Un reformador social es un individuo o grupo que aboga por cambios en las normas y estructuras sociales con el fin de abordar injusticias, promover la igualdad y mejorar las condiciones de vida de la sociedad. Su historia está profundamente arraigada en el contexto del activismo social a lo largo de las décadas, y su acción no se limita a protestar, sino que ofrece propuestas concretas para mejorar.
Auguste Comte: El Científico y el Reformador Social
A casi 170 años de su publicación, el Discurso sobre el espíritu positivo de Auguste Comte sigue siendo una obra fundamental que ha inspirado la ciencia social moderna. Este tratado se asume como una obra de síntesis del pensamiento y el arduo trabajo intelectual de Comte, y como la mejor evidencia de las tensiones entre el científico y el cura laico de una utopía sociológica que fue Comte.
El Pensamiento de Comte: Entre la Ciencia y la Utopía Social
Es común que a los jóvenes estudiantes de las ciencias humanas y sociales se les presente a Comte como el padre de la sociología, una ciencia positiva que rechaza la metafísica por no atenerse a los hechos. Sin embargo, una lectura más profunda del Discurso sobre el espíritu positivo revela una interpretación no esencialista del autor, entendiendo su obra como la evidencia del desgarrador conflicto intelectual de Comte.

La idea es comprender el pensamiento de Comte como el signo de las tensiones entre el científico y el reformador social que fue, entre el padre de la ciencia social moderna y el cura laico de una utopía sociológica. Esta tensión se explica por un hecho histórico de gran relevancia para Comte y sus contemporáneos: la Revolución francesa. Comte, al igual que Tocqueville, no compartió la Revolución francesa, pues consideraba que la ideología revolucionaria conducía a los franceses a la servidumbre en la igualdad más que a la libertad. En este sentido, su positivismo es, en parte, una reacción crítica al estado de cosas sociales que construyó la Revolución y, en tal sentido, un programa de reforma social para un mundo mejor.
La Sociología Comtiana: Un Ideal Social
Este camino de lectura nos muestra que la sociología comtiana nace de una profunda necesidad de construir un ideal social, al mejor estilo de Platón. Esto nos lleva a confrontar la lectura que de Comte han hecho los practicantes y defensores del positivismo comtiano, así como la que han elaborado sus detractores de la escuela de Frankfurt (Adorno y Horkheimer), quienes sostienen que en Comte la sociología no es un saber emancipador de la humanidad.
El trabajo de análisis del pensamiento de Comte se divide en tres partes:
- Reconstrucción de los argumentos centrales del Discurso sobre el espíritu positivo: Se busca sacar a la luz las tesis del doble proyecto de Comte con su filosofía positiva: por un lado, científico y, por el otro, el de reforma social.
- Tensión entre ciencia y utopía social: Se explora la relación entre estos dos conceptos en el autor, a partir de un diálogo entre las tesis centrales del Discurso sobre el espíritu positivo y sus obras anteriores y posteriores, como La science sociale (1972), Corso di filosofia positiva (2008), The Positive Philosophy (2009a) y A General View of Positivism (2009b).
- Contexto histórico y social: Se analiza cómo la filosofía positiva de Comte es una respuesta a la crisis social de su época, la cual él llama la "única salida intelectual" a la crisis social europea y francesa, caracterizada por un estado de desorden o desgobierno político.
Auguste Comte publicó su Discurso sobre el espíritu positivo en 1844, como introducción al Tratado filosófico de astronomía popular. Esta pequeña obra puede ser comparada, por su trascendencia, con el Discurso del método de Descartes o El Príncipe de Maquiavelo, pues, a pesar de ser opúsculos y tener naturaleza de manuales, transformaron el mundo en términos epistemológicos, metodológicos y científicos.
Estructura del Discurso sobre el Espíritu Positivo
El opúsculo de Comte está compuesto de tres partes:
- La “superioridad mental del espíritu positivo”: Aquí, Comte explica la "evolución de la humanidad" apelando a una idea del progreso en sentido teleológico con fuertes ecos kantianos y hegelianos. Esta marcha del progreso se da, tanto en el individuo como en la especie, como una ley que empuja a la humanidad al perfeccionamiento intelectual y social, expresándose en "tres estados teóricos".
- La “superioridad social del espíritu positivo”: En esta sección, Comte evidencia que su filosofía positiva es una respuesta a la crisis social de su época, la cual él llama la "única salida intelectual" a la crisis social europea y francesa.
- Las “condiciones de advenimiento de la escuela positiva”: Esta parte revisa los elementos necesarios para el establecimiento y desarrollo de la escuela positivista.
La Ley de los Tres Estados
La evolución del entendimiento humano, según Comte, se rige por la "ley de los tres estados":
- Estado Teológico (preparatorio): En este despliegue inicial, las especulaciones humanas muestran una predilección por las cuestiones más insolubles y los conocimientos absolutos. Se caracteriza por la explicación de lo “insoluble” y la búsqueda de lo “absoluto” a través de la imaginación. El fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo son las etapas de este estadio, que culmina con la primera restricción de la imaginación.
- Estado Metafísico (transitorio): Mantiene el interés por lo “insoluble” y por los “conocimientos absolutos”, pero rechaza el recurso a la imaginación. Su recurso es el "razonamiento", que reemplaza a los seres sobrenaturales por entidades abstractas. Este estado es "transitorio" e incapaz de construir un vínculo social, apuntando más a la anarquía que al orden.
- Estado Positivo o Real (definitivo): Consiste en la subordinación de la imaginación a la observación. Establece que "toda proposición que no puede reducirse estrictamente al mero enunciado de un hecho, particular o general, no puede ofrecer ningún sentido real e inteligible". Implica la renuncia a lo "insoluble" y a la conquista de lo "absoluto", privilegiando solo lo que nos está dado conocer.
La hipótesis de Comte es que una vez que la razón humana se ha circunscrito a su "dominio", es decir, a lo que solo le es posible conocer a la humanidad, entrará en un estado de "armonía mental, individual y colectiva", lo que significa que el estado positivo traerá consigo el orden y el progreso. Para Comte, la nueva ciencia social, la filosofía positiva, adopta un punto de vista social, partiendo de la premisa de que "el hombre no se desenvuelve aisladamente, sino en colectividad". Este punto de vista social es presentado por el autor como el sucedáneo, ahora posible y eficaz gracias al estado positivo, del "proyecto de asociación universal del cristianismo" de la Edad Media. En otras palabras, la filosofía positiva es presentada por el autor como un proyecto de sociedad universal.
Ahora, el positivismo aparece, más que como una ciencia, como un proyecto de reforma social, y Comte como el Dante del siglo XIX. La ciencia positiva se armoniza con el arte, haciendo compatibles y solidarios la teoría y la práctica, pues el positivismo no es únicamente un método de comprensión e indagación de la realidad natural y social, también es un proyecto político y moral centrado en "el mejoramiento continuo de su propia naturaleza, individual o colectiva, entre los límites que indica, como en todos los demás casos, el conjunto de las leyes reales". Así, la filosofía positiva, como nueva ciencia social y humana, es sinónimo de lo real, lo útil, la certeza y lo preciso, y su objeto primordial es organizar la sociedad antes que destruirla, llevando las teorías morales y sociales al estado positivo.
Reformadores Sociales en el Contexto Indio
En el ámbito indio, figuras como Raja Ram Mohan Roy y Mahatma Gandhi se destacaron por su lucha contra prácticas injustas como el Sati (la inmolación de viudas) y el matrimonio infantil, promoviendo cambios significativos para mejorar las condiciones sociales. Estos líderes, junto con otros como Sri Narayana Guru y Kandukuri Veereshalingam Pantulu, trabajaron incansablemente para erradicar injusticias y elevar a comunidades marginadas, enfatizando la necesidad de igualdad y justicia social.

El movimiento por la independencia de India también inspiró a muchos a convertirse en reformadores sociales, utilizando su plataforma para abogar por cambios en políticas que afectan a los sectores más vulnerables. Activistas como P. Anandacharlu se destacaron en la lucha por los derechos de los indios, mientras que figuras literarias promovían valores progresistas a través de su trabajo. El papel de los reformadores ha sido crucial para instigar cambios profundos en la sociedad, con un enfoque particular en la eliminación de la desigualdad y la injusticia.
Los Purana, que preservan la vasta historia cultural de la India antigua, incluyendo leyendas históricas y rituales religiosos, reflejan un legado que influye en conceptos de cambio social en el hinduismo. Por otro lado, el Vedanta, que aborda la realidad última y la liberación, también ha inspirado a individuos a combatir injusticias sociales en la India colonial y poscolonial.
Características y Desafíos de los Reformadores
En casi todas las sociedades hay quienes alientan las innovaciones en conformidad con el orden público y la Constitución del país. Por lo general, no se trata ni de anarquistas ni de revolucionarios, pues la mayoría se atienen al marco legal y repudian la violencia. Los reformistas procuran que la sociedad se replantee diversas situaciones y, además de protestar, ofrecen propuestas para mejorar.

La historia contiene un sinnúmero de ejemplos. La Biblia señala que hace casi dos mil años, un orador dirigió un elogio a Félix, procurador de la provincia romana de Judea: “Por providencia tuya se están efectuando reformas en esta nación” (Hechos 24:2). Unos quinientos años antes, el legislador griego Solón impulsó medidas para elevar el nivel de vida de los más pobres. La historia de la religión también ofrece un amplio abanico de reformadores.
Tipos de Reformas y sus Consecuencias
Los reformadores también suelen tratar de influir en cuestiones más relacionadas con lo material. Algunos fomentan la adopción de un determinado modelo de vida, como el movimiento alemán surgido a comienzos del siglo XX, la Lebensreform (reforma de la vida), que surgió como respuesta a la creciente industrialización y la percepción de una existencia mecánica e impersonal. Otros reformistas denuncian las injusticias y presionan al gobierno para que las corrija. Desde comienzos de la década de 1970, diversas colectividades han hecho oír su voz contra las prácticas abusivas y el deterioro medioambiental, y en algunos casos se han convertido en organizaciones internacionales.
La adopción de algunos programas ha sido sumamente provechosa. La Biblia menciona muchos personajes, entre ellos dirigentes nacionales, cuyas iniciativas propiciaron un renacimiento espiritual y social que contó con el beneplácito de Dios (2 Reyes 22:3-20; 2 Crónicas 33:14-17; Nehemías, capítulos 8, 9). Pero los reajustes, una vez realizados, suelen acarrear sorpresas. John W. Gardner, funcionario estadounidense del siglo XX, señaló: “Una de las ironías de la historia es que, en muchos casos, el reformador no acierta a prever las consecuencias de los cambios que introduce”.
Un ejemplo de ello es el feminismo, que ha redefinido la vida de la mujer occidental al conseguir que vea reconocido su derecho al voto y tenga mayores oportunidades de trabajo y educación superior. Sin embargo, hasta los partidarios de este movimiento admiten que, pese a sus logros, ha agravado algunos males. Sobre algunos ideólogos pesa la acusación de que pretenden cambiar por cambiar. Las reformas también pudieran terminar encauzándose para fines distintos a los previstos, fines que pudieran ser nefastos.
¿Por qué existe el feminismo?
Los resultados de las reformas llegan a decepcionar hasta a sus más fervientes defensores, como lo ilustran las palabras de Kofi Annan, secretario general de la ONU: “Lo más desesperante es que todos sabemos qué está mal y qué ajustes deben realizarse, pero con frecuencia nos resulta imposible aplicarlos. A veces algún departamento coordinado por el secretario general recibe órdenes de dar ciertos pasos, pero carecemos de fondos”. Los impulsores de cambios no pueden contar siempre con la popularidad, pues al difundir su causa incomodarán a algunos sectores. Jürgen Reulecke, profesor de Historia Moderna, afirmó acerca de los reformadores: “Son siempre tan molestos como una espina clavada en la carne”. Además, aunque la mayoría de ellos no recurran a actos ilegales ni violentos, algunos se impacientan si el avance es lento.
¿Reformas que No Satisfacen?
¿Han conseguido las extensas reformas de los últimos decenios que la ciudadanía esté a gusto con sus circunstancias? Por lo visto, no. En Alemania, por ejemplo, los sondeos de opinión revelan que en los pasados treinta y cinco años se ha mantenido prácticamente igual el nivel de satisfacción. De igual forma, los cambios en materia religiosa no han logrado atraer conversos y que los fieles estén más contentos con su Iglesia.
El fraude comercial, la aplicación parcial de la ley, la injusticia social, la mala asistencia médica, el deficiente sistema educativo, la explotación en nombre de la fe y la depredación ecológica figuran entre las cuestiones por las que muchos suspiramos decepcionados.
Salvador Allende: Un Reformador Revolucionario
Las elecciones del 4 de septiembre de 1970 le otorgaron la victoria a Salvador Allende. Su figura habita en la conciencia de Chile porque su pensamiento y su práctica son a la vez legado y desafío. En los últimos cincuenta años, Allende ha sido sometido a un agudo escrutinio: ¿reformista o revolucionario? ¿Decidido o vacilante? ¿Realista o temerario?

La mañana del día de su derrocamiento, el 11 de septiembre de 1973, tenía previsto anunciar un plebiscito para cambiar la Constitución y dar una salida política a la crisis que atravesaba el país. El legado allendista ha tenido una vida áspera. Desde su inicio la dictadura intentó exterminar a sus herederos, desplegó una odiosa campaña contra la memoria de Allende y quiso convertir a su gobierno en sinónimo de arbitrariedad, falencia económica, escasez, desorden, ilegalidad. La Unidad Popular fue presentada como un proyecto monstruoso.
Luego vino la sordina de la post dictadura, para evitar la discordia entre los miembros de la Concertación que sustentaban puntos de vista diferentes sobre el significado del gobierno popular. Cuando en 2008 se cumplió el centenario del nacimiento de Allende algunos homenajes subrayaron sus rasgos de soñador, de hombre bien intencionado, leal, corajudo. Había un subtexto que pocos se atrevían a insinuar de modo explícito: quizá le había faltado realismo, a lo mejor había sido víctima del torbellino de una época alborotada, escenario de proyectos revolucionarios insensatos que prohijaban expectativas imposibles de alcanzar.
Legado y Debate en Torno a Allende
El pasado no es un proyecto y es un error craso pretender calcarlo como molde del porvenir. El futuro debe ser inventado con audacia y riesgo. Sin embargo, hay una nostalgia que sí es preciso reivindicar hoy: la remembranza de la acción política que no renuncia a mirar un horizonte y que posee el temple necesario para querer cambiar una sociedad tan injusta como la chilena. Por eso los debates sobre lo que significó la Unidad Popular, cuáles fueron sus reales posibilidades de victoria y cómo fue su gobierno, permanecerán abiertos, como ocurre con acontecimientos históricos complejos que dejan huella en la memoria colectiva.
Se pueden identificar tres miradas posibles de Allende: héroe, socialista de carne y hueso, o líder de un proyecto de izquierda. La primera ha cristalizado en plenitud y ha traspasado las fronteras de Chile y de la izquierda chilena. La segunda, el Allende militante, descubre a un hombre persistente, incansable batallador por un proyecto socialista y por su propio liderazgo, activo en muchas contiendas internas en las que, a veces, fue derrotado. Quiso y respetó a su partido más allá de sus discrepancias, en ocasiones severas. Junto a él hubo otros notables dirigentes, si bien ninguno contribuyó tanto a desarrollar un movimiento de la amplitud y fortaleza que tuvo el “allendismo”.
Para Allende la contienda política era también una pugna por el poder pero, antes que nada, era una contienda de ideas. Sus discrepancias con otros líderes en los años cuarenta, su desafiliación del Partido Socialista Popular en 1951 o sus confrontaciones internas en las décadas siguientes, tenían que ver con planteamientos políticos. Bajo su liderazgo emergió el gran movimiento en el que confluyeron organizaciones sociales y partidistas, militantes y ciudadanos sin partido, constituyendo una amalgama poderosa y original.
El tercer Allende, el jefe de un proyecto revolucionario -“por sus fines”, hubiera dicho su contemporáneo, el principal ideólogo del socialismo chileno, Eugenio González- y no violento en sus medios, ha generado interpretaciones y debates. A diferencia de Ernesto Guevara, que convergió con un tiempo en que nada era considerado imposible -los años sesenta-, Allende estaba lejos de ser una figura “sesentista”. Insertado en las instituciones, formal cuando se requería, informal hasta el límite de lo permitido, se desenvolvió en el Parlamento, en los grandes actos democráticos y populares o en el debate político nacional, no en los territorios que en esa época muchos latinoamericanos priorizaban para su lucha: las sierras, los campos, los subterráneos de las urbes, los sitios recónditos de los suburbios pobres de nuestras ciudades capitales.
Las armas de Allende eran su voz, su presencia, el trasluz de su mensaje, la capacidad de sacudir y conquistar conciencias, el estímulo que entregaba a las organizaciones populares. Allende concibió una expresión política mayor que la suma de los dos grandes partidos marxistas, menos sectaria, más abarcadora. Suscribió también, sin excesivas especulaciones teóricas, un camino hacia la victoria: el arduo enfrentamiento democrático, el recurso al sufragio universal, la movilización social, la lucha de masas.
En cuatro candidaturas presidenciales recorrió entero un país en que no existían los medios audiovisuales o computacionales de hoy. Construyó hegemonía de izquierda y la revalidó todos los días. Desarrolló su batalla con partidos sólidos, el Socialista y el Comunista (más tarde también con radicales y grupos de origen cristiano), en momentos promisorios para las batallas sociales y en un contexto internacional caracterizado por el enfrentamiento entre dos grandes potencias y un hemisferio sur rebelde, en proceso de descolonización o de contienda por un desarrollo con justicia social.
La visión de Allende demostró que podía convivir con el espíritu de aquellos años y logró momentos sorprendentes de síntesis: su apoyo y especial relación con la Revolución Cubana y sus líderes, su interés por el proceso chino, su adhesión a la lucha vietnamita, su fraternal comprensión y aliento a los movimientos revolucionarios armados que surgieron en América Latina y en Chile, su diálogo siempre polémico pero respetuoso con la izquierda extraparlamentaria que criticaba a su gobierno y a la Unidad Popular. Allende fue líder de un proyecto que, por primera vez en la historia de Chile, se propuso cambiar de veras el signo del poder.
El fin de esa experiencia tiene directa relación con la profundidad del proyecto allendista y su alcance transformador. Son estos elementos los que explican la reacción de las clases dominantes y del imperialismo, y motivan la cruel secuela del golpe militar. Las autocríticas, válidas y necesarias, no pueden olvidar este hecho: estuvieron siempre sometidos al acoso de enemigos que usaban cualquier medio para impedir el éxito del proyecto que encabezó Allende.
¿Qué dotó a ese proyecto de tanta potencialidad? El allendismo se instaló en la contraposición entre reforma y revolución. Quizás el magnetismo del proyecto fue buscar una síntesis. Ni reformista ni revolucionario a secas, Salvador Allende fue más bien un “reformador revolucionario” que pensó que la agregación de reformas radicales, en diversos ámbitos y realizadas de modo más o menos simultáneo, significarían una mutación cualitativa a una categoría de cambio social que era una auténtica revolución.
La vida política de Allende estuvo cruzada por las tensiones inherentes a los proyectos de largo alcance. Teoría y práctica tuvieron un complejo encuentro durante muchos años de largas campañas electorales y constantes debates. El pragmatismo obligado del gobernante debió medirse con el idealismo del revolucionario que quiere cambiar la sociedad y dio lugar a cruciales momentos para la vida política y social chilena. Medios y fines se relacionaron en permanente tensión cuando los esquemas ideales se confrontaron con la problemática realidad.
La Solución de Jesús: Un Enfoque Diferente
¿Será verdad que Jesús fue un reformista, como algunos afirman? Es indudable que él tenía las facultades necesarias para efectuar transformaciones positivas. Dado que era perfecto, podría haber abierto un camino lleno de profundos cambios e innovaciones. Sin embargo, no dirigió campañas contra la corrupción en la política o en los negocios ni manifestaciones contra la injusticia, a pesar de que él mismo llegaría a ser víctima de un terrible atropello. Aunque a veces ni siquiera tuvo “dónde recostar la cabeza”, no formó un grupo de presión para crear conciencia sobre la situación de las personas sin hogar. Y cuando alguien se preocupó por la economía, dijo: “Siempre tienen a los pobres con ustedes”.
Claro, no fue indiferente a la pobreza, la corrupción, la injusticia y otros problemas, sino que, como muestra la Biblia, se conmovió por el deplorable estado de la gente (Marcos 1:40, 41; 6:33, 34; 8:1, 2; Lucas 7:13). Pero la solución que él ofrecía era excepcional.
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