La tauromaquia, definida por la RAE como 'el arte de lidiar toros', tanto a pie como a caballo, es una práctica con profundas raíces históricas y culturales, especialmente en España, aunque con manifestaciones en otros países como China, Filipinas y Estados Unidos en menor medida. Más allá de la lidia directa, la tauromaquia engloba un conjunto de tradiciones, fiestas y festejos populares donde el toro bravo es el protagonista indiscutible. Esto incluye desde la cría selectiva en las ganaderías bravas hasta las técnicas de toreo, la confección de trajes y la manufactura de elementos como muletas, capotes y guarniciones.

Orígenes ancestrales y simbolismo del toro
Los antecedentes de los ritos con toros se remontan a la Edad de Bronce. En las culturas antiguas, el toro era un símbolo de gran importancia, representando la fuerza, la fertilidad y el poder. Era un elemento central en ritos, sacrificios, ofrendas, ceremonias funerarias y rituales de paso. Vestigios en las Baleares, como los hallazgos de tipo argárico y de la cultura talayótica, muestran cultos al toro similares a los existentes en Creta. Diodoro Sículo relató prácticas relacionadas en la península ibérica alrededor del 140-139 a. C.
En la península ibérica, los hallazgos arqueológicos relacionados con rituales y ceremonias taurinas son abundantes. Destaca una placa de marfil de la Necrópolis de Medellín (Badajoz), datada entre el 650-500 a. C., que representa al héroe fenicio Melqart apuntillando a un toro. Esta pieza guarda relación con otras similares de culturas mediterráneas como la hitita, siria o cretense.
La tradición táurica en la cultura griega incluye mitos como el del rey Gerión, quien poseía rebaños de toros en la península ibérica. Las descripciones de Plinio y Seuterio detallan juegos de toros en el siglo V a. C., donde jinetes perseguían y derribaban reses, prácticas que se mantuvieron durante cuatro siglos. En el Mediterráneo oriental, se realizaban hostigamientos de toros orientados al sacrificio, y en Atenas, los festivales de Haloa honraban a Dionisos.

El toro en la antigüedad y Roma
Existen indicios del empleo del toro en la guerra. Polibio narra cómo Aníbal utilizó unos dos mil toros con sarmientos encendidos en sus cornamentas para abrirse camino entre las líneas enemigas durante sus campañas bélicas. Diodoro Sículo atribuye una estrategia similar a Amílcar Barca.
En la antigua Roma, Julio César introdujo celebraciones con toros a su regreso de Tesalia. Entre los siglos IV a. C. y el I d. C., se realizaron fiestas en honor a Mithra por parte de los legionarios romanos, bajo el nombre de Taurobolios, prácticas que guardan relación con los festejos taurinos y ritos en Hispania. Antecedentes de estos rituales se hallan en el taurobolio del yacimiento de la Villa de las Musas en Arellano, y en la fundación de la colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino (Barcelona).
Pedro Sáez señala antecedentes de estas tradiciones en los damnati ad bestias de la época del emperador Nerón, donde los cristianos eran arrojados a animales salvajes, incluyendo toros, durante ejecuciones públicas. Los espectáculos taurinos en el Imperio Romano también incluían luchas entre fieras como toros, osos y panteras.
La tauromaquia en la Edad Media
Las informaciones sobre tauromaquia durante el periodo visigodo y los primeros tiempos del califato omeya son escasas. En 1215, el IV Concilio de Letrán prohibió la asistencia y participación del clero en estos eventos. Sin embargo, la costumbre de correr toros continuó, vinculada por un lado a ritos de fertilidad en celebraciones como esponsales, tal como se relata en las Cantigas de Santa María (1280). Por otro lado, en el siglo XIII surgieron los caballeros alanceadores a caballo, que practicaban ejercicios de entrenamiento con fieras para ejercitar sus monturas y sus habilidades militares.
Fueron frecuentes también las corridas votivas, celebradas por promesas o favores solicitados. La Iglesia vinculó estas prácticas a antiguos ritos paganos, lo que dio pie a prohibiciones posteriores. Estas actividades, en su mayoría públicas, permitían a los caballeros adquirir habilidades necesarias para las batallas durante la Reconquista. Los ejercicios, que incluían torneos, juegos de cañas y sortijas, ofrecían combates con toros con el objetivo de dominar su bravura, representando un reto para caballeros nobles y monarcas.
Durante la Edad Media, aumentaron los festejos taurinos en plazas públicas, adecuadas para agasajar a reyes y nobles en sus visitas a ciudades españolas con motivo de bodas, nacimientos y celebraciones conmemorativas. Desde el siglo XV, las referencias a la tauromaquia son más frecuentes, y las fiestas, religiosas o no, jugaron un papel importante en la convivencia social.

Evolución hacia la tauromaquia moderna
A partir del siglo XV, la nobleza abandonó el rejoneo para dar paso a los toreros a pie, que lidiaban en recintos cerrados específicos. Esto supuso un mayor riesgo para los lidiadores y un aumento en la exigencia del público sobre el valor que debían mostrar los toreros. Estos cambios iniciaron el camino hacia la tauromaquia profesional. En 1554, este nuevo concepto de lidia se conocía como corrida de toros.
Impresionada por el riesgo, Isabel I de Castilla ordenó que las astas de los toros fuesen enfundadas para evitar que hiriesen a los toreros. A partir del siglo XVI, se inició un proceso de formación de la tauromaquia clásica que duró hasta el siglo XVII, consolidándose definitivamente en la tauromaquia moderna en el siglo XVIII. Luis Zapata, en su obra Miscelánea (1583-1595), menciona cómo el pueblo fue gradualmente apropiándose de la fiesta, desplazando a la nobleza hasta quitarle el protagonismo en el siglo XVIII.
En la plaza mayor de Madrid se celebraban dos tipos de corridas: las usuales, para el público general, y las reales, reservadas para la Corte. En Sevilla, el toreo moderno surgió cuando los toros eran guiados por las calles hasta el matadero, convirtiéndose en encierros. Antes de su sacrificio, los mozos practicaban suertes en los corrales, actividad que atraía a curiosos y aspirantes a toreros. Con el tiempo, la presencia de público se hizo habitual, lo que llevó a la construcción de palcos y gradas.

El siglo XVIII: Transformación y profesionalización
La sociedad barroca del siglo XVII se caracterizó por su afición a las corridas de toros, incluidas en la mayoría de las celebraciones sociales. Las plazas mayores y calles eran escenarios frecuentes para estos eventos. La tauromaquia ofrecía una forma de expresión y evasión en una sociedad marcada por la religiosidad y las desigualdades, donde el peligro y el riesgo de muerte aportaban emoción y espectáculo.
Tanto Felipe III como Felipe IV fueron aficionados a los toros. En Tembleque, el concejo recibió a Felipe IV con una fiesta de toros. La organización de las corridas de toros, ya lidiadas por toreros a pie, implicaba importantes costes, desde la adecuación de calles y plazas hasta la adquisición de las reses, encargada a los carniceros locales. El coste de los animales podía suponer más de la mitad del presupuesto total de las fiestas en Sevilla entre 1453 y 1526.
El siglo XVIII marcó un punto de inflexión con el cambio de dinastía en España. Los monarcas intentaron prohibir las corridas entre la aristocracia, considerándolas un remanente de barbarie medieval. A medida que la nobleza se retiraba, el pueblo llano, que hasta entonces había tenido un papel marginal, tomó el protagonismo. El abandono del caballo por parte de los aristócratas propició el nacimiento del toreo a pie, con la introducción sistemática de la muleta, el estoque y el capote. Fueron estos hombres del pueblo quienes diseñaron la estructura de tres actos (los tercios de la lidia) y dotaron al espectáculo de un orden estético y técnico.
Durante este siglo, se construyeron las primeras plazas de toros fijas como edificios permanentes. Felipe V vetó las corridas en Madrid entre 1704 y 1725, imponiendo un estilo de monta que dificultó la práctica del toreo a caballo. Fernando VI, entre 1754 y 1759, impuso nuevos vetos, exceptuando los festejos benéficos. En 1768, surgió una propuesta de veto basada en el perjuicio económico del sacrificio de reses, pero Francisco de Mata Linares argumentó el beneficio económico que la crianza de toros de lidia aportaba a la economía, especialmente en zonas como Salamanca y Ciudad Rodrigo.
El varilarguero surgió en el siglo XVII como figura de transición entre rejoneadores y toreros a pie. Tras el abandono de las plazas por los nobles, los varilargueros asumieron un papel de directores de la lidia, lo que impulsó la evolución del concepto de las corridas. El varilarguero, que empleaba la vara larga o garrocha en lugar de la lanza, duró un siglo hasta la aparición del picador.
¿Cuál es el origen del toreo a pie?
La tauromaquia en los siglos XIX y XX
En los siglos XIX y XX, las corridas de toros se transformaron de eventos esporádicos a espectáculos institucionalizados y organizados. Se erigieron construcciones majestuosas como la Plaza de Las Ventas en Madrid y la Real Maestranza de Caballería en Sevilla. La tradición cruzó el Atlántico, arraigando en América Latina.
Durante la Edad de Oro, figuras como José Gómez Ortega «Joselito» y Juan Belmonte revolucionaron los fundamentos estéticos de la lidia. La tauromaquia se consolidó como un fenómeno típicamente hispano, extendido a Portugal y el sur de Francia, y exportado a América durante la época colonial.
En el siglo XXI, la tauromaquia sigue siendo una costumbre histórica con muchos espectadores. Sin embargo, existe un número creciente de personas que la rechazan por considerarla maltrato animal, argumentando que los toros son heridos y maltratados durante horas antes de su muerte para el entretenimiento público.
Controversia y debate actual
La tauromaquia es actualmente objeto de un intenso debate social y ético. Los defensores la consideran una manifestación cultural, un arte y una danza trágica que fusiona valor, estética y tradición. Destacan su dimensión ecológica, la preservación de la dehesa ibérica y la cría del toro bravo como parte del patrimonio natural.
Por otro lado, los detractores la califican de anacronismo injustificable y crueldad animal. Señalan que el proceso de la lidia, dividido en tres tercios (varas, banderillas y muleta), dura aproximadamente veinte minutos y somete al toro a un sufrimiento extremo. Se describe cómo la puya lesiona los músculos de la cabeza, limitando su movimiento y visión; las banderillas desgarran los músculos de los hombros; y la espada, al buscar el corazón, frecuentemente causa lesiones en pulmones y bronquios, o hemorragias. La puntilla, utilizada si el toro aún vive, secciona la médula espinal, pero el animal puede permanecer consciente.

Se argumenta que el transporte, el aislamiento en corrales y el ruido de la plaza generan estrés severo en el toro. Durante la lidia, se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina, que aumentan la glucosa en sangre y la frecuencia cardíaca. Aunque se discute la secreción de opioides para modular el dolor, estudios sugieren que estos solo atenuarían el sufrimiento, no lo suprimirían. Comportamientos como el balanceo de la cola, la respiración con la boca abierta y la renuencia a moverse evidencian la angustia del animal.
Un informe de la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México en 2017 define el sufrimiento del toro como "la combinación de sentimientos desagradables, severos o prolongados, asociados con dolor físico o emocional, o cuando el individuo no consigue adaptarse a las circunstancias de su entorno". El análisis post-lidia ha mostrado desequilibrio del pH en la sangre (acidosis), resultado de la actividad física y la acumulación de ácido láctico, provocando fatiga muscular, rigidez, caídas y respiración acelerada.
La tradición, según los críticos, no puede ser justificación para estas prácticas, comparando la tauromaquia con otras tradiciones antiguas que se han abolido por ser violentas o basadas en la opresión. Se cuestiona si el supuesto "buen vivir" de los toros de lidia justifica su tortura.
En México, las corridas de toros han sido prohibidas en varios estados, y la tendencia hacia la abolición se observa en otras partes del mundo. A principios de febrero de 2024, un tribunal colegiado revocó la suspensión provisional de las corridas en la Ciudad de México, reavivando el debate entre quienes defienden la "tradición" y quienes señalan la crueldad animal.
La tauromaquia mueve anualmente miles de euros y genera numerosos puestos de trabajo, siendo un atractivo turístico para España. Sin embargo, el surgimiento de nuevos partidos políticos y la lucha de asociaciones animalistas, que califican el espectáculo como maltrato, plantean un futuro incierto. Organizaciones como la Asociación de Liberación Animal denuncian prácticas como la privación de agua y comida, el afeitado de cuernos y el suministro de laxantes para favorecer al matador. Veterinarios de plazas de toros, por otro lado, garantizan los cuidados y el buen estado de salud de los animales.
Ante la posibilidad de una futura desaparición de la lidia, se plantea el destino del toro de lidia: ¿reservas naturales o extinción? Ganaderos y ex toreros no ven viable la creación de reservas naturales, argumentando que el toro de lidia se extinguiría. La creciente oposición social a esta práctica, considerada maltrato animal, continúa impulsando iniciativas para su prohibición.