Los desafíos y sufrimientos del campesinado anciano

La realidad del envejecimiento rural

Las luchas del campesinado por unas condiciones de vida dignas se repiten a lo largo de distintos territorios y a diferentes escalas en todas las etapas de su historia. Sin embargo, la vida del campesino adulto mayor no es fácil. A pesar de su crucial papel en la provisión de alimentos y la reproducción social, este sector de la población enfrenta desafíos únicos y crecientes. Desde que nace el Sol, la tierra los siente, y aunque algunos lo hacen ya por costumbre, su labor es incesante.

Actualmente, la edad promedio de los productores campesinos supera los 58 años. Después de los 70 años, el 58 % de los campesinos todavía trabaja, de acuerdo con la Encuesta de Calidad de Vida del Dane en 2013. Esta realidad se agrava con el éxodo juvenil hacia las ciudades; en muchos casos, sus hijos han emigrado, y en el mejor de ellos, solo a la cabecera municipal.

Datos preliminares del censo 2018 indican que las zonas rurales perdieron 1.400.000 habitantes, dejando principalmente a los mayores, aferrados a su terruño y porque, además, no tienen otra forma de sostenerse. Las proyecciones que tenía el Dane (antes del censo) indicaban que en el campo todavía vivían 1.088.000 personas mayores de 60 años. El Censo Nacional Agropecuario mostró que en esta zona viven 50 adultos mayores por cada 100 menores de cinco, una cifra que se duplicó desde 2005 (cuando eran 26 por cada 100), revelando el notorio envejecimiento del sector rural.

Gráfico o infografía sobre el envejecimiento de la población rural en Colombia

Este fenómeno fue el tema central de la jornada “Los que quedan acá: Trayectorias de envejecimiento y resistencias en la ruralidad”, actividad clave de la Semana Campesina 2025 en el Campus Juan Gómez Millas, que centró su mirada en el despoblamiento rural y el envejecimiento de la población campesina, específicamente en Chile, donde la situación es similar.

Inseguridad económica y precariedad laboral

La situación económica de los campesinos ancianos es alarmante. En las zonas rurales, los hombres de esa edad trabajan en promedio 39 horas semanales, según un estudio de la Fundación Concha. A pesar de esta dedicación, el acceso a la jubilación es un privilegio para muy pocos. El estudio Colombia Envejece muestra que solo el 22 % de las personas en general se jubila, y en el campo, el porcentaje es mucho menor: apenas el 5 %.

Foto de un campesino anciano trabajando la tierra bajo el sol

De los más de 5 millones de colombianos mayores de 60 años, cerca de 3,5 millones no tienen un sistema de apoyo económico para la vejez, ya sea porque no se prepararon para ello o, muy comúnmente, porque no pudieron. De hecho, en el sector rural, el 70 % de los pobladores de 40 o más años afirma que no hace nada para mantenerse económicamente en la vejez, según la Encuesta Longitudinal de Protección Social.

La Encuesta del Dane revela la profunda pobreza de esta población: un hogar rural recibía en promedio mensual 1,24 Salarios Mínimos Legales (SML), considerablemente menos que un hogar urbano (3,63 SML); y los ingresos mensuales totales por persona en el hogar rural equivalen apenas a 0,33 del salario mínimo, mientras que en el urbano son de 1,04 SML.

Desafíos sociales y acceso a servicios

Lina María González, médica y psiquiatra de la Fundación Concha y líder del estudio Colombia Envejece, citada por la Organización Iberoamericana de Seguridad Social, señala que los adultos mayores en las áreas rurales “enfrentan situaciones que hoy limitan su desarrollo, entre ellas, dificultades en el acceso a servicios básicos, a la tecnología, las situaciones de abandono, la baja escolaridad, el desplazamiento forzado, escasas redes de apoyo, una fuente de ingresos que no es fija y en su mayoría, no cuentan con pensión de vejez”.

Mapa o ilustración mostrando la brecha en acceso a servicios básicos en zonas rurales

Como una medida de apoyo, existe el programa Colombia Mayor, que entrega subsidios a la población adulta. Sin embargo, aunque ha crecido de manera irregular en cobertura, ha disminuido su presupuesto y el beneficio en el área rural no es muy extenso. Llega a 1.503.000 adultos en todo el país, pero cada uno recibe un máximo de 150.000 pesos colombianos cada dos meses, un aporte que se encuentra por debajo de la línea de pobreza.

La dura realidad del trabajo agrario en la vejez: testimonios

Un recorrido por un municipio del oriente de Antioquia, San Vicente Ferrer, donde aún queda población rural cada vez más acorralada por las fincas de recreo, permitió a EL COLOMBIANO comprobar cómo muchas parcelas son trabajadas por adultos de más de 70 años, quienes no le fallan a la tierra para asegurarse el sustento. La vida del campesino que envejece no es nada fácil, pero ahí sigue firme, aferrado a la tierra que cultiva.

Luis Óscar Carvajal: Firme en la tierra natal

Desde la carretera a Concepción, arriba sobre una loma en la vereda La Magdalena, se divisa un hombre con azadón en mano, plantado sobre un cultivo de maíz. Es Luis Óscar Carvajal, quien a sus 76 años sigue sembrando y pendiente de la papa y el maíz. “Se sostiene uno sin tener que salir”, afirma, mientras cuenta que cuatro de sus hijos están en Medellín, Marinilla y Dosquebradas; solo la mayor se quedó en San Vicente al cuidado de la abuela. Su aspiración es clara: “Voy a seguir hasta donde tenga fuerzas. Dios quiera que no tenga que ir a la ciudad, que sea cuando ya no sea capaz de alzar el azadón”.

Foto de un cultivo de maíz o papa en una ladera, con un campesino trabajando

El clima también ha cambiado drásticamente: “Uno no sabe en qué confiarse. Ahora en cualquier mes llueve o hace sol”, relata Luis Óscar. Recuerda que “antes en tiempos de mi papá Pedro, el maíz se sembraba en enero y febrero a marzo, la papa en junio-julio de traviesa, para la cosecha en diciembre y enero. Hoy es lo que se pueda”. Respecto a la jubilación, su respuesta es resignada: “¿Pensión? ¡No, bendito! Cuando uno se enteró de eso ya era muy mayor”. Aunque la hipertensión y algo de asfixia lo molestan, está en control y asiste al Grupo Gerontológico que se reúne en la caseta cada mes, donde son “como 40” personas.

José Delio Sánchez: La lucha contra plagas y costos

A solo tres kilómetros de la cabecera de San Vicente, en La Travesía, José Delio Sánchez espulga cargamanto rojo sobre el piso con sorprendente habilidad, separando los granos buenos de los que la plaga atacó. Se queja por las plagas y porque los abonos y los riegos están muy caros. “Le da con el veneno, qué tal si uno no le echara”, comenta. Con pocas palabras, afirma que trabaja por épocas cultivando una parcela familiar.

Él también percibe el cambio climático: “Ya es distinto, antes se sabía cuándo iba a llover, ahora el verano es lluvia y se siembra en cualquier tiempo lo que se pueda sembrar”. Su esposa, Marta Lucía, recoge los desechos y atiende el negocio, aunque reconoce que “si la agricultura está mal, qué dinero va a tener la gente para comprar”. Ella añade: “No sé cómo hacen para sobrevivir en el campo, si el riego y los abonos están tan caros”. Para José Delio, la ayuda del gobierno es inexistente: “¿Ayuda? Ese papá (el gobierno) no se preocupa por uno. Nadie ayuda. Bendito sea Dios”.

Carlos Enrique García: Activo a los 90 sin jubilación

En la finca El Porvenir, Carlos Enrique García, un hombre de “modelo 28” (1928), deja a un lado la bandeja donde desgrana maíz cuando escucha un llamado. Aunque la finca no es suya, la cuida porque le encantan las actividades del campo y le recuerdan su natal Liborina, de donde salió en 1953. Desde la casa, se aprecian en la lejanía agricultores aporcando cultivos de papa, maíz y fríjol. “A mí no me paga el hijo, pero tengo la comida”, sonríe, valorando la tranquilidad del lugar, lejos del ruido y el humo de Medellín, donde reside su familia y donde logró construir su casa hace mucho tiempo en Manrique. No obstante, no pudo ahorrar para la jubilación, pues “ganaba 8 pesos” cuando trabajaba en albañilería como oficial durante 17 años.

Carlos Enrique camina firme y derecho, con la calma que dan los años, y asegura que en toda su vida solo pasó una noche en un hospital, aunque espera “una cirugía de las vistas”. Desde que el clima lo permite, a las ocho está listo para, machete en mano, limpiar un tajo para sembrar aguacates. Ya ha desyerbado un pedazo y recogió las mazorcas del cultivo de maíz, a pesar de las plagas y los pájaros. “Es que acá para caloriarse hay que boliar machete”, comenta. Aunque el lunes regresará a Manrique, pronto volverá al campo porque le hacen falta la tranquilidad y “un machete para calentarse jornaliando”.

Implicaciones y la importancia de reconocer su labor

Ante un escenario en el que la edad promedio de los productores campesinos supera los 58 años, sumado al éxodo juvenil hacia las ciudades, vastos sectores rurales han quedado habitados principalmente por personas mayores. Este "envejecimiento rural" representa un desafío que no debe verse solo como una barrera, sino como un factor que redefine los modos de producción y la transmisión de saberes. Los extensionistas rurales, por ejemplo, enfrentan hoy poblaciones mayores que son más selectivas respecto a las tecnologías que adoptan.

En este contexto, la sostenibilidad de la vida campesina se encuentra en el límite. Como muestra Lidia Montesinos (2013) en su trabajo sobre los campesinos en Navarra, las formas de producción se están viendo sometidas a nuevas prácticas insertas en la economía de mercado. Esto implica que las formas de vida centradas en la pequeña granja no son sostenibles debido a presiones externas, como el cambio en las normativas de sanidad o bienestar animal, forzando una transformación en sus métodos tradicionales de producción y, por ende, en su estilo de vida.

Es fundamental que reconozcamos de dónde viene nuestro alimento, el patrimonio que encierra la agricultura campesina y el trabajo incansable que realizan estas comunidades rurales, especialmente nuestros adultos mayores. Su persistencia en el campo es un testimonio de resiliencia frente a un sistema que a menudo los olvida.

La Dura Realidad de los Campesinos en la Edad Media

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