Análisis crítico de "Usted no lo diga"

La expresión “Usted no lo diga” evoca en muchos chilenos la imagen de un personaje, mitad tenebroso y mitad cómico, que en la década de los 80 se dedicaba a censurar la forma de hablar de sus contemporáneos: el profesor Mario Banderas. En aquella época, su obra fue objeto de una profunda crítica por parte del lingüista Ambrosio Rabanales en su artículo “Qué es hablar correctamente (A propósito de la obra: ¡Usted no lo diga!)”. En dicho artículo, Rabanales explicaba con claridad que la noción de lo correcto o incorrecto en las lenguas nunca posee un valor absoluto.

Sorprendentemente, en abril de este año, la palma amenazante del profesor Banderas y su imperativo “Usted no lo diga” reaparecieron en un quiosco (o kiosco, si se prefiere). Aunque esta vez, la obra venía matizada, acorde con los tiempos, con un políticamente correcto “si le interesa”. Este hallazgo no representaba un regreso a “los años oscuros”, sino una nueva obra del mismo autor. La pregunta que surge es: ¿qué propósito tiene el profesor Banderas al "cometer" este libro? Según sus propias palabras, busca recordar las normas elementales que rigen el idioma, con el fin de contribuir a una mejor comunicación, comprensión y tolerancia entre los chilenos.

Análisis del contenido y ejemplos

Para evaluar la propuesta del profesor Banderas, es útil revisar, por ejemplo, su comentario sobre el uso de la palabra “citadino”. En el relato de una persona afectada por un terremoto y posterior tsunami (usando la jerga periodística), esta persona reclama: “los citadinos quieren edificar nuestras casas con cemento y dicen ‘no más adobes’, sin hacer ninguna distinción”. El profesor Banderas critica el uso de “citadino” porque no aparece registrada en el diccionario de la RAE, y recomienda utilizar en su lugar “capitalino”.

Es evidente que al damnificado le importa poco si las instrucciones sobre construir sin adobe provienen de alguien de la capital del Estado (que es lo que significa “capitalino” y cómo se entiende comúnmente). Lo que realmente busca es destacar la diferencia entre la visión de quien vive en la ciudad y su propia perspectiva como habitante del campo. Aunque “citadino” no esté en el diccionario de la Academia, la palabra tiene un significado claro, es útil para lo que el hablante desea comunicar y su formación es perfectamente propia del idioma. De hecho, el reconocido escritor Carlos Fuentes, de quien nadie podría decir que escribe mal el castellano, la utiliza sin problemas en un fragmento de su obra "El espejo enterrado": “Estamos lejos de la recámara de Las Meninas. Estamos en una calle citadina. Las bombas caen desde los cielos, todo es devastación y miseria”.

Ante este tipo de comentarios, solo queda adoptar la postura de Unamuno. Se cuenta que en una ocasión, un estudiante le expresó extrañeza porque algunas palabras que el escritor había usado en una conferencia no aparecían en el diccionario de la Academia.

Esquema de las diferencias entre el lenguaje formal e informal

Crítica a la calidad de la escritura del libro

Un aspecto que merece una mención especial es la escritura de este libro. Si algo se le puede exigir a un texto sobre correcciones idiomáticas, es que este mismo esté bien escrito, ya que una de las mejores maneras de enseñar es a través del ejemplo. Sin embargo, el texto de Banderas presenta numerosas faltas, cayendo en el mismo error que critica en otros.

El libro está infestado de errores:

  • Faltas en el uso de mayúsculas: “Colección” (página 3, la segunda palabra de la introducción), “Huracán” (p. 14), “Santiaguinos” (p. 14), “Maremoto” (p. 16), “Septiembre” (p. 18), entre muchas otras.
  • Faltas en ortografía acentual: “dónde” (en función de adverbio relativo, en el primer párrafo de la introducción), “éste” (acento innecesario, p. 10 y en varias partes más), “sólo” (ídem, p. 13), etc.
  • Faltas en ortografía literal: “presidensiales” (p. 30).
  • Faltas en ortografía puntual: “[…] se generan, la agresividad y la violencia” (coma entre sujeto y predicado, en la introducción del libro y reproducida en la contratapa).
  • Solecismos: como “La Academia señala para esta voz tiene dos estructuras castizas” (p. 12).

Implicaciones y consecuencias de "Usted no lo diga"

Aunque algunos podrían considerar esta obra como inofensiva, este libro dista mucho de serlo. En primer lugar, si bien es cierto que muchos chilenos tienen problemas para expresarse de manera socialmente aceptada en situaciones formales de comunicación, lo que con frecuencia los lleva a ser discriminados, obras como "Usted no lo diga" engañan peligrosamente. Nos hacen creer que esta es una situación que puede solucionarse rápidamente con "pildoritas" (o semáforos, para estar al día).

En realidad, si tales carencias existen, son solo un síntoma de problemas mucho más graves en la formación cultural, los cuales deben enfrentarse con políticas educacionales bien pensadas. Aumentar un par de horas de castellano a la semana no constituye una política educacional bien pensada.

IMPORTANCIA DEL LENGUAJE EN LA EDUCACIÓN

En segundo lugar, para un lingüista, este tipo de libros contribuye a perpetuar una imagen caricaturesca de quienes se dedican a la investigación del lenguaje. Esta es un área que enfrenta problemas mucho más profundos y desafiantes que el de si una palabra está registrada en un diccionario o no. Por ejemplo, la lingüística se ocupa de preguntas como:

  • ¿Cómo funciona el mecanismo que permite que, al emitir una serie de ruidos por la boca, podamos expresar todo lo que pensamos y sentimos?
  • ¿Cómo se relacionan estas expresiones con nuestros pensamientos?
  • ¿Podremos algún día lograr que robots y computadoras se comuniquen como nosotros?
  • ¿Cómo adquieren los niños los idiomas que hablan?
  • ¿Es el proceso de adquisición del lenguaje en niños igual al que ocurre en adultos que quieren aprender una segunda lengua?

Como ya lo hizo Ambrosio Rabanales en 1984 ante el amenazante “¡Usted no lo diga!”, los lingüistas solo podemos responder con indignación: “¡No me diga!”.

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