Con el envejecimiento, se producen una serie de cambios fisiológicos que afectan directamente a la regulación de la temperatura corporal, lo que dificulta la detección de la fiebre y aumenta la vulnerabilidad a trastornos térmicos. Es fundamental controlar la temperatura corporal en personas mayores y estar atentos a otros signos, ya que una temperatura considerada normal para un adulto joven podría ser indicio de fiebre en un anciano, retrasando el diagnóstico de enfermedades graves como infecciones urinarias o neumonía.

Cambios fisiológicos y termorregulación en el envejecimiento
El cuerpo de nuestros mayores puede no responder de forma adecuada a los cambios bruscos de temperatura. La termorregulación es un proceso básico del organismo humano del que se encarga una zona del cerebro conocida como hipotálamo. La edad es un factor de desgaste de todo el cuerpo, incluidas las zonas cerebrales presentes en esta tarea, por lo que este "termostato natural" puede verse alterado a lo largo del proceso de envejecimiento. Además, los cambios bruscos de temperatura, medio ambiente y humedad son algunas de las causas de dificultad para el estado de salud de nuestros ancianos.
Con el envejecimiento, se producen una serie de cambios fisiológicos que afectan directamente a la regulación de la temperatura corporal, lo que explica por qué las personas mayores se enfrían o se calientan con más facilidad, incluso en ambientes que parecen confortables para otras personas. Estos cambios incluyen:
- Disminución de la sensación de frío y calor.
- El metabolismo basal se vuelve más lento.
- Menor capacidad de sudoración.
- La circulación sanguínea periférica es menos eficiente.
- Reducción de la masa muscular, que ayuda a generar calor.
- Disminución de la grasa corporal bajo la piel, lo que ayuda a perder el calor.
Muchas veces, el hipotálamo sigue funcionando correctamente durante el envejecimiento, pero el cambio de temperatura implica la simple pérdida de calor hacia el ambiente, ya que los ancianos tienen más dificultad para retener el calor en el cuerpo debido a los cambios que se producen en la piel y en las células grasas.

Temperatura corporal normal y detección de fiebre
En general, la temperatura corporal normal en las personas mayores suele situarse entre 36 °C y 36,5 °C, un rango ligeramente más bajo que el de los adultos jóvenes. Esta diferencia se debe principalmente a la disminución de la masa muscular, la menor actividad metabólica y la reducción de la capacidad para generar calor. Los estudios señalan que se produce un "descenso de 0,15ºC de la temperatura por cada década de vida", con una media de 36,1ºC en ancianos, variando 0,21ºC hacia arriba o abajo.
Por ello, una temperatura de 36ºC no suele considerarse fiebre en un adulto mayor, pero fiebres leves pueden pasar desapercibidas. Pequeñas variaciones pueden provocar síntomas como escalofríos, debilidad o malestar general. Además, debido a una percepción térmica menos precisa, algunas personas mayores no detectan que están entrando en un estado de hipotermia o hipertermia hasta que los síntomas son más evidentes.
Es habitual que las fiebres se presenten de forma atípica, sin elevar mucho la temperatura, lo que dificulta la detección de infecciones o procesos inflamatorios. Si la temperatura media de un anciano es de 35,5ºC o 36ºC, y tiene 36,9ºC o 37ºC, ya es señal de que hay que vigilarlo más de cerca. Al contrario de lo que ocurre con los niños, la fiebre no está entre los principales síntomas de infección en los ancianos. A menudo, tienen temperatura normal o incluso hipotermia.
Temperatura corporal baja en el paciente Anciano
Trastornos de la temperatura en la tercera edad
Hipotermia: cuando el cuerpo pierde calor
Se habla de hipotermia cuando la temperatura corporal del organismo cae por debajo de los límites normales, aproximadamente bajo los 35 grados Celsius (95 grados Fahrenheit), haciendo que el cuerpo pierda la capacidad para regular su temperatura. Es una emergencia médica en la que el cuerpo pierde calor más rápido de lo que puede producirlo. Es muy común que las personas mayores estén sujetas a estos descensos de temperatura corporal, ya que su mecanismo termorregulador se ha modificado de forma progresiva por motivo de la edad.
Las principales causas de hipotermia en personas mayores incluyen:
- Exposición a condiciones de clima frío o a agua fría.
- Disminución de la masa muscular y falta de realización de ejercicio.
- Aumento del umbral de sensación de frío, que retrasa la aparición del temblor y se acompaña de una reducción de la intensidad de los tiritones.
- Menor ingesta alimentaria, ya sea por disminución de necesidades o por falta de recursos económicos; por existencia de depresión, anorexia o dificultad para preparar sus propios alimentos.
- Uso de algunos fármacos que interfiere con la termorregulación normal.
- Disminución de la grasa corporal bajo la piel, lo que facilita la pérdida de calor.
- Ciertas enfermedades como la diabetes, trastornos neurológicos y desnutrición, que alteran la capacidad del cuerpo para regular la temperatura.
Los síntomas de la hipotermia evolucionan a medida que la temperatura corporal desciende. Pueden provocar dificultad de movimientos, confusión mental e incluso el fallo de determinados órganos. En fases iniciales, la piel se siente fría al tacto y adquiere un tono pálido o incluso gris azulado, debido a que el cuerpo desvía el flujo sanguíneo de la piel y las extremidades hacia los órganos vitales para preservar la temperatura central. El cuerpo puede empezar a temblar como intento de calentarse, con los movimientos dejando de ser precisos.
En casos más avanzados, la hipotermia moderada (entre 32ºC y 28ºC) presenta escalofríos más fuertes, y en la fase más grave, cuando la temperatura desciende demasiado, pueden desaparecer los escalofríos, pero hay muchas dificultades para hablar sin poder mover las piernas o manos. A medida que la hipotermia avanza, el pulso se vuelve débil y los latidos del corazón se ralentizan. Si la temperatura del cuerpo baja de 32 grados, se habla de hipotermia severa y puede manifestarse como una arritmia grave que implica riesgo vital en más del 50 % de los casos de adultos mayores. De aquí la importancia de reaccionar rápidamente ante la evidencia de signos como debilidad, cansancio, letargo y coordinación alterada, e incluso delirio y baja presión arterial.

Hipertermia: el riesgo del calor excesivo
Por su parte, la hipertermia es una subida excesiva de la temperatura corporal debida a factores externos al organismo, cuando el cuerpo alcanza a nivel interno los 38 grados, desarrollando efectos negativos en el organismo. En la etapa de la vejez, el regulador de la temperatura se vuelve menos eficaz, causando efectos leves o cuadros clínicos que ponen en riesgo la salud de las personas mayores.
La hipertermia o la alta temperatura corporal puede hacerse presente tanto en cambios físicos como en cambios de comportamiento, tales como sentir confusión, piel reseca, pulsaciones rápidas o lentas, que son algunos de los síntomas que se presentan y se ven agravados de acuerdo a la edad de la persona. Esto puede llevar a un cuadro clínico conocido como golpe de calor, que pone en serio peligro la vida de muchos ancianos cada año.
Escalofríos en personas mayores: más allá del frío
Los escalofríos son contracciones musculares involuntarias que el cuerpo utiliza para generar calor o responder a un desequilibrio interno. En las personas mayores, esta reacción se activa con mayor facilidad debido a los cambios asociados al envejecimiento, que hacen que la termorregulación sea menos precisa. Es importante recordar que los escalofríos no siempre están relacionados con el frío ni con la presencia de fiebre. De hecho, pueden aparecer incluso estando bien abrigados, en ambientes templados o en situaciones de estrés emocional.
Causas de los escalofríos en personas mayores
Entre las causas más habituales encontramos:
- Infecciones: Las infecciones respiratorias, urinarias o sistémicas pueden provocar escalofríos como un mecanismo del cuerpo para elevar la temperatura, incluso antes de que aparezca la fiebre.
- Exposición al frío o cambios bruscos de temperatura: Al pasar de un ambiente cálido a uno frío o al usar aire acondicionado fuerte, el organismo puede reaccionar con contracciones musculares para recuperar el calor perdido.
- Hipoglucemia: Cuando el nivel de azúcar en sangre desciende, el cuerpo activa mecanismos de emergencia -entre ellos los escalofríos- para compensar la falta de energía disponible.
- Fiebre en fases iniciales: Muchos escalofríos son, en realidad, una anticipación del aumento de temperatura interna. El cuerpo tiembla para elevar su temperatura antes de que la fiebre sea detectable.
- Problemas circulatorios: Una mala circulación dificulta que la sangre caliente llegue a las extremidades, lo que genera sensación de frío y puede desencadenar escalofríos.
- Efectos secundarios de medicamentos: Algunos fármacos pueden alterar la regulación térmica o producir temblores y escalofríos como reacción adversa.
- Deshidratación: La falta de líquidos afecta directamente al equilibrio térmico del cuerpo. Cuando la hidratación es insuficiente, los escalofríos pueden aparecer como señal de alarma.
- Ansiedad y estrés emocional: Las situaciones de nerviosismo activan una respuesta fisiológica automática, liberando adrenalina y provocando temblores y escalofríos incluso sin un descenso real de temperatura.
- Causas estacionales: En verano y en invierno los cambios térmicos son más bruscos. El uso de ventiladores, aire acondicionado o calefacciones demasiado altas puede desencadenar este síntoma.
Escalofríos por ansiedad: cómo identificarlos
Los escalofríos por ansiedad son una de las causas más buscadas y, a la vez, menos comprendidas. Cuando una persona mayor experimenta ansiedad, el sistema nervioso activa una respuesta de alerta que puede provocar temblores, sensación de frío interno, escalofríos sin fiebre ni exposición al frío, con una mayor frecuencia por la noche (ansiedad nocturna).
Estos escalofríos no siempre indican frío real ni una situación de hipotermia. Para diferenciarlos de un problema de salud, se debe considerar que aparecen en situaciones de nerviosismo o preocupación y suelen mejorar al relajarse, sin que se acompañen de un descenso real de la temperatura corporal. Si los escalofríos son persistentes, se acompañan de confusión, fiebre, debilidad intensa o cambios de comportamiento, es importante consultar con un profesional sanitario.
Prevención y manejo de los trastornos de temperatura
Medidas preventivas según la estación
Estas situaciones son comunes tanto para personas mayores como para jóvenes, aunque hay que comprender que en el caso de los ancianos su sistema de regulación de temperatura puede fallar por múltiples afecciones, así que el grado de probabilidad de padecer casos de hipertermia e hipotermia es mayor. Es por ello que hay que estar muy pendientes de nuestros seres queridos mayores cuando el frío o el calor intenso se hacen presentes.
Consejos en verano
Durante los meses de calor, es fundamental garantizar una hidratación constante, incluso aunque la persona no manifieste sed, ya que la sensación de sed disminuye con la edad. Conviene evitar las horas centrales del día y asegurarse de que las estancias sean frescas, ventiladas y libres de calor excesivo. El uso adecuado de ventiladores o aire acondicionado, así como ropa transpirable y ligera, ayuda a mantener una temperatura corporal estable.
Consejos en invierno
Cuando llegan los meses fríos, la prioridad es conservar el calor corporal. La ropa térmica, el uso de varias capas o el empleo de mantas ligeras pero cálidas pueden marcar la diferencia. También es importante evitar corrientes de aire, mantener una temperatura estable dentro del hogar y asegurarse de que los mayores tengan acceso a prendas secas y cálidas después del baño o ante cualquier exposición al frío. Para hacerte una idea, una persona mayor que no cuente con el abrigo necesario en un frío día de invierno podría desarrollar un cuadro de hipotermia en pocos minutos con todo lo que ello conlleva.

Hábitos saludables para la termorregulación
Una alimentación equilibrada, que incluya comidas calientes en invierno y opciones frescas en verano, contribuye a una buena regulación térmica. El descanso adecuado permite al cuerpo recuperarse y funcionar de manera óptima. La actividad física moderada, adaptada a la capacidad de cada persona, mejora la circulación y favorece la producción de calor natural. Además, mantener el estrés y la ansiedad bajo control es clave, ya que las emociones intensas pueden afectar directamente a la percepción y regulación de la temperatura.
Desafíos en la medición y diagnóstico
Dificultades al tomar la temperatura
La propia dificultad para medir la temperatura en este grupo de edad puede llevar a resultados subestimados (cuando el número que aparece en el termómetro es inferior a la temperatura real). Esto se debe a que las áreas del cuerpo donde se coloca el termómetro de mercurio cambian con los años. En la axila, el exceso de sudor, los pliegues de la piel y la grasa pueden interferir. Lo mismo ocurre en el oído, si hay una acumulación de cera en el canal auditivo. En la boca, la falta de algunos dientes, los problemas de salivación o la dificultad para mantener estable el termómetro son factores que complican la situación. En el ano, la barrera es la falta de conveniencia de introducir el termómetro allí. Una opción son los dispositivos digitales más modernos, que hacen la medición en la frente, pero son más caros y hay que estar atentos a cambiar la batería cuando sea necesario.
Más allá de la fiebre: otros signos de alerta
Las complicaciones a la hora de medir la temperatura pueden significar un riesgo para la salud del adulto mayor. Por ejemplo, la persona puede estar sufriendo una enfermedad como la neumonía y no presentar una alta temperatura que despierte la alerta para acudir a un médico. Esta confusión retrasa el diagnóstico de enfermedades que, de ser detectadas a tiempo, tendrían un tratamiento menos invasivo y más efectivo, como la neumonía y las infecciones urinarias.
Es por eso que resulta fundamental una constante medición de este factor, dado que un síntoma de fiebre puede pasar desapercibido en un adulto mayor. Además, debido a una percepción térmica menos precisa, algunas personas mayores no detectan que están entrando en un estado de hipotermia o hipertermia hasta que los síntomas son más evidentes. La importancia de vigilar cualquier cambio en la temperatura corporal es crucial. Estos cambios pueden indicar desde una respuesta normal del organismo hasta el inicio de un problema de salud que requiere atención.
El cuidador y el propio anciano deben estar atentos a otros signos, como la postración, alteraciones en el equilibrio, confusión mental, caídas frecuentes. En muchos casos de infección urinaria en mayores de 60 años, el único signo es un aumento de accidentes y las caídas. En personas muy frágiles o con edades muy avanzadas, los pequeños cambios en los signos vitales, como la temperatura, la presión arterial y el ritmo cardíaco, ya requieren de un cuidado mayor. Detectarlos a tiempo permite actuar con rapidez, prevenir complicaciones y proteger el bienestar de quienes, por su edad, tienen una mayor vulnerabilidad ante variaciones térmicas.
Una pauta que puede ser útil para algunas personas consiste en tomar un registro continuo de la temperatura. Si se usa el termómetro una vez cada 15 días, o una vez al mes, se puede saber cuál es la temperatura saludable promedio y notar cuándo el cuerpo está más caliente de lo normal. Es decir: si el individuo está siempre a 36ºC y, en un día determinado, aparece con 37,2ºC, esto puede representar una señal de alarma según el caso, aunque no se considere fiebre en otros grupos de edad. Este seguimiento debe estar muy bien guiado y seguir estrictamente las directrices de un profesional sanitario y del fabricante del termómetro, tomándose las mediciones regulares de temperatura siempre en el mismo lugar del cuerpo y, si es posible, con el mismo dispositivo.
