Jonathan Asbun comenta: “El ser humano es una criatura especial, superior y diferente a cualquier otra cosa creada. Tiene un valor intrínseco superior a cualquier otro ser vivo, porque es el único que lleva en sí mismo la imagen y semejanza de Dios”. El ser humano, sin excepciones, fue creado a Su imagen y semejanza. ¡Qué gran valor el que tenemos ante los ojos de nuestro Padre Celestial! Pero muchas personas se preguntan “¿Cómo una persona con discapacidad puede ser imagen de Dios?”.
El Valor Intrínseco del Ser Humano
Todos Somos Imagen de Dios
Todos nosotros debemos aprender y entender que las personas con discapacidad no son inferiores ni tienen menor valor que las personas sin discapacidad. No son “pobrecitos”, “angelitos” o “especiales”; son seres humanos creados a imagen y semejanza de nuestro Padre Celestial. En Génesis 1:26 Dios dice: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza”. Si nosotros vemos a las personas con discapacidad con términos que las minimizan, entonces estamos pisoteando la imagen de Dios al hacerlas de menos, al rechazarlas, excluirlas e incluso al mirarlas con ojos de lástima o pena.
Las personas con discapacidad son seres que el Señor creó con un propósito, son humanos con sentimientos como los de cualquier otro. Simplemente son una persona como tú y como yo que tenemos un mismo valor, que son amadas tal y como todos somos amados por nuestro Creador. Así lo dice el salmista: “Tú creaste mis entrañas, me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y eso lo sé muy bien!” (Salmos 139:13-14).

La No Exclusión en la Creación Divina
Todos hemos sido creados por Él y para Él y como autor de la Biblia no hace excepciones, no pone condiciones ni sugiere que algunos humanos valen más que otros por el hecho de tener una discapacidad, ya sea cognitiva o física. Por ejemplo: una persona que perdió una pierna o un brazo, que a causa de un accidente quedó inválido, una persona con epilepsia, con huesos de cristal, con Síndrome de Down, con Autismo, con Parálisis Cerebral, con deficiencia auditiva, con deficiencia visual, con Síndrome de Tourette, con Distrofia muscular, etc.
Como menciona el Apóstol Pablo: “Ahora bien; ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo.” (1 de Corintios 12:27) Nadie es excluido sea cual sea su apariencia o las necesidades físicas, intelectuales o emocionales que cada uno tenemos. Todos somos el cuerpo de Cristo, cuando nos hemos arrepentido y rendido completa y sinceramente al Señor, y todos estamos necesitados del Evangelio y de la gracia de Jesús.
Actitud de Jesús ante el Sufrimiento y la Enfermedad
El tiempo de Pascua actualiza nuestra vida con Cristo resucitado, su victoria sobre el mal y las tinieblas. Y nos capacita para identificarnos con Él, si correspondemos a su invitación con generosidad, en sus actitudes ante la enfermedad, el sufrimiento humano y las personas discapacitadas.
Imagínate cómo se sienten los padres de un hijo con discapacidad al notar en la calle que todos se les quedan viendo con ojos de lástima, de miedo, o quizás pensando o murmurando comentarios como “pobrecito”, “¿qué es lo que tendrá?” o expresando juicio en sus ojos “los padres tienen la culpa, ellos le transmitieron eso al niño”, “la madre no se cuidó en su embarazo”, “algo han de haber hecho mal” y tantos comentarios más que lastiman. Esta actitud no pasa desapercibida para nuestro Padre y nos recuerda una historia parecida que encontramos en Juan 9:1-3:
- “Mientras caminaba, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento.
- -Rabí, ¿por qué nació ciego este hombre?- le preguntaron sus discípulos-. ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres?
- -No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres -contestó Jesús-. Nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él.”
La curación del Ciego | Niños
Cuidar y Unir: La Invitación de Jesús
Quien mira a Cristo y vive con Él, camina con Él y participa de sus actitudes. En un Discurso a la plenaria de la Pontificia Comisión Bíblica (11-IV-2024), el sucesor de Pedro nos exhorta a participar de las actitudes de Jesús, concretamente ante la enfermedad y el sufrimiento humano. “Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas ‘en relación’, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación”. Por la experiencia de los sabios y de las culturas, sabemos que el dolor y la enfermedad, sobre todo si los situamos a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración; pues el sufrimiento, entre otras cosas, permite discernir lo esencial de lo que no lo es.
Sostiene el Papa que es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino, la actitud que hemos de tomar ante la enfermedad y el sufrimiento propio y ajeno, y traducirlo en pasos provechosos: “Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto". Cuidar e intentar superar, unir y asumir. Desde el comienzo de su pontificado, el 19 de marzo de 2013, el Papa Francisco ha enseñado, también cuando evoca el ejemplo de san José, la tarea cristiana y humana de custodiar y servir, de la cercanía y del cuidado de los demás, especialmente de aquellos que nos salen al encuentro o a los que podemos llegar, para aliviarles en sus necesidades. En nuestros días, Francisco ha señalado que la visión de fe nos puede llevar a afrontar el dolor con dos actitudes decisivas: compasión e inclusión.
Compasión con Hechos: El Ejemplo de Jesús
La compasión no es un sentimiento barato y pasajero, sin compromisos ni consecuencias, o con meras palabras. Ya Benedicto XVI observaba que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (enc. Spe salvi, 38).
En línea similar se sitúa Francisco, en el mismo discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, subrayando la compasión misma de Jesús: "La compasión indica la actitud recurrente y caracterizadora del Señor ante las personas frágiles y necesitadas que encuentra. Al ver los rostros de tantas personas, ovejas sin pastor que luchan por encontrar su camino en la vida (cf. Mc 6, 34), Jesús se conmueve. Se compadece de la muchedumbre hambrienta y extenuada (cf. Mc 8, 2) y acoge sin descanso a los enfermos (cf. Mc 1, 32), cuyas peticiones escucha: pensemos en los ciegos que le suplican (cf. Mt 20, 34) y en los numerosos enfermos que piden ser curados (cf. Lc 17,11-19); siente ‘gran compasión’ -dice el Evangelio- por la viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro (cf. Lc 7,13). Gran compasión. Esta compasión se manifiesta como cercanía y lleva a Jesús a identificarse con el que sufre: ‘Estuve enfermo y fueron a visitarme’ (Mt 25,36)".
Jesús se conmueve, se compadece, se acerca hasta identificarse con el que sufre. ¿Qué nos revela esta actitud de Jesús? El modo de acercarse Jesús al dolor: no ante todo con "explicaciones", o con ánimos y consuelos estériles, o con buenas palabras o un recetario de sentimientos, como se ven a veces en las historias de la Sagrada Escritura, como es el caso de los amigos de Job, que intentan teorizar el dolor vinculándolo con el castigo divino. "La respuesta de Jesús es vital, está hecha de ‘compasión que asume’ y que, al asumir, salva al ser humano y transfigura su dolor. Cristo ha transformado nuestro dolor haciéndolo suyo hasta el final: viviéndolo, sufriéndolo y ofreciéndolo como don de amor. No dio respuestas fáciles a nuestros ‘porqués’, sino que en la cruz hizo suyo nuestro gran ‘porqué’ (cf. Mc 15, 34)".
Así, señala Francisco, asimilando la Sagrada Escritura podemos purificarnos de ciertas actitudes equivocadas, y aprender a seguir el camino indicado por Jesús: "Tocar el sufrimiento humano con la propia mano, con humildad, mansedumbre y, serenidad para llevar, en nombre del Dios encarnado, la cercanía de un apoyo salvador y concreto. Tocar con la mano, no teóricamente". Es claro y directo el Papa.

Inclusión Solidaria: El Estilo de Jesús
Sin ser una palabra bíblica, el término inclusión, puntualiza Francisco, expresa bien un rasgo sobresaliente del estilo de Jesús: ir en busca del pecador, del perdido, del marginado, del estigmatizado, para que sea acogido en la casa del Padre y curado totalmente, en cuerpo, alma y espíritu (por ejemplo, el hijo pródigo o los leprosos). Además, Jesús desea compartir con los discípulos esa misión y actitud de consolación: les manda que cuiden de los enfermos y los bendigan en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9; Lc 4,18-19).
“Por eso, a través de la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad, nosotros, como Iglesia, estamos llamados a caminar junto a todos, en solidaridad cristiana y humana, abriendo, en nombre de la fragilidad común, ocasiones de diálogo y de esperanza”. Un claro ejemplo es la parábola del buen samaritano, que muestra “con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común” (enc. Fratelli tutti, n. 67).
El Papa identifica un principio clave: “La Palabra de Dios es un poderoso antídoto contra toda cerrazón, abstracción e ideologización de la fe: leída en el Espíritu en que fue escrita, acrecienta la pasión por Dios y por el hombre, desencadena la caridad y reaviva el celo apostólico”. Y por eso la Iglesia tiene una necesidad constante de beber -y dar de beber- en las fuentes de la Palabra.
Implicaciones para la Iglesia y la Sociedad Actual
Esas mismas actitudes de Jesús, compasión, cuidado e inclusión, que hemos de hacer nuestras, podemos verlas en sus encuentros con personas discapacitadas, como enseñó el Papa el mismo día, en su Discurso a la Academia de Ciencias Sociales (11-IV-2024).
Jesús entra en contacto con ellos (no los ignora ni niega, ni los margina ni los descarta); también cambia el sentido de su experiencia vital, con “una invitación a tejer una relación singular con Dios que haga florecer de nuevo a las personas”, como vemos en el caso del ciego Bartimeo (cfr Mc 10,46-52).
He tenido la oportunidad de convivir y trabajar muy de cerca con personas con discapacidad, en especial con niños. Esto me ha permitido aprender muchísimo de ellos, me han llenado de amor, de paciencia, de tolerancia, de humildad, de aprender a tener ese amor ágape que es el amor al servicio, el servicio que Dios quiere que nosotros tengamos con nuestro prójimo, y he visto el diseño de Dios en cada una de ellas. Trabajar con ellos muchas veces no es una tarea fácil. Sé que Dios anhela que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Cuando estoy conviviendo con un niño con discapacidad siempre trato de entender el amor a través de ellos, cómo esa sonrisa puede decir tanto, cómo ese “¡Hola Dani, ¿cómo estás?!” me puede llenar de alegría porque se preocupan por mí, en cómo se emocionan cuando los felicitas por un logro que obtuvieron, cuando te dicen “me harás falta”; me recuerda a ese amor que Dios tiene conmigo, quien se preocupa por mí y me ama incondicionalmente, logro entenderlo y esto provoca en mí el amarlos, tratarlos bien y relacionarme con ellos. No podría lograrlo en mis fuerzas pero Dios mismo me da la capacidad de reflejar Su amor hacia ellos. Como dice Scott Sauls “Creo firmemente que los mayores beneficiarios de esta relación no son las personas de entre nosotros que tienen necesidades especiales, sino quienes llegamos a estar en su compañía.”

Luchar contra la Cultura del Descarte
La actual cultura del descarte y del despilfarro, lamenta el Papa Bergoglio, conduce fácilmente a estas personas a considerar la propia existencia como una carga para sí mismas y para los seres queridos. Y así esta mentalidad se abre a una cultura de la muerte, al aborto y la eutanasia. Por eso, propone el sucesor de Pedro, “luchar contra la cultura del descarte significa promover la cultura de la inclusión -deben estar unidos-, crear y reforzar los lazos de pertenencia a la sociedad”, trabajar, sobre todo en los países más pobres, “por una mayor justicia social y por eliminar las barreras de diversa índole que impiden a tantos disfrutar de los derechos y libertades fundamentales”. Los resultados de estas acciones son más visibles en los países económicamente más desarrollados.
La Participación como Clave para la Inclusión
Se entiende que esta cultura de inclusión integral se promueve más plenamente “cuando las personas con discapacidad no son receptores pasivos, sino que participan en la vida social como protagonistas del cambio”. Por eso se sostiene que “subsidiariedad y participación son los dos pilares de una inclusión efectiva”.
Alguien comentó una vez: «Hoy Jesús añadiría: ‘Ven bendito de mi Padre, porque yo no sabía cómo aprender a hablar y a leer, y tú me enseñaste’». Atender a las que hoy llamamos “personas con discapacidad” es, por tanto, el mandato más pertinaz y constante del evangelio; es un imperativo; es su
Un creyente que no asuma esta realidad y la incorpore en su vida real está virtualmente apostatando de su fe. Esa es la razón de que resulten desgarradores los ejemplos de instituciones eclesiales que cierran sus puertas o limitan la acogida de escolares en sus centros educativos. Y por eso resultan tan luminosas aquellas otras que centran su ideario y su praxis en el servicio a los más débiles.
La contemplación del Jesús que sana -que se preocupa y hasta destruye la regla suprema del sábado a la hora de atender a los débiles- es un grito a favor de la dignidad humana. Quien lo asume reta a las propias reglas de la evolución biológica porque contribuye a que no pervivan sólo los más fuertes.
Quisiera que reflexionemos en lo siguiente, ¿cómo miras, percibes, tratas, a una persona con discapacidad? ¿Con lástima, miedo, asombro, juicio? Quizás muchos de nosotros nos hayamos equivocado en cómo verlas o cómo tratarlas, pero piensa en que de ahora en adelante vas a verlas como Dios, su creador, las ve, con dignidad. Debes amarla porque es tu prójimo, debes respetarla porque es un ser humano, vas a valorarla porque fue diseñada por el mismo Creador que te diseñó a ti y vas a tratarla también con humildad. “Siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor” (Efesios 4:2).
Heather Peacock menciona, “Cuando ven a una persona con discapacidad, algunas personas rápidamente apartarán la mirada para no parecer groseras. Mirar fijamente es de mala educación, pero mirarlos a los ojos y sonreírles, y luego caminar hacia ellos para saludarlos y visitarlos, ¡eso es increíble e increíblemente significativo!”. Las acciones pequeñas siempre hacen un gran cambio. Nuestra oración es que cuando veas a una familia con un miembro con discapacidad, Dios nos ayude a verlos como personas llenas de cualidades y características hermosas, que primero veamos nuestra debilidad, nuestro pecado antes que el de los demás, y que nos ayude a andar en el camino de la humildad valorando todo lo que Él ha hecho y amando su creación hecha a Su imagen y semejanza y reconociendo la dignidad intrínseca que tenemos cada uno de los seres humanos. Que seamos lentos para juzgar y grandes en amor y misericordia. ¡Padre, ayúdanos a amar como tú nos has amado a nosotros!
La Capacidad de las Personas con Discapacidad en la Comunidad de Fe
No quiero dejar de comentar otro aspecto que suele ser soslayado con frecuencia: la capacidad de la persona con discapacidad intelectual para formar parte como miembro efectivo de la comunidad de Jesús. Aunque es un tema que abarca muchos matices, resulta emocionante constatar su capacidad de captar lo inefable.
Es importante recordar que estas diferencias las establecemos nosotros. ¿Verdad que nadie dudará que hay unas clases adaptadas a los niños? Es más, ¿verdad que habrá que diferenciar entre los niños de 5 años de los adolescentes? ¿Verdad que se llevarán a cabo actividades dirigidas a parejas, a jóvenes, a mujeres, a hombres, recién llegados, a catecúmenos? ¿Verdad que si no se hacen, se reclaman en base a la gran cantidad de gente que representa cada uno de estos grupos, con necesidades específicas?
Existe el riesgo de hacer demagogia con este discurso y de caer en un paternalismo no recomendable, pero que cada uno haga el cálculo en su propia iglesia, grande, mediana, pequeña, familiar, en crecimiento constante, no importa. Si dicen que cada barrio y cada ciudad es una réplica fiel de la sociedad, calcular el 10% de personas con discapacidad que debería formar parte de su comunidad es muy fácil. Seguro que la proporción de hombres y mujeres, de ancianos, de niños, de personas con estudios universitarios, de amas de casa, de jubilados, lo que sea, le cuadra. En Barcelona, un ministerio (Mefi-boset), centrado en adultos, un sábado al mes y durante todo el día, se encuentran para alabar a Dios, cantar, orar, comer juntos, hacer actividades (talleres, manualidades y reflexiones en torno a un tema) y hacer salidas culturales o lúdicas.
Nos basta con abrir el evangelio. Está plagado de ejemplos, alusiones, actos reales y directos de atención a las personas que muestran dificultades, limitaciones. Tan reales y directos que se consideran milagros. Y por si alguien lo duda, ahí está el “Venid benditos de mi Padre, porque…”.