La historia de los hogares de niños en las regiones de San Felipe y Los Andes es compleja y multifacética, marcada por una diversidad de experiencias que abarcan desde el apoyo y la formación hasta el abuso y la negligencia. A lo largo de las décadas, estas instituciones han albergado a innumerables menores, cuyas vivencias, tanto positivas como negativas, forman parte de un relato que merece ser conocido y analizado.

Hogares de Acogida en San Felipe y Los Andes: Contexto y Testimonios Variados
Diferentes instituciones de acogida han sido mencionadas por ex-internos, tales como el Hogar Pablo VI, el Hogar Divina Providencia de Los Andes (ubicado en calle Freire) y el Hogar del Buen Pastor de San Felipe (en la calle Yungay).
Algunos ex-residentes comparten recuerdos de una etapa de vida que fue muy dura y difícil. Uno de ellos, a sus 53 años, recuerda haber tenido una tía dentro del internado llamada Gloria, de origen gitana, y un personaje muy conocido en ese entonces que era el señor Servando, quien tenía una forma muy particular de castigo: apretaba el brazo hundiendo los dedos o cargaba un hueso en el cuello, haciendo que muchos terminaran en el suelo llorando de dolor. También se menciona a la Madre Teresa, quien castigaba "con un cable que le salían varios más en la punta". Se describe una época dura donde el pan del desayuno o la once era el "rey", y la amistad giraba en torno a este bien escaso.
Otra persona, internada en el Hogar del Buen Pastor de San Felipe desde 1974 hasta 1979, recuerda años en los que sufrió y, a veces, sonrió. Fue en época de dictadura. Este hogar era enorme, con cuatro internados, uno para niñas mayores, una casa correccional, un convento, una parroquia hermosa, un huerto y hasta el cementerio de las monjitas, y tenían teatro. La escuela estaba a un costado y recibía niños de afuera. Los hogares internos estaban separados por nombres, como Hogar Jeanet y Hogar Rosa Agustina. Entre las monjitas se mencionan a María Ernestina, la Madre Cristo que "pegaba y encerraba en un cuarto oscuro", la Madre Matilde que era la superiora, y la Madre Nieves, quien era "un amor". Una figura importante fue la Madre Lucila, posiblemente de apellido Catalán, a quien una ex-interna recuerda como una figura materna.
Memorias Agridulces: Entre la Dificultad y la Supervivencia
Las vivencias en estos hogares, aunque complejas, forjaron el carácter de quienes los habitaron. Un ex-interno relata su llegada al hogar en 1981, permaneciendo hasta fines de 1988, cuando había 450 niños. Aunque al principio lo pasó mal, con el tiempo se fue acomodando al sistema. Menciona a monitores, a quienes llamaban "tíos", que "eran geniales", como el Tío Pedro, Juan Torre, la Tía Ester, Romero (quien hacía el pan) y el Maestro Bartolo (cocinero), asegurando que "nunca pasé hambre". Atribuye a las monjas el ser la persona que es hoy.
Un testimonio directo de una ex-profesora que trabajó en un hogar reveló condiciones deplorables. Cuenta cómo vio la crueldad de una monja, quien "sacaba su cinturón y golpeaba a un niño de unos 10 años". Al llegar a trabajar con niños de 6 a 9 años, se encontró con que la ropa para el primer día de clases era "chica, vieja y de mal olor". Tras enfrentar a la monja, se descubrió una bodega llena de ropa "NUEVOOO", incluyendo decenas de camisas celestes, calcetas y pantalones, mientras los niños vestían harapos. El almuerzo consistía en "porotos con gorgojos" y de postre, cajones de ciruelas "con pequeñas lauchas entremedio". Esta profesora duró solo dos días, describiendo el lugar como "una cárcel de niños carentes de amor y cuidados".
Otra profesora de la Escuela Almendral relata haber visto con sus propios ojos el abuso que se hacía a sus alumnos de 1° básico y "lo que tenían que aceptar por los 'tíos' para recibir pan", mencionando el "juego del cuchi cuchi" y "tantas atrocidades vividas". Observó inmensas bodegas de ropa regalada de buena calidad, mientras los niños usaban "un pantaloncito corto y una polerita casi transparente en pleno invierno". La profesora fue testigo de cómo la escuela dio el primer paso para "destapar la olla y descubrir tanta infamia".
La Resiliencia y los Lazos Forjados: Recuerdos de Compañerismo y Apoyo
A pesar de las adversidades, muchos ex-alumnos guardan también recuerdos entrañables. Fernando Silva, quien siempre andaba con Ángel Huerta, recuerda ser de los únicos que se quedaban solos con una tía en el hogar los fines de año, porque sus padres no los visitaban ni buscaban para las fiestas. También rememora invitaciones a casas de hermanos en Colina y visitas a la piscina "La Ponderosa". Del hogar tiene "lindos recuerdos" de vacaciones en Papudo, descrito como "un castillo", donde les daban bolsas con golosinas y jugaban en la playa, dejando mensajes y pistas. Recuerda también a la Madre Teresa, el Tío Bartolo, el Tío Onofre, el Tío Manuel, el Tío Julio y la Tía Filomena. Otros recuerdos incluyen regalos de chalitas y shorts en Pascua, las visitas dominicales a la iglesia al lado del hogar, y las alianzas (rojo, amarillo, verde) en los aniversarios.
Patricio Salazar Sánchez, quien estuvo en el Hogar Pablo VI entre 1985 y 1992, considera que sus mejores años los pasó en ese internado (que él enfatiza no era un orfanato), viéndolo como la mejor alternativa a su situación familiar de entonces. Destaca las fiestas de San Pedro y San Pablo, las presentaciones con la Banda de Guerra (considerada la mejor de San Felipe), los veraneos en Papudo, campeonatos de voleibol inter-hogares y pingpong, y las fiestas del Colegio El Tambo con revistas de gimnasia. Guarda hermosos recuerdos de amistades forjadas, tanto dentro como fuera del internado, y envía saludos a sus amigos del Pablo VI, a las tías y tíos, y a las niñas que fueron parte del Divina.
Asimismo, hay experiencias más positivas, como la de una persona que, aunque fue abusada sexualmente fuera del hogar a los once años, tuvo una buena experiencia en el Hogar Divina Providencia de Los Andes en 1988, gracias a la Hermana Sara y la Tía Juanita. En general, hay quienes "no se arrepienten por haber formado parte del hogar".

El Clamor por Justicia y Verdad: Una Mirada Crítica al Pasado
La lectura de estos relatos provoca "repugnancia, ira y tristeza" en muchos, quienes afirman que "jamás habrá argumento válido para deformar la infancia de inocentes y marcarlos para el resto de sus vidas". Se cuestiona cómo aún hay personas que defienden a "monjas desgraciadas y su séquito cegadas por la religión y la ignorancia", ignorando "atrocidades por la conveniencia propia y egoísmo". El llamado es a proteger y defender la dignidad humana a toda costa, sin importar la jerarquía.
Oscar Muñoz y otros exigen que "las personas que fueron realmente abusadas en ese lugar, deberían juntarse [para] demandar a los curas", buscando una compensación de la Iglesia por su "inmoralidad". Elizabeth Silva L. se pregunta por qué no se llamó a los ex-alumnos del Hogar Pablo VI y se enfrentó al cura que "se quedó con todos los bienes", sugiriendo que esos "millones y millones que según fue robado" se repartan entre los ex-internos o se destinen a otras fundaciones e internados.
Un ex-interno, bajo el pseudónimo "El Camus", afirma que "todo lo que se dice de negativo es verdad", y que si bien hubo aspectos positivos, "lo malo era superior a lo bueno" (un 5% bueno vs. 95% malo). Considera que quienes defienden a "esos energúmenos, abusadores (tíos, monjas, personal), incluida la tristemente célebre monja Teresa", son cómplices o padecen algún rasgo de esquizofrenia. Este testimonio declara haber sido el primero en denunciar los abusos de Teresa Rubio y sus secuaces a un sacerdote de la región, quien le creyó y comunicó a las autoridades superiores, lo que llevó a que las monjas de ese "hogar nefasto" fueran "reducidas al estado laical". Describe el hogar como "el infierno aquí en la tierra", donde "nadie hacía nada por proteger a las víctimas" y existieron "muchísimos abusos de todo tipo".
La preocupación por la impunidad y el silencio es palpable. Se menciona que los que "sufrieron" son los que importan, y la ley tiene la obligación de proteger a las víctimas. Se celebra que los reportajes actuales den "la posibilidad de hablar de los que sufrieron y, por tanto, de sanar", y saquen a la luz "lo malo que hay que enfrentar". Una ex-interna del Divina Providencia en Los Andes, abusada sexualmente fuera del hogar, enfatiza que "un niño abusado no inventa agresiones sexuales o malos tratos", y que "sus mentes deben ser inocentes y vivir su infancia en tranquilidad", lo cual "no sucede así en la vida real".