El Papel de las Mujeres en el Cuidado Informal y sus Decisiones en Salud

Introducción: La Realidad del Cuidado Informal en la Sociedad Actual

El interés por el cuidado informal, definido como la prestación de cuidados de salud a personas dependientes por parte de familiares, amigos, vecinos y personas de la red social inmediata sin retribución económica, ha experimentado un notable aumento en las últimas décadas. Este fenómeno se sitúa en el centro del debate sobre políticas de bienestar debido a tres factores clave: el creciente incremento en la demanda de cuidados, la incertidumbre sobre la futura disponibilidad de cuidadoras informales y las reformas de los sistemas sanitarios y de atención social.

Con el progresivo envejecimiento de la población y la mayor supervivencia de personas con enfermedades crónicas y discapacidades, no solo se eleva el número de individuos que necesitan cuidados, sino que también aumenta la exigencia en su prestación. La organización social designa principalmente a las mujeres como las encargadas de este cuidado informal, generando una invisibilización de cómo se construye en la vida cotidiana este rol predominante.

Infografía: Distribución de roles de cuidado informal por género y edad

Un Estudio sobre las Narrativas del Cuidado Informal en Mujeres

Una investigación reciente tuvo como objetivo comprender las narrativas ligadas a la decisión de inicio del cuidado informal en mujeres que cuidan a personas dependientes. Este estudio se realizó desde una perspectiva epistemológica interpretativa, con un enfoque descriptivo y cualitativo de tipo narrativo. Participaron 13 cuidadoras informales, entrevistadas individualmente para recoger sus experiencias y motivaciones.

Los resultados de la investigación revelan narrativas que responden a formas prescritas, canónicas y relacionales al describir el hito del inicio del cuidado. Esto subraya cómo las decisiones de las mujeres cuidadoras a menudo están influenciadas por normas sociales, expectativas familiares y lazos afectivos profundos.

Características y Desafíos del Cuidado Informal

El concepto de cuidado informal ha evolucionado, impulsado en gran parte por la ideología feminista, pasando de la reivindicación del cuidado como trabajo oprimido a una visión que lo integra como elemento crucial para la ciudadanía y la práctica democrática. Cuidar puede ser entendido como un trabajo que implica tareas, pero también una dimensión relacional de sentimientos y una dimensión ética y política que trasciende lo interpersonal.

Determinadas características del cuidado informal afectan directamente su visibilidad y reconocimiento social. Se trata de un trabajo no remunerado, prestado en virtud de relaciones afectivas y de parentesco, y que se desarrolla en el ámbito privado de lo doméstico. En nuestras sociedades, el cuidado de niños, personas mayores o enfermas de la familia es una función adscrita a las mujeres como parte de su rol de género, lo que las ha convertido en un grupo social "invisible" y particularmente vulnerable.

El trabajo de cuidar y sus condiciones afectan la vida de la cuidadora principal de diversas maneras. El tipo de tareas está determinado por las necesidades del beneficiario, y la demanda puede superar las posibilidades de la cuidadora, especialmente si hay varios dependientes. Cuidar implica desarrollar actividades diversas y asumir múltiples roles simultáneamente: la cuidadora es «enfermera», «psicóloga», «consejera», «abogada» y «empleada de hogar», a la vez que madre, esposa, hija, ama de casa y/o trabajadora. La dificultad para compatibilizar estas responsabilidades repercute negativamente en su vida. La duración de la «jornada laboral» de una cuidadora no tiene principio ni fin, y muchas veces cuentan con escasa ayuda de otras personas para realizar todas estas tareas, enfrentando situaciones especialmente difíciles durante crisis en el estado del beneficiario.

Desigualdades de Género en la Prestación de Cuidados

Las cifras que ilustran el predominio de las mujeres como cuidadoras son abrumadoras. El 60% de los cuidadores principales de personas mayores, el 75% en el caso de personas con discapacidad y el 92% de los cuidadores de personas que necesitan atención por cualquier motivo son mujeres. Las mujeres asumen con frecuencia el papel de cuidadoras secundarias, recurriendo a otras mujeres de la familia cuando necesitan ayuda.

Actualmente, el cuidado informal se resuelve fundamentalmente a costa del trabajo y el tiempo de las mujeres, lo que se ha descrito como un fenómeno que «se escribe en femenino singular». Sin embargo, no todas las mujeres participan por igual en el cuidado; son las de menor nivel educativo, sin empleo y de niveles inferiores de clase social quienes configuran el gran colectivo de cuidadoras informales, agravando la desigualdad de la carga.

Las diferencias de género no solo se manifiestan en la proporción de mujeres y hombres que asumen el papel de cuidadores, sino también en las características del cuidado que prestan. Las mujeres cuidadoras asumen con mayor frecuencia los cuidados de atención personal e instrumentales y están más implicadas en las tareas de acompañamiento y vigilancia, es decir, los cuidados más pesados, cotidianos y exigentes. Las investigaciones sobre el reparto del tiempo indican que las mujeres dedican significativamente más horas semanales al cuidado que los hombres.

En definitiva, las mujeres cuidadoras experimentan contextos socioeconómicos y expectativas de rol de género diferentes a los hombres, lo que conlleva una mayor dedicación en tiempo, asumiendo con mayor frecuencia la responsabilidad de cuidar a más de una persona. Ofrecen formas más intensivas y complejas de cuidado, enfrentan más dificultades y deben equilibrar el cuidado con otras responsabilidades familiares y laborales con mayor asiduidad que los hombres cuidadores. El cuidado interfiere en la vida cotidiana de las mujeres mucho más que en la de los hombres, exponiéndolas a un mayor riesgo de consecuencias negativas.

Consecuencias del Cuidado Informal en la Salud y Calidad de Vida de las Mujeres

La responsabilidad de cuidar supone una elevada dedicación en tiempo y un «coste» mucho más amplio para las cuidadoras: su vida se ve condicionada por este papel. Analizar las brechas de experiencia y cuidado relacionadas con las disparidades de género es crucial para comprender las consecuencias y complicaciones para la mujer como «usuaria» y «cuidadora» dentro del sistema de salud.

Estudios reportan que las mujeres presentan casi dos veces más sobrecarga que los hombres: existe un 66,8 por ciento de cuidadoras versus un 33,2 por ciento de cuidadores. Además, la carga de enfermedad es mayor en las chilenas, con una mayor incidencia de trastornos depresivos, presentando dos veces más riesgo de depresión mayor. Las brechas existentes son variadas, siendo biológicas, sociales o culturales, y permeando el ámbito de los cuidados.

En la dimensión de mujeres usuarias del sistema de salud, hay evidencia que indica un menor acceso de la mujer a atenciones y peores experiencias de salud-enfermedad. Las características asociadas a los roles de género determinan un mayor nivel de sobrecarga, mayor morbilidad y depresión, y una peor calidad de vida en las mujeres cuidadoras que en los hombres. El nivel de dependencia y la intensidad del cuidado son factores que afectan negativamente a la salud de las personas cuidadoras, modulados por diferencias de sexo, la edad avanzada, el bajo nivel educativo, la mala salud previa y la falta de apoyo social.

Fotografía: Mujer cuidadora exhausta o pensativa

Voces de Cuidadoras y Cuidadores: Perspectivas y Motivaciones

En el estudio cualitativo realizado, el total de personas entrevistadas fueron trece (cinco hombres y ocho mujeres). Contaban una edad media de 81,7 años, con un nivel de estudios bajo (el 60% poseía estudios primarios y el 15% no tenía estudios, todas ellas mujeres). La media de años dedicados al cuidado fue mayor en hombres (quince años) que en mujeres (ocho años), y las mujeres tenían una mayor carga relacionada con los cuidados. Las personas receptoras de cuidados tenían una edad media de 83,1 años y un alto grado de dependencia (53,8% con gran dependencia). Del análisis de la información, se identificaron tres categorías con sus respectivas subcategorías, donde la influencia de la cultura androcéntrica marca todas las vivencias.

Experiencias de las Mujeres: Maternidad, Lucha y Sacrificio

Las cuidadoras mantenían en la memoria las experiencias vividas y replicaban comportamientos relacionados con la maternidad y crianza, la enfermedad y la muerte. Sus narrativas reflejan una profunda conexión con el cuidado: "Yo cuidé mucho de mi madre, ella apoyadita en mi hombro y yo sentadita en la cama, así me tiré dos noches y dos días seguidos." O, en otro caso: "Cuidé a mi madre, que se me murió aquí en mi casa, me la traje del pueblo, mi hermano decidió que me la trajera." También se evidenció la soledad y la normalización de la carga femenina: "Siempre sola, mire si le digo, la pequeña la tuve a las tres de la tarde, mi marido se fue a por los otros al colegio y cuando llegaron, me levanté para darles de cenar, nadie preguntó nada, era lo normal."

Algunas mujeres describieron una vida de esfuerzo constante y sacrificio: "Yo he trabajado siempre mucho, 'arrastrá', yo he vivido 'arrastrá' como los perros, yo digo, 'no sé con quién habré sido tan mala porque no lo entiendo'." Las decisiones a menudo eran forzadas por la necesidad, como la emigración para buscar mejores condiciones de vida: "Me dijeron de ir a Londres y me fui, lo dejé aquí todo, estuve quince años, de doméstica, en hoteles y en un hospital. Había temporadas que tenía hasta tres trabajos, todo con el afán de ahorrar para comprar un piso en España." Otras, ante la enfermedad o muerte del cabeza de familia, tuvieron que innovar para sobrevivir: "Mi padre estaba enfermo, el cabeza de familia y murió a los cincuenta y tres años, usted sabe que no se cobraba nada, ni viudez, ni nada, entonces tuve que luchar a muerte y me dije: 'yo no me voy a morir' (...) hemos pasado de todo, cogí una bolsa, metí unos peines, unos rulos, los arreglos de peluquería y como en el barrio todo el mundo me conocía, pues a peinar por las casas, yo no sabía de cepillos ni de peinar, pero, la necesidad." Estas narrativas muestran que el 90% de las cuidadoras actuaban por obligación moral, compasión, reciprocidad y amor.

La Visión de los Hombres: Deber y Aprendizaje

Los hombres participantes consideraron que cuidar a su esposa era un deber y responsabilidad. Algunos manifestaron su falta de preparación inicial para el cuidado del hogar y la familia: "Ha habido que aprender a cocinar, a limpiar. Yo he sido ebanista y ella estaba en casa. Pues, claro, he tenido que aprender a todo." El 80% de los cuidadores lo hacían por responsabilidad y reciprocidad, obteniendo un logro y un aprendizaje satisfactorio.

Afrontamiento y Resiliencia en el Cuidado

Ambos sexos mostraron una gran capacidad de resiliencia, adaptándose a la adversidad con paciencia y fuerza de voluntad. Los momentos de respiro y el mantenimiento de relaciones sociales eran escasos, aunque salir de casa para ir a la compra o al médico eran identificados como oportunidades para socializar. Los hombres salían más de casa y buscaban momentos de ocio. Los cuidadores narraron estar motivados por el cuidado realizado, percibiéndolo como fuente de enriquecimiento personal y un logro que les generaba satisfacción. La paciencia era una virtud destacada: "Tengo mucha paciencia, mucha paciencia."

Hacia la Democratización del Cuidado: Desafíos y Recomendaciones

El cuidado de personas mayores está relacionado con factores sociales y culturales, con características distintas en cada región y país. En Europa, el modelo social apoya un menor gasto y un fuerte desembolso en pensiones, mientras que, en España, se asume un modelo mediterráneo donde la mujer es el elemento principal de la red no profesional de cuidados. La Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, inició el reconocimiento jurídico de la figura del cuidador no profesional o familiar, contemplando beneficios económicos o ayudas.

A pesar de que las estructuras familiares y los roles tradicionales están cambiando, y existe una tendencia hacia un mayor número de hombres dedicados al cuidado familiar (especialmente cuando las mujeres de la familia no están presentes), el hecho de que el cuidado siga siendo considerado un tema femenino refuerza los estereotipos de género. Si se mantuvieran las tendencias demográficas actuales, para 2035 los mayores de sesenta y cinco años supondrían un porcentaje significativo de la población, aumentando la demanda de cuidados. Los adultos mayores desean envejecer y vivir en su hogar, pero la disgregación familiar y las características de la vivienda complican este deseo, llevando a que los mayores asuman solos sus problemas de salud y cuidados.

Asumir el rol de persona cuidadora tiene diferentes implicaciones relacionadas no solo con el género, sino también con las etapas de la vida, no es lo mismo cuidar siendo hombre o mujer, ni tampoco durante la etapa laboral o la jubilación. Es fundamental analizar las brechas de experiencia y cuidado relacionadas con las disparidades de género para identificar las consecuencias en la mujer como «usuaria» y «cuidadora» dentro del sistema de salud.

Se plantean tres grandes desafíos a corto plazo. En primer lugar, es lograr el cambio de modelo del sistema de salud, reconociendo la labor del cuidado como un derecho, un trabajo valorizado, formal y remunerado, que considere políticas integradoras con perspectiva de género. Finalmente, es necesario "visibilizar el problema y hacer un llamado a la acción" para abordar estas desigualdades y sus impactos en la toma de decisiones y el bienestar de las mujeres cuidadoras informales.

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