La figura del judío errante es una prominente figura literaria y mítica, consistente en un hombre inmortal cuya leyenda comenzó a difundirse en Europa en el siglo XIII. En el mito original se relata que un transeúnte se burló de Jesús durante el camino hacia la crucifixión, por lo que Dios lo condenó a «errar hasta Su retorno» (el retorno de Jesucristo a la Tierra). Por tanto, el personaje en cuestión debe andar errante por la Tierra hasta la Parusía.
Orígenes Bíblicos y Precedentes de la Leyenda
La figura del eterno caminante aparece en numerosas leyendas de diversas culturas. En las grandes religiones se trata de individuos condenados a un perpetuo vagar por haber cometido una blasfemia o haber desobedecido a Dios, como es el caso de Caín en el judaísmo, de Pindola en el budismo o de al-Sameri en el Islam. El cristianismo, por su parte, creó la leyenda del "judío errante".
El Precedente de Caín en el Antiguo Testamento
Los orígenes de la leyenda del judío errante son inciertos. Tal vez un elemento de inspiración sea la historia de Caín en el Libro del Génesis, a quien se le impone un castigo similar: «Aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra» (Génesis 4, 12). Este castigo, aunque no es interminable, comparte la naturaleza de la deambulación perpetua. La presunta inmortalidad de Caín, para evitar que lo asesinaran, derivó de que Dios le puso un signo en la frente para que todos lo reconocieran, la llamada marca de Caín.
Referencias en Otros Textos Bíblicos
Muchos comentaristas han apuntado a Oseas 9:17 («Mi Dios los rechazará porque no le han escuchado, y andarán errantes entre las naciones»), como otra posible raíz de la idea del «judío errante». También se ha sugerido que la leyenda proviene de las palabras de Jesús dadas en Mateo 16:28: «Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».
La creencia de que el discípulo amado de Jesús no moriría era, al parecer, lo suficientemente popular en el mundo cristiano primitivo como para ser denunciada en el Evangelio de Juan (Juan 21, 20-23):
- Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»
- Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?»
- Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.»
- Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: « No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga.»
Otro pasaje del Evangelio de Juan habla de un guardia del sumo sacerdote que abofetea a Jesús (Juan 18:19-23). Anteriormente, el Evangelio de Juan habla de Simón Pedro cortándole la oreja a Malco, un sirviente del sumo sacerdote (Juan 18:10), figura que también sería asociada posteriormente con el errante.
Las Principales Versiones de la Leyenda Medieval
El punto de partida de la historia del judío errante se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. A partir de estas referencias, en torno a 1228, el benedictino inglés Mateo París (Matthaeus Parisiensis) escribió una primera versión de la leyenda en sus obras Flores Historiarum y Chronica Majora, recogiendo el supuesto relato de un obispo armenio que llegó a Inglaterra.
Cartáfilo: El Portero del Pretorio
En el relato de Mateo París, el protagonista se llamaba Cartáfilo o Cartáfilo, portero de Poncio Pilatos. Cuando sacaron a Jesús para crucificarlo, le dio un empujón en la espalda, o según otra versión, cuando Jesús cayó en su camino al Gólgota, Cartáfilo lo golpeó, conminándole cruelmente a levantarse y seguir. Ante su acción, Jesús le dijo: «El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva». Se trata de una profecía del mismo Cristo, por la que este judío no había de morir hasta que Cristo volviese a juzgar vivos y muertos. De este modo, el criado rejuvenece cada vez que llega a la edad de cien años, y así hasta el fin de los tiempos. Tras la muerte de Jesús, Cartáfilo, conmovido, se convirtió al cristianismo, tomó el nombre de José y se lanzó a un eterno vagar.
Asuero: El Zapatero de Jerusalén
El nombre más antiguo para la figura del errante sea posiblemente el que aparece en una de las Cartas eruditas y curiosas del padre Feijoo. Esta versión narra la historia de Asuero, un zapatero de Jerusalén quien echó de un empujón a Cristo del quicio de su puerta cuando este se detuvo allí a descansar camino del Calvario, diciéndole: «Sal cuanto antes; ¿por qué te detienes?». Cristo le respondió: «Yo descansaré luego, pero tú andarás sin cesar hasta que yo vuelva» (algunos han añadido: «hasta que no nazca niño alguno» o «hasta que la mujer deje de parir»). Desde aquel momento empezó el cumplimiento del vaticinio, siempre andaba peregrinando, sin parar en provincia alguna. Representaba la edad de cincuenta años y prorrumpía en frecuentes gemidos por la tristeza que le causaba la memoria de su delito.
Otras Identidades y Variaciones
Como ocurre con muchas tradiciones populares, la historia fue transformándose con el tiempo. En algunas versiones, el personaje es un hombre que se negó a darle agua a Jesús; en otras, aparece con nombres como Buttadeus, Juan de Espera en Dios o Giovanni Servo di Dios. También existen relatos que lo identifican con Malco, el asistente del Sumo Sacerdote al que San Pedro le cortó la oreja, y que participó en la detención del Mesías en el huerto de los Olivos.

Propagación y Evolución Antisemitista de la Leyenda
La figura de un pecador condenado, forzado a recorrer el mundo sin esperanza de descansar en paz, impresionó de tal manera que el judío errante no tardó en aparecer en la literatura popular. En los países de habla alemana se lo llamó Der Ewige Jude ("el judío eterno" o "el judío inmortal"), mientras que en los países de lenguas romances es conocido como Le Juif Errant y L'Ebreo Errante; la forma inglesa se inspiró en esta última y se lo llamó The Wandering Jew.
Difusión Inicial y Primeros Documentos Modernos
El primer documento moderno que se conserva sobre esta leyenda es un panfleto de cuatro hojas llamado Kurtze Beschreibung und Erzählung von einem Juden mit Namen Ahasverus ("Breve descripción y relato de un judío de nombre Ahasverus"), impreso en Leiden en 1602 por Christoff Crutzer. Esta cita figuraba en el panfleto original de 1602. La leyenda se extendió rápidamente por Alemania; no menos de ocho ediciones diferentes de la leyenda aparecieron durante ese mismo año, y antes del fin del siglo XVIII había al menos 40 variantes en ediciones diferentes. Se conocen ocho ediciones en neerlandés y la primera versión en francés apareció en Burdeos en 1609. La primera versión inglesa fue una parodia de 1625.
La Leyenda como Herramienta Antisemita
Durante la Edad Media, especialmente a partir del siglo XIII, estas narraciones comenzaron a difundirse ampliamente en Europa, adquiriendo distintas formas según el contexto cultural. Sin embargo, a partir del siglo XVI, la leyenda también se vio influida por contextos históricos marcados por prejuicios y tensiones sociales hacia comunidades judías. Esta nueva identidad estuvo vinculada al surgimiento del antijudaísmo de masas.
Los judíos fueron considerados como causantes de las desgracias sin fin durante las crisis de hambre y epidemias del siglo XIV. Paralelamente, se desarrolló la práctica de los viacrucis o caminos de la Cruz, en la que los fieles revivían con máximo patetismo la muerte de Cristo, de la que se culpaba injustamente a los judíos. Fue así como tomó forma una leyenda del judío errante de carácter abiertamente antisemita. El mismo adjetivo de "errante", usual desde finales del siglo XVII, subrayaba el paralelismo entre el protagonista de la leyenda y la experiencia de los judíos de la época, condenados a trasladarse de un país a otro. Este antisemitismo cristiano se nutría, en ocasiones, de mitos como el del judío errante.
Apariciones y Testimonios Históricos
Durante el siglo XVI empezó a hablarse de un personaje llamado Ahasvero que podía aparecer en cualquier lugar y momento, y que era en realidad un judío que había sobrevivido desde la época de Jesucristo. Los escasos viajeros europeos que se aventuraban por esos años en Palestina y Jerusalén hallaban siempre de un modo u otro al misterioso testigo de la Pasión.
En su peregrinaje a la ciudad santa, el noble veneciano Carlo Soranzo explicaba cómo fue abordado por un turco en las callejuelas de Jerusalén. El turco, por una módica suma, se ofreció a conducirle en secreto ante un prisionero extravagante. Se trataba de un individuo alto, con armadura, confinado en una habitación tras gruesas puertas de hierro. Había sido condenado a estar allí, sin comida ni bebida, hasta el Juicio Final. Pasaba los días caminando sin tregua de un cabo a otro del recinto, gimiendo y golpeándose el pecho.
La aparición más resonante y multitudinaria del judío errante se produjo en Hamburgo en 1542, si damos crédito al testimonio de Paul von Eitzen (1521-1598), obispo de Schleswig. Von Eitzen ya se había mostrado interesado por estos fenómenos escatológicos; por ejemplo, había compuesto una obra sobre el viaje de Cristo a los infiernos durante los tres días de su muerte. En su relato sobre la aparición de 1542, destacó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús y las iniquidades cometidas por Judas Iscariote.
Un texto lo presentaba así: "Escuchaba el sermón con una devoción extraordinaria, con una atención insólita que solo interrumpía cuando el predicador nombraba a Jesucristo. Entonces este personaje se inclinaba, se golpeaba el pecho y suspiraba con fuerza [...] Era un hombre taciturno y reservado, de conversación piadosa, pero que no hablaba si no se le dirigía la palabra. Empleaba siempre la lengua del país en el que se encontraba, comía y bebía poco y jamás se le vio reír. Si se le ofrecía dinero, no tomaba sino dos o tres sueldos que entregaba de inmediato a los pobres. Mucha gente de diversos países fue a Hamburgo para verlo, y se expresaron diversas opiniones."
En Europa se sucedieron las apariciones de este personaje. En 1604 fue reconocido en Francia por dos jóvenes gascones. Se trataba de un zapatero, cuya leyenda se acompañó de un cuarteto célebre que presuntamente recitaba el viajero: "Cuando yo contemplo el universo, / creo que Dios me hace servir de ejemplo, / para testimoniar su muerte y pasión, / en la espera de la Resurrección". En 1774 hubo una nueva aparición ante dos burgueses de Brabante, a los que se presentó como Isaac Laquedem.

El Judío Errante en la Literatura y el Arte
La figura del judío errante ha inspirado numerosas obras literarias, poemas y representaciones artísticas a lo largo de los siglos.
Obras Literarias Destacadas
- La leyenda es el tema de poemas de Schubart, Schreiber, W. Müller, Lenau, Chamisso, Schlegel, Julius Mosen y Köhler.
- También inspiró las novelas de Franzhorn, Oeklers y Schücking, y las tragedias de Klingemann (Ahasuerus, de 1827) y Zedlitz (1844).
- En Francia, Edgar Quinet publicó su versión épica de la leyenda en 1833 y Eugène Sue escribió su novela Le Juif Errant en 1844, que imaginaba que este personaje vivía condenado a transmitir el cólera durante sus interminables viajes. Esta última cuenta la historia de Ahasuerus como Herodes, una explicación muy popular. Añadía una intriga de su cosecha: una familia francesa descendiente de la hermana del judío errante se vio obligada a emigrar de Francia a finales del siglo XVII a causa de su religión protestante. Antes, confiaron su riqueza a un judío y se dieron cita para recuperarla 150 años después, pero debían enfrentarse a una conspiración de los jesuitas que ansiaban hacerse con las riquezas. Este folletín ofrecía una imagen favorable de los judíos, pero fue plagiado y adaptado en muchos relatos y monografías posteriores que, en cambio, tomaron un sesgo antisemita.
- Matthew Gregory Lewis le da un papel secundario de cierta importancia en la novela gótica El Monje (1796).
- Andrew Franklin escribió el drama The Wandering Jew, or Love's Masquerade, que se representó como opereta en 1797.
- Percy Bysshe Shelley presentó a Ahasuerus en su Queen Mab.
- El libro de George Croly Salathiel trató el tema de forma imaginativa en 1828.
- Posteriormente, Heinrich Heine y Jean d'Ormesson escribieron novelas sobre la leyenda.
- La figura del judío errante aparece asimismo en la novela de Jan Potocki El manuscrito encontrado en Zaragoza, donde se intercalan las diferentes historias a modo de muñecas rusas.
- En el cuento El inmortal, Jorge Luis Borges le da al narrador el nombre de Joseph Cartaphilus, inspirado en uno de los alias del judío errante.
- Otro escritor argentino que utilizó la figura del judío errante en varias novelas es Manuel Mujica Láinez (El unicornio, Bomarzo y Misteriosa Buenos Aires).
- El libro Mis primeros dos mil años, de George Sylvester Viereck y Paul Eldrige, se centra en las aventuras del judío errante Isaac Cartaphilus, que era un capitán romano de origen judío en la época de Poncio Pilato y que fue maldecido por Jesús por burlarse de él cuando iba cargando la cruz camino del Calvario. En este libro, Cartaphilus es un hombre de 30 años de edad que nunca envejece.
- Igualmente aparece en Cien años de soledad y Los funerales de la Mamá Grande, de Gabriel García Márquez. En la primera, se describe al personaje "como un híbrido de macho cabrío cruzado con hembra hereje, una bestia infernal cuyo aliento calcinaba el aire y cuya visita determinaría la concepción de engendros por las recién casadas", y se atribuyen a su paso por el pueblo de Macondo las irregularidades naturales que ocurrían en ese entonces, definiéndolo como "la mala influencia del judío errante"; aunque al matarlo "pesaba como un buey, a pesar de que su estatura no era mayor que la de un adolescente, y de sus heridas manaba una sangre verde y untuosa.
- El Judío Errante es un personaje importante en la novela Los Pecados de Inés de Hinojosa, del periodista y escritor colombiano Próspero Morales Pradilla, publicada en 1986, pues representa la desgracia para el pueblo de Tunja, que en 1570 presenció el escándalo y el crimen por la pasión y el pecado de sus más prestantes habitantes. Si bien el Judío Errante no era un personaje físico (salvo por la estatua cuidada celosamente por los religiosos), su presencia cumplía el papel de chivo expiatorio de encomenderos, hombres ilustres y sus esposas.
- El rumano Mircea Eliade emplea el personaje del Judío Errante en el cuento Dayan, haciéndole aparecer e interaccionar con el protagonista, hablar en español, y poniendo en su boca el anhelo del fin del mundo (la vuelta de Cristo a juzgar a los hombres).
- El judío errante también aparece en la novela de ciencia ficción Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.
- En las novelas de Russell Griffin, el Judío Errante es un robot destinado a espiar a los humanos.
- La figura del judío errante aparece asimismo como personaje de un cuento del escritor inglés J. G. Ballard: The Lost Leonardo (1964).
- Aparece asimismo en el cuento La tarde, del escritor ecuatoriano Carlos Vásconez, en el cual el judío tiene como objetivo redimirse, para lo cual se dispone a criar a un ser humano con las cualidades de Jesucristo y convencerle de que lo es.
- En la novela del escritor argentino Néstor Barron Váyanse todos a la mierda, dijo Clint Eastwood, de 2007, el Judío Errante, con el nombre de Ahasvero, interviene en el último tercio de la historia, andando por las calles de la ciudad de Buenos Aires junto al protagonista de la novela, intentando lograr un encuentro con otro personaje muy especial que podría liberarlo de su condena eterna, y mostrando de una manera muy original el cansancio metafísico de su condena a la espera.
- El escritor de origen judío Joseph Roth escribió en 1927 Los judíos errantes (Juden auf Wanderschaft). En este ensayo, Roth analiza la diáspora y la asimilación de entreguerras de los judíos del este de Europa, que llegaban a la Europa Occidental desde Rusia, Ucrania o Polonia.
- En el manga Mahou Tsukai no Yome, de Kore Yamazaki, el antagonista principal es Joseph, un hechicero inmortal que practica la alquimia.
El Judío Errante en la Cultura Popular y Otras Manifestaciones
- El Padre Feijoo dedica al personaje la carta 25 del segundo tomo de sus Cartas eruditas y curiosas, publicado en 1745. En ella niega veracidad a la historia, considerándola de invención reciente.
- Hans Christian Andersen hizo a su Ahasuerus el ángel de la Duda, y fue imitado por Heller en su poema El viaje de Ahasuerus, desarrollado en tres cantos.
- Robert Hamerling, en su Ahasver in Rom (Viena, 1866), identifica a Nerón con el judío errante.
- El poema de 1857 de Grenier sobre este tema puede haberse inspirado en dibujos de Gustave Doré del año anterior.
- Guillaume Apollinaire hace del judío errante el personaje principal de su cuento Le Passant de Prague, incluido en su libro de cuentos L'Hérésiarque & Cie.
- En Inglaterra se publicó una balada dedicada al tema, en el libro del obispo Thomas Percy Reliques and English and Scotch Ballads, de Francis James Child.
Reinterpretaciones y Perspectivas Modernas
A lo largo de los siglos, la tradición popular europea dio forma a diversas leyendas inspiradas en la Pasión de Cristo. Esta figura, aunque no forma parte de la enseñanza bíblica, ha perdurado en el imaginario colectivo y, en algunos casos, incluso aparece en representaciones del Vía Crucis o en expresiones populares relacionadas con la culpa y el arrepentimiento.
Quien ideara esta leyenda, por muy bautizado que estuviera, tenía la percepción de un Dios cristiano cruel y vengativo, lo cual no se alinea con el Jesús de la Pasión que nos presentan los evangelistas. No es extraño que en tiempos del Romanticismo, el mito del judío errante fuera reinterpretado como un mito anticristiano: más allá de una cuestión religiosa, aquel judío encarnaba al hombre capaz de desafiar a un Dios que es un pesado lastre para sus ansias ilimitadas de libertad.
Las ideologías de la voluntad de poder, en sus versiones de comunismo, fascismo o nacionalismo autoritario han tendido a hacer de los judíos el “chivo expiatorio” de sus políticas, han creado nuevos “judíos errantes” abocados a la opresión o al exterminio. Benedicto XVI expresó en su visita a la sinagoga de Colonia en 2005 el fundamento de ese odio genocida, que no sólo es aplicable al antisemitismo: “No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también la sacralidad de la vida humana.”
Juan Pablo II, natural de un país con una fuerte presencia histórica de la comunidad judía, dio pasos decisivos para un mayor acercamiento entre cristianos y judíos. Se recuerda con frecuencia su visita a la sinagoga del Trastevere y aquella frase allí pronunciada: “los judíos, nuestros hermanos mayores en la fe.” Con todo, a lo largo de la historia hubo cristianos que olvidaron o trataron de ocultar la condición judía de Jesús; cristianos que decían preferir el Nuevo al Antiguo Testamento e ignoraban, sin embargo, que Cristo no había venido a abolir la Ley y los profetas (Mt 5, 17).
Hoy es fundamental leer estas tradiciones con sentido crítico, reconociendo su carácter legendario y evitando interpretaciones que puedan generar división o señalar colectivamente a un pueblo. La Iglesia ha insistido en centrar las expresiones de fe en el mensaje de amor, redención y misericordia de Cristo, evitando lecturas que atribuyan culpas colectivas. Jesús no entregó su vida por un solo grupo, ni por un momento específico de la historia: murió por toda la humanidad. Desde la Cruz, sus palabras no fueron de condena, sino de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”