Accesibilidad a Ferias Libres en la Trama Urbana

Las ferias libres, arraigadas en dinámicas de tiempos pasados, emergen hoy en día como importantes espacios de vínculos comunitarios. Su rol en la configuración de un desarrollo local o sustentable comunitario es innegable, jugando con factores de tradición, patrimonio y cultura a una escala explícita. Autores como Mishan (1983), Schumacher (1983) y Max Neef, Elizalde y Hopenhayn (1998) han sido pioneros en la idea de que la escala para definir un desarrollo se supedita a un espacio de vínculos e interacciones humanas próximas, alejadas de la macro-escala de planificación imperante. Así, barrios, mercados o espacios de generación de vínculos comunitarios se convierten en una expresión potencial de desarrollo local.

Desde la perspectiva de Salazar (2003:17), la irrupción de las ferias libres en el pasado representó una forma de participación necesaria para la identidad ciudadana, donde "cada uno de los ciudadanos podían y debían participar deliberada y responsablemente en el diseño y la ejecución del proyecto histórico de su polis".

Historia y Relevancia de las Ferias Libres en Chile

"Si yo no salgo a trabajar, no como": El testimonio de un "colero de feria"

Actualmente, las ferias libres gozan de al menos 80 años de soberanía pública reconocida y legítima (Salazar, 2003), consolidándose como una aglomeración inmediata que atrae no solo a actores a escala humana, sino también institucional, llevando un pedazo de lo rural a las urbes con los consiguientes beneficios de proximidad. Estas experiencias involucran a una pluralidad de actores con diversas lógicas y objetivos de gestión, que intervienen en diversos momentos de la producción, distribución, circulación y consumo.

Las ferias libres son formas tradicionales de comercialización e intercambio de alimentos en Chile, remontándose su desenvolvimiento a épocas prehispánicas y coloniales (Salazar, 2003). Semana a semana, de martes a domingo, se instalan puestos de venta en las calles de las principales ciudades del país para abastecer a los habitantes con alimentos y productos básicos de primera necesidad.

Origen y Consolidación en Santiago

En los primeros años del siglo XX, surgieron importantes ferias que impulsaron la descentralización del abastecimiento en grandes centros urbanos como Santiago. Con el objetivo de racionalizar el abasto y controlar los precios, en 1915 la Municipalidad de Santiago autorizó la instalación experimental de una feria libre en una zona estratégica. Sin embargo, la formalización y expansión se dio más tarde.

A comienzos de la década de 1930, Chile sufrió las consecuencias de la Gran Depresión, lo que llevó a un elevado desempleo y un alza sostenida en el costo de la vida, especialmente en alimentos. En este contexto de crisis de abastecimiento, que sufrió la capital durante la década de 1930, se inserta la discusión sobre las ferias libres. Diversas encuestas de nutrición de la época determinaron la importancia que tenía la alimentación en la estructura de gastos de las familias más modestas, destinando cerca de un 70% de sus ingresos a este rubro.

Frente a esta situación, en marzo de 1936, la Municipalidad de Santiago abordó la modificación del Reglamento de Mercados y Ferias Municipales. El debate se polarizó entre quienes apuntaban al rol del municipio en favorecer la venta de productos agrícolas y quienes señalaban que el aumento en el costo de la vida se debía a razones estructurales. Finalmente, en 1939, se aprobó de manera formal el establecimiento de las primeras ferias libres, bajo la administración de la alcaldesa Graciela Contreras, en sectores periféricos del municipio de Santiago, como avenida Matta, avenida 10 de Julio, Calle Martínez de Rozas, avenida Santa Laura y la alameda de las Delicias.

Mapa de la ubicación de las primeras ferias libres en Santiago, Chile

La elección de estos lugares, lejos de la Vega Municipal y el Mercado Central, que se encontraban contiguos a orillas del río Mapocho, reflejó el interés de las autoridades por facilitar el acceso a los productos agrícolas a las familias que habitaban en los sectores periféricos y populosos. Un paso importante en su desarrollo fue la aprobación de su reglamento definitivo en junio de 1941, que las definía como un comercio directo entre productores y consumidores, excluyendo a los intermediarios, aunque con autorizaciones específicas para ciertos productos.

Impacto Económico y Social

Efectivamente, uno de los argumentos que ha sustentado la ayuda y/o el reconocimiento a las ferias libres ha sido el intercambio económico. Según el primer catastro de ferias libres a nivel nacional realizado por SERCOTEC (2016), existen 1.114 ferias en Chile, con ventas que alcanzan en promedio $254,8 millones mensuales por feria. Estas cifras se traducen aproximadamente a US$4,5 mil millones anuales, aunque la ASOF (Confederación Gremial Nacional de Organizaciones de Ferias Libres, 2017) las sitúa en US$3 mil millones anuales repartidas entre 933 ferias. Su composición laboral es casi la mitad por género, generando cerca de 300 mil puestos de trabajo (SERCOTEC, 2016).

Las ferias libres abastecen principalmente el mercado de alimentos y en un porcentaje menor otros rubros como ropa, insumos de aseo y cuidado personal. Se distribuyen a lo largo del país de manera semejante a la distribución de la población, concentrándose el 41% en la Región Metropolitana (SERCOTEC, 2016).

Para la Confederación de Ferias Libres ASOF (2023a), estas pueden definirse como el "conjunto de productores, artesanos y comerciantes minoristas que venden productos alimenticios de origen animal o vegetal u otros artículos y especies, o prestan servicios, de manera periódica, regular y programada, en un espacio territorial determinado en forma itinerante".

Gráfico comparativo de la distribución de ferias libres por región

Accesibilidad y Proximidad en el Gran Santiago

Lo sustancial de las ferias libres es que tanto la tradición como la economía se encuentran en un contexto de proximidad a la población, fortaleciendo el desenvolvimiento de estos espacios. Esto se debe a que los flujos frecuentes de personas que pueden acceder a ellas configuran un escenario permanente.

Un estudio realizado por el Laboratorio Ciudad y Territorio de la Universidad Diego Portales, indicó que en el Gran Santiago el 59% de los hogares tiene una feria a menos de 600 metros, lo que permite llegar en diez minutos caminando (Mora en Torres, 2016). Esta proximidad parece resaltar espacios de un solvente económico condicionado, donde, a diferencia de los más pudientes, se tienen más posibilidades de acceder "sustentablemente" a las ferias libres.

Una investigación analiza la accesibilidad de hogares monoparentales y vulnerables a supermercados y ferias libres en el Área Metropolitana de Santiago, utilizando análisis espaciales a nivel de zona censal. Contrario a las expectativas, se refutó la relación entre zonas de bajos ingresos y peor accesibilidad a alimentos saludables. En el AMS, las áreas de mayor nivel socioeconómico tienen mejor acceso a supermercados, mientras que los grupos socioeconómicos bajos tienen mayor accesibilidad a ferias libres, lo que mitiga la mala accesibilidad en zonas desfavorecidas.

Las Ferias Libres como Economía Popular y Gestión Colectiva

Las ferias libres son procesos de economía popular que, en el escenario de una economía mixta, no producen solo intercambios mercantiles o relaciones exclusivamente individualistas y competitivas, sino que construyen formas de relacionamiento sociales y espaciales vinculadas también a la reproducción ampliada de la vida (Coraggio, 1999, 2011, 2015, 2020). Estas experiencias dan cuenta de otras formas y lógicas de recrear el hábitat, la ciudad y, sobre todo, los bienes públicos.

En el marco de esta economía popular, la comercialización comunitaria emerge de la dinámica de las comunidades para la resolución de sus necesidades más elementales, generando un comercio de proximidad donde el ‘cara a cara’ predomina y caracteriza la relación de intercambio de bienes y servicios con alta frecuencia. Se trata de procesos económicos heterogéneos en cuya raíz no se encuentra la gestión pública estatal ni la gestión privada, sino que predomina la gestión colectiva (Coraggio, 2011; Ostrom, 2009).

Las ferias libres, como escenarios de comercialización comunitaria, han transformado los espacios públicos a partir de procesos ligados a la resolución de necesidades concretas de los habitantes, expandiéndose a lo largo del país. Pese a la aparición de modernos sistemas de distribución alimentaria y de cadenas de supermercados, las ferias libres se sostienen y logran articular el mundo campesino con lo urbano, siendo la principal vía de comercialización de los productos de la agricultura familiar campesina e incluso integrando directamente a pequeños agricultores.

Sostenibilidad y Factores Clave

La sostenibilidad de las ferias no puede entenderse restrictivamente desde la evaluación de la rentabilidad, sino desde una perspectiva socioeconómica en la cual se ponen en juego múltiples factores sociales, culturales y políticos (Coraggio, 2005). Tanto feriantes como consumidores perciben que los criterios que sostienen estas redes comunitarias de distribución de productos en todo Chile tienen que ver con el bajo precio, la diversidad de productos, la calidad de los alimentos y la confianza generada durante años entre feriantes y vecinos de cada comuna.

Si bien el uso del espacio público para las ferias está autorizado y regulado por las entidades estatales, la organización cotidiana está vinculada con la existencia de reglas o acuerdos colectivos que han consolidado una cogestión entre los entes estatales y las figuras asociativas que aglutinan a feriantes. Esta comercialización comunitaria ha logrado producir una forma de espacialidad que genera tejido social desde la proximidad y la economía popular, trascendiendo la tradicional administración estatal de las calles.

Actores y Dinámicas Organizativas

En la dinámica comercial de las localidades donde se desenvuelven las ferias libres, además de los feriantes, se encuentran distintos tipos de comerciantes en el espacio público, denominados "persas", "informales" y "coleros". Los "persas" venden antigüedades, artesanías y ropa de segunda mano, mientras que los "coleros" son vendedores no registrados ni organizados que se suman en los extremos de las calles ocupadas por las ferias, con puestos improvisados.

Por tradición e historia, los feriantes conforman un sector organizado, cuyo trabajo es reconocido por consumidores y funcionarios públicos como una forma organizativa para obtener sus medios de vida, alcanzando un nivel socioeconómico estable que trasciende la sobrevivencia. Detrás de cada feria hay un proceso de cogestión y apropiación del espacio público que involucra a miles de personas en cientos de calles, reconfigurando diariamente los escenarios de la ciudad.

Se pueden identificar algunos elementos comunes en el proceso organizativo de las ferias que permiten un análisis de la gestión colectiva, retomando elementos planteados por Elinor Ostrom al analizar sistemas de gestión de recursos de acervo común (Ostrom, 2002). Las calles y plazas usadas por los feriantes pueden entenderse como acervo común, cuyo uso para la comercialización comunitaria afecta parcialmente la disponibilidad para otras actividades, requiriendo sistemas de regulación y administración eficaces y sostenibles.

Los feriantes han demostrado durante décadas una perdurable y eficaz gestión colectiva de los espacios públicos, vinculada con procesos organizativos consolidados a lo largo de los años. Aunque las ferias y los feriantes no son homogéneos, se pueden identificar atributos comunes en el grupo de feriantes y sus organizaciones que han permitido sostener sus prácticas en el tiempo y revalorizar la función social de su labor. Estos atributos incluyen: Importancia, Entendimiento común, Baja tasa de descuento, Confianza y reciprocidad, Autonomía y Experiencia organizativa previa y liderazgo local (Ostrom, 2002).

tags: #accesibilidad #a #ferias #libres #en #la