La historia de Lázaro de Betania, narrada en el capítulo 11 del Evangelio de Juan, es un relato conmovedor de amistad, dolor y el milagro de la resurrección. En el centro de esta narrativa se encuentran sus hermanas, Marta y María, quienes experimentaron una profunda tristeza tras la enfermedad y muerte de su amado hermano. A través de este episodio bíblico, se revela cómo encontraron consuelo en su fe y en la presencia de Jesús, el dador de vida.

El Hogar de Betania y la Amistad con Jesús
Lázaro, junto con sus hermanas María y Marta, vivía en Betania, un pueblo cercano a Jerusalén. Este hogar era un refugio para Jesús, donde frecuentemente encontraba descanso lejos de las sospechas y celos de los fariseos. El Salvador no tenía hogar propio y dependía de la hospitalidad de sus amigos y discípulos. En Betania, Jesús hallaba una sincera bienvenida y una amistad pura y santa. Apreciaba un hogar tranquilo y oyentes que manifestasen interés, anhelando la ternura, cortesía y afecto humanos.
Mientras Jesús daba sus maravillosas lecciones, María se sentaba a sus pies, escuchándole con reverencia y devoción. En una ocasión, Marta, perpleja por el afán de preparar la comida, apeló a Cristo diciendo: “Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude.” Jesús, al responderle, señaló la importancia de un espíritu de calma y devoción, y de una ansiedad más profunda por el conocimiento referente a la vida futura e inmortal. Necesitaba menos preocupación por las cosas pasajeras y más por las cosas que perduran para siempre. Esto sucedió en ocasión de la primera visita de Cristo a Betania, después de un penoso viaje desde Jericó.
The raising of Lazarus | La resurrección de Lázaro | cuentos de la biblia
La Enfermedad y Muerte de Lázaro: Un Misterio para las Hermanas
El pesar penetró en el apacible hogar de Betania cuando Lázaro fue herido por una enfermedad repentina. Sus hermanas enviaron un mensaje urgente a Jesús: “Señor, he aquí, el que amas está enfermo.” Conscientes de la violencia de la dolencia, sabían que Cristo se había demostrado capaz de sanar toda clase de enfermedades. Ansiosamente esperaron noticias de Jesús. Mientras había una chispa de vida en su hermano, oraron y aguardaron su venida. Sin embargo, el mensajero volvió sin él, trayendo este mensaje: “Esta enfermedad no es para muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.”
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, al enterarse de la enfermedad, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Esta dilación fue un misterio y una prueba severa para la fe de sus discípulos y, sobre todo, para las hermanas afligidas. Durante esos dos días, Cristo pareció haberse olvidado del caso, pues no habló de Lázaro. Algunos discípulos se preguntaban por qué Jesús, que tenía el poder de realizar milagros admirables, había permitido que Juan el Bautista languideciera y muriera violentamente. Esta dilación tenía un propósito de misericordia: al resucitar a Lázaro, Jesús daría otra evidencia a un pueblo obstinado e incrédulo de que él era de veras “la resurrección y la vida.”
Lamentablemente, Lázaro murió antes de que Jesús llegara. Cuando Jesús finalmente se puso en camino y llegó a Betania, Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro. El dolor que acompañaba la pérdida de un ser amado era inevitable, y el duelo es un proceso doloroso. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano.

El Encuentro con Jesús: Dolor, Fe y la Promesa de Resurrección
Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús con el corazón agitado por encontradas emociones: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas.” En el rostro expresivo de Jesús, Marta leyó la misma ternura y amor que siempre había habido allí. Su confianza en él no había variado, a pesar del inmenso dolor. Jesús animó su fe diciendo: “Tu hermano resucitará.” Su respuesta no estaba destinada a inspirar esperanza en un cambio inmediato, sino que dirigía los pensamientos de Marta más allá de la restauración actual de su hermano, y los fijaba en la resurrección de los justos.
Tratando de dar la verdadera dirección a su fe, Jesús declaró: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees eso?” En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna. Marta le contestó: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”
Después de decir estas palabras, Marta fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama.” Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, al ver que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.” Los clamores de las plañideras eran dolorosos; y ella anhelaba poder cambiar algunas palabras tranquilas a solas con Jesús.

La Compasión de Jesús y el Milagro de la Resurrección
Jesús, al ver a María llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás.” Jesús se puso a llorar. Los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa.” Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.” Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”
Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado.” Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar.”
Este milagro, la resurrección de Lázaro, es uno de los más impactantes de Jesús. No solo demostró el poder de Jesús sobre la muerte, algo que señala a su propia resurrección, sino que también llevó consigo profundas lecciones sobre la fe, la amistad y la compasión de Jesús. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

El Consuelo en la Fe y la Esperanza Eterna
El dolor que acompaña la pérdida de un ser amado es tan inevitable como la muerte misma. El duelo es un proceso doloroso, pero la confianza en Dios puede ayudar a superarlo. Sentimientos como el dolor, la tristeza, el enojo y el adormecimiento son naturales. La Biblia explica que “Todo tiene su tiempo: Tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentar, y tiempo de bailar” (Eclesiastés 3:1-2,4). Saber que la muerte y el dolor son necesarios puede que no aminore el sufrimiento, pero puede hacer que la felicidad sea más dulce cuando llegue su tiempo. El dolor no es una debilidad, una imperfección o una señal de pecado, sino una parte necesaria de la mortalidad. Dios sabe que se experimentará dolor en esta vida, pero no hay que pasarlo solo; Él quiere que se busque consuelo.
Jesús enseñó: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4). Antes de levantar a Lázaro de los muertos, Él oró a Dios Su Padre para recibir fuerza y guía, enseñándonos a derramar nuestra alma a Dios en oración. Cuando Lázaro murió, la comunidad fue con sus hermanas Marta y María “para consolarlas” (Juan 11:19), lo que nos muestra la importancia de aceptar el servicio y los oídos dispuestos a escuchar de la gente que nos rodea. Compartir la pérdida, el dolor y el enojo es fundamental.
El proceso de afrontar la muerte puede acercarnos a Dios y a Su plan. En las Santas Escrituras, Dios nos proporciona respuestas a muchas preguntas difíciles sobre la vida y la muerte. Dios sabe cómo nos sentimos; porque nos ama, Él llora con nosotros cuando lloramos. El Espíritu Santo es llamado el Consolador en la Biblia y tiene el poder de “consolar a los que lloran” (Isaías 61:2). Las personas que experimentan este consuelo divino lo describen como calma, paz y calidez. Gracias al sacrificio y la resurrección de Jesucristo, “no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo. Él es la luz y la vida del mundo; sí, una luz que es infinita, que nunca se puede extinguir; sí, y también una vida que es infinita, para que no haya más muerte” (Mosíah 16:8-9).
La felicidad es el propósito de Dios para nuestra vida. La pena del dolor es real, pero también lo es la paz que viene de Dios. Si se está enfrentando la pérdida de un ser amado, es importante rodearse con todas las fuentes de apoyo y paz, tal como Marta y María se rodearon de la presencia de Jesús y la comunidad en su momento de dolor, encontrando la máxima consolación en el poder de la resurrección y la promesa de vida eterna.