Análisis de Vidas Vulnerables

La literatura ha sido un espejo constante para explorar la complejidad de la existencia humana, especialmente en lo que respecta a la vulnerabilidad. Amores prohibidos, vidas trizadas, seres atados a sus frágiles conciencias: cada uno de los protagonistas de muchos relatos descubre la fractura de su existencia y el destino que conlleva su propia vulnerabilidad. Estas narrativas avanzan con implacable precisión: su propósito es desactivar la imagen externa que proyectan los personajes para penetrar en su tumultuoso mundo interior.

En una época en la que nos sentimos presionados a mostrarnos siempre seguros de quiénes somos, es un gusto encontrarse con cuentos que desafían esa tendencia para hablarnos de nuestra incertidumbre, de nuestras fronteras interiores, ese límite que tememos cruzar abandonando la protección del “deber ser” ante el peligro de que seamos heridos o perjudicados. Éstas son historias de personajes enfrentados a su propia vulnerabilidad, en camino al desenlace que más temen: encontrarse consigo mismos.

"Carne de Cañón": Un Retrato de la Vulnerabilidad Infantil

En el ámbito de las historietas, especialmente en el underground, encontramos un tipo de narrativa fundamental no solo para el género autobiográfico, sino también esencial para el desarrollo del periodismo en historieta. En los últimos años, donde ha primado la formalidad y las etiquetas para las historietas, siempre es refrescante leer una como "Carne de Cañón" de Travé: descolocada, divertida, vital, llena de detalles, de ramplonerías, vicios y otros excesos, pero a su vez, cruel, atravesada por varias heridas.

Arte de la historieta

Esta obra explora lo que pasa con la vida de los niños más vulnerables, la vida de los adultos que han crecido "a las patadas" y cómo estos cuerpos deben sobrellevar todo lo que los amenaza a su alrededor. Los "Carne de Cañón" son dos niños, La Yanira y El Kilian, dos hermanos. Las historias del libro gravitan en la vida de estos dos críos, hijos de una madre cabeza de familia que trabaja para sostenerlos porque el padre está ausente. Viven en un barrio obrero junto a otro menor, El Jose, un niño autista que no para de tocar la organeta.

Estos infantes van perdiendo su inocencia, o lo que les queda, entre aventuras con yonquis, vecinos extraños, amigos pesados, accidentes caseros, abusadores, mugre, ruinas, drogas, ratas y otras pesadillas. La Yanira y El Kilian echan mano de la imaginación para crear y resistir, para entender y hacerse un lugar en sus años de infancia. Estos niños, como muchos otros, son cuerpos que están al borde, sitiados por las difíciles condiciones sociales y económicas que los exponen a cualquier daño. Por eso andan al límite, sin saberlo, en sus primeros años que se contaminan por los excesos y la precariedad, por unos afectos lacerados y las carencias que se multiplican. Solo en la creatividad encuentran refugios o maneras de entender qué pasa, porque lo que sucede en medio de todo un ambiente descontrolado es el horror, el horror para los niños que son la "carne de cañón" de esa otra España con aire a Trap, una España que es igual a lo que pasa en otras partes, en otros mundos opresivos y sin oportunidades, mundos en los que el tejido social está roto y las oportunidades son una ilusión.

Uno de los elementos fascinantes de esta historieta es el cuerpo textual, las palabras, la lengua y los diálogos que en ocasiones se hacen inaccesibles, pero que conservan las formas de decir y hacer y de nombrar las cosas. Los hermanos y los otros personajes hablan a medias, con frases cortadas, palabras pegadas, en una jerga similar a las jergas de los barrios populares de Latinoamérica, una lengua que inventan, como pueden, con vitalidad, para tener maneras de nombrar la realidad, de llamar a las cosas en su mundo. En este caso la jerga, la lengua, no es la lengua oficial de los medios; la jerga es un río que se desborda, que no atiende a usos y correcciones. Lo que pasa en "Carne de Cañón" no es fácil de digerir por momentos; se hace divertido, en ocasiones es entretenido, pero es una sumatoria de retratos en los que las condiciones no son las mejores, en los que la realidad no solo es sucia, es dura, cruel.

El Caso de Ela Wolfinger: Una Vida al Borde de la Catástrofe

Introducción: El Secreto y el Impacto del Suicidio

Este ensayo intenta abrir las partes amorfas de una historia envueltas en secretos y el ruido del chisme y la insinuación. Las circunstancias complejas de una joven judía refugiada - los tiempos extraordinarios en que se enamoró, escapó de Austria a Bolivia para casarse con un hombre que ofrecía salvar a sus padres, se divorció y luego murió en 1943, quizás mediante el suicidio - son abordadas por este análisis que subraya la vulnerabilidad de vidas al borde de la catástrofe. Tal recuento aborda lo que Carolyn Steedman designa como “polvo”: tanto la “serie de creencias obstinadas” que construyen una historia oficial como las dimensiones afectivas efímeras que persisten en los intersticios del pequeño archivo que fue dejado atrás.

El silencio familiar en torno a la muerte de Ela Wolfinger, tía del narrador, revela la carga emocional y social que puede rodear a una vida vulnerable. La abuela paterna Lina le confió el secreto: "Tu tía Ela se suicidó. Se mató con unas píldoras. Ésa es la verdadera historia". Esta confesión, hecha en alemán con la palabra Selbstmord (auto-asesinato), más violenta que el latinado suicidio, vino acompañada de la advertencia de no revelarlo a sus abuelos maternos, "Tu Omama Bertha y tu Opapa Nathan no saben la verdad sobre esto y nunca se lo debes decir. Ela se mató porque se sentía muy infeliz en Bolivia. Bertha nunca se podría perdonar a sí misma".

La revelación de la abuela y la responsabilidad de preservar el secreto dejaron una marca imborrable en el narrador, quien en aquel momento tenía solo diez años. Quedó aturdido por la intensidad de sus palabras y la imagen que provocaron en su mente: su tía, de quien aún tenía recuerdos vagos de cuando jugaba con él, tragándose las píldoras que la llevarían a su muerte. Ela había tenido una presencia fantasmal en la familia en Bolivia, y su muerte a los veintitrés años siempre estuvo cubierta por un velo del silencio en las conversaciones familiares. Incluso en los Estados Unidos, donde se restablecieron eventualmente casi todos los parientes que habían logrado sobrevivir el genocidio Nazi, se evitaba hablar sobre Ela, especialmente sobre su muerte. Décadas después, su tío Julio manifestó: “Una vez tu padre quería contarme cosas sobre mi hermana, pero le contesté que no quería saber nada. Quería recordarla como era cuando vivía en Viena: animada, de buen humor, muy guapa - una persona maravillosa”.

Retrato fotográfico de Ela Wolfinger en su juventud

El retrato enmarcado de Ela siempre ocupó un lugar prominente en los tocadores de su madre y de su abuela, y la imagen fotográfica de su linda cara, animada por grandes ojos hundidos de color negro y un lustroso cabello ondulado de tono oscuro, se convirtió en un ícono familiar durante la infancia del narrador que le ayudaba a recordar memorias vagas y fragmentarias de su voz y su tacto, memorias casi totalmente ensombrecidas por la ominosa palabra Selbstmord.

Narrativas Contrapuestas: Entre la Verdad y el Chisme

Fuera del círculo familiar, las conversaciones acerca de la muerte de Ela debieron haber comenzado inmediatamente. El narrador era consciente de esto incluso cuando era pequeño, aunque, por supuesto, no podía comprender cómo su muerte revelaba y ocultaba simultáneamente la vulnerabilidad de su vida. La explicación “oficial” que su padre y su madre les ofrecieron a sus abuelos y a otras personas es que ella “murió de envenenamiento sanguíneo como resultado de una herida infectada”.

En una ocasión, el narrador oyó por casualidad a su mamá decir que murió de un “corazón roto”, como si Ela fuera un personaje trágico de uno de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm que su abuela solía leerle. Miembros de la comunidad de refugiados de La Paz murmuraban una y otra vez al alcance de su oído “Selbstmord”, pero las implicaciones de esta palabra le resultaban incomprensibles. Tampoco comprendería hasta mucho después otras insinuaciones maliciosas: “Abandonó a su esposo, lo dejó abruptamente: ¡qué atrocidad!”, “Tenía amantes... era una mujer fácil... se divorció precipitadamente... se acostaba con cualquiera... era una rompe-hogares... un escándalo...”, “Se lo merecía: probablemente estaba embarazada”, “Murió de un aborto mal hecho”. Chismes, culpas, cotorreos que zumbaban en torno a su figura y su destino.

El Archivo Familiar y el "Polvo" de la Historia

En las cajas, carpetas y álbumes que forman el archivo familiar, quedan pocas huellas concretas de la vida de Ela. Regi, su hermana mayor, quien se había escapado a Estados Unidos por Trinidad, había guardado solamente dos cartas enviadas por Ela, escritas en Bolivia en el espacio de un par de meses, a mediados de 1941 y principios de 1942. En la segunda carta Ela expresa: “¿Por qué no puedo conseguir la tranquilidad? ¿Por qué tengo de sufrir tanto?”. Su madre Rosie también guardó dos de las cartas redactadas en 1942 por su hermana menor, así como un poema que Ela escribió en Viena en 1937, además de veinte hojas sueltas de un diario que ella llevaba el año antes de morir. También guardó más de una veintena de fotografías de Ela, tomadas en Austria, en Suiza, en un barco que viajaba a América del Sur y en Bolivia. Igualmente sobreviven algunas fotos de la tumba de Ela en el cementerio judío en La Paz. Las narraciones orales recopiladas de parientes y otros refugiados austriacos para el libro Hotel Bolivia también ofrecen historias adicionales acerca de Ela. Además, se han recibido correos electrónicos y artículos periodísticos sobre Ela y los refugiados judíos en Suiza de un nieto de la familia con quien Ela se había refugiado.

Mapa de la ruta de escape de refugiados judíos de Austria a Suiza y luego a Bolivia

De este pequeño archivo de tesoros pudimos extraer un número de narrativas verosímiles que explican la vida y muerte de Ela. No obstante, el suicidio, e incluso la sospecha de suicidio, es un evento impactante que produce resonancias a través del tiempo y las generaciones. Su sentido de cierre definitivo orienta la fuerza narrativa hacia el pasado en una búsqueda de pistas que termina en un resultado inevitable, lo que tiende a excluir otros hilos narrativos posibles. Incluso cuando las evidencias son pocas y no definitivas, prestándose a la fabulación y a la invención imaginativa, el archivo, y quizás el archivo familiar en particular, se presta para este tipo de lectura íntima.

Carolyn Steedman ha sostenido de manera sugerente que los restos del archivo están recubiertos de “polvo” - de “la inmutable y obstinada colección de creencias sobre el mundo material, del pasado y presente….con la que intenta lidiar la escritura histórica moderna”. Pero el polvo del archivo, como sugiere Steedman, puede ser mucho más productivo y revelador. Como subproducto orgánico de los restos del archivo que se han ido lentamente descomponiendo, y de un sistema de almacenamiento sin filtración, el polvo confirma “una gran circularidad en la que nada, nunca desaparecerá”. Es una materia imperecedera - un desecho que nunca se desaparece.

Mientras flota como una nube en el aire - activado por un aliento, una brisa o las vibraciones de un sonido - las partículas amorfas y nebulosas de este polvo dinámico llevan consigo mucho de lo que puede aún ser impensable sobre el pasado. En la historia de Ela, es el polvo cargado de creencias obstinadas, combinado al poder de un supuesto suicidio, el que da forma a cómo entendemos de lo que la trajo a Bolivia en un principio y lo que pudo haber hecho que la vida le fuera imposible. Sin embargo, en esta historia rondan también otras partículas de polvo, amorfas pero persistentes. En el movimiento circular y en la opacidad sin forma de estas partículas es posible discernir algo que trasciende el hilo narrativo cerrado que conduce al Selbstmord.

Si nos permitimos, como historiadores y críticos, pensar el polvo ambiental del archivo a partir de las resonancias y disonancias aurales que lo activan, podemos trascender los límites de interpretación asociados con el suicidio y revelar dimensiones que no serían examinadas en el caso contrario. Si descartamos el deseo de determinar con precisión por qué y cómo murió Ela - una aspiración que es, en todo caso, imposible de satisfacer - podemos entonces imaginar otros trayectos de vida posibles, trayectos que en tiempos mejores Ela pudo haber sido capaz de navegar. Antes de emprender este desafío, debemos por supuesto hacer una salvedad. Incluso una lectura y relato especulativo de la historia de Ela no puede eludir las influencias interpretativas y la fuerza explicativa de un número de pautas narrativas ya conocidas: la valiente joven con ansias de vida que es obligada por circunstancias más allá de su control; la hija obediente que se sacrifica a sí misma por los otros; la amante desilusionada y la mujer promiscua; la hija rencorosa; la hermana llena de rabia y desesperación. No obstante, es igual probable que terminemos buscando en estos relatos aquel momento en que las cosas de su vida empezaron a descomponerse, y las causas y explicaciones claras de su muerte. Por lo tanto, es posible que nuestros propios conflictos de interpretación se puedan observar a través de este ensayo.

Huida y Sacrificio: La Decisión de Ela

Ela fue la primera de la familia Wolfinger en huir de Viena. A finales del verano de 1938, cinco meses después de la anexión de Austria a la Alemania Nazi, ella y una amiga suya cruzaron ilegalmente la frontera austriaca rumbo a Suiza, cerca del pueblo de Hohenems en Vorarlberg. A partir del Anschluss, las autoridades suizas tomaron medidas drásticas para limitar el flujo de refugiados ilegales y endurecieron sus leyes de migración en noviembre de 1938, poco antes del Kristallnacht, justo a tiempo para obstaculizar el desplazamiento de judíos aterrorizados, el cual había comenzado en los meses justo antes y después del inicio de la guerra en Europa. Las autoridades suizas capturaron a muchos de los refugiados, y la mayoría fueron deportados de vuelta a territorio Nazi.

El destino de Ela fue un poco diferente y, por un tiempo breve, más afortunado. Poco después de su llegada a Suiza, sufrió un ataque leve de apendicitis que requirió su hospitalización por un corto plazo. Su estancia en el hospital hizo que las autoridades suizas se interesaran en ella, pero también le permitió contactar a la Unión Suizo-Judía para la Asistencia de Refugiados, una organización que, a través de lo que se describió como un arreglo provisional para lograr su recuperación, la mandó al hogar de una trabajadora viuda que vivía con sus dos hijas jóvenes. Una vez allí, Ela, quien contaba con una personalidad animada y cálida y con la habilidad de contar chistes y entretener, se convirtió rápidamente en la favorita de las niñas y la madre la invitó a que se quedara con ellas para cuidarlas como su nana. De hecho, para asegurar su residencia permanente en Suiza, la viuda se ofreció a adoptarla legalmente. Durante este periodo, Ela conoció a un joven suizo de quien se enamoró profundamente y con quien consideró contraer matrimonio.

No obstante, las preocupaciones familiares opacaron esta alegría rápidamente. Su hermano más joven, Julius, y luego sus padres, habían logrado entrar a Suiza ilegalmente, pero fueron capturados casi inmediatamente cerca de la frontera. Mientras estaban en un campo de refugiados en tránsito, lograron comunicarse con Ela y contarle sobre su situación. Justo en este momento, a Ela se le presentó una solución para esta delicada situación, una solución que implicaría una decisión drástica para la joven de diecinueve años. En la entrevista oral que se le hizo a Julius décadas después en Nueva York, la respuesta de su hermana se resume en tres oraciones, pero estas palabras no reflejan la magnitud de las dudas y los pesos emocionales que debió haber vivido.

Foto histórica de refugiados judíos en Bolivia durante la Segunda Guerra Mundial

“Ela fue la primera en llegar a Suiza de manera exitosa”, según Julius. “Pero entonces ella decidió ir a Bolivia”. La solución potencial que se le presentó fue una propuesta de matrimonio, pero no de su pretendiente suizo, sino de Willi B., un hombre con quien ella había estado involucrada por algunos meses en Viena, antes que él partiera de la ciudad. Willi había logrado conseguir una visa para Bolivia - uno de los pocos países del mundo que a fines de los treinta todavía aceptaba la inmigración de refugiados judíos a gran escala. Bolivia terminó admitiendo a cerca de 20,000 judíos de Austria, Alemania y otras partes de Europa Central controladas por los Nazis.

No mucho después de llegar a La Paz, Willi encontró una manera para “comprar” cuatro visas de inmigración adicionales para “aquellos parientes que se habían quedado atrás”. Willi reservó una de las visas para su madre, que había permanecido en Viena, y ofreció las otras tres a Ela y sus padres. Pero la oferta, aparentemente muy generosa, incluía una condición no-negociable: las visas para Nathan y Bertha podían ser usadas solo si Ela usaba la suya también. La sencilla observación de Julius, “…ella decidió ir a Bolivia... y es gracias a ella que nosotros pudimos sobrevivir”, sugiere la decisión práctica que se espera de una hija obediente que actúa en circunstancias extremas. Aceptar la propuesta de Willi significaba para Ela abandonar todo lo que su nueva vida en Suiza prometía. Pero al aceptar irse y casarse con Willi, Ela logró salvar a sus padres y eventualmente a su hermano, a su hermana Rosie, al esposo de Rosie y a los padres de este último, de ser perseguidos, deportados, y probablemente asesinados.

A un año de su llegada a Bolivia y de su matrimonio con Willi, cuando apenas tenía veinte años, Ela abandonó a su esposo y comenzó los trámites de divorcio. Nunca podremos saber sus razones. Podemos suponer que la presión emocional que Willi utilizó para forzarla a casarse con él, y quizás su renuencia a aceptar las exigencias de su futuro esposo, posiblemente despertaron en ella sentimientos de rencor, arrepentimiento y hasta de rabia profunda. La infelicidad de Ela en Bolivia se puede observar en todos los objetos que permanecen en el archivo familiar - sus cartas, fragmentos de su diario, y hasta muchas de sus fotografías, junto a los recuentos orales que se grabaron años después.

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