En la segunda mitad del siglo XX, la humanidad ha tomado conciencia de un hecho histórico singular: la aparición de la biosfera como una entidad finita, vulnerable y amenazada directamente por la acción humana. Aunque los seres humanos han alterado la naturaleza desde sus orígenes, y la biosfera y los grupos humanos han coevolucionado durante decenas de miles de años, las sociedades industriales poseen un poder de intervención sobre la naturaleza que carece completamente de parangón con las capacidades de todas las sociedades preindustriales.
Del aumento de nuestros poderes y de nuestra capacidad de previsión y conocimiento se deriva el aumento de nuestras responsabilidades. Como sugirió Hans Jonas, “La naturaleza, en cuanto responsabilidad humana, es sin duda un novum sobre el cual la teoría ética tiene que reflexionar”. La noción de responsabilidad (hacia la biosfera, los seres vivos no humanos y las generaciones humanas futuras) desempeña un papel clave en la articulación de una respuesta ética a los desafíos de la crisis ecológica contemporánea. En esta tarea se inscribe Un mundo vulnerable, el cual es el primero de los tres volúmenes que componen la "Trilogía de la Autoconteción".
Jorge Riechmann (Madrid, 1962) es un destacado poeta, ensayista y profesor titular de Filosofía Moral. Además, trabaja como investigador sobre cuestiones ecológico-sociales en el Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) de Comisiones Obreras, y es socio de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE), miembro del Consejo de Greenpeace España y afiliado a Ecologistas en Acción.

1. Sobre suficiencia y vida buena (por M. Linz)
En este libro, se plantea la necesidad de una visión clave para alcanzar la sostenibilidad en nuestro planeta: vivir de tal forma que no se abuse de la naturaleza más de lo que puede soportar. Aunque existen diversas ideas para lograrlo, como la famosa Cadena Verde, los autores se centran en la palabra clave: suficiencia. Se busca descubrir cuánto consumo es suficiente para mantener una calidad de vida razonable. Cualquier persona consciente de los problemas ambientales del planeta reconoce la necesidad de una Austeridad Voluntaria (AV). Según Riechmann, “no podemos obviar el debate sobre la austeridad, por difícil que nos resulte enfocarlo”, ya que “aceptar límites no es la negación de la libertad: es la condición de la libertad”.
Existe un acuerdo generalizado en que “los países industriales (…) consumen demasiados recursos naturales y sobrecargan excesivamente los ecosistemas con sus residuos”. Ni el sistema de vida ni el tipo de desarrollo de los países ricos “puede extenderse a toda la población mundial”, como también argumentó De Jouvenel.
Tres vías para la sostenibilidad:
- Eficiencia: Consiste en “hacer más con menos”. Aunque es fundamental reducir el consumo, Linz advierte de un peligro: “Estos ahorros conducen o seducen hacia un sobreconsumo”.
- Coherencia o biomímesis: Se trata de fomentar tecnologías compatibles con la Naturaleza, siguiendo la bioeconomía de Georgescu-Roegen. Sin embargo, es muy complicado alcanzar tecnologías “completamente libres de impactos”.
- Suficiencia: Para preservar la Tierra, es necesario “vivir dentro de sus límites”. Esto implica una cierta austeridad que “se dirige en primer lugar a los mayores consumidores” (una cuarta parte de la humanidad se apropia de casi tres cuartas partes de las materias primas). Linz afirma que “eso no puede continuar así” y predice conflictos por el acceso a los recursos naturales si las cosas no cambian. Mientras que la eficiencia y la coherencia buscan “cambios técnicos y organizativos”, la suficiencia persigue “transformaciones de nuestra propia acción”, es decir, cambiar nuestro estilo de vida, nuestra forma de ver, mirar y hasta sentir, haciéndola más acorde con la naturaleza, de manera similar a algunas filosofías orientales.
Ante estos planteamientos, muchos replican que suponen un retroceso en el desarrollo o en la calidad de vida, o que generarán pérdida de puestos de trabajo. No obstante, los motivos para la suficiencia y el “actuar austero” son múltiples. El principal consiste en resaltar las ganancias y justificar cómo REDUCIR NUESTRO CONSUMO PERSONAL fomenta la conservación de nuestro Planeta. También puede justificarse como una forma de “evitar pérdidas”, como desastres del cambio climático, deterioro de la salud o conflictos, o por la mera satisfacción de sentir que se intenta hacer lo correcto (motivos intrínsecos a la acción), y por no contribuir a las injusticias, la pobreza, la desigualdad global o los desastres medioambientales. La suficiencia o autolimitación en el consumo implica también no preocuparse por la imagen social, lo cual otorga una vida más autónoma, menos preocupaciones y más tiempo. Algunos estudios demuestran que, por encima de cierto umbral de ingresos, la sensación de felicidad deja de crecer o incluso retrocede, pues al parecer, la vida se vuelve demasiado cansada y complicada, y estresante. Poner un poco de taoísmo en nuestra vida puede ser práctico y relajante.

Suficiencia para empresas y consecuencias en la economía global
Las empresas deben asumir que “perseguir los beneficios máximos a costa de la naturaleza daña los intereses a largo plazo de las empresas”. Además de los beneficios, también interesan el respeto ambiental, la involucración de los trabajadores, y la aprobación de los clientes y accionistas.
Políticas para la suficiencia
El objetivo es demandar a los políticos que implementen políticas que fomenten el consumo responsable y austero y disuadan el despilfarro, como promover y abaratar el transporte público, gravar los vehículos más contaminantes y la publicidad.
2. ¿Es posible la austeridad voluntaria en un mundo que se hunde en la insostenibilidad ecológica? (por J. Riechmann)
La Austeridad Voluntaria (AV) es un concepto muy antiguo, practicado “como ejercicio moral de autodominio (…) por encima de las pulsiones hedónicas inmediatas y primarias” y por “libertad interior” en escuelas como el estoicismo, el cinismo y el epicureísmo de la antigua Grecia, e incluso en las antiguas y aún vivas filosofías orientales. Se precisa una nueva ética que fomente la AV para evitar los riesgos ambientales y sociales de nuestra insostenibilidad, cuyos motivos y amenazas se pueden consultar en multitud de obras.
La “salvación colectiva” es un motivo demasiado vago para actuar de forma urgente y masiva, pues “resulta difícil percibir individualmente la relación entre el acto individual y los efectos agregados”, fenómeno conocido como “tiranía de las pequeñas decisiones”. Para Sempere, “la educación en la AV es un factor decisivo para que las políticas de austeridad impuestas alcancen un consenso creciente”, y es importante lograr que el despilfarro tenga mala prensa, es decir, que sea mal visto tener un vehículo grande y muy contaminante, mantener césped en zonas áridas, viajar en avión por mero placer, tener varias televisiones o comer mucha carne, por ejemplo. Es fundamental saber que cuando consumimos participamos en un “complejo metabolismo” que incluye, en general, gastos energéticos en producción y transporte, y generación de residuos durante la producción y en el desecho de lo consumido.
Entrevista Jorge Riechmann. El concepto de escasez.
3. ¿Y qué pasará con la economía? Sobre Suficiencia, crecimiento económico y desempleo (por M. Linz)
De las tres vías para la sostenibilidad (eficiencia, coherencia y suficiencia), Linz cree que la eficiencia y la coherencia no necesitan esforzarse por lograr reconocimiento. En cambio, la suficiencia puede verse como una amenaza contra el florecimiento económico, llevando a algunos a concluir erróneamente que “aumentar el consumo se convierte casi en un deber cívico”. Esta postura obvia los daños a los ecosistemas, los efectos en los países del Sur, y que tal vez “la sobrecarga ecológica de la Tierra no tarde en poner fin al crecimiento económico”.
Según la teoría económica, el crecimiento económico, visto como algo natural por algunos, no es un requisito para que una economía funcione. El modelo liberal sigue los deseos de los consumidores, lo que deja abierto que la economía crezca o no, o incluso que llegue a estabilizarse: “Una economía goza de salud cuando la oferta y la demanda se encuentran en equilibrio”. Otro problema es la forma de medir el crecimiento (el PIB), como han denunciado muchos científicos y economistas. Actualmente, el crecimiento se incrementa con cualquier intercambio monetario, incluyendo cualquier expolio de la naturaleza que genere ganancias o gastos económicos, e incluso “los costes de hacer frente a los daños ambientales” (los cuales se suman cuando deberían restarse). Además, para muchos, un crecimiento es válido solo si es exponencial, no lineal, aunque este tipo de crecimiento sea difícilmente sostenible.
Ni siquiera existe la implicación de que el crecimiento económico elimine el paro, máxime cuando “desde mediados de los años setenta del siglo XX, el crecimiento anual de la productividad del trabajo va por delante del aumento del PIB”, debido a factores como mejor formación de los trabajadores, mejor maquinaria, la informática y los sistemas de comunicación. Por esto, parece que para reducir el paro es más útil una política “inteligente” que el mero crecimiento económico. Linz afirma que una “decisiva estrategia” e “inesquivable, si ha de preservarse la paz social” es aplicar la suficiencia también al trabajo remunerado, es decir, no trabajar de más y repartir el trabajo: “trabajar menos, en vez de ganar más y así poder gastar más”. Muchas veces, los productos “no los compramos hoy porque los necesitemos, sino porque los podemos comprar”.
Linz se pregunta qué ocurriría con la economía si una masa crítica de ciudadanos siguiera las reglas de la suficiencia, eficiencia y coherencia. Concluye que “una economía orientada a la sostenibilidad y al consumo responsable de recursos no genera formas miserables de actividad, ni tiene por qué dar lugar a pérdidas de bienestar”. “Puede crecer todo aquello que fomente la sostenibilidad y la calidad de vida. Tendrá que menguar lo que favorezca el sobreconsumo de recursos”. Lo importante es el dinamismo de una economía, no su crecimiento cuantitativo, pues “la forma actual de echar cuentas” es muy “insatisfactoria”. En un escenario sostenible, se crearán o crecerán nuevos sectores económicos, los productos ecológicos podrán pagarse mejor porque compensan sus beneficios, habrá menos gastos en salud al ser un mundo más limpio, y en cuanto a infraestructuras, muchas veces es más necesario “conservar y renovar” que construir y ampliar. Linz concluye que “una vida social y económica orientada hacia la conservación de recursos y la justa medida no perturba el buen funcionamiento económico”. Parece claro que solo es viable una economía sostenible, y el trabajo consiste en cómo lograrla.
4. Oikos & Jaikus. Reflexiones sobre la crisis ecosocial (por J. Riechmann)
Riechmann, poeta, ensayista y profesor de filosofía moral, se considera de la “estirpe de Casandra”, recordando el mito griego de ser un agorero al que nadie cree los desastres anunciados. Afirma que “hoy en día no solo están extinguiéndose especies animales y vegetales, sino prioridades humanas que, una tras otra, se ven sistemáticamente rociadas, no de plaguicidas, sino de eticidas: agentes que matan la ética y, por consiguiente, cualquier idea de historia y de justicia”. Especialmente atacadas se ven aquellas prioridades humanas que proceden de la necesidad de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza.
Para Riechmann, “el movimiento ecologista está perdiendo (…) el partido de la guerra está ganando ese combate”. Advierte que “hoy, a comienzos del siglo XXI, tanto el calentamiento del planeta como la proliferación nuclear están a punto de escapar a todo posible control”. A pesar de la ecoeficiencia, “la demanda europea de recursos naturales ha registrado un aumento cercano al 70%” desde la década de 1960. La huella ecológica de los países ricos, que mide el abuso ambiental en hectáreas de tierra productiva, está robando posibilidades al resto del planeta. “Cada europeo, cada europea precisan en promedio 4.9 hectáreas de tierra productiva para mantener su estilo de vida (un verdadero pisotón ecológico); el promedio mundial es de 2.2 (China 1.5 y EE.UU. 9.5)”, y “el planeta solo puede ofrecer 1.8 hectáreas”. España ha duplicado su huella ecológica desde 1975, situándose en 5.4 hectáreas. “Estamos convirtiendo los recursos naturales en basura mucho más deprisa de lo que la naturaleza puede reconvertir la basura en recursos naturales”. Según WWF, desde 1980 la humanidad vive “por encima de nuestros medios”, y en 2003 ya consumíamos un 25% más de los recursos que la naturaleza produce anualmente. Además, el Índice de Biodiversidad (Living Planet Index) también es negativo: Las especies se están reduciendo drásticamente (un 31% de especies terrestres, un 28% de las acuáticas).
Riechmann también resalta que el desarrollo sostenible “es un oxímoron, una expresión autocontradictoria”, si el desarrollo se mide solo como crecimiento del absurdo PIB. En su lugar, propone usar el IDH (Índice de Desarrollo Humano) de la ONU como indicador de bienestar, y la huella ecológica como indicador de la presión sobre la biosfera. Aunque algunos digan que ya es demasiado tarde, aún así merece la pena intentarlo porque cada acción positiva retrasa el desastre y aumenta la justicia global. Reduciendo el consumo de carne o siguiendo los consejos de la Cadena Verde se consiguen ahorrar miles de litros de agua o de kilovatios de energía, o de CO2 en el aire. El “sobredesarrollo” de los países ricos no es extensible ni siquiera a China e India, y mucho menos a todo el Planeta. Riechmann insiste en la obviedad de que “la economía no puede crecer indefinidamente dentro de una biosfera finita”, y recuerda las palabras de Jorge Wagensberg: “El ser humano es individualmente inteligente y colectivamente imbécil”.

Vivir deprisa no es sinónimo de vivir mejor: “Buena parte de la superior calidad de vida mediterránea tiene que ver con los ritmos pausados y evitar agobios”, por lo que no se entiende la “tecnolatría”, el culto por la técnica que nos permite correr (trenes de alta velocidad, autopistas y vehículos que nos permiten correr contaminando y devastando territorio sin enterarnos). Avanzar hacia la sostenibilidad requiere “hacer menos, no hacer, dejar de hacer” (como sugiere el Tao Te Ching, escrito en el siglo VI a.C.).
Sobreexplotación pesquera y producción local
Los modernos barcos pesqueros, con alta tecnología, “redujeron la fauna marina en un 80%”, según la revista Science (2006). Greenpeace denuncia que la mayoría de los compromisos acordados se incumplen y que es urgente eliminar subvenciones a los buques industriales, reducir la potencia pesquera a la mitad y que el 40% de los océanos sea designado reserva marina.
La sostenibilidad requiere producción y consumo LOCAL; algunos sugieren un máximo de 100 kilómetros para nuestros alimentos. Riechmann denuncia “las negativas consecuencias que tiene el modelo agroalimentario basado en la exportación de productos del Sur al Norte”, de forma que lo que comemos viene, en gran parte, de miles de kilómetros de distancia. La “bicicleta moderna y el automóvil fueron inventados casi al mismo tiempo: pero ejemplifican dos maneras antagónicas de aprovechar los frutos del progreso”.
Se concluye que “hace ya decenios que las sociedades industriales alcanzaron niveles de productividad, eficiencia y desarrollo (…) que permitirían satisfacer sin problemas las necesidades básicas y deseos razonables de todos los seres humanos, reducir la jornada laboral a un par de horas diarias o tres, y dedicar lo mejor de nuestros esfuerzos a vivir bien”. J.M. Keynes, el mayor economista del siglo XX, “decía que tres horas de trabajo diario eran suficientes”.