Orfandad Literaria: Asunción del Vacío y su Riesgo

Suelen ser extraños todos los tiempos para los que los padecen, salvo, tal vez, durante periodos, perdidos entre las hecatombes históricas, agraciados con la placidez y el tedio de la paz y la abundancia. En la segunda mitad del siglo XX cupo un bienestar social, económico, tecnológico y cultural hasta un grado sin precedentes para cada vez mayores regiones y capas de la población. Para los contemporáneos bendecidos por el crecimiento occidental tras la postguerra mundial no resultaba fácil prever el declive patético que, sin embargo, se fue vislumbrando como inexorable a medida que las opulencias sociales iban reblandeciendo materialmente las instituciones que las hacían posibles.

El Eclipse del Padre y la Orfandad Social

Una de esas instituciones condenadas al desagüe de la Historia o, en todo caso, a su debilitamiento y casi marginalidad entre las clases favorecidas por el desarrollo del Estado benefactor fue la familia y, con ella, la figura paterna. Sucedió también, de modo acaso más flagrante, con la figura docente. Padre y Profesor hubieron de mutar para desasirse de las sombras tiránicas que las ideologías postmodernas hacían cernir sobre ellos.

Vistos como dictadores que fornican sin consentimiento y oprimen, castigan sin justicia y reprimen, su destino parecía ser la extinción o la metamorfosis. La solución más eficaz que se alcanzó fue su vaciado. Siguió habiendo formalmente padres, pero en sectores mayoritarios hicieron dejadez de su función antropológica. Siguió habiendo nominalmente profesores, pero las leyes educativas y la complicidad de muchos de ellos propiciaron su abandono de la función docente. Un siglo que soñó poder existir sin constricciones, sin ley, sin padre.

La Genealogía de la Crisis: Mitologías y Psicoanálisis

El romanticismo finisecular, ayuno de épicas históricas, cayó en el olvido de que en ausencia de orden o norma domina el delirio y los agentes más hábiles se harán con el poder vacante, imponiendo su propia ley. Massimo Recalcati, en su obra El complejo de Telémaco, secuencia las fases del eclipse del padre, que diagnostica Albiac. Habla de las figuras de Edipo, caracterizado por el abandono y el parricidio, vivido como tragedia, como lápida del destino; del anti-Edipo, hecho del deseo que se rebela contra la Ley en el que Recalcati ve la sombra del fascismo voluntarista; de Narciso, que ocupa el lugar del padre, el niño-ídolo característico de la efebolatría y el paidocentrismo finisecular, encerrado en el espejo, en la pantalla parpadeante, preso del algoritmo que codifica y rentabiliza sus deseos; y de Telémaco, sometido a la carencia paterna, al abandono sin abandono, a la búsqueda de la ley ausente. Edipo invertido, son los padres los que matan a sus hijos.

Es decir, una mixtura monstruosa de Narciso y Telémaco, de soledad masiva y de orfandad trágica, patológica criatura autista que sólo conserva del padre el apellido y la pensión mensual, maldición de traviesos dioses griegos que castigan a los mortales concediéndoles lo que desean, ese desnortado mundo delirante ayuno de lógica y descoyuntado por sus contradicciones, absurdos e incoherencias que sus anhelos parecen reclamar. Trazas de esta figura de la postmodernidad digitalizada pueden encontrarse en Ciudadano Kane, la opera prima de Orson Welles. La secuencia crucial que desata la construcción dramática del personaje de Charles Foster Kane muestra el acuerdo por medio del cual se decide su futuro en el interior de la casa familiar. En primer plano comparece la madre, adusta, gélido el gesto con el que firma el contrato sin dedicar una sola mirada al padre, que balbucea con vano patetismo, sin poder alguno ya sobre el hijo, padre eclipsado en un segundo plano visual y alegórico tras el representante de la entidad bancaria.

Ilustración de Telémaco pidiendo permiso a Pluto para buscar a su padre en el Inframundo, obra de Bartolomeo Pinelli (1809)

Un estudio como el de Albiac sobre el padre y su crisis actual obliga a una genealogía crítica de las mitologías operantes. El caos es el origen del mito, pues en el mito, en la genealogía de los dioses, rige el orden del Padre, los lazos de parentesco propios de comunidades tribales, en los que se reincide actualmente en forma de nepotismo político y económico, nuevo feudalismo pixelado. Hesíodo hace memoria del tiempo que precede a la memoria, al tiempo de los hombres, y entrega al legado griego el relato del abismo primigenio, garganta profunda, bostezo negro del que brota Gea, Hembra nutricia, Matriz gestante (de lo oscuro salva la Mujer), como si de la nebulosa de los mitos germinara ya en la palabra del poeta la medida del suelo, la rudimentaria agrimensura cuya depuración categorial da la geometría, el clarificador logos engendrado con el violento parto en lucha contra el mito, incesto y parricidio que hacen posible la filosofía y todo pensamiento racionalizado. Los dioses antropomorfos son ciegas fuerzas abisales y tectónicas enmascaradas, personalizadas, nominadas, con las cuales, por tanto, identificarse, ser marcados, ser determinados y a la vez, mutilados (Spinoza: determinatio negatio est).

Con el parricidio el ciclo del tiempo se repite en el espejismo de eternidad al que en forma de ritos se aferran las sociedades humanas: Urano, Cronos, Zeus. Pero ¿qué va a quedar, tras la constancia de que “familia” significa “infierno”, a partir del momento en el que el salto teológico hacia la mediación cristiana del Dios-Hombre quede volatilizado por la primera generación -a ella pertenecen los surrealistas- que se asienta en el mundo de después de la muerte de Dios, esto es, de la muerte del Padre Eterno? Queda el yo: queda nada, el espejo sin azogue al cual se asoma Narciso. Sin Dios, sustituto del padre, sin padre, encarnación de Dios, ficciones que operan por medio de mecanismos de identificación y amputación, el sujeto queda expuesto a su lacerante precariedad, nadería que se sueña perdurable, maciza, casi sagrada.

El yo es el Absoluto succionado, el paralogismo Dios en tanto unidad trascendente e inconmensurable vinculada o proyectada sobre la individualidad ontológicamente problemática del sujeto simbólico y objetivada en un nombre personal, en una máscara (identidad tribal, sexual, cultural, ideológica…). Pero, como recuerda Albiac, toda identificación implica castración, el secuestro de un acerbo común que la identidad niega, al mismo tiempo que una limitación y sublimación de deseos en forma de eternidad ilusoria que garantiza su prevalencia, su eficacia social y simbólica, institucionalmente objetivada, su fuerza de convicción.

Identidad y Deseo en la Posmodernidad

El tallado de la personalidad del sujeto por la confrontación con la figura paterna mediada por el lenguaje lleva el libro hasta el análisis de la sexualidad postmoderna y la ideología woke. Albiac se demora en distinguir con impía precisión sexualidad, genitalidad e identidad. La sexualidad corresponde a la dimensión del deseo; la genitalidad a la de la fisiología y la anatomía; el género es una función/ficción gramatical que salta, por la gracia sin gracia de las ideologías de moda, al ámbito de la ontología, tomando como ser colmado de sí mismo una partícula gramatical o una relación sintáctica. De los desastres de este viscoso delirio son víctimas las inermes criaturas con las que se experimenta la fatal confusión entre esos planos, aturdidos por la placenta infecta de un neoespiritualismo de almas en cuerpos equivocados y ángeles sin sexo que repudian sus genitales.

En 1973, la American Psychiatric Association, según anota Elisabeth Roudinesco en El yo soberano, cambió la catalogación de la homosexualidad: de «orientación sexual» a «identidad». He ahí el síntoma explícito de una metafísica anoréxica y distópica que hace oficial la ilusoria eternidad egotista cosida al sexo obviando la áspera materialidad plural de un flujo de mutaciones inasequibles al mármol de un ser puro, olvidando el magma turbulento de los juegos y enredaderas de deseos, de las paradojas mutantes de los afectos. Por eso, en psiquiatría puede medirse con particular claridad el delirio identitario postmoderno que «cancela», que sacrifica la objetividad científica en el altar de las subjetividades voluntaristas divinizadas.

Dado que la condición humana no es sustantiva ni previa sino modulada materialmente por los códigos lingüísticos, simbólicos e institucionales, la pérdida de tales códigos pone en riesgo eso que pueda llamarse humano. En el momento del mayo revolucionario del 68, los alumnos que coreaban consignas de destrucción y nuevo mundo pedían a Jacques Lacan que fuera para ellos un guía, y él les dijo: «Ustedes lo que piden es un amo.» Ante la ausencia de la función paterna institucionalmente regulada, antropológicamente codificada, el nuevo amo son las plataformas digitales y los algoritmos de la IA. La tozuda realidad insiste en dar la razón a muchos de los análisis de Albiac, que lleva décadas anunciando, como voz que clama en el desierto, estas patéticas derivas de las ideologías imperantes.

A contrapelo de los negocios de las identidades, de los artificios de prestidigitación mediática que entretienen con chatarra visceral al personal, la lectura de su libro deja el poso de un resquemor, un desasosiego crónico, un problema crucial y acaso irresoluble: ¿qué salida le queda al que escribe si todo lenguaje es red de metáforas determinantes de la subjetividad, malla de mitologías que imponen un marco reglado de sometimientos por la fuerza de la autoridad (Padre, Dios, Ley…)? ¿Cómo escapar de la fuerza gravitatoria, del magnetismo de las mitologías? ¿Cabe palabra verdadera en la desnudez sobrehumana de un lenguaje sin metáforas? ¿Cómo combatir metáforas con metáforas?

La Orfandad en la Literatura Contemporánea

La Orfandad del Lector al Finalizar un Libro

«Pobre mente, que tomas tus argumentos de los sentidos y luego quieres derrotar a estos. Tu victoria es tu derrota». Al terminar un libro casi siempre se produce una especie de orfandad, una sensación de vacío, un sentimiento de pérdida difícil de recuperar. Todo libro finalizado, cualquiera haya sido su forma de enfrentarlo, es un libro bueno, un libro que sugiere imágenes e imaginerías, que propone la conquista de mundos alternativos en la conciencia. Por eso, la orgásmica sensación de vacío que produce el fin de una buena lectura nos deja meditando como cuando tras asistir al visionado de una película, quedamos sumergidos en el silencio de la oscuridad mientras la música y los créditos sobre el ecran nos dan tiempo para recuperar la memoria y el sueño.

La Orfandad como Eje Temático en la Novela Chilena

En el año 1997 Rodrigo Cánovas, con colaboración de Carolina Pizarro, Danilo Santos y Magda Sepúlveda, publica Novela chilena, nuevas generaciones: el abordaje de los huérfanos, un libro que revisa la novela chilena usando la matriz generacional propuesta por Cedomil Goic. Los autores se detienen en los escritores nacidos entre 1950 y 1964, cuyos trabajos fueron publicados entre comienzos de los ochenta y mediados de los noventa. Uno de los temas centrales es la orfandad: «¿Quién nos habla en la nueva novela chilena? De modo inconfundible, un huérfano. Es como si el sujeto se hubiera vaciado de contenido para exhibir una carencia primigenia, activada por un acontecimiento histórico, el de 1973».

Para Cánovas «aparece en escena, primero, una legión de niños abandonados, iluminada en su centro por la figura del expósito, ser sin protección, guía, ni contento. Niños envejecidos tempranamente, jóvenes sin ilusiones, chivos expiatorios de otras gentes, de otros sueños». Esa matriz se puede aplicar, según el académico, a Santiago Cero, de Carlos Franz, donde surge el resentimiento en contra del padre; en Los recodos del silencio, de Antonio Ostornol, «en el cual un grupo de colegiales reivindica los valores libertarios que les fueron inculcados por sus maestros»; en Tiempo que ladra, de Ana María del Río, donde una hija recupera la memoria de su padre; en Mala onda, de Alberto Fuguet, donde el malestar del «niño down», Matías Vicuña, «proviene de vivir inserto en un país y en un cuadro familiar sin valores».

Voces Contemporáneas sobre la Orfandad Personal y Creativa

Menchu Gutiérrez: El Duelo como Transformación

Fue la lectura de Vida y muerte de un jardín de papel, de Menchu Gutiérrez, así como el intercambio de preguntas y respuestas mantenido con su autora alrededor del libro, lo que llevó a pensar, a ser consciente, del sentimiento de orfandad en la edad adulta, alejado del territorio de la infancia, al que habitualmente lo tenemos circunscrito. «Todas las obras creativas son transformadoras de alguna manera, añaden algo que no estaba ahí antes. La pérdida de una madre o de un padre a los que estabas profundamente ligada, cambia radicalmente tu posición en el tiempo y en el espacio. Mueve todas las piezas del tablero.»

La escritora ya había escrito antes sobre la orfandad en su primer libro de narrativa, Viaje de estudios, centrado en el trayecto en tren de un grupo de huérfanos que nunca conocieron a sus padres, una especie de viaje iniciático a través de un paisaje nevado. Sin embargo, en la obra citada, la experiencia fue totalmente diferente. Recuperamos aquí sus palabras: «Yo he temido siempre la orfandad y la he abordado de maneras diferentes. Pero una cosa es anticipar un sentimiento y otro vivirlo. Como escribí en el libro, ya no es necesario descifrarlo, está aquí.»

Estas declaraciones de la autora son reveladoras de una obra llena de inspiraciones, que comenzó siendo un ensayo sobre algunos elementos del jardín, una especie de homenaje destinado a la madre aún viva, y que quedó bruscamente interrumpido con su muerte. «Me encontré ante la imposibilidad de continuar y con la imposibilidad también de abandonar. Abandonar un libro que era un regalo para mi madre significaba también de alguna manera abandonarla a ella.»

«Cuando yo veía a mi madre sumergir las flores en el agua de la pila para cortar los tallos de una planta, y evitar su estrés hasta llegar al agua del jarrón, me parecía no sólo que no les hacía daño sino que las estaba cuidando. ¿Espejismos del amor? Los acepto de buen grado.» El jardín de la madre se cruza con otros jardines y creaciones artísticas, en una ávida búsqueda de respuestas, de belleza. «El dolor es tan inconstante como cualquier otro sentimiento humano. No es posible cultivarlo y cosecharlo en estaciones reguladas. Por eso quizá nace el libro.» «Mi yo continúa desdibujándose. Y mi madre sigue jugando al escondite conmigo cada día.»

Jardín con elementos botánicos y artísticos, evocando la memoria y la creación literaria

Almudena Solana: El Duelo como Viaje Interior

En el trayecto que vamos componiendo, el libro de Almudena Solana es el único novedoso, pues de todos los demás, que irán apareciendo, como ya lo ha hecho el de Menchu Gutiérrez (punto de partida, inspiración), ya se ha escrito en otras ocasiones. Esta Ventana Propia se abre a los caminos que se van cruzando, revelando campos extensos de reflexión.

Las respuestas a lo que somos, a lo que buscamos, la manera en que nos movemos por el mundo, se encuentran en las raíces, en los complejos y sinuosos entramados de la vida, mientras pasamos las páginas de esta obra biográfica -diario, memoria- atravesada de emotividad, de ternura, de vulnerabilidad, en la que tan importantes son las emociones. Solana da cuenta de los distintos estados por los que se va pasando cuando el padre, la madre, mueren; cuando alrededor se intenta suavizar la situación con comentarios y fórmulas manoseadas. La calma, al fin, acaba llegando, nos dice.

«Pero hubo un largo recorrido de rabia hasta llegar a ella porque, al principio de este viaje, cuando murió mi padre, el planeta para mí estaba lleno de seres que, desde el dolor, me parecían meros charlatanes.» «La ausencia es un viaje extraordinario dentro de una pompa de jabón; un viaje al mundo de las cosas pequeñas. Solo uno mismo puede saber, explorar, lo que ocurre en los corredores interiores, en esas estancias que conducen al pasado, a través de un túnel que lleva al nacimiento mismo, a la infancia y al resto de las edades, buscando la figura de los ausentes, a través de las propias vivencias o de las que llegan a través de voces próximas. Todo contribuye a dibujar el retrato de quien ya no está. Y también las señales que van apareciendo, y las frases… Frases como: “Lleva la alegría donde vayas”, que tantas veces le dijo el padre a la autora, y que la lleva a reflexionar: “Tal vez algo he heredado de él, o será que en esta coexistencia de despedidas en la que no me importa estar triste, disfruto de la pena porque sé que después va a desaparecer, no porque deje de existir en mí, sino porque no la voy a mostrar. Mostraré la alegría, que es la otra cara de la pena.”»

Terry Tempest Williams: La Madre como Fuerza Natural

Se regresa a Cuando las mujeres fueron pájaros, obra de la escritora y activista medioambiental estadounidense Terry Tempest Williams, que comienza con un homenaje a la madre y acaba siendo, también esta vez, un acercamiento al yo, a las raíces, búsquedas y motivaciones de quien escribe. «Fuentes que se rompen. Nacimos de lo que fluye, no de lo fijo. El agua es esencial. Una madre es esencial. El océano como madre es fascinante por su poder, una fuerza creativa que puede consolar y destruir. Mi madre y yo llegamos a confiar la una en la otra en la playa donde nos sentábamos. Jugábamos entre silencio y silencio. Nos entreteníamos.»

El anhelo por dejar constancia de una vida, por rescatar sus valores, se convierte en propósito común, como si fijar los recuerdos para que no se evaporen, fuese una manera de hallar respuestas, de resistir y seguir andando, primero despacio sobre el vacío, hasta ir identificando signos, nuevas rutas desde las que ir haciéndose -aprendiendo- de nuevo.

Mujer en la playa observando el vasto océano, simbolizando la conexión con la madre y la naturaleza

Manuel Astur: El Legado Paternal y la Poesía

Esto último lo expresa magníficamente en La aurora cuando surge el narrador y poeta Manuel Astur. «Mi padre bajo las estrellas. Solos él y su presente. Solos él y su muerte. / Mi padre existiendo entonces. Hombre de lecturas, autor de una novela titulada Éramos río, el padre de Astur está en él, y es esa constatación uno de los valores de un libro que no arranca del dolor, sino del reconocimiento de la huella dejada, de sus reflejos. El itinerario tan personal que traza en La aurora cuando surge no tiene la intención de superar la ausencia, ni de abrir un diálogo-homenaje con el progenitor.

«Él es una parte muy poderosa de mí y siempre lo tengo presente, como la rama que sabe de qué tronco viene. No hay dolor ni pena en su recuerdo, no hay ninguna necesidad de hacerle frente. El legado de mi padre es mi modo de ver el mundo. Del mismo modo que un padre budista educará a sus hijos en el budismo, mi padre creía en la poesía y me enseñó a vivir en un mundo lleno de poesía y belleza.»

Arundhati Roy: Tormenta y Refugio en la Figura Materna

El dolor sí está muy presente en Mi refugio y mi tormenta de la escritora india Arundhati Roy, unas conmovedoras memorias en las que la autora, a raíz de la muerte de su madre, ejecuta un doble ejercicio de desciframiento, de comprensión, de autoexploración, intentando atravesar la herida de la compleja relación con ese ser tan contradictorio del que debió huir, como explica, para poder seguir queriéndola. «Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado, sin que ella formara parte de él.»

Los pasajes de una vida, la suya, sorprendente, llena de vicisitudes, van asomando, al tiempo que se rescata la de la madre, a la que se refiere como su «tormenta» y su «refugio», una mujer luchadora, capaz de emprender batallas en apariencia imposibles, de inspirar, desde la docencia, a distintas generaciones de estudiantes, pero cruel y dura con sus propios hijos. «Hasta el último día que pasé con ella, nunca conseguí acostumbrarme o anticiparme a esos giros imprevisibles, a la luz y la sombra, a sus bruscos cambios de humor. Pero sí había aprendido a quedarme fuera del azote de su furia lacerante. O eso creía. A veces no calculaba bien.»

«Esa primera noche en un mundo sin la señora Roy, me vi girando en el espacio, sin ancla ni coordenadas. Había construido todo mi ser alrededor de ella. Había desarrollado esta forma concreta que tengo para acomodarme a ella. Nunca quise derrotarla, nunca quise ganar. Siempre quise que se marchara como una reina. Y ahora que se había marchado yo no me encontraba sentido a mí misma», confiesa, dando entrada a un pareado que le envió una amiga de Delhi, capaz de consolarla más de lo que nadie le dijo: «Esta noche echaré a andar por caminos abiertos.»

Karina Sosa Castañeda: Memoria y Resistencia

Karina Sosa Castañeda es escritora y editora. Ha publicado en Después del derrumbe: Narrativa joven de Oaxaca (2009) y Cartografía de la literatura oaxaqueña actual II (2012), de Editorial Almadía. Publicó la novela Caballo fantasma en 2020, obra ganadora del Premio Primera Novela patrocinado por Amazon México y la Estrategia Nacional de Lectura en 2021. Actualmente estudia Historia del Arte y le interesa viajar para conocer museos.

Su novela aborda la historia de una hija que descubre la grieta en su familia: sus padres están separados y la casa en la que crecen ella y sus hermanos se va poblando de recuerdos. En junio de 2006, el padre de Karina -la protagonista de esta historia- encabeza una lucha popular para que el gobierno de Oaxaca caiga y se haga justicia. Una lucha que trae consigo el estigma de la cárcel. Una lucha que deja una ciudad en llamas. A la par de lidiar con el abandono paterno y la persecución social, Karina intenta descubrir quién ha sido y quién es ahora como mujer. Traspasa las barricadas de la memoria para llegar a su pasado, a esa infancia inestable y dolorosa: la zona oscura de la que emerge la alargada sombra de un padre totémico. En esta, su segunda novela, Orfandad, Karina Sosa amplifica su talento estilístico y nos regala una historia profunda, nostálgica, herida. Es un libro donde somete -con valentía- palabras como amor y libertad. Orfandad nos cuestiona: ¿Se puede escarbar hondo y salir ileso?

Finalmente, se inició este artículo con Vida y muerte de un jardín de papel, una obra que parte del duelo personal para acoger los duelos colectivos y que se distingue por la huida del yo, por ese intento de su autora por desaparecer, por quedarse en segundo plano, abrazando la orfandad de todos, la fragilidad que nos une ante la experiencia común de la pérdida. «Mi yo continúa desdibujándose. Y mi madre sigue jugando al escondite conmigo cada día.»

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