La malnutrición y la depresión son condiciones altamente prevalentes entre los adultos mayores, especialmente en aquellos que se encuentran institucionalizados. Estas patologías mantienen una relación estrecha y compleja que impacta de forma negativa en su calidad de vida. A pesar de su alta frecuencia, a menudo se abordan de manera aislada, lo que limita la efectividad de las intervenciones y la calidad del cuidado integral.

Caso Clínico: Abordaje en Instituciones de Larga Estadía
Presentamos el caso de G.A., una paciente de 90 años residente en un establecimiento de larga estadía (ELEAM). Su historial clínico incluye demencia tipo Alzheimer, depresión, desnutrición (IMC 16.4), artrosis, insuficiencia cardíaca, accidente cerebrovascular y fractura bilateral de cadera. La paciente presenta dependencia funcional severa, bajo apetito, rechazo a los alimentos, aislamiento social y un deterioro cognitivo progresivo.
Tras una valoración geriátrica integral mediante escalas estandarizadas, se identificó una depresión leve y un riesgo moderado de caídas y lesiones por presión. Se diseñó un plan de cuidados interdisciplinario centrado en la mejora nutricional, con el apoyo especializado de dietistas y psicólogos.
Factores determinantes en la nutrición del anciano
Una buena alimentación es necesaria para mantener el funcionamiento del cuerpo, prevenir enfermedades y facilitar la recuperación. Sin embargo, la población anciana es el grupo etario de mayor riesgo debido al proceso natural de envejecimiento, que reduce la capacidad de regulación en la ingesta, asimilación y metabolismo de los nutrientes. A esto se suman cambios físicos, psíquicos, sociales y económicos, junto con la alta prevalencia de patologías crónicas.
Desafíos en el diagnóstico precoz
La detección de la desnutrición en el anciano es compleja, ya que los signos clínicos de déficit calórico o proteico suelen ser tardíos y pueden confundirse con otras condiciones. La exploración clínica, la antropometría y los parámetros bioquímicos a menudo no son útiles en periodos tempranos. Por ello, incluir el cribado nutricional en la valoración geriátrica integral es esencial.

Interacciones fármaco-nutriente
La pluripatología obliga al uso frecuente de medicamentos, los cuales pueden alterar el estado nutricional del paciente.
- Interacción alimento-medicamento: La administración de fármacos junto a alimentos puede reducir su absorción y eficacia (ej. lovastatina, azitromicina o ciprofloxacino con lácteos).
- Efectos secundarios: Ciertos fármacos pueden provocar estomatitis, odinofagia, alteraciones del gusto/olfato, náuseas, vómitos o estreñimiento.
- Impacto del estado nutricional: La desnutrición proteico-energética y el estrés metabólico alteran la absorción, distribución y metabolismo de los fármacos.
Evaluación del estado nutricional
Para un diagnóstico preciso, se deben considerar los siguientes parámetros:
| Parámetro | Utilidad clínica |
|---|---|
| Antropometría (IMC, pliegues) | Clasificación del estado nutricional y distribución de grasa. |
| Bioimpedancia eléctrica | Estimación de masa magra y agua corporal. |
| Parámetros bioquímicos | Albúmina, prealbúmina y creatinina (ajustada por función renal). |
El IMC ideal en mayores de 65 años sigue siendo motivo de debate; mientras que algunas guías sugieren un rango de 24-29 kg/m², otras recomiendan intervención nutricional ante valores inferiores a 24 kg/m².
Estrategias de intervención
El caso de G.A. subraya la importancia de un enfoque integrado. La ausencia de redes de apoyo y la alta dependencia funcional empeoran el estado de salud, lo que exige estrategias multidisciplinarias en las instituciones de larga estadía. Para romper el ciclo de desnutrición y depresión, es fundamental:
- Realizar un estudio dietético rutinario y periódico.
- Evaluar la capacidad de masticación y deglución (disfagia).
- Ajustar los requerimientos proteicos (1 a 1,2 g/kg de peso al día en el anciano sano).
- Implementar programas de rehabilitación física para combatir la sarcopenia.