La Ciudad de Dios: Un Refugio de Amor y Servicio para Ancianos y Niños en Colombia

Hace algunos años, una vivencia personal llevó a descubrir la Ciudad de Dios en Villa de Leyva, una localidad colonial en las montañas de Colombia, a unas tres horas de Bogotá. La primera impresión al llegar a este lugar, con sus casas de tejas de barro y hermosas flores descolgándose por los balcones, fue la de arribar a un mundo nuevo, lleno de belleza y gracia espiritual. Esta experiencia marcó un antes y un después para muchos, quienes, al igual que los fundadores, no desearon irse.

Foto aérea de Villa de Leyva con énfasis en arquitectura colonial y montañas de fondo

Origen e Inspiración del Padre José Arcesio Escobar

La Ciudad de Dios nace del corazón de un fraile Carmelita Descalzo, Fray José Arcesio Escobar ocd, quien decidió soñar el mismo sueño de Dios. Según sus propias palabras, los orígenes se remontan a 1988 en Sonsón, Antioquia. A pocos días de ser ordenado sacerdote, el Señor lo guio a trabajar en la zona de prostitución del pueblo. Fue allí donde surgieron las primeras ideas y donde comenzó a construir, con "los más pobres entre los pobres", el Reino de Dios.

El padre José Arcesio fue obedeciendo a cada paso para hacer realidad esta obra que el Señor le encargaba, siguiendo los pasos de Santa Teresa de Ávila. Inicialmente, se rehusaba a pensarse como "fundador", pero un día, un niño lo llamó "¡Padre fundador!", lo que interpretó como la voz del niño Jesús que le indicaba su misión. Así aceptó la voluntad de Dios y siguió fundando Ciudades de Dios en muchos lugares del país, una tarea que ha cumplido con fidelidad y el apoyo de sus superiores.

Retrato del Padre José Arcesio Escobar ocd

Un Sueño de Fe, Esperanza y Amor

Las Ciudades de Dios han brotado de manera silenciosa e inesperada, como un fruto maduro de la experiencia orante de un grupo de hermanos pobres y sencillos. Este grupo se aventuró en un camino de fe, esperanza y amor, buscando un espacio donde los novicios carmelitas pudieran formarse en el contacto con los hermanos más pobres. La obra se ha encomendado a la intercesión de San José, creyendo que cada ladrillo ha sido puesto por la Providencia Divina. "Caminar en fe es caminar en fe, es decir, creer que es voluntad de Dios y que hay que hacerlo, o simplemente ponernos en camino como si todo lo tuviéramos, aunque no tengamos nada, porque es el Señor el que responde, a través de la intercesión de San José y de nuestra Señora", describe el Padre Escobar.

Imagen de una comunidad orando en un entorno natural

Estructura y Comunidades de la Ciudad de Dios

En la Ciudad de Dios conviven varias comunidades religiosas y una laical. Sacerdotes, religiosas, laicos y familias se unen en el servicio a los más necesitados. Este modelo de convivencia permite que ancianos y niños vulnerables sean cuidados y amados por cada miembro de estas comunidades.

El Servicio a los Más Necesitados: Ancianos y Niños

La "Casa de Abuelos" es uno de los pilares de la obra, albergando a ancianos provenientes de los campos y de los estratos más pobres. Paralelamente, el "Hogar Petit-Belén" brinda refugio a niños abandonados, en dificultad o en estado de riesgo. La Ciudad de Dios se distingue por permitir que niños y ancianos convivan todo el tiempo, fomentando un ambiente familiar y de apoyo mutuo.

Testimonios como el de María, quien llegó a la Ciudad de Dios con más de 90 años después de haber vivido en la calle, ilustran el impacto transformador de este lugar. A sus 93 años, María, que trabajó por décadas como empleada doméstica, narra cómo llegó "sin un peso y sin una sonrisa" y encontró allí un milagro. Para Maríluz Rodríguez, que hace dos años solo quería llorar y escapar de la vida, la Ciudad de Dios se ha convertido en un espacio de alegría y propósito.

Fotografía de ancianos y niños interactuando en la Ciudad de Dios

Diversas Comunidades al Servicio

Entre las comunidades que integran la Ciudad de Dios se encuentran:

  • El “Carmelo Apostólico Nuestra Señora de Belén”, compuesto por hermanas venidas de Francia con el carisma de servicio a niños necesitados.
  • Las “Hermanas Carmelitas de Nazaret”.
  • La “Comunidad de Frailes Carmelitas Descalzos”, que viven en el Monasterio San José Obrero.
  • Las comunidades laicales: “Carmelitas Laicas de San José”, “Hermanos Carmelitas de San José” y “Hermanas Carmelitas de San José”.

De esta experiencia comunitaria también han nacido varias vocaciones a la vida consagrada en otras comunidades Carmelitas.

Esquema de las diferentes comunidades religiosas que residen en la Ciudad de Dios

La Vida Diaria y Espiritualidad

La vida en la Ciudad de Dios está profundamente arraigada en la espiritualidad y el servicio. El día a día incluye la Misa, la adoración al Santísimo Sacramento, el rezo del Rosario, la Coronilla de la Misericordia y la Liturgia de las Horas. La oración personal y comunitaria es la fuente de donde nace el deseo de la entrega permanente y el darse a los demás, procurando dejar de pensar en uno mismo para donarse como Cristo.

Un Lugar de Acogida Ecuménica

Este es también un lugar de acogida para personas de otros credos, quienes experimentan el amor de Dios por el trato que reciben, sin necesidad de hablar explícitamente de Él. Es una comunidad con sensibilidad ecuménica, una casa de puertas abiertas para todos, como el Corazón de Dios.

La Oración y el Apostolado en el Centro

El apostolado en la Ciudad de Dios se centra en la escucha, en recibir al otro y en el esfuerzo de amarlo en serio. "Orar, amar y servir" es más que un lema; es una vivencia diaria en medio de las luchas y la cotidianidad. Para los visitantes, es un bálsamo, un lugar de acogida que no es un hotel, sino un refugio de amor que envuelve el alma, ofreciendo una paz que riega a quien se acerca. Como se recita del Salmo 45: "El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no vacila, Dios la socorre al despuntar la aurora". Es un manantial de agua que brota desde el templo del Señor, creciendo hasta convertirse en un río de vida y salvación, aguas de Gracia que recorren esta ciudad del Cielo.

Cristo, en el Santísimo Sacramento, es el centro de la vida en este lugar, el timón y el ancla de esta barca. Nuestra Señora de las Ciudades de Dios, como Madre y Custodia del Corazón de su Hijo, se levanta con su manto extendido, como un general en batalla, protegiendo y guiando a sus hijos con el estandarte de su perfecta humildad. Ella, la Reina y Señora del universo, es la Estrella que guía esta Obra del Señor en el mar tempestuoso de estos tiempos.

Testimonios y Experiencias Transformadoras

La experiencia de visitar la Ciudad de Dios es descrita como el encuentro con "la vida ideal". Numerosas familias visitan este lugar, sintiéndose parte de él y viviendo experiencias inolvidables en busca del Señor. La llama transformante del amor que se experimenta allí hace que sea "imposible no querer vivir así".

La Historia de María: Un Milagro en la Ciudad de Dios

Un conmovedor testimonio es el de María, que llegó a la Ciudad de Dios con más de 90 años. Fue un milagro que la encontraran días después de haber estado viviendo en la calle. Hoy, a sus 93 años, María narra su historia con pausas y respiraciones, recordando cómo trabajó por décadas como empleada doméstica. Llegó "sin un peso y sin una sonrisa", un reflejo de la creencia en la Ciudad de Dios de que "lo más importante no es el dinero, porque nosotros creemos que Dios tiene la posibilidad de ayudarnos".

Actualmente existen 25 Ciudades de Dios en los lugares más difíciles de Colombia, cada una con la convicción de su fundador, Arcesio Escobar, de ser única en su misión. La convivencia entre niños y ancianos es un pilar fundamental, donde, por ejemplo, un anciano como José Linarco Castillo sonríe mientras observa a tres niños correr, una de ellas con cicatrices producto de quemaduras y golpes. En este entorno, la "vejez es cruel", como dice María, pero el amor y el servicio mutuo la hacen llevadera.

Fotografía de ancianos compartiendo una comida con niños

El Impacto en Visitantes y Comunidades

La Ciudad de Dios no es solo un albergue; es un lugar donde los corazones se calientan en el fuego del amor de Cristo, un refugio que envuelve el alma y ofrece una paz profunda. Su impacto se extiende a quienes la visitan, quienes encuentran en ella un manantial de agua viva que brota para la salvación y la gracia.

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