Salud mental y física en el adulto mayor: Desafíos y estrategias

El envejecimiento de la población representa uno de los principales desafíos actuales para los sistemas de salud a nivel global. En Chile, el sostenido aumento de la población de adultos mayores ha evidenciado la necesidad imperante de fortalecer las estrategias de prevención, autocuidado y acompañamiento clínico continuo.

El panorama del envejecimiento en Chile y el mundo

Crecimiento de la población mayor

En Chile, habitan casi tres millones y medio de personas de sesenta años o más, lo que equivale al 18% de la población total. Este crecimiento es acelerado: en 2002, los mayores de 60 años representaban el 11,4% de la población, aumentando a 16,2% en 2017. A nivel mundial, la población envejece rápidamente. En 2023, 1100 millones de personas tenían 60 años o más. Las previsiones indican que esta cifra casi se duplicará a 2100 millones en 2050, representando en torno a una quinta parte de la población mundial.

Se espera que, a finales de la década de 2060, el número de personas de 60 años o más alcance los 2500 millones y supere al de menores de 18 años a escala mundial. Además, se prevé que el número de personas de 80 años o más se triplique con creces entre 2023 y 2060, hasta llegar a los 545 millones.

Contribuciones y riesgos de los adultos mayores

Los adultos mayores contribuyen significativamente a la sociedad como miembros de la familia y la comunidad, y muchos desempeñan roles como voluntarios o trabajadores. Aunque la mayoría goza de buena salud, un gran número corre el riesgo de presentar afecciones de salud mental como depresión y trastornos de ansiedad. Muchos también pueden experimentar movilidad reducida, dolor crónico, fragilidad, demencia u otros problemas de salud que requieren cuidados a largo plazo. A medida que se envejece, aumenta la probabilidad de padecer varias afecciones al mismo tiempo.

Salud física en la tercera edad

Las personas mayores presentan una mayor susceptibilidad a la deshidratación, golpes de calor, infecciones respiratorias y descompensaciones de patologías crónicas como hipertensión, diabetes o enfermedades cardiovasculares.

El rol del autocuidado y seguimiento clínico

El autocuidado cumple un papel clave en la salud del adulto mayor. Desde la perspectiva médica, educar al paciente y a su entorno cercano permite anticipar riesgos y reforzar conductas protectoras. El seguimiento clínico periódico, la evaluación funcional y el control de enfermedades crónicas son pilares fundamentales del cuidado del adulto mayor.

La Agrupación de Médicos de la Clínica INDISA (AMCI) promueve una visión integral del cuidado del adulto mayor, basada en la prevención, la educación y el acompañamiento clínico continuo.

Salud mental en el adulto mayor: Una preocupación creciente

Gráfico de prevalencia de trastornos mentales en adultos mayores

Prevalencia de trastornos mentales

Hoy más de la mitad de la población mayor en Chile presenta problemas asociados a la salud mental. Aunque la demencia y la depresión son los trastornos neuropsiquiátricos más comunes, se estima que más de un tercio de los adultos mayores chilenos sufre trastorno depresivo y más de la mitad, ansiedad, según Nueva Clínica Cordillera.

A nivel global, aproximadamente el 14% de los adultos de 70 años o más tienen un trastorno mental. Según las estimaciones mundiales de salud 2021, estas afecciones representan el 6,8% del total de años vividos con discapacidad entre los adultos mayores de 70 años o más. Las afecciones de salud mental más frecuentes en los adultos mayores son la depresión y la ansiedad. A escala mundial, alrededor de una sexta parte de las muertes por suicidio (16,6%) se producen en personas de 70 años o más.

Lamentablemente, según la OMS, dos tercios de este porcentaje no acceden a tratamientos debido a las brechas socioeconómicas de cada país. Las afecciones de salud mental en las personas mayores suelen infravalorarse y tratarse insuficientemente, y la estigmatización que las rodea puede hacer que las personas sean reacias a buscar ayuda.

Causas y consecuencias de la depresión y la ansiedad

En palabras de la Psiquiatra de NCC, Francisca Gomez Chappuzeau, “la depresión es uno de los trastornos más frecuentes en la población más adulta y estos podrían desencadenarse por experiencias límites, como el dolor por la muerte de un ser querido, detrimento del nivel socioeconómico a causa de la jubilación o problemas de movilidad y/o discapacidad”. Todas estas situaciones pueden ocasionar aislamiento en los mayores, pérdida de la independencia, soledad y angustia.

Las consecuencias son importantes, pues “la sanidad mental influye en la salud del cuerpo, y también a la inversa. Por ejemplo, los adultos mayores con cardiopatías presentan tasas más elevadas de depresión que quienes no padecen problemas médicos. Y también la coexistencia de depresión no tratada y cardiopatía en una persona mayor puede empeorar esta afección al corazón”, puntualiza Francisca Gomez Chappuzeau.

Asegurar una buena salud mental en los adultos mayores va más allá de mejorar la calidad de vida de este grupo etario, implica abordar una problemática de salud pública, dado que a nivel global el 15% de las personas con 60 años o más sufren algún trastorno mental, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud.

Factores de riesgo

A edades más avanzadas, la salud mental viene determinada no solo por el entorno físico y social, sino también por los efectos acumulativos de experiencias vividas y los factores estresantes específicos relacionados con el envejecimiento. La exposición a la adversidad, la pérdida considerable de capacidad intrínseca y una disminución de la capacidad funcional pueden provocar malestar psíquico.

  • Eventos adversos: Los adultos mayores tienen más probabilidades de experimentar eventos adversos como el duelo, una reducción de los ingresos o un menor sentido de propósito con la jubilación.
  • Discriminación por edad (edadismo): A pesar de sus muchas contribuciones a la sociedad, muchos adultos mayores sufren discriminación por motivos de edad, lo que puede afectar gravemente a su salud mental.
  • Aislamiento social y soledad: Aquejan a cerca de una cuarta parte de las personas mayores y son factores de riesgo cruciales para las afecciones de salud mental en etapas posteriores de la vida.
  • Malos tratos: Incluyen cualquier tipo de maltrato físico, verbal, psicológico, sexual o económico, así como la desatención. Uno de cada seis adultos mayores sufre malos tratos, a menudo por parte de sus propios cuidadores. El maltrato de los adultos mayores tiene graves consecuencias y puede provocar depresión y ansiedad.
  • Roles de cuidado: Muchas personas mayores cuidan a cónyuges con afecciones crónicas, como la demencia. Las responsabilidades de estos cuidados pueden ser abrumadoras y afectar a la salud mental de la persona que cuida.
  • Condiciones de vida precarias: Algunos adultos mayores corren un mayor riesgo de depresión y ansiedad debido a las pésimas condiciones de vida, la mala salud física o la falta de acceso a apoyo y servicios de calidad. Esto incluye a los adultos mayores que viven en entornos humanitarios y a los que tienen enfermedades crónicas (como cardiopatías, cáncer o accidentes cerebrovasculares), afecciones neurológicas (como demencia) o problemas de uso indebido de sustancias.

En este contexto, las percepciones culturales también inciden. “Muchas veces la familia, el personal sanitario y los propios ancianos no reconocen los problemas de salud mental en su verdadera dimensión, o bien estas enfermedades se encaran con ciertos prejuicios que propician que las personas no busquen ayuda. Pero es fundamental conseguir soporte especializado, no solo para los directos afectados sino también para su entorno más cercano, que también sufre las consecuencias de este deterioro”, explica la Psiquiatra Francisca Gomez Chappuzeau.

Conductas de riesgo para la salud mental | Vejez creativa con Patricia Kelly

Señales de alerta y medidas preventivas

La profesional de Nueva Clínica Cordillera explica que es crucial observar y tomar acción si el paciente presenta:

  • Cambios en su estado de ánimo, en los niveles de energía o en los hábitos de alimentación y patrones del sueño.
  • Si deja de hacer las actividades que disfruta o si comienza a aislarse de su entorno.
  • Si cae en confusiones y olvidos, molestias, preocupaciones o miedos infundados.
  • Incluso si se nota pérdida de interés generalizado, tristeza o desesperanza permanente y molestias y dolores inexplicables.

De identificar cualquiera de estos signos, lo más inmediato es realizar un diagnóstico temprano para implementar un tratamiento óptimo y oportuno. La especialista destaca las opciones de atención como la telemedicina que, desde su perspectiva, “permite a los afectados obtener una primera aproximación a tiempo e identificar si se está en una situación que requiere o no atención médica o psicológica”.

A ello se suman como medidas preventivas la incorporación de actividades que optimicen la salud física, psíquica y el bienestar generalizado, determinar si existen o no enfermedades conexas y tratarlas de manera adecuada. También es fundamental aportar información y apoyo permanente a las y los cuidadores del adulto mayor, para de esta forma dar estabilidad y un buen pronóstico de evolución tanto para el paciente como para su contexto más cercano.

Impacto de la pandemia de COVID-19 en los adultos mayores

El impacto por COVID-19 ha sido generalizado. Sin embargo, un grupo enfrentó confinamiento y restricciones más severas: las personas mayores. Esto se debe en gran medida a que los cuadros clínicos de coronavirus en mayores de 60 años pueden ser más graves: en Chile representaron un 15,6% de los contagios, el 47,3% de las hospitalizaciones y un 83,8% de los fallecimientos, según cifras del Ministerio de Salud.

Las personas mayores, por disminución de la funcionalidad del sistema inmune, entre otros aspectos del envejecimiento, fueron las más afectadas por la gravedad de la enfermedad y por mayor porcentaje de muertes, explica Iván Palomo, coordinador de la Red en Envejecimiento de las Universidades del Estado de Chile y director del Centro de Investigación en Trombosis de la U. de Talca.

Confinamiento y aislamiento social

Por ello, los adultos mayores fueron confinados más que otras personas, lo que afectó su calidad de vida, disminuyendo su actividad física y social. Todos estos aspectos, según Palomo, reducen su funcionalidad física, cognitiva y relacional. En este ámbito, las diferencias socioeconómicas se expresaron, y los más pobres se vieron más afectados.

Mariane Lutz de la Escuela de Medicina de la U. de Valparaíso, también parte de la red, señala que, si bien el país no tenía experiencia en una situación de pandemia, muchas medidas se tomaron sobre la marcha. Los resguardos complejos, como el confinamiento y aislamiento social, si bien reducen las probabilidades de contagio, impactan en la salud física y mental al impedir caminar, distraerse, socializar y moverse. “Y el aislamiento de los seres queridos es una condición que aumenta significativamente el estrés y la depresión, entre otras condiciones de salud mental”.

Discriminación y paternalismo

Cecilia Albala de la Unidad de Nutrición Pública del Instituto de Nutrición y Alimentos (Inta) de la U. de Chile, parte de esta red, dice que lo que se ha hecho especialmente evidente ha sido la discriminación hacia las personas mayores. Además, los discursos se refieren a ellos con “un paternalismo que disfraza discriminación, sin considerar que la gran mayoría sigue trabajando y haciendo enormes aportes al país”.

La cuarentena obligatoria a mayores de 75 años, que se prolongó por cinco meses, es un ejemplo de esa discriminación: “¿Por qué se pensó que las personas mayores no pueden hacerse cargo de su salud?”.

Desde el punto de vista ético, lo más grave fue obligar a mayores de 75 años a mantener una cuarentena estricta, indica Diana Aurenque, vicedecana de Investigación y Postgrado de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago e investigadora que integra la red. Si bien se buscaba protegerlos del contagio, Aurenque enfatiza que esos resguardos son inaceptables porque paternalizan e infantilizan a las personas mayores.

“Aplicar prohibiciones de esta naturaleza en la población envejecida termina siendo una medida discriminatoria y estigmatizante; discriminatoria, porque se pausan derechos fundamentales sin su consentimiento y por pertenecer a un grupo etario; estigmatizante, porque la medida considera a todo adulto mayor como miembro de un ‘grupo de riesgo’; fortaleciendo así estereotipos negativos de la vejez o edadismo”.

Yolanda Espinosa Parrilla, del Laboratorio de Medicina Molecular del Centro Asistencial, Docente y de Investigación (CADI) de la Universidad de Magallanes, investigadora parte de la red, pone de manifiesto un paternalismo discriminatorio hacia el colectivo de personas mayores, lo que se conoce como “edadismo”, algo que “está plenamente instaurado en nuestra sociedad”.

“No se ha tomado en cuenta la propia voluntad y capacidad de decisión del colectivo, asumiendo y normalizando una falsa incapacidad mental asociada al paso de los años”, indica Espinosa. Además, se definió ese aislamiento únicamente en función del rango etario, cuando se sabe que la edad cronológica no se corresponde con la edad biológica, que es la que realmente puede estar marcando cómo una persona puede verse afectada por la COVID-19.

Otro error, añade Espinosa, es que no se han tomado ningún tipo de medida para evitar o paliar los daños colaterales del aislamiento, “el cual se ha visto acompañado de falta de actividad física e interacción social, pilares fundamentales para mantener un estado saludable”.

Falta de adaptación en políticas públicas

Camila Oda, directora de la Escuela de Ciencias Sociales de la U. de O’Higgins, integrante de la red, señala además que el diseño de la política pública se realiza desde un enfoque en el que se da por contado el manejo de TIC. No necesariamente como nativos digitales, pero sí con un dominio a nivel de usuario que muchas veces no encontramos en todas las personas mayores. “Ni siquiera podemos dar por sentadas este tipo de habilidades en las personas adultas, ya sea por razones de formación, de acceso a internet, etc.”.

“El principal error nace de la idea que los mayores no tienen la capacidad para decidir por ellos mismos”, enfatiza Christian González-Billault, director del Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo (GERO), también parte de la red. En pandemia, en diferente escala, otros tienden a tomar las decisiones que afectan directamente a nuestros mayores; dice, como por ejemplo que permanecieran en casa.

“Las decisiones que involucran a un segmento de la sociedad que es relevante, siempre debiesen incorporar como elemento de juicio la opinión de este segmento. Privar a los adultos mayores de tener independencia y el control sobre las decisiones que les conciernen, es una forma de infantilización, que no es tolerable; ni justa”, señala el director de GERO.

Un sistema de salud predominantemente curativo

Cristian Álvarez, del Departamento de Ciencias de la Actividad Física Universidad de Los Lagos, otro de los miembros de la red, dice que, en Chile, un país con alto porcentaje de personas adultas mayores (con esperanza de vida mayor a 80 años), muchos llegan a esa etapa tan deteriorados que tienen una gran carga de enfermedades asociadas. Lo anterior responde, explica Álvarez, a que, en un sistema de salud mayormente curativo y poco preventivo, existe un mínimo esfuerzo en programas para mejorar y mantener un estilo de vida saludable. No se aprecia protección económica en temas sensibles como alimentación o el transporte para el adulto mayor, y lo que es peor, añade, “tampoco se observan estos esfuerzos del estado, de proteger y hacer del sistema de salud más preventivo desde tempranas edades adultas, donde se inician el envejecimiento”.

Un adulto mayor deteriorado, enfermo y altamente vulnerable a la COVID-19, explica Álvarez, “no es más que el resultante de una mínima inversión en un sistema de salud preventivo, donde las píldoras y la solución rápida y paliativa es el resultado al cual hemos acostumbrado a nuestra población”.

Respeto a los derechos y toma de decisiones

Frente a esta y otras pandemias, agrega el director de GERO, el punto de partida debiese ser que las medidas no generen conflictos con los derechos de un grupo específico. Sería inaceptable pedir a los menores de 25 años que se queden confinados para que los mayores de 75 puedan salir y disminuir el riesgo de contagiarse COVID-19, ejemplifica González-Billault. “No se puede aplicar esa lógica para los mayores de 75 años; aun cuando se busque cuidarlos de las complicaciones asociadas al virus”. Debe existir equilibrio entre medidas para prevenir, versus los efectos adversos que puedan tener.

“No hay evidencias que indiquen que los mayores carecen de las capacidades cognitivas y preparación para tomar las mejores decisiones respecto de sus propias vidas; por lo tanto, debemos respetar sus decisiones en todos los ámbitos de la vida, incluyendo esta pandemia”, dice González-Billault.

Estrategias de promoción y prevención de la salud mental

Las estrategias de promoción y prevención en materia de salud mental dirigidas a los adultos mayores se centran en apoyar el envejecimiento saludable. Esto implica promover entornos físicos y sociales que faciliten el bienestar y permitan a las personas llevar a cabo las actividades que son importantes para ellas, a pesar de la pérdida de facultades.

Principales estrategias

  • Medidas para reducir la inseguridad financiera y la desigualdad en los ingresos.
  • Programas para garantizar viviendas, edificios públicos y transportes seguros y accesibles.
  • Apoyo social a los adultos mayores y a las personas que los cuidan.
  • Apoyo a los comportamientos saludables, especialmente a seguir un régimen alimentario equilibrado, mantenerse físicamente activo, abstenerse del tabaco y disminuir el consumo de alcohol.
  • Programas de salud y sociales dirigidos a grupos vulnerables, como las personas que viven solas o en zonas remotas y las que tienen una afección crónica.

Para los adultos mayores, la conexión social es particularmente importante para reducir factores de riesgo como el aislamiento social y la soledad. En esta etapa de la vida, las actividades sociales satisfactorias pueden mejorar considerablemente la salud mental positiva, la satisfacción con la vida y la calidad de vida; también pueden reducir los síntomas depresivos. Algunos ejemplos de intervenciones son las iniciativas de amistad, los grupos comunitarios y de apoyo, la formación en habilidades sociales, los grupos de artes creativas, los servicios de ocio y educación y los programas de voluntariado.

La protección contra el edadismo y el maltrato también es fundamental. Entre las principales intervenciones se incluyen políticas y leyes contra la discriminación, intervenciones educativas y actividades intergeneracionales. Existen diversas intervenciones dirigidas a los cuidadores -entre ellas, cuidado de relevo, asesoramiento, educación, ayuda económica, psicoterapia- que pueden ayudarles a mantener una relación de cuidado buena y saludable que evite el maltrato de las personas mayores.

Las intervenciones, explica Oda, deberían buscar que los adultos mayores se sientan acompañados de un modo más proactivo y no reactivo. Por ejemplo, en vez de esperar que hagan uso de plataformas complejas, se deberían potenciar el uso de medios que les son más próximos, como la televisión, el teléfono y las radios, especialmente las radios locales.

Los municipios deben generar programas que permitan disminuir esos efectos negativos en la calidad de vida de las personas mayores, añade Palomo. Con la participación de profesionales especialistas en geriatría y gerontología, pueden implementarse a nivel de los barrios, cerca de donde viven las personas mayores. “A estos programas se les debe realizar seguimiento periódico (mensual) y ser evaluados semestralmente”.

Lo correcto es reconocer que la vejez, si bien es una etapa donde la aparición de enfermedad es inherente, aquello no ocurre de forma homogénea. La edad cronológica, dice Aurenque, por sí misma, no es reflejo fiel de la edad biológica ni del estado de salud de una persona.

Tratamiento y atención de afecciones de salud mental

Es esencial reconocer y tratar con prontitud las afecciones de salud mental (y las consiguientes afecciones neurológicas y por uso indebido de sustancias) en los adultos mayores. A tal efecto, deben seguirse las normas para la atención integrada de las personas mayores, de base comunitaria y centradas tanto en los cuidados a largo plazo de adultos mayores con afecciones de salud mental y deterioro de la capacidad intrínseca, como en la educación, la formación y el apoyo a los cuidadores. Suele recomendarse una combinación de intervenciones de salud mental, junto con otros apoyos, a fin de abordar las necesidades de salud, los cuidados personales y las necesidades sociales de las personas.

La demencia es a menudo una preocupación importante. Afecta a la salud mental de las personas (por ejemplo, desencadenando síntomas de psicosis y depresión) y requiere acceso a una atención de salud mental de calidad.

También es fundamental responder al maltrato de los adultos mayores. Entre las intervenciones prometedoras figuran la notificación obligatoria de los malos tratos, los grupos de apoyo, los teléfonos de asistencia y los alojamientos de emergencia, los programas psicológicos para maltratadores, la formación de proveedores de atención de salud y otras intervenciones de apoyo a los cuidadores.

Respuesta de la OMS

La OMS colabora con diversos asociados en estrategias, programas y herramientas con el fin de ayudar a que los gobiernos respondan a las necesidades de los adultos mayores en materia de salud mental.

  • La Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030) es una iniciativa de colaboración mundial liderada por la OMS para mejorar la vida de las personas mayores, sus familias y las comunidades en las que viven.
  • Los Estados Miembros de la OMS han respaldado el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013-2030, que promueve la mejora de la salud mental y la atención de salud mental para todos los grupos de población, incluidos los adultos mayores.
  • El Programa de Acción para Superar las Brechas en Salud Mental (mhGAP) de la OMS proporciona protocolos clínicos basados en la evidencia para la evaluación, gestión y seguimiento de un conjunto prioritario de afecciones mentales, neurológicas y por consumo de sustancias en entornos no especializados, entre ellos la depresión y la demencia. La guía de intervención mhGAP incluye consejos clínicos para trabajar con adultos mayores.
  • Durante la pandemia de COVID-19, la OMS y sus asociados del Comité Permanente entre Organismos elaboraron el conjunto de herramientas Adaptarse a los tiempos, consistente en carteles ilustrados para ayudar a los adultos mayores a mantener buena salud mental y bienestar.

Otras actividades de la OMS destinadas a favorecer la salud mental de los adultos mayores son la elaboración de intervenciones psicológicas ampliables para tratar la depresión y la ansiedad, la investigación y orientación sobre intervenciones encaminadas a reducir el aislamiento social y la soledad, y soluciones costoeficaces para prevenir el maltrato de los adultos mayores.

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