Monsieur Chocolat fue el primer payaso negro de la historia, una figura icónica que rompió barreras y cautivó a la audiencia parisina. Su vida, marcada por la adversidad y la superación, se entrelaza con la compleja relación entre la infancia, la figura materna y el poder transformador de la risa.
Orígenes y la Travesía de Rafael
Infancia y Esclavitud en Cuba
Rafael, que así se llamaba el payaso, nació esclavo en Cuba en algún momento entre 1865 y 1868. Sus primeros años los pasó en La Habana de la década de 1870. Rafael se vio pronto separado de sus padres, que fueron vendidos como esclavos para una plantación. Quedó huérfano tan pronto que en sus memorias dice no conservar recuerdo alguno de ellos.

El Encuentro con Patricio Castaño
Un día, Rafael llamó la atención de un comerciante español que paró la pelea que el bravo negrito mantenía con otro niño que le había insultado. El comerciante no era otro que el vizcaíno Patricio Castaño Capetillo. Había emigrado a Cuba como un pobre jornalero sobre el año 1850, y tras años de paciente trabajo, se hizo escandalosamente rico hasta convertirse en un indiano dueño de aserraderos, comercios, terrenos e ingenios azucareros en la zona de Cienfuegos.
La Llegada a Sopuerta y la Anciana Madre
La llegada de Rafael al pueblo vizcaíno de Sopuerta debió ser un acontecimiento extraordinario. Tenía 11 años. Don Patricio había traído al negrito como criadillo para su anciana madre, quien por cierto le trataba bien y hasta le cogió cariño. Así que, harto y despellejado, el sirviente se escapó. De poco sirvió que la familia Castaño emitiera un bando de busca y captura.
De Esclavo a Estrella del Circo
En sus primeros días como persona libre, el mozo cubano sobrevivió trabajando como minero, como cargador en los muelles y bailando en los cafés de la villa, en clara premonición de lo que habría de ser su exitoso destino. Asombrado por la fuerza y la vitalidad del mozalbete cubano, Grice le invitó a unirse al circo. Rafael dijo que sí y acompañó a Grice a cambio de comida, techo y algunas monedas. Fue vendido como esclavo a un indiano bilbaíno, huyó de él y se convirtió en el payaso más famoso de París.
En París, en el año 1888, irrumpe un negro vestido con chaqué y sombrero de copa en el escenario del Nouveau Cirque. Su éxito es rotundo e inmediato. Asombra al público y lo conquista. Acaba de nacer el primer artista de circo negro de la historia, Monsieur Chocolat.

La Dimensión Emocional del Payaso
El Payaso como Símbolo de Alegría y Reparación
Honestamente, no creo que exista emoción más bella, dulce y tierna que las lágrimas. Sobre todo, porque las lágrimas simulan el tiempo de las lluvias, de esos días y noches en que nuestra piel es acariciada por el agua de las nubes, y que van cayendo libremente hasta dar con el suelo para empapar nuestra ciudad, para refrescarla y colorearla de verde. Por su parte, el niño celebra la lluvia. Juega con ella, se divierte. Abre la boca para sentir su sabor, su olor, su sonido. Luego de satisfacer su deseo, comienza a dar vueltas y se tira en la pequeña playa de cemento. La madre grita y lo abofetea. El niño ingresó a la realidad. Se da cuenta de que tiene cuerpo, de que se enferma y de que existen límites que no deben cruzarse. Entonces el niño llora, patalea, hace berrinche y se encierra. Parece que alguien le persigue y quiere hacerle el mal. Su mundo se desmorona y se pierde. Su presencia no está asegurada, se hace añicos y se pulveriza. Quiere jugar en el charco, en el lodo, pero algo lo reprime. El niño anda triste, llorón y confundido. Su madre, el ser que tanto quiere y adora, es la misma persona que tanto detesta y odia. Quiere protegerla y, al mismo tiempo, deshacerse de ella.
La Conexión entre la Infancia, la Madre y el Payaso
Entonces la madre se da cuenta de que quizás fue muy ruda. Siente culpa y le compra un caramelo, una hamburguesa, una gaseosa, un piqueo, un chupetín, un juguete, un celular, una computadora o cualquier otra lindeza. La más generosa, adicionalmente, lo lleva al circo, a la fiesta, al cine, a la matiné, al payaso, con la finalidad de sentirlo reír y carcajear hasta que pueda perdonarla. Se intenta reparar una culpa, una situación en la que los límites impuestos han generado el llanto y la tentación de un asesinato en la fantasía. Sea como fuese, es una reparación exitosa.
El niño se divierte en el circo, en la fiesta o en el hogar de los payasos. Se ríe con ellos, se hace cómplice del riesgo y siente que su cuerpo yace en un mundo de misterios. Si el circo y el payaso garantizan un lugar para la alegría, es porque habitamos un territorio donde conseguirla constituye un problema.
jarrita y thiago Malabares
El Significado Cultural y Filosófico del Payaso
Perspectivas sobre el Arte del Payaso
Mariátegui dice algo muy cierto cuando escribe sobre el mundo circense: la experiencia del circo, del payaso y, por añadidura, de la comicidad, es universal y captura a personas de diversa clase social porque en ella se recuerdan nuestros primeros sentimientos eróticos. Es el cuerpo voluptuoso de los trapecistas, de los acróbatas y de la locura encarnizada del payaso lo que despierta un placer desconocido, abierto y encantadísimo por la novedad, como si no hubiera sitio para el pasado ni para el respeto.
El Payaso como Reflejo de Deseos y Libertades
María Zambrano, al igual que nuestro ensayista, le dedica un par de pensamientos afilados al arte popular de los payasos: en su imitación a la muerte, el clown nos consuela de ser nosotros mismos. Nos reímos de lo que hace, de lo que dice, de lo que siente, porque hay algo seductor en sus movimientos que nos hace descubrir el deseo de no ser tanto nosotros mismos, de que quizá queremos capturar ese estado de alegría total donde no importa nada, donde no exista realidad y donde solo se garantice el juego. Nos sentimos liberados al ver al payaso jugar y hacer el ridículo, porque en su ridiculez se halla solucionado un conflicto que maltrata a nuestros deseos: el deseo de ser así y no tanto nosotros.
Pienso en el payaso, en sus chistes y en sus números como una figura estética tan profunda como la que podría conseguir una gran poesía o una gran novela. Probablemente, lo más cerca que hemos estado de tan notables personajes ha sido la figura de Sofocleto, aunque es difícil considerarlo ya que este autor dedicó su arte al universo de la escritura y de los libros. El ambiente de mayor esplendor para un payaso yace en un código cultural específico como el de la oralidad, donde puede hacer uso de un lenguaje mucho más rico para sus expresiones. En la oralidad, el payaso se siente más cómodo para el uso de su cuerpo, para el reconocimiento facial y para el abordaje cara a cara.
La Filosofía de la Risa y el Infortunio
Parte de la respuesta tiene que ver con el hecho de que la comedia favorece la creación de una pieza a partir de una emoción que, en nuestra sociedad, tiene un significado cultural bastante especial. En la comedia, se necesita aprender a reírse de uno mismo, de encontrar placer en los infortunios y de no sentir perdida nuestra presencia allí cuando el mundo no corresponda totalmente a nuestros intereses. En otras palabras, para ser un payaso es fundamental un trabajo sobre la vergüenza de uno mismo.
El payaso, al igual que el niño, celebra la lluvia, se divierte con ella. Abre su cuerpo para sentir su sabor, su olor, su sonido. Reconoce su cuerpo y se burla de sus límites que impone la enfermedad, el frío o el lodo. No tiene miedo de ensuciarse. Para él, no existe la tristeza. Es un filósofo y un pensador, dado que no le teme a la autoridad de la muerte. Lo único que respeta es la alegría, la risa y el baile.
Al igual que nosotros, la alegría no se la supieron enseñar y, por fortuna, no necesita que se la enseñen. Su presencia, su disposición ante el mundo, sus zapatos grandes, su atuendo ancho y su cara pintada revelan el gran secreto de la existencia: no existen lecciones que valgan si uno no se arriesga a la renuncia del mañana, si uno no se atreve a vivir el aquí y el ahora. Por eso el niño le teme tanto como le gusta. Se ve a él mismo jugar con el mundo, se siente parte de su cuerpo y de sus gestos. Al mismo tiempo, ve todo lo que no es, lo que no debe ser, lo que la realidad se lo impide. Siente, muy profundamente, el pavor y el placer de que se han cruzado las líneas, de que se ha sacado la vuelta a la realidad.
La emoción del payaso es un sentimiento de plenitud, de grandeza, de una alegría desbordada que supera toda filosofía melancólica. De ahí la tragedia misma del personaje: el payaso, al ser eterno, solo puede vivir en un tiempo fragmentado. Se acaba la fiesta, se van yendo los invitados y el personaje se quita su máscara. Regresa a casa y se pregunta por el fin de mes.
