La Vulnerabilidad y su Significado según la Real Academia Española

Una de las experiencias más significativas durante la pandemia ha sido la vivencia de nuestra radical vulnerabilidad e interdependencia como seres humanos. Muchas de las cosas que solíamos considerar importantes y en las que invertíamos mucho tiempo, energías y recursos, han demostrado no tener tanta relevancia al ser confrontadas con nuestra fragilidad y finitud. La ‘pausa obligada’ que el mundo entero ha tenido que hacer durante más de un año nos ha regalado la oportunidad y el tiempo necesarios para reevaluar nuestras prioridades y el sentido profundo de nuestra existencia con otros. Si hasta inicios del 2020 podíamos configurar nuestras vidas ‘invisibilizando’ nuestra vulnerabilidad, al comenzar la pandemia esto ya no fue posible.

Esquema de las dimensiones de la vulnerabilidad

Definición Etimológica y de la Real Academia Española

La palabra “vulnerabilidad” tiene su origen en el latín (vulnerabilis; vulnus, vulneris). Su significado etimológico se refiere a lo que puede ser herido o golpeado.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define “vulnerable” como lo “que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.” Similar, aunque antropológicamente más completa, es la definición que ofrece el Cambridge Dictionary, al afirmar que vulnerable es lo susceptible de ser herido, influenciado o atacado física, emocional o mentalmente. Esta definición se acerca más a una concepción antropológica integral, que reconoce las diversas dimensiones de la persona humana.

Vínculos con la Fragilidad y la Solidaridad

La palabra “solidaridad” viene de sólidum: lo sólido, lo compacto, lo firme, como contrario a lo líquido. Etimológicamente se refiere a la necesidad de apoyar a otro cuando no es capaz de sostenerse a sí mismo; de ofrecerle un punto firme donde pueda apoyarse cuando se quiebra.

La “fragilidad” remite etimológicamente a algo que puede quebrarse con facilidad. Al exponer nuestra fragilidad a otro, renunciamos a defender la propia imagen; mostramos nuestra indigencia y debilidad. Ese rostro descubierto del otro, que se muestra “sin máscaras”, esa cercanía con quien no puede sostenerse a sí mismo interpela nuestra responsabilidad; es una llamada a proteger al sujeto más frágil. Sin la fragilidad seríamos menos humanos.

Por tanto, la vulnerabilidad está intrínsecamente ligada a la solidaridad. No se trata de un vínculo accidental o contingente. La vulnerabilidad interpela nuestra responsabilidad y nos pone en relación con el otro; nos hace responsables del otro. Ser capaces de mirar y escuchar el llamado que nos hace la fragilidad del otro es lo que nos “humaniza”. La vulnerabilidad nos remite necesariamente a la profunda vinculación entre los seres humanos. Por ello, la vulnerabilidad está profundamente unida a la acogida y a la hospitalidad, siendo una oportunidad de ‘responder con humanidad’ ante el otro, los otros y lo otro, y una ‘condición de posibilidad’ de crecer en humanidad.

La Complejidad de la Vulnerabilidad: Dimensiones Antropológica y Social

El término “vulnerabilidad” encierra una gran complejidad, haciendo referencia a la posibilidad del daño, a la finitud y a la condición mortal del ser humano. Tiene al menos una dimensión antropológica, que afirma la condición de vulnerabilidad del ser humano en cuanto tal, y una dimensión social, que subraya una mayor susceptibilidad generada por el medio o las condiciones de vida, dando lugar a “espacios de vulnerabilidad” y “poblaciones vulnerables”.

Foto de personas interactuando, simbolizando la interconexión humana

En primer lugar, la vulnerabilidad es un concepto con múltiples significados, aplicables a ámbitos muy diversos: desde la posibilidad de un humano de ser herido hasta la posible intromisión en un sistema informático.

En segundo lugar, la vulnerabilidad es una característica de lo humano que parece evidente desde una perspectiva antropológica, pero que la tradición cultural más cercana a la defensa del individualismo, la autonomía y la independencia, se ha encargado de dejar en un segundo plano o, incluso, de relegar por considerarla de rango inferior.

En tercer lugar, la vulnerabilidad, en tanto que posibilidad del daño, es considerada la misma raíz de los comportamientos morales, al menos de aquellos en que el énfasis se sitúa en la protección y en el cuidado, más que en la reclamación de derechos.

Y además, en cuarto lugar, la vulnerabilidad se ha ido asociando no sólo con las condiciones del individuo sino, cada vez más, con las condiciones del medio (ambientales, sociales o de otro tipo) en que su vida se desarrolla, dando lugar a la necesidad de incorporar los aspectos socioculturales en la comprensión de este concepto. De ahí que se hable, frecuentemente, de poblaciones vulnerables, para referirse a aquellos grupos de personas que, a consecuencia de las condiciones del medio en que viven, están en una situación de mayor susceptibilidad al daño.

Por tanto, existirán al menos dos tipos de vulnerabilidad humana:

  • Una vulnerabilidad antropológica, entendida como una condición de fragilidad propia e intrínseca al ser humano, por su ser biológico y psíquico.
  • Y una vulnerabilidad sociopolítica, entendida como la que se deriva de la pertenencia a un grupo, género, localidad, medio, condición socioeconómica, cultura o ambiente que convierte en vulnerables a los individuos.

La Vulnerabilidad Antropológica

Ser vulnerable implica fragilidad, una situación de amenaza o posibilidad de sufrir daño. Por tanto implica ser susceptible de recibir o padecer algo malo o doloroso, como una enfermedad, y también tener la posibilidad de ser herido física o emocionalmente.

La vulnerabilidad también puede entenderse como poder ser persuadido o tentado, poder ser receptor, ser traspasable, no ser invencible, no tener absoluto control de la situación, no estar en una posición de poder, o al menos tener la posibilidad de que dicho poder se vea debilitado.

Todos estos sentidos, que muestran la polisemia del término y sus muchos matices, hacen referencia no obstante a un denominador común: el daño. El daño puede ser entendido de muy diversos modos; el más evidente es la herida, el dolor. No en vano, el origen del término “vulnerabilidad” es el término latino “vulnus”, que significa herida, golpe, punzada, y también desgracia o aflicción. En el mismo campo semántico se encuentra “vulneratio”, herida o lesión, y también el verbo “vulnero”, herir o lastimar.

Pero también, obviamente, el daño puede ser psíquico o emocional, en cuyo caso abre la vía del sufrimiento. Y existe también un daño moral, que es el causado por una situación de maldad, una injusticia, un desprecio, o cualquier otra forma de daño que afecte a nuestra identidad como personas. La vulnerabilidad tiene que ver, pues, con la posibilidad de sufrir, con la enfermedad, con el dolor, con la fragilidad, con la limitación, con la finitud y con la muerte. Principalmente con esta última, tanto en sentido literal como metafórico.

Es la posibilidad de nuestra extinción, biológica o biográfica, lo que nos amenaza y, por tanto, lo que nos hace frágiles. «La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario.» - J. L. Borges, Los Inmortales.

Como dice Borges, la vida y lo que en ella hay es “preciosamente precaria”, de ahí su enorme valor. Pero también su fragilidad. La muerte es el límite absoluto para las posibilidades, el fin de los proyectos y las esperanzas. Por eso es la amenaza más poderosa, la que nos hace vulnerables. Y la conciencia de dicha amenaza, siempre presente, nos convierte en doblemente vulnerables por ser sabedores de nuestra finitud. El ser humano no sólo muere, sabe que muere. La muerte, la enfermedad y el sufrimiento son las manifestaciones de nuestra radical finitud, de nuestro escaso poder, del valor de ese breve suspiro que es la vida.

«Bien sé que soy aliento fugitivo; ya sé, ya temo, ya también espero que he de ser polvo, como tú, si muero, y que soy vidrio, como tú, si vivo.» - F. Quevedo, El reloj de arena.

El ser humano, que puede ser herido por ser frágil, y que queda no sólo lastimado, sino también marcado por la cicatriz, recuerdo del dolor, es víctima de su propia condición mortal. Esta afirmación de la vulnerabilidad se hace patente cuando autores como Pico della Mirandola, Petrarca o Bocaccio comienzan, en el siglo XIV, a subrayar la importancia del ser humano frente a una cultura fuertemente teocéntrica. Con ellos se inaugura un nuevo modo de concebirlo como individuo, y con ello se abre paso la idea de la dignidad humana. Es una idea clave del renacimiento, basada en la convicción de que la mente humana es capaz de autoconciencia y, por tanto, de libertad.

«Tú, que no estás restringido por estrechos lazos, según tu propia y libre voluntad, en cuyo poder te he colocado, definirás tu naturaleza por ti mismo. Te he puesto en el centro del Universo para que así puedas contemplar del modo más conveniente todo lo que existe en el mundo. Tampoco te hemos hecho celeste o terrestre, mortal o inmortal, para que tú seas, por así decirlo, tu propio y libre creador y te des la forma que creas mejor. Tendrás poder para descender hasta las bestias o criaturas inferiores. Tendrás poder para renacer entre los superiores o divinos, según la sentencia de tu intelecto“» - Pico della Mirandola, Discurso de la dignidad del hombre.

La “Oración por la dignidad del hombre” de Pico muestra cómo el ser humano tiene todas las posibilidades abiertas, pues carece de determinación previa. Desde ahí se habilita un nuevo modo de concebir la moral, como virtud que se prueba en la acción, enfatizando la autonomía moral como opuesta a la fortuna. Ésta es la que P. Ricoeur llama “paradoja de la autonomía y de la vulnerabilidad”: suponemos que somos autónomos, y esta presuposición se convierte en la garantía de buena parte de nuestras convicciones y de nuestras reclamaciones de derechos u obligaciones. Sin embargo, la autonomía es una tarea, es algo que hay que ganar. Debemos llegar a ser autónomos, precisamente porque somos vulnerables y nuestro horizonte, nuestro objetivo es la búsqueda de esa autonomía.

Conversatorio sobre el concepto de vulnerabilidad y las políticas del sufrimiento

La vulnerabilidad antropológica, intrínseca, es, entonces, no sólo una afirmación de nuestra impotencia o debilidad, sino, antes bien, una constatación de la vida como quehacer, como algo por construir, desde nuestra radical finitud.

«Es el mismo ser humano el que es lo uno y lo otro [autónomo y vulnerable] bajo dos puntos de vista diferentes. Y es más, no contentos con oponerse, los dos términos se componen entre sí: la autonomía es la de un ser frágil, vulnerable. Y la fragilidad no sería más que una patología, sino fuera la fragilidad de un ser llamado a llegar a ser autónomo, porque lo es desde siempre de una cierta manera. He aquí la dificultad con la que hemos de confrontarnos»

La enfermedad que nos limita y trunca, el dolor que nos inclina, la ausencia y el vacío, en sus muchas facetas, el sentimiento de impotencia, son manifestaciones de nuestra vulnerabilidad. El ser humano es, por tanto, vulnerable y frágil por su misma condición corporal y mortal, pero también por su capacidad de sentir y pensar, de ser con otros y de desarrollar una conciencia moral. La vulnerabilidad no sólo hace referencia a la dimensión biológica sino también a la historia del individuo en relación con otros, al daño derivado de la relación con otros, lo que hemos llamado vulnerabilidad social.

La Vulnerabilidad Social

La vulnerabilidad ha comenzado a ser un término muy utilizado en ciertos ámbitos, especialmente en los problemas éticos derivados de la investigación en poblaciones vulnerables (grupos culturales diferentes en países en vías de desarrollo, mujeres, niños). También en el análisis de las condiciones de especial fragilidad en que ciertos ambientes o situaciones socioeconómicas colocan a las personas que los sufren. Así, el análisis de las condiciones de las víctimas de los desastres naturales, las situaciones de marginalidad y delincuencia, la discriminación racial o de género, la exclusión social, los problemas de salud mental, etc., llevan a la afirmación de que existen “espacios de vulnerabilidad”.

Gráfico mostrando factores de vulnerabilidad social

Estos espacios serían algo así como un “clima” o unas “condiciones desfavorables” que exponen a las personas a mayores riesgos, a situaciones de falta de poder o control, a la imposibilidad de cambiar sus circunstancias, y por tanto, a la desprotección. En la definición de R. Chambers se puede observar que la vulnerabilidad tiene dos dimensiones: la vulnerabilidad es la exposición a contingencias y tensiones, y la dificultad de enfrentarse a ellas.

Es decir, existe un elemento “externo” de riesgo, del que es sujeto la persona, y un elemento “interno” que hace referencia a la indefensión, a la ausencia de medios para contender con tales riesgos sin sufrir daño. Esto puede interpretarse también como tres coordenadas que se articulan en la vulnerabilidad:

  1. La “exposición”, o riesgo de ser expuestos a situaciones de crisis.
  2. La “capacidad”, o riesgo de no tener recursos necesarios para enfrentarse dichas situaciones.
  3. La “potencialidad”, o riesgo de sufrir serias consecuencias como resultado de las crisis.

Este planteamiento permite entender que la vulnerabilidad social supone la vulnerabilidad antropológica, pero la amplifica notablemente en función de factores ambientales o sociales, que interaccionan entre sí hasta el punto de hacer muy compleja la atribución del daño a una sola causa. Los espacios de vulnerabilidad son entonces centros de confluencia de amenazas potenciales que, aun no siendo por sí mismas dañinas, se convierten en entornos deletéreos.

La RAE y la Clarificación del Lenguaje: "Vulnerable" vs. "Susceptible"

La Real Academia Española (RAE) es la institución más relevante para la regularización lingüística, a través de la promulgación de normas para fomentar la unidad idiomática del mundo hispanohablante. Fundada en Madrid en 1713 por iniciativa del octavo marqués de Villena, Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, la RAE es la institución que busca preservar el buen uso y la unidad de una lengua en permanente evolución y expansión.

Sus más recientes estatutos (actualizados en 1993), establecen que la función principal de la Real Academia es “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”. Este compromiso se ha plasmado en la denominada política lingüística panhispánica, compartida con las otras 22 corporaciones que forman parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), creada en México en 1951.

En este contexto de precisión lingüística, la Fundación del Español Urgente (Fundéu RAE), una institución sin ánimo de lucro que tiene como objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación, se ha aliado con la RAE y emite constantemente recomendaciones para resolver dudas sobre cómo se escribe correctamente una palabra o cómo se usa una expresión.

Uso Incorrecto de "Susceptible" como Sinónimo de "Vulnerable"

El adjetivo susceptible alude a aquello que puede recibir una acción y a la persona quisquillosa, por lo que no es adecuado como sinónimo de vulnerable o expuesto. No obstante, en los medios de comunicación aparecen ejemplos como estos: «Las especies más estrechamente emparentadas son más susceptibles de intercambiar patógenos», «Hay personas que son más susceptibles a las afecciones causadas por las altas temperaturas» o «¿Qué grupo de población es más susceptible de contagiarse de tosferina?»

Según el Diccionario de la lengua española, susceptible cuenta con dos sentidos:

  • Uno de ellos indica que alguien o algo puede padecer una acción («Nuestro dispositivo es susceptible de ser atacado»).
  • Mientras que el otro se aplica a quien se ofende fácilmente («Aprende a reconocer a las personas susceptibles y a dejar de discutir con ellas»).

Por lo tanto, no es apropiado utilizar este adjetivo con el mismo significado que proclive, vulnerable, propenso, predispuesto, sensible, expuesto o desprotegido, como indica el Diccionario panhispánico de dudas. Este uso impreciso puede deberse a la influencia del inglés, lengua en la que susceptible sí tiene este sentido.

Tampoco se emplea para decir que una persona o cosa tiene más probabilidades que otra de experimentar algo, ya que simplemente señala que es posible que lo experimente. Así, habría sido preferible escribir en las frases del principio: «Las especies más estrechamente emparentadas son más propensas a intercambiar patógenos», «Hay personas que son más vulnerables a las afecciones causadas por las altas temperaturas» y «¿Qué grupo de población está más expuesto a contagiarse de tosferina?»

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