En Chile, los adultos mayores, considerados como tales a partir de los 60 años, constituyen el 19,3% de la población chilena, lo que equivale a alrededor de tres millones 500 mil habitantes. A pesar de este significativo número, la realidad económica para muchos es precaria. Más de un millón 200 mil de ellos reciben pensiones inferiores a los 161 mil pesos y varios, perciben montos con los que ni siquiera alcanzan a pagar sus cuentas básicas. Según la última encuesta Casen, el 22,1% de esta población se encuentra en el rango de pobreza. La Cuarta Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez del 2017 reveló que el 66% de ellos dice trabajar por necesidad económica. Este fenómeno se agrava al considerar que en los últimos 25 años la población de la tercera edad ha aumentado un 70% en el país, y según el INE, en 2050 uno de cada tres chilenos será adulto mayor.

Historias de Vida: El Compromiso Inquebrantable con el Trabajo
Detrás de cada estadística, hay una historia de vida marcada por el esfuerzo y la resiliencia. Muchos adultos mayores se ven obligados a continuar trabajando, desafiando el cansancio y las dificultades, para complementar ingresos que sus bajas pensiones no cubren.
El Colectivero Incansable: Una Vida de Sacrificio por la Familia
Un hombre, a punto de cumplir 79 años y nacido en 1940, relata una vida dedicada al trabajo. Cuando era joven, trabajó como peluquero y después en el Instituto de Investigaciones Agropecuarias. Ahí adquirió un taxi y trabajaba en eso después de su jornada, para generar un poco más. En 1980, por el decreto 2002, hubo reducción de personal por necesidades de la empresa en el Instituto. Echaron a 300 personas de un viaje: profesionales, técnicos y administrativos. Llevaba trabajando 22 años y salió sin nada. "La peleamos, fuimos a la Corte, pero el fallo fue ese: por ser un decreto de excepción del Presidente, podía exonerar las plantas técnicas, profesionales y administrativas y no recibimos ningún peso." Cuando lo echaron, se puso a trabajar en un taxi y el 14 de enero de 1980, formó la primera línea de colectivos de Puente Alto. Le pagó los estudios a sus tres hijos taxeando, "me amanecía trabajando para poder pagar. Trabajaba desde las siete hasta las tres de la mañana, todos los días, de lunes a domingo. Dormía poco. A veces almorzaba acá en Santiago y dormía a la sombra de un árbol. Mi señora estaba en la casa y veía las fotos mías nomás." Hoy tiene un hijo ingeniero civil, otro constructor y el tercero es técnico agrícola. Ya está jubilado, pero con la pensión de 182 mil pesos no les alcanza, ya que sus gastos fijos son como 400 mil pesos entre luz, agua, gas, cable y comida. Cuando cumplió 65 años fue al IPS y le dieron dos opciones: jubilar por la edad, afiliado a la Caja de Empleados Particulares, o como exonerado político, aceptando esta última opción. Recientemente, le subieron "cinco lucas" en la pensión. Su señora, no tiene derecho a percibir su jubilación si él fallece, por eso ahora puso la casa a su nombre. El colectivo le ha permitido "vivir, economizar unos pesos." Ahora se levanta más tarde, a las siete de la mañana, y a las ocho está en la calle. A las tres de la tarde lleva a su señora al kinesiólogo, quien tiene que hacer ejercicios porque la operaron de la rodilla, y en la tarde se da "dos vueltas nomás". A las seis de la tarde está de vuelta en la casa. Tiene dos depósitos bancarios para los años que le quedan, de otra manera no sabría cómo vivir. Piensa que, si el próximo año está vivo, no quiere seguir trabajando. "Quiero jubilarme a los 80. Cumplo 80 y chao, estoy cansado. He vivido para trabajar, no he trabajado para vivir." Cuando deje de trabajar, le gustaría salir a pasear, viajar a España a conocer la familia de su madre. Con lo que tiene depositado le alcanza, pero tiene que programarse. "No voy a ahorrar más, ya está bueno ya. No he sacado la cuenta, pero sé que no me alcanza para vivir hasta los 100. Creo que me da para unos cinco o seis años más."

Una Vida Entera sin Pausas: Del Andamio a la Venta Ambulante
Otra historia es la de un hombre de 80 años que empezó a trabajar a los 14. Su madre falleció cuando él tenía seis días, siendo criado por unos tíos en el sur, cerca de la costa en Coronel. Nunca ha parado de trabajar. Primero fue en construcción, pero ya pasado los 50 años no podía, era muy pesado. Llegó a su trabajo actual por necesidad, ya que su pensión de 120 mil pesos apenas le alcanzaría "para puro tomar té", mientras sus gastos son como de "300 y tantos mil pesos". En este trabajo saca como 300 mil pesos y viene de lunes a sábado. Reconoce que no es tan pesado, aunque "con las revueltas se puso más difícil porque hay mucho escombro, cosas que tiran y queman y yo tengo que barrerlos y recogerlos." Afirma que "los abuelitos no deberíamos trabajar, pero la necesidad hace que uno lo haga." Con dos hijas y cinco nietos, es viudo hace siete años. Si su pensión fuera buena, no estaría trabajando porque "a esta edad uno se siente un poco cansado, pero hay que luchar pues." Si no tuviera que trabajar, le gustaría salir a visitar a la familia, ir al sur, y estar con sus nietos. Vive con dos nietas de siete y cuatro años que lo llaman "Papi" y a quienes les gustaría que él descansara.
La Peluquera que Encontró Bendición en la Venta Ambulante
Una mujer, que cuando era joven trabajó de nana y después hizo un curso de peluquería, se desempeñó en salones por 50 años, también haciendo pelucas de pelo natural, hasta que la llegada de las pelucas chinas la llevó a dejarlo. Se jubiló como a los 70 años porque tenía "lagunas de imposiciones", y hoy recibe 168 mil pesos mensuales. "Qué le va a decir uno a la gente esa, oiga." Siempre pensó que iba a tener que seguir trabajando, para ella "el trabajo es una bendición de Dios." Cuando se jubiló, empezó vendiendo mermeladas afuera del hospital Salvador, donde estuvo 10 años. Hasta que un día su hija le sugirió: "Vende ropa, que es lo que más te gusta." Lleva tres años vendiendo ropa en la calle Salvador. Nunca ha pensado en que le den luego la jubilación para no trabajar más. "Hasta cuando Dios quiera voy a trabajar." Su labor es "bien sacrificada", su hija le trae ropa que a veces viene sellada o con imperfecciones. Pero ya tiene su clientela. De salud está bien, aunque la semana pasada, al intentar levantar un perchero que se le cayó, se cortó el tendón del brazo. Trabaja "súper contenta", pero tiene un problema muy serio: "el otro día vino un inspector a supervisar, me quitaron el permiso y me pasaron dos multas el mes pasado de 250 mil pesos. Las pagué." Reconoce que se sacrifica y está acostumbrada. Además, cree que "si no trabajara, me llevaría peor con mi hija", quien no quiere que trabaje. Se siente feliz donde está y le molesta cuando los adultos mayores se quejan: "Una tiene que luchar hasta el final, mientras tenga las manos y la cabeza buenas." Incluso con una buena jubilación, dice que seguiría trabajando, y solo un problema de salud la detendría. Tiene mucha fe en su Señor y se siente bien: "no soy hipertensa, no tengo diabetes, nunca he fumado, nunca he bebido, si tengo ganas de dormir, me pongo a dormir nomás. ¿De qué me voy a quejar yo? De nada. Acá está mi vida y yo soy feliz. Toda la vida le he dado prioridad al trabajo."

Benjamín y Mercedes: La Resiliencia de los Confeccionistas
Benjamín, de 80 años, y Mercedes, de 70, son un matrimonio que vende bolsos en Plaza Italia y llevan doce años en este oficio. Anteriormente, fueron confeccionistas de ropa, de casacas de cuero y pantalones, y después empezaron a hacer bananos. Estuvieron muchos años en el Persa, pero "se echó a perder". Luego vendieron bananos en distintos lugares. Siempre han sido independientes porque "apatronado, lo tratan mal a uno y no pagan lo que corresponde." Un tiempo trabajaron en la Plaza Venezuela. Benjamín fundó un sindicato, ya que no tenían un lugar seguro y "nos sacaban de todos lados". Luego obtuvieron una patente. Benjamín cotizó, su esposa no tanto. Una persona una vez le dijo: "Oye, ¿qué edad tienes?, ya tienes que estar jubilado." Benjamín respondió: "No tengo tiempo, a lo mejor, algún día." Esa persona pidió sus datos y gestionó su pensión, la cual resultó ser de 105 mil pesos. "No alcanza." Benjamín relata un ejemplo claro: "Hace un rato fui a comprar y me gasté diez mil pesos en esto: galletas, jamón de pavo, pancito y yogures que llevo para la casa. Son diez mil pesos solo en esto." En su negocio, obtienen entre diez mil y doce mil pesos diarios. Trabajar hasta las tres de la mañana y levantarse a las seis y media "va agotando, agotando, pero el ánimo lo tenemos vivo para seguir trabajando." Preguntan: "¿Quién puede trabajar por gusto? Nosotros trabajamos por necesidad." Sin embargo, creen que incluso con una buena pensión, igual estarían trabajando, porque "una persona sentada en la casa viendo televisión… la televisión no entretiene nada. No nacimos con espíritu de flojos, sino de trabajadores." Quizás trabajarían más lento, saldrían a ofrecer sus productos a otros comerciantes, o disfrutarían de fines de semana en el campo o la playa. Quieren que sus nietos tengan "un gran futuro, que sean emprendedores." Desean "los mejores parabienes: si nosotros no alcanzamos a disfrutar algunas cosas, que disfruten ellos con sus hijos. Eso sería lo mejor." Sus nietos son "buenos, trabajadores" y les encanta que ellos trabajen porque saben que "no podemos estar en la casa sin hacer nada. Tenemos que trabajar porque así podemos economizar diez pesos que son diez pesos maravillosos para pagar un médico particular." Salen a las ocho de la mañana y llegan a las nueve y media, almorzando ahora en casa debido a las "revueltas." Benjamín reflexiona sobre las pensiones, preguntándose si "toda la vida las pensiones fueron bajas o fue que los senadores, diputados, no pensaron en la vejez de nosotros y que el país se fue haciendo viejo. Ellos no pensaron en nuestros intereses, pensaron en los intereses de ellos." Recuerda que cuando eran niños las universidades eran gratuitas, y critica el modelo actual donde "todo es comercial. Al rico, rico no le conviene tener gente culta y preparada porque si no tendrían que pagar salarios justos. Así, a medio morir saltando, mantienen a la gente y con amenazas de que van a ser despedidos. La gente produce más para agradar al patrón."
El Ferroviario Jubilado que Anhela su Fábrica de Volantines
Un hombre comenzó a trabajar a los 17 años en ferrocarriles, donde estuvo 31 años, esforzándose y entrando a las siete para a veces quedarse hasta las once de la noche para poder ganar más. Lo jubilaron a los 48 años y le siguieron pagando imposiciones y salud hasta los 65. A esa edad, tenía 65 millones ahorrados. La AFP le iba a pagar 248 mil pesos el primer año y después le irían bajando, por lo que se fue a una pensión vitalicia que va subiendo según la UF, recibiendo ahora 298 mil pesos. Su esposa es lisiada, tiene esclerosis múltiple, lleva 25 años con esa enfermedad. Él la mantiene a ella y la casa. Para "no vivir apretado", trabaja en un lugar donde hace 200 mil pesos mensuales en pura propina, sin un sueldo base. Está desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. No se cansa y se entretiene, pues "pasa rápido la hora porque en la casa se pone más viejo uno." Aunque le gusta su trabajo, confiesa que si su pensión le alcanzara tranquilamente, no estaría allí: "Estaría haciendo volantines - tengo una fábrica de volantines en mi casa y me entretiene mucho - y estaría cuidando a mi señora. Ella me necesita. Estaría a su lado." Ahora está acostumbrada a que él salga a trabajar para llevar el sustento. La quiere mucho, llevan cincuenta años de matrimonio. Reflexiona sobre las bajas pensiones, una realidad que también vivió su papá, quien jubiló a los 50 años como ferroviario y luego fue estacionador de autos hasta que murió a los 70. "No sé quién tiene la culpa. Pero el trabajador no creo que la tenga, porque somos explotados. ¿Y explotados por quién? Sabemos quiénes son los culpables." Menciona que su yerno se esfuerza reparando veredas bajo el sol, se levanta a las cinco de la mañana y llega a las ocho a la casa, y le rebajaron su sueldo de 400 mil a 300 mil pesos. "Es justo?" Agradece haberle dado "hartas satisfacciones" a su señora, llevándola a veranear a diversos lugares. Su satisfacción es que ella esté viva.
Entrevista a una adulta mayor con mucho carácter/sus vivencias y anécdotas (PARTE 1).....2020
Tejiendo la Superación: Una Artesana de Manteles y Carpetas
Una mujer que confecciona manteles y carpetas, comprando las telas y cosiéndolas, cuenta que ahora va a tener que dejar un poco de trabajar "por la vista, ya no veo bien." El próximo año le van a dar pensión. Su marido estaba vivo, pero ella relata que "ahora felizmente está muerto." Llevaba 43 años separada de él, y aunque la tenían por "carga de él", jamás le dio ni un cinco. Tuvo cuatro hijos. Ella nunca trabajó porque su papá no le dejó, diciendo que "las niñas de casa de familia no salían a trabajar." Pero su marido "se portaba mal", a veces no le pagaban o no llegaba a casa, lo que la "aburrió" y se separó a los 32 años. Se fue a vivir con su mamá y sus cuatro hijos. Su mamá le dijo que no tenían necesidad de trabajar, pero años después, cuando sus niños ya estaban estudiando en la media, quedó de brazos cruzados porque falleció su mamá. Así es que ahí salió a trabajar "ya de vieja." A través de una amiga, su hermana le consiguió un trabajo para llevar una casa. "“¿Te atreves a trabajar en eso?”, me dijo. “Sí, creo que es igual en todas las casas”, le dije y fui." El caballero era un separado. "Yo hacía las cosas llorando porque tenía que salir a trabajar. Me daba vergüenza y pena." Pero él le permitía hacer lo que quería. Después le hizo aseo a una señora durante tres años todos los sábados. Y luego empezó a tejer, ofreciendo sus tejidos a las mismas conocidas. Hacía "ajuares lindos", y en un tiempo se los compraban en la Casa de la Guagua. Luego empezó a hacer delantales. "¿Adónde voy a vender?", se preguntaba. Su nieto, que ahora tiene 24, le sugirió ir a una feria. Supo que por San Pablo con Herrera había ferias. Fue dos días y no vendió nada, hasta que al final logró vender. Alguien le dijo que en la calle Portugal también vendían y vino. Lleva muchos años allí. Ahora ya no se tiene que esconder, nunca le han quitado las cosas ni la han llevado detenida. Llega como a las diez y está hasta las tres, después se va a Independencia a comprar telas, ya que no hay micros. Hay días que vende poco, nunca se fija cuánto gana, pero saca "un poco más de 100" mil pesos, y dice que el año ha estado "malo". Con lo que hace, vive "al tres y al cuatro". Le gustaría estar en su casa, haciendo cualquier cosa, pero no tener que salir a trabajar. Estaría con sus hijos. Le da pena tener que trabajar y que en la calle a veces "la humillan tanto a una." "Me han tratado mal."
Amalia Arriagada: Dirigiendo el Tránsito para Sustentar su Hogar
Amalia Arriagada, de 82 años, trabaja en un paso bajo nivel que se localiza frente a su casa, en la comuna de Melipilla. La adulta mayor recibe una jubilación de $150 mil, la que sostiene que simplemente no le alcanza. "¿Qué voy a hacer mañana, señor? Estoy sin ni una chaucha, padre santo. ¿Qué va a ser de mí mañana?", eran interrogantes que le rondaban a Amalia en el último tiempo. Cada noche encomendaba sus plegarias pidiendo tener trabajo para mantener su hogar, donde vive junto a su marido de 101 años, una hija epiléptica e insulino dependiente y su bisnieto de apenas seis años. "Dame trabajo. Que yo pueda trabajar, señor. Lo único que te pido es que me des un trabajo. Porque yo soy mujer de trabajo, no soy mujer de estar sentada todo el día", rezaba Amalia. El dinero escaseaba y a su nieto se le ocurrió que quizá podía dirigir el tránsito. Tras ello, un vecino le regaló un cartel y desde hace cuatro meses allí ha encontrado el sustento para su hogar. La situación de Amalia es una realidad que viven cientos de adultos mayores a lo largo del país. Ella ha recibido algunos bonos, pero aún así no alcanza a cubrir sus gastos, por lo que se vio en la obligación de salir a buscar un nuevo ingreso. "De primera, era una vergüenza única. No me animaba a levantar la mano. El temor al qué dirán. Al segundo día ya no y al tercer día menos, porque empezaron altiro a darme", relató la adulta mayor. Cada tarde, de 13:00 a 15:00 y de 18:00 a 20:00 horas, Amalia comparte esquina junto a Christina. Fue en una de esas tantas tardes de esfuerzo cuando Daniela conoció a la abuela y compartió su historia en redes sociales. Cuando conoció a Amalia, Daniela Lavalle pensó que "tenemos que ayudarle de alguna forma. No podemos hacer vista gorda como todo el mundo lo hace, porque acá transitan muchos autos. Cómo nadie se ha percatado de que es una adulta mayor. Ella, lo único que nos pidió fue un cilindro de gas." La publicación se viralizó y la ayuda no tardó en llegar.

Berta Rodríguez: Tejiendo contra la Soledad y la Necesidad
Berta Rodríguez, oriunda de San Javier, quedó huérfana muy pequeña al cuidado de sus abuelos, quienes al no poder solventarla, la enviaron a Santiago a trabajar como niñera, luego en una farmacia y, cuando su abuela quedó viuda, regresó para cuidarla. Recién había cumplido 16 años, y a esa edad ya cargaba con toda una vida. Dispusieron que se casara con el hombre que ella había visto pasar por su casa y que era un buen partido. Su opinión no importó mucho y lo hizo. Vivió por 77 años junto a su esposo, Lupercio, quien falleció a los 99 años. "Duró poquito, en cuatro días se fue", cuenta entre lágrimas. Con su marido se vino a Santiago y cuenta que fue difícil, porque con hijos nadie le arrendaba y tenía cuatro, el más chico con ocho meses. "Toda mi vida fue trabajar, trabajar y trabajar, así tuvimos este terreno", relata Berta al explicar cómo junto a su esposo lograron comprar una propiedad en Peñalolén, donde vive actualmente. Berta ha vendido productos tejidos desde hace años, pero la pandemia la ha golpeado. Con estas palabras Berta comienza su video, donde exhibe orgullosa los productos que vende: "Calcetines, calcetines de hombre para pies grandes, gorritos, pero también nuevos trabajos, como cojines." La académica también hace hincapié en que vemos los adultos mayores como discapacitados, que no pueden aportar a la sociedad, pero no es así: "Uno tiene que levantarles el ánimo y entregarles herramientas (…) hay que hacerle entender que la pena es parte de la normalidad, pero que ella puede seguir viviendo y aportando con su conocimiento y experiencia a generaciones más jóvenes." Hoy solo pide ayuda y dice que tiene pena: "A veces tejo y tejo y no sé lo que estoy haciendo, me encuentro un poco mal, vinieron a verme del policlínico, tengo una pierna tan mala que tengo miedo que el dolor me llegue al hueso (…) como soy la única que tejo también me canso." Y es que para un adulto mayor solventar los gastos no es fácil, además, la funeraria que realizó los servicios de su esposo le dijo que le faltaba pagar una parte. Berta reconoce que no le alcanza para vivir con lo que gana con sus tejidos más su pensión. La señora Berta hoy se refugia de la soledad en el movimiento de esos palillos viejos que en sus manos se vuelven varitas mágicas. Varitas que van tejiendo gorritos y calcetines, como ella tejió la historia de su vida.
