Dios ha ordenado que la iglesia sea una fraternidad con un propósito común, llamada a crecer continuamente en la fe y en el conocimiento de Su Hijo. Pablo describe la iglesia como “su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo”. Dios nos llama a ser parte de Su cuerpo con el propósito de establecer una relación salvadora con Él y entrar en comunión unos con otros. El Espíritu Santo trae convicción a nuestras mentes, nos lleva al arrepentimiento y nos coloca dentro de Su iglesia.
El bautismo es señal de nuestra entrada al cuerpo de Cristo y simboliza la posesión del Espíritu Santo en el nuevo discípulo. Como Jesús afirmó: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El Espíritu Santo es la fuerza vital de la iglesia, y cuando aceptamos a Cristo, nos prepara para el servicio.
La Iglesia como Cuerpo de Servicio y el Llamado al Ministerio
El servicio que la iglesia local presta a quienes la rodean es una expresión del amor de Cristo hacia el mundo. Representa el cuerpo de Cristo supliendo las necesidades del mundo y, bajo la dirección del Espíritu Santo, funciona como una agencia de salvación. Así, la iglesia es un cuerpo creado para el servicio, sirviendo al Señor con amor y alabanzas, y al mundo en humildad. La escritura nos recuerda: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efe. 2:10).
Cada miembro de iglesia es llamado a ministrar. La iglesia es un reino de sacerdotes redimidos para ministrar en nombre de Cristo. Nuestra responsabilidad es servirnos unos a otros como hermanos en Cristo y al mundo. El anciano, al igual que todos los oficiales de la iglesia, es un siervo ministrante de Dios. Cada creyente cristiano es llamado al ministerio, recibiendo dones espirituales por medio del Espíritu Santo y siendo ungido por el bautismo para desempeñar su ministerio (Efe. 4:11-12).
Durante la Edad Media, se distinguió al clero como un elemento superior a los miembros comunes. En cambio, el concepto bíblico del laico incluye a todos los creyentes como ministros. La iglesia actual debe aún aplicar de forma global este concepto, percibiendo la obra del anciano como un ministerio al cual Dios llama a ciertas personas, manifestando así la voluntad de Dios actuando por medio de su vida.
El Anciano en la Tradición Bíblica y Adventista
La figura del anciano tiene profundas raíces bíblicas. El Señor indicó a Moisés que reuniera a setenta ancianos, quienes debían ser no solo personas de edad avanzada, sino también hombres de dignidad, sano juicio y experiencia, calificados para ser jueces u oficiales (Éx. 3:16; Éx. 9:9). Estos setenta ancianos ayudaron a Moisés en el gobierno de Israel, y Dios puso sobre ellos su Espíritu, honrándolos con la visión de su poder y grandeza, según el libro Patriarcas y Profetas. Esta visión subraya que el liderazgo debe ser compartido y no concentrarse en una sola persona, tal como Jetro aconsejó a Moisés para evitar el agotamiento.
En el Nuevo Testamento, el rol del anciano (también llamado obispo) se describe con requisitos específicos. I Timoteo 3 detalla que debe ser “irreprensible, esposo de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, ni violento; sino amable, conciliador, no codicioso del dinero, que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda dignidad”. Se añade que “el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios?”. Además, no debe ser un neófito para evitar el envanecimiento y la caída, y debe tener buen testimonio de los de afuera. Estas cualidades son esenciales para que pueda exhortar con sana enseñanza y refutar a quienes contradicen.
Pedro, llamándose a sí mismo “anciano también con ellos”, ruega a los ancianos que pastoreen la grey de Dios, cuidando de ella no por fuerza ni por ganancia deshonesta, sino voluntariamente y con ánimo pronto, siendo ejemplos para la grey, y no enseñoreándose de quienes están a su cuidado.

Funciones y Responsabilidades del Anciano de Iglesia
El anciano de la iglesia es un líder principal, después de Jesucristo y el pastor. Los ancianos están en la iglesia para servir, tanto a los miembros de la familia de la iglesia como a las visitas y amigos de la comunidad. Ser llamado por la iglesia como anciano es algo sublime y emocionante, pues la comunidad de fe reconoce el llamado del Señor a ministrar espiritualmente y guiar hacia un crecimiento mayor.
Visita y Cuidado Espiritual
El anciano de la iglesia es un elemento vital para el cuidado y fortalecimiento espiritual de la feligresía, efectuando una comunión mutua en la cual se encuentra y se practica el amor y la confianza, dándole ánimo y motivación al pastor. Las mejores formas de bendecir a la iglesia radican en acciones sencillas pero necesarias: visitas, seguimiento de mensajes y llamadas telefónicas.
Dedicación a la Ganancia de Almas
Es esencial que el anciano de iglesia se interese en la ganancia de almas. Los miembros de la iglesia necesitan saber que sus líderes tienen una visión clara de la misión de la iglesia y que con sus hechos demuestran su validez e importancia. El crecimiento de la iglesia encuentra su significado en la práctica, cuando es captado por los líderes en vez de solo discutirlo y enseñarlo a los feligreses. El anciano debe dedicar tiempo a los inconversos e interesados. Al demostrar determinación y dedicación a la ganancia de almas, otros en la congregación captarán el mismo espíritu y se incluirán en el cumplimiento de la misión de la iglesia.
Dirección de los Servicios de la Iglesia
El anciano debe ser capaz de dirigir los servicios de la iglesia, siendo responsable de aprender y desarrollar las habilidades necesarias para la dirección del culto, la lectura de las Escrituras, cómo dirigir las oraciones públicas, la planificación del orden de servicio y, en las iglesias más pequeñas o de distrito, la predicación. Una dirección dinámica puede transformar un servicio de culto sin espíritu y lánguido en una celebración expresiva de alabanza. En sus funciones como predicador frecuente, debe predicar la Palabra de Dios por encima de todo.
Mentor Espiritual y Ejemplo de Vida Cristiana
La vida espiritual del anciano debe inspirar a los miembros de la iglesia a buscar una experiencia espiritual más profunda. Un anciano debe ejemplificar una personalidad totalmente cristiana, un ideal elevado al que cada miembro pueda aspirar. Lo que se pide a los líderes es que sean modelos, para que entre todos podamos motivarnos a alcanzar la perfección del carácter de Cristo. Un buen anciano debe ser el último en marcharse de una actividad y aprender a usar palabras de ánimo.
Administración y Liderazgo Distribuido
El anciano debe siempre hacer una aportación positiva a la organización y progreso de la iglesia. No debe pretender dominar o controlar, sino capacitar a otros para que participen en el proceso de decisiones. El anciano sirve a menudo como asesor de varios departamentos, comisiones y proyectos. Como dijo White en "Los hechos de los apóstoles", la obra del anciano fortalece y da dirección a la iglesia local.
Para lograr paz en la iglesia, los ancianos deben esforzarse en promover la unidad, especialmente en tiempos de conflicto, asumiendo el papel de pacificadores. Con palabras de sabiduría se construyen puentes.
La Importancia de los Adultos Mayores en la Familia y la Iglesia
Los adultos mayores cristianos deben ser valorados por su papel dentro de las relaciones familiares y eclesiásticas. Nuestra percepción de la vida cambia drásticamente a medida que avanzamos por las etapas de la edad adulta, y Dios tiene un plan para que estas generaciones interactúen entre sí, glorificando y edificando Su reino. Cada uno debe valorar al otro como una parte vital de la familia de Dios.
Enseñar el Respeto Mutuo en la Familia
Dios ordena el respeto mutuo. Éxodo 20:12 nos manda: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Esto implica ser obedientes, respetuosos y seguir su ejemplo. 1 Corintios 16:14 añade: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor”, lo que subraya que el amor es el fundamento de todos estos valores.
Dios también ordena a los padres enseñar a los hijos sobre la fe en Él. Timoteo se benefició de la enseñanza de su madre y su abuela (2 Timoteo 1:5,6), siendo animado por Pablo a ser firme en su llamamiento y a apreciar su herencia espiritual. Padres y abuelos se gozan al ver a sus hijos y nietos crecer con una fe no fingida en Cristo y verlos sirviéndole (1 Timoteo 1:5).
El Respeto y el Cuidado a los Cristianos Mayores
Pablo instruye sobre cómo tratar a las diferentes edades dentro de la comunidad, enfatizando tratar “a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5:2). Esto implica tratar a los adultos con respeto y a las ancianas con la honra que merece su edad, manteniendo una conducta pura e irreprochable con las jovencitas.
Además, la iglesia tiene la responsabilidad de cuidar y atender a los que están solos, como las viudas (1 Timoteo 5:3-11). Se insta a honrar a las viudas que en verdad lo son, y si tienen hijos o nietos, estos deben aprender primero a ser piadosos para con su propia familia y a recompensar a sus padres, pues esto es bueno y agradable delante de Dios. La que es viuda en verdad y ha quedado sola, espera en Dios y es diligente en súplicas y oraciones. Sin embargo, la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta. Si alguien no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. El pasaje describe qué viudas deben ser asistidas por la iglesia (mayores de 60 años, de un solo marido, con buen testimonio de obras como criar hijos, practicar la hospitalidad, lavar los pies de los santos, socorrer a los afligidos), y cuáles no (las jóvenes que desean casarse nuevamente por deseos mundanos).

El Legado de Fidelidad y la Continuidad del Ministerio
Acabar bien en la vida cristiana implica dejar un legado de fidelidad. Pablo, al final de su vida, expresó: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8). Estas palabras de triunfo reflejan su confianza en su premio celestial, que es también para todo creyente fiel.
Acabar bien también implica "pasar el manto", es decir, asegurar la continuidad del ministerio a través de nuevas generaciones. La historia de Elías y Eliseo (2 Reyes 2:5-14) ilustra esto, donde Eliseo, consciente de la pronta partida de su mentor, permanece fiel a su lado hasta el final, recibiendo una doble porción del espíritu de Elías para continuar su obra.
La ordenación al ministerio del ancianato se destina a ser permanente. Un anciano debe estar conectado a la fuente de vida en una relación profunda con el cielo para ser un gran motivador del crecimiento espiritual. El anciano busca del Señor instrucciones para mejorar y cuidar la iglesia, discierne las necesidades y actúa. Querido hermano y hermana, si eres anciano/a o piensas que algún día podrías serlo, recuerda siempre que Dios te ha llamado no porque ya estés preparado, sino porque seguirá capacitándote. Una iglesia fuerte tiene ancianos fuertes. ¡Juntos en la Misión!
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