo XVIII trajeron consigo una concepción sobre el envejecimiento que se relacionó con un peregrinaje en el mundo terrenal, el cual culminaría con la llegada ante la presencia divina. Esto estuvo presente en sus prácticas religiosas, particularmente en los sermones pronunciados por los ministros, que durante todo el periodo colonial representaron un discurso de autoridad incuestionable (Cole, 2006).
En general, se asume que la vejez fue respetada y venerada en Estados Unidos durante aquel periodo, quizás por una excepcionalidad relacionada con la religión. Para el reverendo puritano Cotton Mather (1663-1728), no existió duda al respecto, pues en "Deber y dignidad de los sirvientes envejecidos" afirmó que “existe algo de la imagen de Dios en la edad” (Hacket, 1978: 35).
El periodo enmarcado entre las independencias estadounidense y francesa se caracterizó por el inicio de cambios en las actitudes hacia la vejez y sus protagonistas. Dado que las revoluciones combatieron tanto al viejo régimen como a sus costumbres, las relaciones entre los grupos etarios también se modificaron, aunque hasta antes de 1850, menos del 2 por ciento de la población fue mayor de sesenta años (Fleming et al., 2003).
Un fenómeno curioso que vale la pena estudiar fue la práctica de quitarse la edad (age heaping). Así, en vez de que los censos registraran a una persona de cuarenta y un años, esta podía pasar por una de treinta y nueve años, caso contrario a lo que sucedió durante el siglo XVII y gran parte del XVIII, cuando la tendencia fue aparentar mayor edad. Aunque llegar a la última etapa del ciclo vital no fue tan común como se pudiera pensar, una práctica que comenzó a ser recurrente fue la del retiro; de hecho, el clero puritano sugirió que llegaba un momento en la vida en que este “se convertía en deber” (Hacket, 1978: 43).
El lugar privilegiado que tuvo la vejez durante la etapa colonial comenzó a fracturarse a fines del siglo XVIII, de tal suerte que, en las primeras décadas del siglo XIX, la autoridad que los mayores tuvieron sobre su familia poco a poco comenzó a desvanecerse. Una muestra clara fue la distribución de las personas en los retratos familiares: mientras que en periodos anteriores se observaba al patriarca ocupar una posición superior respecto de su esposa e hijos, con el nuevo siglo las fotografías tendieron a representarlos en un plano horizontal.
Esta pérdida de estatus se confirmó en otras áreas. Durante los siglos XVII y XVIII, la moda para los varones implicó un esfuerzo por aparentar más edad y así lograr una mayor respetabilidad (sobre todo en la Corte). El siglo XIX abrió las puertas a la industrialización, al flujo migratorio continuo, a una serie de agresiones a la salud (producto de empleos más riesgosos), así como a problemas relacionados con la alimentación y los cuidados. Esto motivó que, durante los primeros treinta años de la centuria, apareciera una serie de publicaciones sobre el envejecimiento escritas por ministros o por mujeres que ofrecían consuelo o consejos para enfrentar los últimos años de la vida. Durante las siguientes cuatro décadas, se incorporaron reflexiones que giraron alrededor de la salud y de la higiene corporal como medidas que buscaron prolongar la vida.
Las ideas del médico Benjamin Rush (1746-1813) y del reverendo Sylvester Graham (1794-1851) promovieron acciones como la búsqueda de una vida serena a través del seguimiento de preceptos morales y religiosos, así como una serie de acciones cotidianas como la moderación al comer y al beber. Asimismo, se ha reportado que algunas escritoras de provectas edades publicaron textos a finales del siglo XIX. Generalmente se trataron de manuales de autoayuda en los que se destacaba el valor de la experiencia en la vejez, la importancia de mantener la salud física, el fortalecimiento de la fe y del carácter (Cole, 2006). En aquel periodo, la edad comenzó a ser un criterio de clasificación en la vida estadounidense, de tal suerte que, mientras el aprendizaje de las primeras letras se relacionó con la infancia y el matrimonio con la edad adulta, el retiro marcó la equivalencia con la vejez (Fleming et al., 2003).
El Siglo XX: El Envejecimiento como Problema Social y el Impulso de las Pensiones
Los años que corrieron entre 1909 y 1970 representaron otro cambio profundo, pues la vejez comenzó a ser percibida como un problema social. Las personas envejecidas pasaron del 2 por ciento en 1800 a alrededor del 10 por ciento de la población hacia 1970. Al igual que en el resto del mundo, la mayoría de las personas que envejecieron a lo largo de la historia estadounidense generalmente tuvieron que desempeñar distintas actividades económicas durante sus últimos años de vida. Solo un reducido grupo de ellos disfrutó de vejeces privilegiadas en las que, además de contar con personal a su servicio, sus finanzas les permitieron asegurar un hogar e incluso una pensión.
La asistencia a la vejez se compartió entre los esfuerzos públicos y los privados. Respecto a los segundos, The Omaha Sunday’s Bee destacó la labor de la Asociación de Mujeres Cristianas, organización surgida en el seno de la Iglesia Metodista que cumplió su aniversario de plata el 4 de diciembre de 1908. El artículo resaltó que, tras veinticinco años de trabajo entusiasta, la asociación femenina realizó una labor ejemplar a favor de los pobres. Tal vez su mayor contribución fue el establecimiento del Old’s People Home (Hogar para personas viejas), en el que inicialmente fueron admitidas solo old women (su nombre original fue The Old Ladies’ Home -El hogar de las damas viejas-).
La Lucha por las Pensiones y la Seguridad Social
A principios del siglo XX, la mayoría de los trabajadores estatales y municipales carecieron de pensión. Hacia 1910, solo nueve de cincuenta y seis grandes ciudades estadounidenses tuvieron algún plan de pensión para sus trabajadores (maestros, bomberos o policías) y un sistema de vejez obligatorio que muchas ciudades europeas ya habían adoptado para esa época. Lo anterior representó un inconveniente, pues se argumentaba que, de defenderse el seguro obligatorio, entonces todo el sistema económico y político fracasaría.
Irónicamente, Estados Unidos mantuvo el más grande sistema público de pensiones en el mundo, ya que, desde la Guerra Civil hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, el gobierno federal gastó más de cinco billones de dólares en beneficios para los veteranos del conflicto, “lo que incrementó las pensiones militares de ciento veintisiete mil a casi un millón” (Hacket, 1978: 169).
En 1921 nació la Orden Fraternal de las Águilas, una asociación de carácter nacional que buscó asegurar las pensiones para la vejez en el país. A raíz de la lucha constante de dicha organización, ocho años después se autorizó en California el primer sistema obligatorio de pensiones. La edad estipulada para alcanzar una pensión fue de setenta años y su monto fue menor de veintitrés dólares al mes. Sin embargo, la depresión económica de la década de 1930 empeoró la condición de las personas envejecidas (The Butler County Press, 1931: 2).
A las Águilas siguieron otros movimientos como el Épico, promovido en California por Upton Sinclair en 1933, que propuso acabar con la pobreza en el estado con una variedad de medidas, como la inclusión de una pensión para la vejez de cincuenta dólares al mes. El Movimiento Pensionario del Estado de California, cuyo eslogan fue “veinticinco dólares cada martes”, propuso que el dinero fuera destinado para los desempleados mayores de cincuenta años. Sin embargo, la idea de Sinclair nunca se implementó, puesto que perdió la elección estatal.
El pronunciamiento que tuvo la proporción de una cruzada nacional durante la década de 1930 fue el Plan Townsend, nombrado así en honor de su fundador de sesenta y siete años, quien buscó solucionar los problemas económicos derivados de la recesión y apoyar al segmento envejecido de la población. Sus promotores más entusiastas, los “townsenditas”, se trataron de personas de clase media, anglosajones, republicanos, protestantes y blancos. Sus esfuerzos cristalizaron en la Ley de Seguridad Social que se promulgó en 1935. No obstante, dicha norma “no representó un esfuerzo auténtico por la distribución de la riqueza” (Hacket, 1978: 184).
Este afán de justicia laboral abrió el camino para que aparecieran más organizaciones de personas de avanzada edad dispuestas a discutir no solo el tema de las pensiones, sino del envejecimiento en general: la Asociación Nacional de Empleados Federales Retirados (1921), la Asociación Nacional de Profesores Retirados (1947), la Asociación Estadounidense de Personas Retiradas (1958), el Consejo Nacional de Personas Mayores (1961) y el NCBA (1970). En 1971, y a raíz de este auge de organizaciones, más de treinta y ocho mil personas y no menos de cuatrocientos grupos fueron invitados a la Conferencia de la Casa Blanca sobre Envejecimiento.

La Ciencia y el Estudio del Envejecimiento
A partir de la segunda década del siglo XX, las reflexiones sobre la vejez y el envejecimiento se transformaron en acciones que, en aras de una amplia transmisión, se valieron de todos los medios que tuvieron a su alcance. Uno de ellos fueron los periódicos de corte progresista, que funcionaron como espacios de denuncia y discusión sobre los temas relacionados con la población envejecida estadounidense.
En junio de 1950, el diario Evening Star informó que durante los días 12, 14 y 15 de agosto del mismo año se llevaría a cabo en Washington una conferencia sobre el envejecimiento cuyo objetivo no se vincularía con algún proyecto legislativo, sino con la exploración y definición de sus problemas. Diez años después, el editorial del diario The People’s Voice sostuvo que, comparado con el año 1900, los mayores de sesenta y cinco años se habían incrementado cinco veces hasta alcanzar los dieciséis millones. Asimismo, pronosticó que dicho número casi se duplicaría en las siguientes cuatro décadas.
La anterior preocupación también se reflejó en el artículo “Tragedy of the Aged”, que señaló la existencia de cuatro principales problemas que desmintieron “el pensamiento poético” sobre los años dorados: la salud (que en aquellos días se debatía en el Congreso), la vivienda, el salario y el trabajo. El texto se centró en los senior citizens (ciudadanos mayores), quienes fueron considerados como el punto nodal de la reflexión. La nota resaltó que uno de cada diez estadounidenses enfrentaba esos problemas, por lo que los líderes políticos, sociales y culturales del país reconocieron que algo se debía hacer para trasladar “los años dorados de la vida a la realidad”.
A lo anterior se añadieron los escasos ingresos y el aumento en el costo de los servicios médicos, lo que llevó a algunos sociólogos a establecer una nueva clasificación para las personas envejecidas: médicamente indigente. En cuanto al tema de la vivienda, la segunda parte del texto señaló que las construcciones tendían a caer en mal estado porque, con el retiro, los costos del mantenimiento de los hogares excedían los ingresos de las personas, por lo que dicho rubro fue de los primeros “en sufrir recortes al presupuesto” (The People’s Voice, 1961: 3).
Para el historiador Andrew Achenbaum, a partir de la década de 1960 las personas mayores se convirtieron “en un segmento de la población políticamente poderoso” (Achenbaum, 1995: 189). Esto llevó a que en 1965 se promulgara la Older Americans Act (Ley sobre Estadounidenses Envejecidos) y se conformaran los programas Medicare y Medicaid. Mientras que el primero destinó parte del presupuesto federal para atender las necesidades sanitarias de los mayores de sesenta y cinco, el segundo pagaría las cuentas de los pobres. Dos años después, el Congreso aprobó la Age Discrimination in Employment Act (Ley de Discriminación por Edad en el Empleo), misma que fue enmendada en 1978 para eliminar el retiro forzoso de la mayor parte de los burócratas y lo prohibió antes de los setenta años para los trabajadores en los sectores público y privado (Butler, 1980).

Remedios y Popularización de la Lucha Contra la Vejez
El último tercio del siglo XX fue testigo de la reducción de la tasa de natalidad en Estados Unidos; si en 1970 por cada mil individuos hubo 18.4 nacimientos, hacia 1996 dicho indicador se redujo a 14.8. Aquella situación, al combinarse con un incremento en la esperanza de vida, abrió las puertas a un debate que no debía postergarse más: las formas en las que se enfrentaría el envejecimiento de la población.
Las figuras políticas como Lyndon B. Johnson jugaron un papel crucial en la implementación de políticas sociales dirigidas a la población mayor. Su administración impulsó la creación masiva de diversos programas sociales para ayudar a los más pobres y reducir la brecha social, culminando la labor de Kennedy en materia de derechos civiles. Se aprobaron leyes fundamentales como la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley del Derecho al Voto de 1965, que prohibieron la discriminación racial y permitieron a millones de afroamericanos votar por primera vez. Johnson también impulsó el seguro de salud para los ancianos (Medicare) y para los pobres (Medicaid), así como la construcción estatal de viviendas a bajo costo.
La Guerra contra la Pobreza, iniciada por Johnson, promovió programas como Head Start, cupones de alimentos y de trabajo y estudio, con el objetivo de construir una "Gran Sociedad" donde la igualdad de oportunidades y una alta calidad de vida fueran el patrimonio de todos. A pesar de la prosperidad generalizada, el libro "La otra América" de Michael Harrington identificó la persistente pobreza en barrios bajos urbanos, vecindarios de minorías y entre los blancos pobres de las montañas Apalaches orientales, lo que reafirmó la necesidad de estas políticas sociales.
En la actualidad, la Administración para la Vida Comunitaria continúa ayudando a los adultos mayores y a personas con discapacidades a vivir y prosperar en sus comunidades. Recursos del Gobierno diseñados para personas mayores, como la herramienta de Medicare para comparar proveedores, están disponibles. Se recomienda incorporar la actividad física en la rutina diaria y participar en actividades comunitarias. Programas como AmeriCorps Seniors invitan a personas de 55 años o más a colaborar con organizaciones, mientras que el Programa de Empleo de Servicio Comunitario para personas mayores ofrece empleos y capacitación en servicios comunitarios.
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