La introducción de la caricatura moderna en México, con un estilo más sintético y agudo, marcó un hito en el periodismo y el arte gráfico del siglo XIX. Este desarrollo crucial se gestó a través de publicaciones innovadoras que supieron adaptar las tendencias europeas al contexto político y social mexicano, sentando las bases de un género que perdura hasta hoy.

La Introducción de la Caricatura Francesa en México
El Telégrafo: Una Publicación Pionera
Entre 1852 y 1853, El Telégrafo fue una novedosa publicación que circuló en México, introduciendo de manera definitiva un tipo de gráfica que durante muchos años había tenido gran éxito en Francia con artistas de renombre como Daumier, Vernier, Cham, Tràvies, Gavarni, Pigal, Phillipon, Doré y Monnier. La decisión de introducir en México la caricatura francesa se habría debido a Alfredo Bablot, el joven artífice de la revista, quien, siendo de origen galo, estaba al tanto de la vitalidad del género en Europa.
Aunque El Telégrafo no era en manera alguna la primera publicación que contó con caricaturas políticas, sí fue, hasta donde se sabe, la primera cuyas ilustraciones adoptaron un estilo que hacía años corría con fortuna en Europa. La propia publicación, al aparecer, señaló que su sección de caricaturas sería "tan análoga al espíritu de Punch de Londres, y del Charivari de París", lo que convertiría a El Telégrafo en un periódico semiserio o semirrisueño. El Telégrafo, con sus galicismos, vino a cubrir un vacío que se notaba en la prensa mexicana de la época.
Una continuidad significativa se percibe en el título mismo de las revistas de Bablot, donde salta a la vista una intención de modernidad, pues tanto el daguerrotipo como el telégrafo electromagnético se insertaban en la cadena de innovaciones tecnológicas que vendrían a revolucionar los medios de comunicación y, además, su introducción al país era sumamente reciente.
La caricatura en México
Alfredo Bablot: Visionario y Promotor del Género
El Fundador y su Influencia Editorial
Los intereses de Alfredo Bablot, como director, determinarían a menudo la temática y el sentido de las caricaturas en El Telégrafo, en las que llegó a deslizar de manera sutil sus opiniones respecto a diversos aspectos de la realidad mexicana. Como evidencia contundente de que Bablot fue el editor de la revista, hay que señalar el hecho de que la sección de crítica titulada "Revista musical" está firmada con el seudónimo de Oderfla, que leído a la inversa es justamente Alfredo.
En cuanto a la relación entre El Telégrafo y El Daguerrotipo, si bien sus redactores lo negaron, dos periódicos de posición política muy distinta, El Omnibus de Vicente Segura y Las Cosquillas de Francisco Zarco, señalaron que El Telégrafo era la continuación de El Daguerrotipo. De hecho, si se hojean las páginas de este último, es posible enterarse de que fue fundado por los franceses René Masson y Alfredo Bablot, pero que el primero terminó separándose de la publicación, la cual quedó hasta el fin a cargo del segundo. La continuidad entre ambos periódicos es indudable, y se da en varios sentidos: el formato de ambos, su interés por una temática de carácter "universal", la inserción constante de partituras musicales (debida seguramente a Bablot), y el uso de caricaturas, si bien El Daguerrotipo solo las publicó en dos ocasiones aisladas.
Es muy probable que Bablot haya sido quien decidiera la introducción del estilo de caricatura europea en México, pues estaba familiarizado con la gran riqueza y vitalidad de la gráfica satírica francesa e inglesa. Para ello, se apoyaría en un repertorio de publicaciones ilustradas que quizá en parte trajo consigo, además de otras que recibiría estando ya en México.
Bablot en la Élite Intelectual Mexicana
Alfredo Bablot no fue en manera alguna un desconocido en el México decimonónico; varios de los grandes literatos de la época dan cuenta del lugar que este extranjero ganaría entre la élite social e intelectual mexicana. En sus memorias, Guillermo Prieto señala que Bablot se casó con una mujer que pertenecía a una de las familias distinguidas del país. Vicente Riva Palacio lo hace figurar en su galería de contemporáneos Los ceros, y recordándolo de forma entrañable, nos dice que, habiendo llegado muy joven a México, fue aquí donde terminó de formarse. Entre sus variados y notables conocimientos, la música fue su pasión dominante, lo que lo llevó a ser un destacado crítico musical y también director del Conservatorio. Riva Palacio habla del acierto con que Bablot se dedicó al periodismo, particularmente como director de El Federalista, publicación que circuló en los setenta y que contó con destacados colaboradores.
Tiempo después, Manuel Gutiérrez Nájera, otro gran escritor mexicano, señaló el notable lugar que gozaba Bablot al lado de intelectuales como Justo Sierra, Altamirano, Bulnes, Cosmes, Hammeken, Peredo, Peón Contreras, Chavero, Mateos y Rosas. En la necrología que le hizo, afirmó que Bablot fue el más brillante y refinado cronista de ópera que tuvo El Siglo XIX, que su vida periodística había abarcado más de cuarenta años llenos de aventuras, y que había ejercido la crítica musical, la crítica de arte y la crítica literaria. Se destacaba su habilidad para congregar "a todos los enamorados de lo bello" en su casa, y que "tenía el más completo itinerario intelectual que se haya visto", lo que lo llevó a ser "en nuestra prensa, el primer periodista, y ni tuvo antecesores ni dejó descendientes. Zarco fue señor también de esa prodigiosa facultad; pero no tenía tanta soltura, tanto arrojo, tan cabrilleante y movedizo estilo".
En el libro Hombres prominentes de México, obra monumental publicada por Ireneo Paz en 1888, se encuentra una semblanza sobre Alfredo Bablot, junto a un retrato suyo realizado por Santiago Hernández. En ella, se justifica la inclusión del "distinguido escritor, pianista inteligente y atildado, correcto y profundo crítico musical" entre los biografiados, porque residía desde hacía treinta y siete años en el país, y era "mexicano de corazón y amante de nuestras glorias". Se señala que Bablot nació en Burdeos y, en tono romántico y novelesco, se añade que vino a México seducido por el relato de sus contiendas civiles, casándose y radicando aquí definitivamente.
Bablot se dedicó a empresas mercantiles, pero con tan mala fortuna que sus empresas fracasaron, dejándole reducido a una posición difícil. Su carrera política fue compleja; acompañó al ilustre patricio Benito Juárez en sus peregrinaciones y compartió con él los peligros de la lucha, militó con entusiasmo y convicción en favor de las ideas democráticas durante la guerra de Reforma; y cuando triunfó la causa constitucional, fue colmado de consideraciones. Posteriormente, Bablot tomó la dirección de El Federalista, periódico de orden que siempre defendió el principio de autoridad. Triunfante la revolución de Tuxtepec, que derrocó al gobierno del Licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, no tuvo otro recurso más que el de consagrarse a escribir artículos de crítica nacional y literaria hasta que, en justa recompensa a sus méritos personales, se le nombró Director del Conservatorio Nacional de Música, establecimiento que reorganizó por completo. Alfredo Bablot se encontraba desempeñando las funciones de Secretario general de la Comisión mexicana en la Exposición de París. Puesto que aún vivía, lo más probable es que el propio Bablot haya proporcionado gran parte de la información a Paz. En general, destaca en la reseña el conveniente cuidado de colocar los intereses de Bablot en el bando políticamente "correcto" (el de los vencedores liberales); incluso, se manipula la información cuando se habla de un enfrentamiento con Santa Anna. Asimismo, algunas afirmaciones parecieran querer aligerar su responsabilidad por haber asumido determinada posición, por ejemplo, cuando señala que, tras la caída de Lerdo y luego de colaborar en un periódico que siempre había defendido el "principio de autoridad", no tuvo otra opción que dedicarse a la crítica musical y literaria hasta que vinieron mejores tiempos.
H. Méndez: El Caricaturista Precursor
El caricaturista de El Telégrafo, H. Méndez, quien había pasado fugazmente por la Academia de San Carlos, fue el precursor, antes que Constantino Escalante, de un nuevo estilo más moderno y sintético que se generalizaría hasta la década de los sesenta. Su habilidad fue fundamental para la visión de Bablot. En algún momento, antes de abril de 1852, Alfredo Bablot y H. Méndez establecieron contacto, aunque las condiciones de su relación laboral son difíciles de entrever.
En contraste con lo que se conoce de la vida de Bablot, sobre Méndez es mínimo lo que nos deja saber una obra bastante dispersa. Se infiere que hay cierta continuidad en su labor, y que Méndez inició con la primera generación (de la que formaban parte Hipólito Salazar, Joaquín Heredia, Plácido Blanco y Hesiquio Iriarte) que hizo de la litografía, al menos temporalmente, un medio de subsistencia. Desde el año de 1842 se encuentra ya una pequeña lámina suya en la edición que Vicente García Torres publicó de La educación de las mujeres, o la Quijotita y su prima?, impresa en la litografía de Rocha. Se conserva también una Vista de Mextitlán en la que Méndez copia un dibujo de un tal Domingo Nájera, ubicada cronológicamente hacia el año de 1840. Esther Acevedo, por su parte, señala que hacia 1848 también se imprimieron algunos trabajos de H. Méndez en la modesta imprenta del mencionado José Severo Rocha, la cual se había trasladado para ese momento al número 14 de la misma calle.
Es hasta 1852 cuando se vuelve a saber de Méndez, quien ahora colabora de forma regular y abundante en la publicación de Bablot, en la que, a no ser por la firma misma de las imágenes, nunca se indica nada sobre la identidad de su caricaturista. En 1856, con el mismo estilo usado en El Telégrafo, se encarga de forma regular de las caricaturas de Los Padres del Agua Fría, periódico editado, entre otros, por Joaquín Villalobos. Distintos estudios indican que el nombre completo del ilustrador fue Herculano Méndez.
La única alusión contemporánea y directa al caricaturista que se pudo localizar se encuentra en el primer número de Los Padres del Agua Fría, en el que se anunciaba que el periódico llevaría "una plana con bonitas caricaturas, enteramente nuevas y trabajadas por el célebre artista D. Urbano Méndez". Sin embargo, al margen de la supuesta celebridad del dibujante, es claro que el cajista cometió un error al copiar el nombre del texto original, pues el propio Méndez, en su rúbrica, nos deja saber que este iniciaba con H. Si ése fuera el caso, la grafía de Urbano no es muy distinta de la de Herculano; de hecho, una de sus caricaturas está firmada Ho. Méndez, lo cual no contradice las suposiciones de quienes lo identifican como Herculano.
La estancia de Herculano Méndez en la Academia de San Carlos parece haber sido breve, pero con avances en su aprendizaje. El 28 de noviembre de 1826, Herculano Méndez y Ferreiro, de diecisiete años de edad, natural de la Villa de Saltillo y vecino de la ciudad de México, solicitaba para la continuación de sus adelantos una de las pensiones vacantes, para lo cual contaba con el "corto mérito" de haber logrado una gratificación.

Contexto Político y la Libertad de Imprenta
El 21 de septiembre de 1852, la tambaleante administración de Mariano Arista emitió un decreto que restringía severamente la libertad de imprenta. Pocos días después, al transitar por alguna calle de la ciudad de México, uno de los redactores del periódico El Telégrafo, probablemente el director mismo, era saludado por alguien que lo conocía y le sonreía maliciosamente, mientras escudriñaba en la respuesta del periodista algún indicio de los apuros por los que podría estar pasando debido a la censura.
La identidad de quienes daban cuerpo a la novedosa publicación era conocida al menos por algunos de sus contemporáneos, no obstante que nunca se dio a conocer en las páginas de aquella. El pequeño círculo que conformaban los periodistas estaba al tanto de las actividades de sus colegas, aunque en general la prensa misma no fue el lugar en donde se hiciera la crónica de lo que ocurría tras las bambalinas del medio editorial, particularmente en lo que concernía a periódicos pequeños como El Telégrafo. A menos que las publicaciones se enfrascaran en alguna polémica, o que se tratase de antagonistas políticos, los colegas se limitaban casi siempre a trasladar o a corregir ocasionalmente alguna de sus noticias. Sin embargo, eventualmente, llegan a ofrecer pistas, y así, en el maremágnum de información de la prensa contemporánea, se encuentran algunas que, aunque breves, orientan respecto a la identidad del fundador de la nueva publicación, y finalmente la descubren.
Un comentario crítico sobre las publicaciones de la época menciona: "Interesantes y sobre todo oportunos son los [despachos telegráficos] que publica un periódico que se intitula Telégrafo, y anda con la velocidad de la tortuga. Su número del miércoles 21 trae noticias de Veracruz que alcanzan hasta el 15 del corriente. También son dignas de mención honorífica las espirituales caricaturas de nuestro confrère, pues se conoce que sus brochuras están trazadas con finísimos creyones." No obstante, las caricaturas de El Telégrafo también generaron controversia, como se evidencia en la crítica: "se ha querido por sus redactores ridiculizar á los españoles, y aunque esta urbanidad del Sr. Alfredo Bablot, que según dicen es el director del periódico, ha sido recibida por los pocos españoles que lo han visto con el mas alto desprecio [...] esto no obstante me ha impulsado á tomar la pluma para preguntar [...] ¿Quién es el Sr. Bablot para darnos lecciones de cortesanía?"
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