La continuidad de las tradiciones cotidianas y familiares ha constituido uno de los principales roles que han definido la experiencia e identidad de las mujeres a lo largo del tiempo. Estas funciones han determinado modelos genéricos idealizados tanto para las mujeres trabajadoras como para las de élite. Sin embargo, estas actividades, más conocidas como labores propias del sexo, han recaído especialmente en manos de las mujeres de sectores populares.
Esta situación ha sido explicada por las relaciones entre raza y género definidas en América Latina desde la Conquista, donde indígenas, negras, mestizas y mujeres de casta conformaron el contingente de trabajadoras domésticas. Esto evidencia las condiciones culturales que han definido las valoraciones sociales y la situación material de este sector laboral, y del trabajo femenino en general. La invisibilidad y la devaluación de estas labores tienen profundas raíces históricas que se extienden hasta la antigüedad.

La Mujer Cuidadora en la Antigüedad Clásica: Orígenes y Percepción
A lo largo de la historia, dentro del ámbito de la medicina, la mujer ha ejercido diversas funciones, siendo la de cuidadora, asistente o enfermera la más predominante. El origen y evolución de estas funciones han establecido la profesión de la enfermería tal como la conocemos hoy día. Para comprender mejor su significado actual, es interesante conocer cómo desarrollaban su profesión las mujeres de civilizaciones antiguas.
La Invisibilidad y el Valor Devaluado del Trabajo Manual
Tradicionalmente, el lugar y la ocupación de la mujer ha sido la casa, encargándose de tareas domésticas como el cultivo y la recolección para la alimentación familiar; la higiene y el conocimiento de las propiedades de los baños y diversos tratamientos con agua y vapor; o el cultivo del alma: la educación de los hijos. A pesar de su papel activo y decisivo, la mujer ha sido parte de un "otro" ente social, con menos reconocimiento. El historiador romano Tito Livio, por ejemplo, describe el ideal de la mujer romana precisamente como ese ser invisible, en contraste con aquellas mujeres que intentaban apropiarse indebidamente de posesiones o cualidades propias de los hombres, y que a menudo eran asociadas con algún tipo de brujería.
Este papel doméstico y reproductivo, presente en todas las civilizaciones antiguas, le confirió a la mujer un valor ambivalente en algunas ocasiones. Su conocimiento de los ingredientes en la preparación de medicamentos, por ejemplo, le otorgó un doble poder: curadora y envenenadora. Esto se reflejaba en la legislación, como la "Lex Cornelia de sicariis et veneficiis", que defendía que si había algún caso de envenenamiento, se acudía siempre a las mujeres.
Curiosamente, estas labores tan arraigadas en la naturaleza femenina, que exigían un gran desarrollo intelectual, formaban parte de lo que en las sociedades antiguas se llamaban "trabajos manuales". Los oficios manuales, según explica Cicerón, eran tenidos por deformadores del cuerpo y del espíritu; eran como un castigo para el ser humano, tanto que en algunas ocasiones a quien trabajaba con las manos se le consideraba un objeto, un instrumento ("instrumentum vocale" lo llama Varrón). El trabajo femenino de cuidadora del hogar aparecía en las fuentes con menos valor que el masculino, más intelectual y menos manual, sin tener en cuenta el peso económico y social que soportaron las niñas y mujeres de la antigüedad.
Figuras y Funciones de las Cuidadoras Antiguas
Poco a poco, las mujeres cuidadoras fueron escalando en la sociedad hasta hacerse en mayor o menor medida visibles, especialmente en el ámbito de la medicina. Ya en la antigua Roma, comenzamos a tener testimonios de mujeres enfermeras, comadronas, médicas, con sus derechos laborales recogidos en la legislación vigente, aunque habría que esperar bastantes siglos para que se reconociera la autoría de la mujer de algunos tratados médicos. De una manera global, a partir de las inscripciones funerarias y distintos textos, desde la Antigüedad, el papel de la mujer como cuidadora y sanadora se puede clasificar en diversas figuras:
La Nodriza (Nutrix)
Uno de los oficios de mujer más atestiguado en diversos tipos de fuentes es el de nodriza (nutrix), que se encarga de amamantar al recién nacido. La madre en algunas ocasiones, por razones de salud, muerte o conveniencias sociales, no podía amamantar a su hijo, y era el ama de cría quien se encargaba de alimentar a los hijos de las clases más altas. Solían ser las propias esclavas de la casa, pero también se alquilaban los servicios de las nodrizas ("emolumenta"), como expone Angela Dimopoulou. Plutarco menciona como excepcionales en su educación las nodrizas lacedemonias, y Sorano habla de las cualidades morales y físicas, limpieza y honradez absoluta que debía reunir esta mujer.
La Cuidadora Integral (Ornatrix)
La ornatrix es, de una forma más global, el oficio de la mujer como cuidadora, dentro y fuera de la domus. La matrona romana ejercía ese cuidado dentro del hogar, pero la mujer como trabajadora fuera del ámbito familiar lo encontramos recogido con el título de ornatrix. No debe conducirnos a error el nombre, ya que no solo se dedicaban al cuidado y "adorno" femenino, sino que se ocupaban de todos los aspectos del cuidado corporal, empezando con la dieta, pasando por la higiene, el ejercicio, el sueño, el baño, las relaciones sexuales, el peinado, maquillaje y joyería, etc., llegando al cuidado de la mente, acorde con la máxima "mens sana in corpore sano". Autores como Galeno lo ponen de manifiesto al clasificar los cosméticos en ars ornatrix (ungüentos limpiadores de la piel, relativos a la higiene) y ars fucatrix (cosméticos de adorno, para disimular el paso del tiempo, que incluían sustancias nocivas). Otros autores como Ovidio, externos al ámbito médico, utilizaban el término medicamen para referirse a los productos de belleza e higiene y, en general, del cuidado del cuerpo.
La Matrona (Obstetrix) y la Médica (Medica)
El oficio de matrona o comadrona (obstetrix), que asistía en los partos, era un oficio típicamente femenino. También existían las médicas (medica), mujeres ya con conocimientos científicos, capacitadas para diagnosticar y prescribir tratamientos. Atestiguadas en el Código de Justiniano, poseían una formación académica como la de los hombres, aunque no redactaron obras médicas. En algunas fuentes se habla de un rango superior: la clínica, que podía tratar todas las enfermedades, a diferencia de la médica, que solo trataría las de las mujeres, aunque esta es una diferenciación minoritaria.
Con la llegada del cristianismo, esa labor de mujer cuidadora toma aún mayor relieve. Sirva como ejemplo Fabiola que, en el siglo IV, entre otras seguidoras de San Jerónimo, practicaba la medicina con los pobres de manera gratuita, y creó incluso un hospital para tratar a aquellos que eran abandonados por sufrir enfermedades que provocaban fuerte rechazo social. En esta época encontramos también hospitales en los que trabajaban mujeres especialmente, aunque no solo como enfermeras y comadronas, siendo la primera línea de defensa contra la enfermedad en los hogares y expertas en remedios tradicionales.

Fuentes Primigenias y Simbolismo del Cuidado Femenino
Existen escasos testimonios de esa labor de la mujer en la Antigüedad, por lo que se recurre a fuentes de diversos tipos: literarias, epigráficas, papirológicas, iconográficas y arqueológicas. Solo conociendo esos testimonios podremos comprender mejor la posición de la mujer en las sociedades actuales, así como entender algunos comportamientos. Ya en el ámbito de la divinidad, observamos esta unión entre lo femenino y el cuidado del bienestar: en todas las civilizaciones antiguas, como Sumer o el antiguo Egipto, son las diosas protectoras de la salud las depositarias de la sabiduría de la medicina.
En la antigua Grecia, tenemos también diosas relacionadas con la medicina, como Démeter, cuidadora de mujeres y niños; Perséfone, que curaba los dientes y los ojos; Genetilis, la diosa a quien se dirigían las mujeres que deseaban quedar embarazadas; Diana, la diosa del parto, junto con su compañera Rea, a quien se atribuía haber traído a Grecia las medicinas cretenses. En Atenas y Corinto, Isis y Afrodita, al igual que las musas, ninfas y nereidas eran llamadas "iatroi", o sanadoras. Afrodita, bajo forma de paloma, curaba las enfermedades de la piel y las fiebres infantiles. Artemisa y Atenea curaban la ceguera mediante el uso de hierbas. Leto intervenía en los partos difíciles, etc. Aunque la principal deidad griega de la salud fue Asclepio, junto con sus hijas, Hygeia y Panacea, aparecen siempre representadas con el símbolo de la medicina: las serpientes entrelazadas. También así las mujeres sanadoras griegas suelen ser representadas como cuidadoras de serpientes. Con anterioridad al siglo VII a. C., las hijas de Asclepio aparecen a menudo representadas en vasos, estatuas y frescos desempeñando tareas curativas por sí mismas. A partir de esa fecha solo aparecen como ayudantes de su padre, lo cual puede indicarnos la posibilidad de un papel importante de las mujeres como sanadoras en la Grecia antigua que va perdiéndose en la época clásica.
Desde épocas antiguas conocemos, además, nombres propios de mujeres griegas dedicadas la práctica de la medicina, como Agameda, citada por Homero en la Ilíada como mujer experta en la utilización de plantas medicinales con fines curativos, o Phanostrate, evidenciando su presencia y conocimiento en estas prácticas ancestrales.
La Historia de la Medicina
El Legado Colonial y la Configuración del Servicio Doméstico en América Latina
El trabajo doméstico en América Latina y Chile tiene profundas raíces históricas, marcadas por la desigualdad y explotación desde la época colonial. En los siglos XVII y XVIII, indígenas y afrodescendientes fueron obligados a trabajar en condiciones de servidumbre y esclavitud para los colonos europeos, bajo sistemas de coerción como la Encomienda, que reforzaban una jerarquía social. En el Chile colonial, el trabajo doméstico no se consideraba un empleo asalariado regulado, sino una actividad dentro del ámbito familiar, sin derechos ni protección laboral.
Servidumbre y Masificación del Servicio Doméstico
El servicio doméstico fue una de las ocupaciones laborales más importantes del primer siglo de vida de la República chilena, llegando a emplear a más del 10% de la población activa del periodo. La Colonia ya tenía una población inserta en estas funciones, entre ellas la esclavitud negra, abolida en 1826, pero el fenómeno se masificó con el siglo XIX.
La consolidación de un modo de vida de la élite, adaptado de los europeos, conllevó la necesidad de aumentar el servicio doméstico y especializar sus funciones, creando una jerarquía muy estricta entre sus diversos miembros, propia de la servidumbre de una casa de élite. Por otra parte, los sectores medios y populares también emplearon personas en el servicio doméstico, en general "sirvientas de mano" (sirvientas que acumulaban todas las funciones de gestión doméstica), además de nodrizas o niñeras para el cuidado de los niños. A finales del siglo XIX, el uso de nodrizas empezó a ser criticado por los médicos, ya que las responsabilizaban parcialmente por la alta tasa de mortalidad infantil.
Percepción y Exclusión Legal en los Inicios de la República
Como sector laboral y social, el servicio doméstico fue en general considerado como una condición más que como una profesión, ya que no recibía una formación formal. A pesar de su peso numérico en la población activa, el servicio doméstico no logró ganarse un espacio en los debates sobre la cuestión social, por lo que quedó en gran parte marginado de los avances en materia de legislación sociolaboral y sindicalismo.
Existieron sin embargo instituciones que se preocuparon de su educación, protección y colocación laboral, como las Hijas de María Inmaculada para el servicio doméstico, una congregación española que llegó a Chile en 1913. Además de este sistema formal de colocación, los domésticos podían recurrir a agencias o a anuncios publicados en la prensa. Particularmente interesante resultaba, en Santiago, el diario "El Chileno" (1883-1924), también llamado "diario de las cocineras", que publicitaba anuncios del servicio doméstico en varias de sus páginas. Los anuncios recalcaban la importancia de la recomendación, como parte de un sistema laboral basado en la confianza y la lealtad.
La Persistencia de la Devaluación y las Primeras Aspiraciones de Reconocimiento
La desvalorización e invisibilidad que las sociedades atribuyen al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, realizado cotidianamente por millones de mujeres de todas las edades, se han heredado en el mercado laboral remunerado. Esta representación del trabajo doméstico como labores no productivas se ha traducido en una apreciación menoscabada de su contribución social y económica, así como en la subvaloración hacia las trabajadoras, lo que en ocasiones se ha acompañado de malos tratos, acoso sexual y violencia simbólica.
Frente a estas desigualdades laborales, las trabajadoras domésticas, a pesar del aislamiento en el que realizan sus actividades y que influye en las dificultades para organizarse, han sentido la necesidad histórica de conformar colectivos para promover mejores condiciones de trabajo, mejorar los sueldos, los contratos, definir la jornada laboral y obtener seguridad social, buscando una mayor valoración social de su actividad y su reconocimiento legal a lo largo de la historia.
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