Tanto en las sociedades occidentales como en las orientales, el porcentaje de ancianos está aumentando rápidamente. Cada vez más se plantea la cuestión: ¿estamos preparados para tener 25 o 30 años de jubilación y ocio? Este escenario representa un reto a la estructura social actual. Lo cierto es que, con frecuencia, se pinta un panorama muy negativo, casi desolador, de lo que significa tener una población cada vez más envejecida. Sin embargo, es urgente tener una mirada más positiva sobre el papel de nuestros mayores en la sociedad y pensar en soluciones constructivas hacia un futuro mejor.
Con esta perspectiva más positiva en mente, la Doctora Laura Carstensen, una experta en el tema del envejecimiento, asegura que estamos ante una oportunidad única para un cambio social y científico en lo que respecta a la adaptación del entorno a una población envejecida. Ella reitera que es urgente cambiar la forma como entendemos el papel de los adultos mayores en la sociedad. Para mejor comprender cómo el papel del anciano puede ser importante para una sociedad mejor, es esencial comprender de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.
Se trata de una tendencia transversal a todos los seres humanos: poner a las personas en categorías. Llevamos categorizando el mundo desde los albores de la civilización. Bajo esta lógica, cuando alguien cumple 65 años, se transforma en «adulto mayor», aunque esa persona no se identifique o no se sienta para nada anciana o mayor. La verdad es que esta categorización ocurre por razones meramente utilitarias. Además, la edad cronológica que indica que ya somos «ancianos» puede variar culturalmente e históricamente.
La Vejez a Través de la Historia: Un Preámbulo al Siglo XX
La vejez es una etapa de la vida que ha sido interpretada de diversas maneras a lo largo de la historia. Desde tiempos antiguos, su percepción ha cambiado drásticamente, pasando de ser vista como un símbolo de sabiduría a convertirse en un desafío social y, más recientemente, en una oportunidad. Desde una perspectiva histórica, nos hemos encontrado con algunas sorpresas e incluso hechos tristes sobre cómo trataban a las personas mayores en otras épocas.
Desde el punto de vista biológico, antes del siglo XX, la esperanza media de vida estaba muy por debajo de los 60 años. Entonces, nadie esperaba poder vivir tantos años como vivimos hoy día. Desde una perspectiva sociológica, siempre hubo alguna ambigüedad sobre la tercera edad. A pesar de que los más fuertes y sanos podían llegar a vivir hasta los 70, la mayoría moría antes de los 50. Los que llegaban a los 40 o 50 con fuerza y salud, eran tratados con respeto, mientras que a los menos aptos se les consideraba una carga, se les ignoraba o incluso los mataban. La vejez, una vez más, se veía como una etapa de debilidad y cruel de la vida.
En el pensamiento oriental, con la influencia del confucianismo, se ha observado una perspectiva más colectivista, donde el valor de la familia y de las jerarquías de edad eran determinantes socio-culturales. A estas culturas también se les conoce por mostrar reverencia hacia sus mayores.
Las Primeras Civilizaciones y la Antigüedad Clásica
Las primeras poblaciones primitivas se organizaban en tribus, y la consideración hacia las personas mayores dependía de las necesidades de la propia tribu. En épocas de bonanza, cuando el alimento era abundante y el refugio seguro, las personas mayores tenían buena consideración. En esta época, un individuo era mayor cuando superaba los 30 años; se les consideraba seres mágicos por haber superado adversidades y a menudo ostentaban el puesto de jefe de la tribu por sus conocimientos vitales, transmitidos oralmente.
Sin embargo, cuando la situación empeoraba debido a la falta de alimentos o catástrofes meteorológicas, los ancianos se veían obligados a dejar la tribu. Dependiendo del contexto cultural, se «deshacían» de los mayores de diversas formas, por ejemplo, en los pueblos esquimales se les pedía a los ancianos que se tumbasen en la nieve a esperar la muerte, mientras que algunos pueblos siberianos acordaban el suicidio de quienes ya no eran capaces de cazar o caminar largos trayectos.
En la cultura judía, especialmente en el Antiguo Testamento, se profesaba un respeto máximo a las personas mayores, ya que se las consideraba depositarias del conocimiento y por ello eran tomados como consejeros.
El Imperio Griego veneraba la belleza y la fuerza, dedicando alabanzas a héroes jóvenes y fuertes. Los ancianos, en cambio, a menudo eran objeto de burla en textos y comedias teatrales, mofándose de su deterioro físico o cognitivo. Solo eran respetados los mayores que habían sido verdaderos héroes en su juventud. No obstante, Platón tuvo una visión respetuosa, creyendo que en la vejez las personas alcanzan la máxima prudencia, discreción, sagacidad y juicio, y aportan a la sociedad funciones de gran divinidad y responsabilidad en ámbitos directivos, administrativos y jurídicos. En contraste, Aristóteles tenía una imagen muy negativa, equiparando la «senectud» con el deterioro y la ruina. Hipócrates hizo una primera aproximación al fenómeno del envejecimiento con su teoría de los humores. En pueblos vecinos como Esparta, los mayores fueron venerados incondicionalmente.
El Imperio Romano también tuvo diversas sensibilidades. Destaca la figura del «pater familias», quien ostentaba todo el poder decisorio y autoridad sobre la familia, y era a menudo el mayor de la misma. En el primer periodo romano, la gerontocracia fue una forma de organización gubernamental. Aunque a partir del siglo I los mayores perdieron su sitio en el senado y disminuyeron su influencia administrativa, algunos emperadores de elevada edad, como Tiberio, Claudio, Adriano o Trajano, mantuvieron su valía en conocimientos militares y organizativos.
Conforme el Imperio se debilitaba, en Roma también se tendió a perder el respeto a los mayores. En la literatura se percibe este desprecio, especialmente contra el «pater familias», describiendo a los mayores como libertinos, adúlteros y depravados. Juvenal, en sus escritos, satirizaba a los ancianos, diciendo que «envejecer es ver morir a los seres queridos, es estar condenados al duelo y a la tristeza». Esta visión era aún más dura para la mujer mayor, cuyo cuerpo joven era emblema de belleza, mientras el cuerpo de la mujer vieja se convertía en símbolo de fealdad absoluta. Una excepción notable fue la obra de Cicerón, «De Senectute», que admiraba a las personas mayores y refutaba mitos sobre su improductividad o falta de disfrute.
La Edad Media y el Feudalismo
Durante la Edad Media, un periodo de mil años de cambios políticos, sociales y culturales, el feudalismo tuvo un impacto particular en los mayores. En este sistema, las personas mayores no aptas para el trabajo en el campo eran abandonadas, condenadas a la mendicidad o a residir en hospicios, especialmente en épocas de hambruna. Esta discriminación no terminó con el feudalismo; de hecho, se acentuó con la Revolución Industrial, donde la improductividad de los mayores se convirtió en un factor clave de su marginación, aunque más burgueses llegaban a la vejez con sus tierras y riquezas.
El Siglo XX: Un Cambio de Paradigma Demográfico y Social
Desde el inicio del siglo XX, la atención a las condiciones de vida de las personas mayores cobró una importancia capital en los ámbitos sanitarios, sociales y culturales, a medida que las personas vivían muchos más años. Debido a los grandes avances científicos a lo largo del siglo XX, la esperanza media de vida aumentó significativamente, marcando una transformación demográfica sin precedentes.
El Surgimiento de la Gerontología y la Geriatría
En 1908, el microbiólogo e investigador Elie Metchnikoff acuñó el término Gerontología, derivado de las palabras griegas geros (viejo) y logos (estudio). Él creó su propia teoría del envejecimiento e investigó los factores intrínsecos y extrínsecos para explicar este fenómeno. Actualmente, la gerontología es considerada la ciencia que estudia el envejecimiento de los seres vivos.
El término Geriatría apareció por primera vez en los textos científicos de la mano del médico Ignatz Leo Nascher. Sin embargo, tomó gran relevancia en la década de 1940 gracias a la médica Marjorie Warren, a quien se considera la primera geriatra.
Cuando la británica Warren comenzó a trabajar en el hospital West Middlesex, se dio cuenta de que los pacientes mayores tenían características propias y que, si se les trataba de manera concreta, se reducían los efectos adversos de la hospitalización. Hizo hincapié en la importancia de la rehabilitación y la resocialización de los mayores. Warren dividió a sus pacientes en varios grupos para ofrecerles una atención con una aproximación específica: pacientes crónicos no encamados; pacientes crónicos encamados; pacientes seniles confusos y quietos, pero no ruidosos; y el paciente senil demente que necesitaba estar segregado. A pesar de ser criticada y tratada como una médica de segunda por dedicarse a este tipo de pacientes, Marjorie Warren siguió con su carrera, abriendo camino para el estudio de la geriatría.
La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología define la geriatría como «la rama de la Medicina dedicada a los aspectos preventivos, clínicos, terapéuticos y sociales de las enfermedades en los ancianos». En España, se creó un servicio de Geriatría en Barcelona en 1947, dirigido por el Dr. Panella Casas, y una Cátedra de Geriatría en Valencia, dirigida por el Profesor Beltrán Báguena. En 1948, se fundó la Sociedad Española de Gerontología. También se creó la Sociedad Cubana de Geriatría y Gerontología. Las décadas de los 80 y 90 del siglo XX vieron un avance espectacular en este campo.

Discriminación por Edad: El Edaísmo
A pesar de los avances, en las culturas occidentales modernas, todavía había un camino que recorrer para que los ancianos tuvieran el estatus cultural que se merecen. Muchos terminaban sus vidas con limitaciones financieras o incapacidad de vivir de forma independiente, a menudo en asilos o residencias.
Este desprestigio del que sufrían nuestros ancianos se ha traducido como «edaísmo» o «gerontofobia», que significa una discriminación contra personas por motivo de edad. Según Georges Minois, «la juventud siempre se ha preferido a la vejez». Como resultado de esta tendencia discriminatoria, aunque la propuesta formal llegó en 2011, ya en el siglo XX se gestaron importantes iniciativas internacionales para proteger los derechos de las personas mayores.
Respuestas y Estudios Demográficos en el Final del Siglo XX
Iniciativas Globales por los Derechos de los Mayores
En 1991, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó los Principios de las Naciones Unidas en favor de las Personas de Edad, que enumeraban 18 derechos de las personas mayores relativos a la independencia, la participación social, la atención, la realización personal y la dignidad.
Al año siguiente, en 1992, la Conferencia Internacional sobre el Envejecimiento se reunió para revisar el Plan de Acción y adoptó la Proclamación sobre el Envejecimiento. Siguiendo las recomendaciones de la Conferencia, la Asamblea General de la ONU proclamó el año 1999 como Año Internacional de las Personas de Edad, un hito crucial al cierre del siglo XX para reconocer la importancia de este grupo demográfico.
Las acciones sobre el envejecimiento continuaron en 2002, cuando se celebró en Madrid la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento. Esta adoptó una Declaración Política y el Plan de Acción Internacional sobre el Envejecimiento de Madrid con el objetivo de diseñar una política internacional sobre el envejecimiento. El Plan de Acción abogaba por un cambio de actitud, de políticas y de prácticas a todos los niveles para aprovechar el enorme potencial de las personas mayores en el siglo XXI.
Casos de Estudio en América Latina: Chile y México
El siglo XX fue un periodo de profunda transformación demográfica en muchos países, y América Latina no fue la excepción. La creciente visibilidad de las poblaciones mayores impulsó la necesidad de estudios específicos sobre sus condiciones de vida y salud.
Transición Demográfica en Chile (1907-2002)
Durante el siglo XX, la población chilena tuvo un fuerte crecimiento en comparación con el siglo anterior, pasando de 3.231.022 habitantes en 1907 a 15.116.435 en el año 2002. En la primera mitad del siglo XX, el ritmo de incremento de la población chilena fue lento, pero siempre en ascenso.
Aunque desde las primeras décadas del siglo se realizó un importante esfuerzo en materia de higiene y sanidad, recién en la década de 1940 se inició una etapa de expansión y consolidación del sistema público de salud, el que comenzó a tener efectos en la baja de las tasas de mortalidad infantil. Esto contribuyó a aumentar el ritmo de crecimiento de la población, que pasó de un 1,4 por ciento en el decenio 1920-1930 a 2,7 por ciento en el decenio 1950-1960.

Desde mediados de la década de 1960, se produjo una importante transformación sociodemográfica, caracterizada por la reducción del número de hijos por mujer. La extensión de los niveles de escolaridad, la acelerada urbanización, los cambios en la estructura productiva y la creciente integración de la mujer al mundo laboral trajeron consigo un descenso de la tasa de fecundidad. A este fenómeno también contribuyeron la aparición de nuevos métodos anticonceptivos y su difusión a través de programas públicos de salud.

A mediados de la década de 1980, la población chilena tenía una estructura caracterizada por un alto porcentaje de niños y adolescentes, aunque este ya había comenzado a disminuir en relación con las décadas anteriores. A partir de entonces, el país entró en una etapa avanzada de la transición demográfica, caracterizada por un paulatino envejecimiento de la población. La proporción de adultos mayores de 60 años aumentó a un ritmo mucho mayor que el resto de la población total, llegando al 11,3 por ciento en el censo de 2002. Esta tendencia se gestó y consolidó durante el final del siglo XX.
Salud y Envejecimiento en México a Finales del Siglo XX
En 1996, la revista Salud Pública de México publicó el volumen 38, núm. 6, como número especial dedicado al tema de «La salud del adulto mayor». Esta publicación buscaba atraer la atención sobre las repercusiones del envejecimiento en el desarrollo y bienestar de la población mexicana, marcando un punto importante en la conciencia pública sobre este tema a finales del siglo XX.
Las cuestiones relacionadas con el envejecimiento de la población de México ya habían tomado un nivel de trascendencia y urgencia, ante situaciones problemáticas como la crisis en la seguridad social y las pensiones de retiro, y la necesidad de recursos y adecuación de sistemas para la epidemiología de la vejez. Los esfuerzos comenzaron por plantear mejor los distintos temas de la vejez, basándose en información adecuada, para la cual se explotaron acervos estadísticos como censos de población, encuestas de ingresos y gastos, y encuestas de salud.
Como antecedentes, se mencionan la Encuesta de la Población de la Tercera Edad en el área metropolitana de Monterrey, realizada en 1988, y la Encuesta Nacional del Envejecimiento en México, desarrollada en 1994. Estos estudios sentaron las bases para iniciativas posteriores que, aunque realizadas en el nuevo milenio como la encuesta ENASEM (Estudio Nacional de Salud y Envejecimiento en México), reflejaban las preocupaciones y dinámicas del siglo XX. El número especial de Salud Pública de México de 1996 consistió en una colección de diez artículos que se fundamentaron en esta dirección.
Los estudios abordaron temas cruciales para la comprensión del envejecimiento en el contexto mexicano de finales del siglo XX:
- El diseño de ENASEM y sus resultados básicos sobre características demográficas, de salud, estilo de vida, apoyo institucional, pensiones, empleo y dinámica de la salud de la población de cincuenta y más años, destacando la heterogeneidad de los adultos mayores.
- Clasificaciones de la población envejecida de acuerdo con salud, actividad y factores de riesgo, estableciendo cuatro tipos de envejecimiento: ideal, activo, habitual y patológico.
- La prevalencia de la dependencia funcional y su asociación con enfermedades crónicas como las articulares, cerebrovasculares, el deterioro cognitivo y la depresión.
- La prevalencia del consumo de alcohol y tabaco y su asociación con el deterioro cognitivo, señalando que la incidencia de deterioro se incrementa con la edad y el consumo activo de alcohol representaba un mayor riesgo.
- Factores asociados al deterioro cognitivo, mostrando que este, junto con la dependencia funcional, era mayor en mujeres, aumentaba con la edad, era menor en sujetos casados y se asociaba con la autopercepción de diabetes, enfermedad cerebral, pulmonar y cardiaca.
- La prevalencia de sobrepeso y obesidad, que disminuía con la edad y era más propensa en mujeres, asociándose con hipertensión y limitación para caminatas largas.
- La prevalencia del dolor, frecuente en adultos mayores, más en mujeres y a mayor edad, asociándose a una alteración en la funcionalidad, autopercepción regular o mala de salud, menor edad y menor escolaridad.
- Los efectos de condiciones sociales y de salud de la infancia sobre la morbilidad en la vejez, demostrando que las circunstancias socioeconómicas y sanitarias en la niñez propiciaban enfermedades respiratorias, cardiacas, hipertensión, embolias cerebrales, artritis y diabetes en la adultez mayor.
- La utilización de los servicios de salud y las desigualdades socioeconómicas y de salud, concluyendo que la derechohabiencia era un factor determinante para el acceso.
- Los determinantes de salud en la vejez con base en el género y el nivel socioeconómico, abordando temas como inequidad, seguridad social, discapacidad y pobreza.
Estos trabajos, realizados al final del siglo XX, mostraron la amplitud y complejidad de las relaciones entre salud y envejecimiento, sirviendo de base para futuros proyectos y bases de datos.
Hacia una Nueva Visión del Envejecimiento: El Legado del Siglo XX
El siglo XX sentó las bases para transformar la vejez de una etapa a menudo vista con debilidad o como una carga, a una de oportunidad. Aunque los cuerpos de los adultos mayores puedan volverse más frágiles, su experiencia representa un océano de sabiduría que puede guiar a las generaciones más jóvenes. Afortunadamente, los tiempos cambian y las nuevas generaciones están creciendo en un ambiente más favorable y protector para nuestros mayores, un cambio propiciado por la creciente conciencia y las investigaciones desarrolladas en el siglo XX.
Es fundamental valorar la participación intelectual de nuestros mayores en la sociedad, que tradicionalmente se limitaba a los más jóvenes. La misma Dra. Marjorie Warren, pionera de la geriatría, encarnó este espíritu de dedicación y la necesidad de una atención integral. Como señalaba el catedrático de Geriatría Brocklehurst, un geriatra debe ser coordinador de recursos, educador y tener conocimientos de epidemiólogo, sociólogo y psicólogo, reflejando la complejidad del envejecimiento que se empezó a entender a fondo en este siglo.
Existen ejemplos de políticas inclusivas, como las tarjetas en Singapur que aumentan el tiempo de los semáforos para peatones mayores en los cruces de cebra, demostrando cómo se buscan soluciones constructivas para adaptar el entorno. Este tipo de medidas son un reflejo de la evolución en la forma de entender el papel de las personas mayores en la sociedad.

El desafío actual, que el siglo XX nos legó, es no solo alargar la vida, sino asegurar que los años adicionales sean significativos y plenos, promoviendo un envejecimiento activo donde los mayores participen en actividades físicas, exploren nuevos hobbies, e incluso inicien negocios o se embarquen en nuevas aventuras. La vejez ya no es lo que solía ser.