Carlos II, hijo y heredero de Felipe IV y de Mariana de Austria, se convirtió en rey a la edad de cuatro años, permaneciendo bajo la regencia de su madre hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675. Felipe IV se había casado por primera vez con Isabel de Francia, fallecida en 1644. De esta unión nació un único hijo varón, el príncipe Baltasar Carlos, muerto en 1646, lo que provocó que el rey decidiese casarse en segundas nupcias en 1649 con su sobrina, la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de María Ana de Austria (hermana de Felipe IV), con el objetivo de asegurar la continuidad dinástica en el trono. Carlos II fue proclamado rey en 1665, a los tres años.
Salud y Educación Temprana
Por razones que son aún motivo de debate, Carlos sufrió periodos de mala salud a lo largo de toda su vida. Era una persona educada por teólogos, pero su mala salud, que incluyó una larga lactancia que derivó en raquitismo y epilepsia, hacía suponer que moriría joven, por lo que se lo sobreprotegió y se descuidó su educación en las tareas de gobierno. A los diez años, sin embargo, alcanzó a conocer por medio de su preceptor, el ya anciano Francisco Ramos del Manzano, los rudimentos de la lectura y de la escritura en español y latín, y la geografía más general, además de haber leído con gusto epítomes (resúmenes) de las crónicas de su familia y antepasados, los reyes de España, aunque solo aquellos de virtudes ejemplares.

La Regencia de Mariana de Austria y la Influencia del Padre Nithard
La muerte de Felipe IV en septiembre de 1665 y la asunción de la regencia por parte de Mariana de Austria hicieron que esta se sintiese de repente sola en medio de la vorágine de acontecimientos. Cuando se abrió el testamento de Felipe IV, uno de los miembros de la Junta ya había fallecido: quedaba así vacante el puesto del Arzobispado de Toledo. Su titular, el cardenal Baltasar Moscoso y Sandoval, había muerto solo unas horas antes que Felipe IV. La reina hubo de buscar soluciones y, con la intención de dejar vacante el puesto de inquisidor general, obligó a Pascual de Aragón a ocupar el arzobispado de Toledo.
En este contexto, el padre Nithard llegó a copar puestos de gran relevancia en la monarquía, actuando como un verdadero "valido" al ser casi la única persona en la que la reina regente depositó su plena confianza. Nithard logró recabar con su ascenso un gran número de odios tanto en los círculos políticos como en los religiosos, pues el padre jesuita no solo entró a formar parte del Consejo de Estado en enero de 1666, sino que también alcanzó el puesto de Inquisidor General entre 1666 y 1669, la cúspide de la gran institución eclesiástica de la monarquía.
Obstáculos para el Nombramiento de Nithard
El encumbramiento del jesuita a tal dignidad jurídico-religiosa no fue en absoluto fácil, pero la reina puso en juego todos los recursos que tuvo a su alcance para conseguir tal cargo para su confesor. El segundo paso era el de naturalizar a Nithard, pues un extranjero no podía alcanzar el puesto de Inquisidor General, para lo cual tuvo que ganarse el apoyo de las ciudades castellanas con voto en cortes. En tercer y último lugar, fue necesaria una aprobación papal, ya que Nithard, como jesuita, no podía aceptar cargo alguno sin el consentimiento del sumo pontífice, debido a las reglas de su compañía. La reina no dudó entonces en dirigirse al papa Alejandro VII para solicitar vehementemente su aprobación del puesto inquisitorial para su confesor.
Oposición y Críticas a Nithard
La nobleza rechazó desde un principio el encumbramiento de Nithard, al que consideraron un advenedizo carente de los merecimientos que ostentaba. Los dominicos, orden opuesta a los jesuitas, se sintieron heridos en su orgullo al observar cómo un jesuita les arrebataba la primacía del confesionario real, así como el gran puesto inquisitorial. Nithard se hizo odioso porque taponó las vías de acceso a la reina, hecho del que tampoco fue totalmente responsable, pues Mariana de Austria mostraba suma desconfianza hacia la gran nobleza española y hacia don Juan José de Austria, el máximo enemigo del confesor. El papel de Nithard como político y aun como la más alta autoridad religiosa de la Monarquía fue más bien mediocre, siendo su verdadera influencia difícil de calibrar. Parece que favoreció la inserción de determinados personajes en la Junta de ministros y fue el ideador de la Guardia Chamberga, pero sus votos en el Consejo de Estado, de carácter más teológico que político, no siempre fueron atendidos. El padre Nithard había cosechado continuos fracasos en el terreno político, tanto en el interior como en el exterior, como lo fue el malestar por la firma del Tratado de Lisboa que reconocía oficialmente la independencia de Portugal. Se ganó también muchas antipatías por haber aconsejado la prohibición de las representaciones teatrales. Por último, las exigencias de dinero para hacer frente a los múltiples problemas planteados ponían de relieve la incapacidad del confesor de poner en marcha una política económica eficiente. Fue destituido y desterrado por el pronunciamiento de Juan José de Austria en 1669, aunque aún ostentó más cargos como embajador extraordinario en Roma, obispo de Agrigento, y más tarde arzobispo de Edesa, además de cardenal en 1672 por el papa Clemente X. Antes de fallecer en 1681, imprimió unas Memorias en París en 1677.

El Papel de Juan José de Austria
Entre 1665 y 1668, Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV y, por tanto, medio hermano de Carlos II, luchó denodadamente por conseguir un puesto de relevancia en la Corte, visiblemente desgastado por sus continuadas campañas militares en Italia, Cataluña, Flandes y Portugal, hasta el punto de presentarse con sus hombres a las puertas de Madrid al grito de "Viva el rey". Cuando murió Felipe IV, en septiembre de 1665, don Juan tenía 36 años, mientras que su medio hermano, Carlos II, tan solo tres. A todo esto se unió su malestar, como el de otros muchos grandes y nobles, por el fulgurante ascenso del jesuita Nithard.
En esas fechas la lucha contra Valenzuela aumentó hasta que doce años después, en 1677, Juan José de Austria marchó sobre Madrid y tomó el poder apoyándose en la nobleza. Valenzuela fue desterrado y la Reina madre abandonó la Corte fijando su residencia en el Alcázar de Toledo. Juan José de Austria, con el apoyo popular, se convirtió en el nuevo valido. Su gobierno quedó ensombrecido por la lucha política contra sus adversarios y la dramática situación de la monarquía hispánica, obligada a ceder el Franco Condado a Francia mediante la Paz de Nimega en 1678.
Las crisis de subsistencia en Castilla habían sido particularmente agudas y las guerras de Devolución (1667-1668) y sobre todo la de Mesina (1674-1678), iniciada por una revuelta de los Molvizos contra los Merlos proespañoles, habían dejado las arcas reales tan vacías que don Juan José de Austria tuvo que pedir a la nobleza un donativo "voluntario" en abril de 1679, que la mayor parte rehusó pagar, ofendida por el estrecho control y cerco a que había sometido las audiencias y las cartas y notas recibidas y respondidas por el Rey, a quien aisló además de su madre. El disgusto por tal rechazo, y unas fiebres palúdicas recurrentes que padecía, lo condujeron a la tumba al año siguiente del matrimonio del rey, el 17 de septiembre de 1679, a la edad de cincuenta años, sin haber podido desarrollar las reformas hacendísticas y administrativas que pretendía.
El Reinado Personal de Carlos II: Gestión y Reformas
El rey Carlos II, plenamente consciente de su incapacidad para asumir las funciones de gobierno, tuvo el buen criterio de poner al frente de los cargos más importantes a personas bien preparadas. Autores como Ribot García (2006) opinan que quizá subestimaba su propia capacidad. Las medidas emprendidas por Valenzuela las retomó juiciosamente el siguiente valido Juan Francisco de la Cerda, duque de Medinaceli (1680-1685). Tras el abandono del duque de Medinaceli, ocupa su lugar Manuel Joaquín Álvarez de Toledo-Portugal y Pimentel, conde de Oropesa (1685-1691), quien continúa con la política de colocar en los puestos claves a personas conocedoras de la materia y no a nobles por el mero hecho de serlo. Bajo sus directrices se creó la Superintendencia General de la Real Hacienda, presidida por el marqués de Vélez.
Con todas estas medidas, el reinado de Carlos II en lo económico ha sido calificado por autores como Ribot García (2006) como "un remanso de paz", aliviando la presión sobre sus súbditos, permitiendo el superávit y acabando con las sucesivas bancarrotas en las que incurrieron su padre, su abuelo y hasta su bisabuelo. Los ministros de Carlos II consiguieron una deflación espectacular. Lo que se hizo fue actuar eficazmente sobre la economía, pero no escribir papeles y más papeles sobre lo que había que hacer, llenos de buenas palabras y buenas intenciones, pero inútiles en la vida real. Para aliviar las cargas económicas de la armada real, casi incapaz de proteger el comercio indiano de la piratería y el corso, se optó por recurrir al propio corso hispano como respuesta. En comparación con la renuencia de los monarcas previos, que habían considerado la guerra corsaria una actividad indigna de España, en el reinado de Carlos se desarrolló enormemente el corso merced a decretos reales en 1674 y 1692, dando como resultado la creación de los llamados guardacostas.
Se produjo la llamada Segunda Germanía, una revuelta campesina que tuvo lugar en julio de 1693, en la última década del reinado de Carlos II de España, en las comarcas centrales del Reino de Valencia, y que algunos historiadores relacionan con la insurrección austracista de los maulets de 1705, en plena Guerra de Sucesión Española. Numerosos campesinos se negaron a pagar impuestos a los nobles sin que acreditaran con algún documento que estaban autorizados a hacerlo.
La Cuestión Sucesoria y sus Matrimonios
La cuestión de su sucesión fue un asunto central en la diplomacia europea durante gran parte de su reinado. El rey se había casado en 1678, con 18 años de edad, con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia. María Luisa, de carácter aislada y poco sociable, con el paso de los años llegó a sentir un genuino afecto y amor hacia él; Carlos, por su parte, amaba tiernamente a su esposa. Si bien Carlos al parecer amaba a María Luisa, ella fue culpada por no poder dar a luz un heredero, a pesar de que los primitivos tratamientos de fertilidad a los que se sometió le dieron graves problemas estomacales. Ha existido un debate considerable respecto a si Carlos era impotente, y de ser así, su causa. Con base en entrevistas privadas con María Luisa, es posible que haya sufrido de eyaculación precoz.

Después de la muerte de María Luisa de Orleans, Carlos II contrajo matrimonio con Mariana de Neoburgo. A pesar de las esperanzas depositadas, Mariana no tuvo éxito tampoco en dar a luz un heredero, casi que con certeza debido a que Carlos era incapaz físicamente de hacerlo para este momento. Su autopsia reveló después que el único testículo que le quedaba estaba atrofiado.

La cuestión de la sucesión se hizo pues cada vez más urgente. Mariana, la madre de Carlos, murió el 16 de mayo de 1696, con lo cual Mariana de Neoburgo tomó control del acceso a Carlos. Era claro para entonces que la salud de Carlos finalmente empezaba a fallar, y llegar a un acuerdo respecto a un sucesor se hizo aún más urgente. Los dos candidatos principales a sucederlo fueron el archiduque Carlos, de los Habsburgo austríacos, y Felipe de Anjou, de 16 años de edad, nieto de María Teresa de Austria y Luis XIV de Francia. En medio del conflicto, Carlos defendió obstinadamente la majestad de la corona y se dedicó a preservar su integridad territorial. Poco antes de su muerte en noviembre de 1700, Carlos nombró a Felipe como su heredero, pero la adquisición de un Imperio español unido por parte de Francia o de Austria amenazaba el equilibrio europeo de poder.
Uno de los hechos más importantes que cambiaría más tarde la monarquía hispánica fue la Paz de Ryswick (Tratado de Rijswijk), firmada con Francia en 1697 después de la ocupación francesa en el Palatinado. La Guerra de los Nueve Años había mostrado que Francia no podría alcanzar sus objetivos por sí sola. El Tratado de Rijswijk fue resultado del agotamiento mutuo y de la búsqueda de soluciones.
Legado y Reevaluación Histórica
A Carlos II se le ha atribuido el inicio de la decadencia española, pero una parte de la historiografía del siglo XXI ha cuestionado tanto esto como la gravedad de la salud del monarca, quien junto a sus hombres, logró mantener intacto el imperio frente al poderío francés de Luis XIV, consiguió una de las mayores deflaciones de la historia, el aumento del poder adquisitivo en sus reinos y la recuperación de las arcas públicas. Por estos logros, María Elvira Roca Barea lo considera un rey desconocido, pero que fue quien comenzó las reformas y logró un bienestar que dilapidaron pronto los Borbones, y autores como Luis Antonio Ribot García dirán de él: «Ni tan hechizado ni tan decadente». El estudio de la época de Carlos II es que este Habsburgo no fue un mal rey. Era feo y tenía mala salud, pero no era idiota ni vago, sino, en realidad, muy consciente de sus obligaciones. Solo muy recientemente se ha puesto en duda la puesta en escena tradicional que los franceses promocionaron de una España depauperada, atrasada y putrefacta durante el reinado de Carlos II. Son muchos los éxitos que dejó al morir este monarca desconocido como ningún otro. Y han sido necesarios ¡tres siglos! para que empiece a verse su persona y su gobierno bajo otra luz. Sabedor de que su debilidad física le vetaba grandes esfuerzos, Carlos II se ocupó de que las tareas de gobierno fueran a parar a hombres con capacidad. Así, por ejemplo, nos encontramos con que en pocos años se pasa de tener un problema serio de inflación y déficit a tener superávit y los precios controlados.