El régimen nazi implementó un sistema de persecución y exterminio masivo que afectó a diversas poblaciones, incluyendo de manera particular a los ancianos y enfermos. Este proceso se articuló a través de la creación de campos de concentración y exterminio, así como de programas como la eutanasia, y contó con la implicación forzada de ciertos organismos judíos.
El Sistema de Campos de Concentración y Exterminio
Auschwitz II, o Auschwitz-Birkenau, a unos 72 km de Cracovia, comenzó a construirse en octubre de 1941. Birkenau, la mayor de las instalaciones de Auschwitz, estaba dividida en diez secciones, cada una de ellas separada por alambradas electrificadas. Tras su inauguración en marzo de 1942, actuó como centro de exterminio de judíos. Albergaba un conjunto de cámaras de gas y crematorios. Más de 40 instalaciones más pequeñas, llamadas subcampos, servían como campos de trabajo esclavo.
“La vida” en los campos estaba diseñada para que los prisioneros no resistieran las duras condiciones por más de tres meses. Eran obligados a dormir en barracas de madera donde hacinaban hasta 1,500 personas por bloque. Una barraca de mujeres en Auschwitz generalmente consistía en tablones de madera de tres niveles donde dormían hasta 1,500 personas por bloque. Sobrevivientes miraban desde sus literas dentro de un cuartel en el campo de concentración de Dachau, evidenciando las condiciones de hacinamiento.

Los Judenräte: Consejos Judíos bajo Coerción Nazi
Cuando llegó el momento, los nazis obligaron a los jefes de estos consejos, llamados en alemán Judenräte (en singular, Judenrat), a elaborar listas de judíos para su deportación. Estos consejos, compuestos por líderes comunitarios, se enfrentaron a dilemas morales imposibles.
Adam Czerniakow, presidente del Judenrat del gueto de Varsovia, se suicidó el 22 de julio de 1942, antes que ayudar en el arresto de judíos. Otros líderes del Judenrat cooperaron con los alemanes con la esperanza de que, al hacerlo, pudieran salvar al menos a algunos de los judíos de sus guetos. Después de la guerra, algunos miembros de los Judenräte fueron llevados a juicio en Polonia y otros lugares, así como ante tribunales de honor en campamentos para desplazados en Alemania, Austria e Italia, enfrentando las complejidades de su colaboración forzada.

El Programa de Eutanasia (Aktion T4): El Objetivo de los Ancianos y Enfermos
Desde los primeros años del régimen nazi, circularon en Alemania rumores que afirmaban la existencia de planes de exterminio sistemático de la población "poco productiva". La eutanasia se constituyó así en entrenamiento y ensayo del que sería uno de los rasgos más atroces de la II Guerra Mundial: las matanzas de prisioneros en las cámaras de gas.
En la primavera de 1944, la dirección de los Servicios de Seguridad (SD) nazis, en Berlín, solicitó a sus informantes que le proveyeran "informes" sobre el estado de la opinión pública acerca de una cuestión muy especial: el rumor que circulaba por toda Alemania sobre la prematura ejecución de las personas de edad. Los resultados revelaron una profunda desconfianza respecto del sistema de salud nacionalsocialista. Según ciertas versiones, algunos médicos se "deshacían" de personas de edad enfermas con métodos "apropiados" a fin de reducir los costos y ahorrar los medicamentos escasos.
Muchos alemanes pensaban que las mismas autoridades habían invitado a los funcionarios de la salud a interrumpir los tratamientos de los pacientes de edad más avanzada, y a no prescribirles más prótesis ni medicamentos de circulación limitada como la insulina. En ciertos distritos, las personas mayores evitaban ir al médico y preferían dirigirse a su farmacéutico o a un curandero; otros no tomaban lo que les recetaba su médico, temiendo ser envenenados. Estos rumores iban a la par con las quejas: en la distribución de alimentos de alto valor nutricio -como las frutas, verduras o leche- y en las evacuaciones para huir de los bombardeos aliados, los jóvenes y especialmente las mujeres fecundas se habrían visto privilegiados.
En muchas regiones, estas versiones persistían obstinadamente desde hacía años por una razón sencilla: el recuerdo, muy vívido, de las últimas experiencias de eliminación clínica de los "inútiles" a pedido del Estado. En relación con los nuevos rumores, se evocaba con indignación el asesinato de los pacientes de los asilos y hospitales en forma casi abierta. La gente pensaba que, después de los discapacitados, llegaría a los viejos el turno de ser sometidos a las "inyecciones de la Ascensión", que los enviarían al más allá. Pero el conocimiento de la política de eutanasia de los nazis suscitó más resignación que rebeldía.
Entre enero de 1940 y agosto de 1941, alrededor de 70.000 internos de establecimientos psiquiátricos alemanes habían sido sistemáticamente asesinados. Obra de una institución disimulada bajo el nombre T4, este asesinato masivo fue encubierto administrativamente y decretado secreto de Estado. A comienzos de la guerra, el mismo Hitler había redactado una autorización en tal sentido, formulada voluntariamente de modo vago, para dejar en manos de los expertos médicos y administrativos la organización del programa criminal y la definición de los grupos de víctimas. Aunque los médicos implicados exigieron una garantía legal, el mandatario se negó, so pretexto de confidencialidad, a recurrir a una ley de eutanasia.
La liquidación de los enfermos mentales enseñó al régimen algo esencial: ese genocidio no había quebrantado esencialmente la lealtad de la población, una experiencia decisiva para la aplicación del programa de exterminio de los prisioneros de los campos, judíos y gitanos romas y sintis. Por otra parte, las estructuras y el personal que había pasado la "prueba" del asesinato de los minusválidos participaron acto seguido en el judeocidio.
Los preparativos del "test" que representó la eutanasia vienen de muy lejos. El director de un asilo psiquiátrico lo atestiguó retrospectivamente en 1947: incluso antes de la guerra, el ministerio del interior pensaba, en caso de conflicto, reducir drásticamente las raciones de los ocupantes de los asilos y hospitales psiquiátricos. Frente a la objeción según la cual eso conduciría a hacerlos morir de hambre, se había "prudentemente, por primera vez, tanteado el terreno, preguntando qué posición adoptaría la Misión Interior si el Estado planificaba el exterminio de ciertas categorías de enfermos durante la guerra, en caso de que los alimentos disponibles no alcanzaran para alimentar al total de la población."
Durante el verano de 1939, el médico personal de Hitler, Theo Morell, había redactado un informe en el mismo sentido. Basándose en una encuesta realizada a principios de los años '20 entre los padres de niños con discapacidades importantes, concluía que la mayoría de ellos aceptaban que "la vida de su hijo se abreviara sin sufrimiento". Algunos decían incluso preferir no decidir ellos mismos la suerte de su hijo: más valía que un médico tomara las decisiones necesarias. A partir de lo cual Morell preconizó, en caso de eutanasia, la renuncia al consentimiento explícito de la familia, el mayor disimulo posible del asesinato del enfermo y, en términos más generales, la utilización del "prefiero-no-saberlo". Las víctimas fueron pues rápidamente transferidas de un establecimiento al otro, a fin de hacer más difíciles las búsquedas de allegados inquietos, y luego asesinadas en los centros de ejecución. Las familias recibían entonces el anuncio del deceso, imputado a una causa inventada, así como la incineración del difunto.
Pese a estas precauciones, el secreto del asesinato de los enfermos se divulgó, en especial entre el personal de los asilos y en los alrededores de los lugares de ejecución. El frágil tabú quedó públicamente expuesto en agosto de 1941, cuando el obispo de Munster, conde Clemens August von Galen, repudió abiertamente el crimen en un sermón. Las protestas procedían más que nada de los medios católicos.
Semanas antes del escándalo público de von Galen, Hitler había ordenado detener el programa de eutanasia. Pero eso no significaba de ningún modo el cese de actividades de los centros de matanza. El número de víctimas correspondía aproximadamente, en ese momento, al objetivo fijado por los organizadores en 1939: uno de cada diez pacientes de hospital psiquiátrico debía ser "tomado por la acción", es decir entre 65.000 y 70.000 personas en total. Y los expertos en estadística calcularon incluso el ahorro realizado así en materia de alojamiento, vestimenta y alimentación ¡hasta 1951! Sin contar el personal médico "liberado" para otras tareas, los lugares disponibles para enfermos curables, los asilos transformados en hospitales.
Ya durante la Primera Guerra Mundial, la división de la población en distintas categorías destinadas a ser mejor o peor aprovisionadas -en función de su "valor"- había conducido a una subalimentación drástica de los pacientes de los hospitales psiquiátricos, lo que resultó en un fuerte aumento de su mortalidad. Pero con la Segunda Guerra Mundial, la selección sistemática, combinada con medidas estatales coercitivas, se convirtió en la base de la política social. Y no cambió nada la interrupción, en 1941, del programa de eutanasia: el asesinato de los enfermos prosiguió, de forma descentralizada y con otras técnicas. Las autoridades locales ya no deportaban a los condenados a las cámaras de gas de los centros de exterminio: los mataban en distintos hospitales y asilos mediante inyecciones letales.
Al mismo tiempo, el círculo de los participantes directos en el asesinato y el de las personas informadas se ampliaron considerablemente. Los expertos en eutanasia, que antes elegían los pacientes a ser eliminados, desplazaron su actividad hacia otros grupos de víctimas. A partir de la primavera de 1941, seleccionaron prisioneros de los campos de concentración -sobre todo minusválidos y judíos- para ser llevados a la cámara de gas. Más adelante, los asesinos del "Aktion T4" operaron en los centros de exterminio de Belzec, Sobibor y Treblinka, cuyos comandantes sacaron provecho de su experiencia en materia de utilización de las cámaras de gas para la destrucción de los judíos.
Aparte de sus conocimientos prácticos y organizativos, los "T4" transfirieron de la eutanasia a la "solución final" su experiencia en el manejo de la opinión pública. Tan es así que en abril de 1941, el consenso en torno al asesinato de los enfermos se confirmó favorable: "En el 80% de los casos los allegados están de acuerdo, el 10% protesta y el 10% es indiferente". Los informes de las SS de la primavera de 1944 pueden leerse entonces como signos de una prudente moderación: sondean la atmósfera general, dan indicaciones sobre las posibles causas de los rumores y aconsejan a las autoridades en cuanto a su reacción.

La Persecución Generalizada y la Identificación de Prisioneros
Las primeras víctimas de la persecución en la Alemania nazi fueron, entre otros, los detractores políticos, especialmente comunistas, socialdemócratas y sindicalistas. Los testigos de Jehová se negaban a formar parte del ejército nacional o jurar obediencia a Adolf Hitler, y por eso también fueron perseguidos. Los nazis hostigaron a los hombres homosexuales alemanes, cuya orientación sexual consideraban un obstáculo para la expansión de la población alemana.
Los nazis perseguían a los que consideraban de raza inferior. La ideología racial de los nazis denigraba principalmente a los judíos, pero también difundía odio hacia los romaníes (gitanos) y los negros. Los nazis veían a los judíos como enemigos raciales y los sometían a arresto arbitrario, reclusión y asesinato. A los romaníes también los individualizaban y los perseguían debido a sus antecedentes raciales. Los nazis consideraban inferiores a los polacos y otros eslavos, y los elegían para subyugarlos, obligarlos a realizar trabajos forzados y a veces matarlos.
Sistema de Identificación de Prisioneros
A partir de 1937 y 1938, las SS crearon un sistema de marcas para distinguir a los prisioneros de los campos de concentración. Los distintivos de diferentes colores se cosían en los uniformes e identificaban la razón por la que la persona estaba encarcelada, con algunas variaciones entre los diferentes campos. A partir de 1938, se identificó a los judíos de los campos con una estrella amarilla que se les cosía a sus uniformes de prisión, una distorsión del símbolo de la estrella de David judía.
Después de 1939 y con ciertas variaciones en cada campo, se identificaron fácilmente las categorías de prisioneros con un sistema de marcas que combinaba un triángulo de color invertido con letras:
- A los criminales se los marcaba con triángulos invertidos de color verde.
- A los prisioneros políticos con rojo.
- A los “asociales” (incluidos romaníes, rebeldes, vagabundos y otros grupos) con negro o, en el caso de los romaníes en algunos campos, marrón.
- A los homosexuales se los identificaba con triángulos rosas.
- A los testigos de Jehová, con unos de color púrpura.
- A los prisioneros no alemanes se los identificaba con la primera letra del nombre de su país natal en alemán, la cual se cosía en su distintivo.
Los dos triángulos que formaban el distintivo de la estrella judía eran amarillos, a menos que se incluyera al prisionero judío en alguna de las otras categorías de prisioneros.

Los Sonderkommandos: Testigos y Víctimas de la "Solución Final"
Para acelerar el ritmo de los asesinatos, los nazis establecieron campos de exterminio como Auschwitz-Birkenau y crearon una unidad especial llamada Sonderkommando (comandos especiales). Estaba formada por prisioneros judíos deportados a Auschwitz desde 16 países, cuyo trabajo alimentó la máquina de matar. Los miembros de los comandos especiales se vieron obligados a ayudar en los procesos de asesinato; las SS cometieron realmente la matanza.
Este grupo de prisioneros tenía que buscar implantes como dientes de oro y objetos de valor ocultos en los cuerpos antes de deshacerse de los cadáveres. Dario Gabbai, exprisionero del campo de concentración de Auschwitz, recuerda: "Yo trabajé en los crematorios. Llevaba personas de las cámaras de gas a los hornos". Gabbai tenía la tarea específica de cortar y recoger el cabello de las mujeres asesinadas.
Las cámaras de gas funcionaban cerrando las puertas, para luego las SS lanzar el Zyklon B desde las aberturas de arriba. Tardaban unos cuatro o cinco minutos en morir, excepto las personas en el lado de donde venía el gas, donde el proceso tomaba un par de minutos. El Zyklon B llegaba a los campamentos en forma de bolitas de cristal y, tan pronto como los gránulos estaban expuestos al aire, se convertían en gas venenoso y comenzaban a matar personas.
Cómo funcionaba Auschwitz, el mayor campo de concentración y centro de exterminio del nazismo
Dilemas Morales y Actos de Humanidad
Los miembros del Sonderkommando enfrentaron dilemas morales extremos. Uno de ellos, Ya'akov, el hermano de Dario Gabbai, vio a dos de sus primos aparecer en la cámara de gas. Les indicó que se sentaran cerca de donde salía el gas para tener una muerte rápida e indolora, preguntando a Greif: "¿Por qué deberían sufrir tanto?".
A pesar de las circunstancias inhumanas, algunos Sonderkommandos intentaron preservar la dignidad de las víctimas. Josef Sackar, el primer Sonderkommando que el historiador Gideon Greif conoció en 1986, relató: "Movía mi cabeza hacia otra dirección y me aseguraba de que no se avergonzaran mucho" cuando las mujeres eran obligadas a desnudarse. Shaul Chasan se esforzaba por asegurarse de que los cuerpos no fueran arrastrados sobre la tierra y los escombros del suelo de las cámaras de gas.
La mayoría de los miembros de estos comandos eran judíos ortodoxos. Muchos días lograban rezar tres veces al día, como lo estipula el judaísmo, obteniendo el número mínimo de diez para la oración comunitaria cuando los guardias no estaban cerca. Algunos incluso recitaban el Kadish -una oración tradicionalmente dedicada en memoria de los muertos- durante el proceso de cremación.

Castigos y Condiciones
Gabbai no podía desobedecer órdenes. Cuando alguien era un poco lento o ineficiente, era castigado brutalmente. A veces, los guardias de las SS inspeccionaban los cadáveres de camino a las incineradoras; si veían un implante de oro que los miembros de los comandos habían pasado por alto, la persona responsable podía ser arrojada viva a las llamas. Otros castigos incluían ser disparado, torturado, golpeado o rodar desnudo sobre la grava. Estos castigos se realizaban en presencia de otros Sonderkommandos para intimidar a todo el grupo.
El trabajo ofrecía poca protección. Los nazis solían matar a los miembros de los comandos especiales cada seis meses y traían nuevos reclutas, quienes se encontraban en un estado de shock constante al ver a miles de judíos ser asesinados cada día, lo que representaba un gran desafío para permanecer con vida.
Resistencia y Evidencia de las Atrocidades
Menos de 100 Sonderkommandos, reclutados durante la deportación de judíos húngaros a Auschwitz, lograron sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. En Yad Vashem, el Museo de la Historia del Holocausto de Israel, se señala cómo aumentaron los asesinatos después de que comenzara la deportación de judíos húngaros en mayo de 1944. En solo ocho semanas, unos 424.000 judíos fueron deportados a Auschwitz-Birkenau. La tasa de asesinatos superó por mucho la capacidad de los crematorios. El militar alemán a cargo, Otto Moll, fue implacable y ordenó a los Sonderkommandos que desenterraran algunas fosas crematorias. Una foto tomada de manera clandestina por un Sonderkommando muestra claramente cuerpos incinerados en una fosa al aire libre, lo cual supondría años más tarde una valiosa evidencia.
Actos de Valentía y Rebelión
Shlomo Dragon fue testigo de inusuales actos de desafío. Relató a Greif cómo una mujer se negó a desnudarse por completo, y cuando un hombre de las SS, Schillinger, le apuntó con su arma y le exigió que se quitara la ropa interior, ella se quitó el sostén, se lo pasó por la cara y le golpeó con él, consiguiendo que soltara su arma. La mujer, identificada como la bailarina polaca Franceska Mann, la agarró rápidamente, apuntó y disparó, matando a Schillinger. Otro miembro de los comandos vio cómo un grupo de niños polacos desnudos comenzó a cantar Shema Yisrael, una oración judía, y entró a la cámara de gas con perfecta disciplina.
Aunque a los Sonderkommandos se les daban normalmente más comida y mejores condiciones de vida que al resto de los prisioneros, así como la posibilidad de quedarse con la ropa de las víctimas (lo que Greif describe como "incentivos marginales"), estaban constantemente monitoreados. A pesar de esto, lograron protagonizar una lucha que se conoce como "la rebelión del Sonderkommando". "Dos hermanos estuvieron involucrados en la planificación del levantamiento del sábado 7 de octubre de 1944. Fue una revuelta judía. Fue una historia de coraje. Debería estar escrita en letras de oro", sostiene Greif. Ese día, algunos miembros de los comandos atacaron a sus guardias de las SS con piedras y prendieron fuego a un crematorio. Fue rápidamente sellado y 451 Sonderkommandos fueron asesinados a tiros.
Documentación Secreta
Otros prisioneros como Marcel Nadjari registraron su ira en pedazos de papel. "No estoy triste porque voy a morir, estoy triste porque no podré vengarme como quisiera", escribió en noviembre de 1944. Las cenizas de cada víctima adulta pesaban unos 640 gramos, según sus notas. Este judío griego escondió luego su manuscrito de 13 páginas en un termo, que selló con una tapa de plástico. Luego colocó el termo en una bolsa de cuero y lo enterró. Las notas dejadas por Nadjari y otras personas fueron recuperadas años después y descifradas minuciosamente. Estos documentos son conocidos como "los rollos de Auschwitz" y proporcionan una valiosa información sobre la escala del crimen.

La Búsqueda de Justicia y el Legado
Tras la guerra, algunos miembros del Sonderkommando se enfrentaron a sus antiguos guardias en los tribunales. Henryk Tauber testificó contra el comandante de las SS Otto Moll. "En varias ocasiones, Moll arrojaba a personas vivas a las fosas crematorias", recordó durante el juicio ante un tribunal militar estadounidense. Moll fue finalmente condenado y ahorcado por su papel en una "marcha de la muerte". Otro excomandante del campo, Rudolf Hoss, fue capturado después de la guerra y ahorcado en 1947.
Temiendo la derrota, las SS comenzaron a evacuar el campamento desde mediados de enero de 1945. Cerca de 60.000 reclusos hambrientos y semidesnudos se vieron obligados a caminar a través de la nieve a temperaturas de -20 °C hasta ciudades a más de 50 km de distancia. Los que no podían seguir el ritmo fueron asesinados a tiros.
Sin embargo, muchos criminales nunca fueron castigados. Gideon Greif estima que el número de personas asesinadas supera los 1,3 millones e insiste en que la búsqueda de la justicia no debe acabar: "Ningún criminal nazi alemán merece morir en su cama". Greif ha comparecido ante tribunales europeos para testificar contra presuntos criminales nazis, afirmando que "los intentos alemanes de destruir todas las pruebas de sus crímenes llevaron a un vacío documental que solo puede ser llenado por los recuerdos de los sobrevivientes".
Asegura que su mayor logro es cambiar esa percepción sobre los Sonderkommandos: "Nadie se atreverá a llamarlos colaboradores ahora", asegura. Dario Gabbai, el único sobreviviente del Sonderkommando que quedaba en Los Ángeles, dijo durante una visita para conmemorar el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz: "Me dije: 'esta guerra va a terminar algún día y cuando termine puedo sobrevivir y contarle la historia al mundo'".
